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Amor por la poesía: cinco poemas de Julio Flórez para dedicar

En Diners recordamos a Julio Flórez, el poeta colombiano que rescató el Romanticismo en el país. Revise aquí sus mejores poemas.

Foto: Poesías, Barcelona 1908.

En Diners recordamos a Julio Flórez, el poeta colombiano que rescató el Romanticismo en el país. Revise aquí sus mejores poemas.

Julio Flórez Roa es uno de los artistas más reconocidos de la historia en Colombia. Este poeta, oriundo de Chiquinquirá (Boyacá), nació el 22 de mayo de 1867 y creció con las lecturas del poeta francés Víctor Hugo, heredadas de su padre Penélope María Flórez, presidente del entonces Estado Soberano de Boyacá y de su madre Roa de Flórez, una ávida activista conservadora.

Empezó sus estudios en el Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario (Bogotá) hasta 1881 cuando tuvo que retirarse debido a los estragos de la Guerra Civil.

Entre tanto, Flórez continuó sus lecturas heredadas de su padre, lo que le sirvió para entrar al círculo de intelectuales de la ciudad en donde se hizo amigo de los poetas Candelario Obeso, reconocido por rechazar los reglamentos de la Iglesia Católica, y José Asunción Silva, conocido por ser uno de los precursores del modernismo en Colombia.

Está amistad llevó Flórez a dedicarse completamente a escribir versos inspirados en su madre, la patria y la muerte, así como los que están en el poemario: Horas, publicado en junio de 1883.

Gracias a estos poemas, Flórez se convirtió en la voz de los bogotanos liberales, hecho que confirmó cuando rechazó un puesto para participar en la política con los conservadores.

Julio Flórez: la historia

Su espeso bigote, que le cubría su labio superior, su traje a la medida y su forma de caminar lo convirtieron en un ídolo en todo el país que estaba entregado a la violencia partidario de Liberales y Nacionalista (la Guerra de los Mil Días, 1899-1902).

Sin embargo, en forma de protesta Flórez inauguró (junto con otros intelectuales como Julio de Francisco, Max Grillo y Roberto Mac Douall) en 1900 la Gruta Simbólica, una tertulia que revolucionó el arte, la política y la literatura del país.

Vea también: La Guerra de los Mil Días por alguien que vivió para contarla

En 1909 viajó a Barranquilla para presentar un recital. En ese momento tuvo un ataque y los médicos locales le informaron que estaba enfermo de un cáncer incurable y que su única solución era viajar al municipio de Usiacurí (Atlántico), donde tenían agua medicinales que podrían curar su mal.

Una vez en Usiacurí, Flórez se enamoró de Petrona, una niña de 14 años, con quien vivió hasta 1923, cuando falleció a los 56 años, con el rostros desfigurado por la enfermedad.

Pese a que en sus últimos días no podía pronunciar ninguna palabra, gobernadores, intelectuales y varios colombianos entonaron sus versos que hasta hoy siguen retumbando.

En Diners recordamos sus mejores cinco poemas:

Gotas de ajenjo

*Julio Flórez utilizó este nombre como homenaje a la bebida espirituosa que le fascinaba a los poetas de la época.

Tú no sabes amar: ¿acaso intentas
darme calor con tu mirada triste?

El amor nada vale sin tormentas,
sin tempestades el amor no existe.

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Y sin embargo ¿dices que me amas?

No, no es amor lo que hacía mí te mueve;
el Amor es un sol hecho de llama,
y en los soles jamás cuaja la nieve.

¡El amor es volcán, es rayo, es lumbre,
y debe ser devorador, intenso,
debe ser huracán, debe ser cumbre…
debe alzarse hasta Dios como el incienso!

Pero tú piensas que el amor es frío;
que ha de asomar en ojos siempre yertos,
con tu anémico amor… anda, bien mío,
anda al osario a enamorar los muertos.

Mis flores negras

*Julio Flórez escribió este poema en 1903. 26 años después en 1929, el cubano Miguel Matamoros dio a conocer su bolero Lágrimas negras, canción inspirada en el poema del boyacense.

Oye: bajo las ruinas de mis pasiones,
en el fondo de ésta alma que ya no alegras,
entre polvo de ensueños y de ilusiones
brotan entumecidas mis flores negras.

Ellas son mis dolores, capullos hechos
los intensos dolores que en mis entrañas
sepultan sus raíces cual los helechos,
en las húmedas grietas de las montañas.

Ellas son tus desdenes y tus rigores;
son tus pérfidas frases y tus desvíos;
son tus besos vibrantes y abrasadores
en pétalos tornados, negros y fríos.

Ellas son el recuerdo de aquellas horas
en que presa en mis brazos te adormecías,
mientras yo suspiraba por las auroras
de tus ojos… auroras que no eran mías.

Ellas son mis gemidos y mis reproches
ocultos en esta alma que ya no alegras;
son por eso tan negras como las noches
de los gélidos polos… mis flores negras.

Guarda, pues, este triste, débil manojo
que te ofrezco de aquellas flores sombrías;
Guárdalo; nada temas: es un despojo
del jardín de mis hondas melancolías.

Todo nos llega tarde…

El poeta Julio Flórez utiliza una de las novedosas técnicas de la época para escribir: poner la misma letra al final de los versos para dar con una rima consonante.

Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!
Nunca se satisface ni alcanza
la dulce posesión de una esperanza
cuando el deseo acósanos más fuerte.

Todo puede llegar: pero se advierte
que todo llega tarde: la bonanza,
después de la tragedia: la alabanza
cuando ya está la inspiración inerte.

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La justicia nos muestra su balanza
cuando su siglos en la Historia vierte
el Tiempo mudo que en el orbe avanza;

Y la gloria, esa ninfa de la suerte,
solo en las sepulturas danza.
Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!

Abstracción

Julio Flórez fue uno de los poetas del Romanticismo más importantes de Colombia.

A veces melancólico me hundo
en mi noche de escombros y miserias,
y caigo en un silencio tan profundo
que escucho hasta el latir de mis arterias.

Más aún: oigo el paso de la vida
por la sorda caverna de mi cráneo
como un rumor de arroyo sin salida,
como un rumor de río subterráneo.

Entonces presa de pavor y yerto
como un cadáver, mudo y pensativo,
en mi abstracción a descifrar no acierto

Si es que dormido estoy o estoy despierto,
si un muerto soy que sueña que está vivo
o un vivo soy que sueña que está muerto.

Idilio Eterno (fragmento)

Durante su carrera como poeta, Julio Flórez jamás dejó su sombrero de fieltro flojo.

Mi último beso de pasión te envío;
mi postrer lampo a tu semblante junto!»
y en las hondas tinieblas del vacío,
hecha cadáver, se desploma al punto.

Entonces, el mar, de un polo al otro polo,
al encrespar sus olas plañideras,
inmenso, triste, desvalido y solo,
cubre con sus sollozos las riberas.

Y al contemplar los luminosos rastros
del alba luna en el oscuro velo,
tiemblan, de envidia y de dolor, los astros
en la profunda soledad del cielo.

Todo calla… el mar duerme, y no importuna
con sus gritos salvajes de reproche;
y sueña que se besa con la luna
en el tálamo negro de la noche.

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Julio
08 / 2020
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