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"La sombra de un gato se movía en la personalidad de Bernardo Jaramillo" Javier Darío Restrepo

Este importante dirigente agrario del Urabá antioqueño tenía fuertes aspiraciones a la presidencia de Colombia en la década del 90. ¿Qué sería del país si hubiese llegado a la Casa de Nariño?

Foto: twitter.com/UP_Colombia

Este importante dirigente agrario del Urabá antioqueño tenía fuertes aspiraciones a la presidencia de Colombia en la década del 90. ¿Qué sería del país si hubiese llegado a la Casa de Nariño?

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 239 febrero 1990

Si Bernardo Jaramillo resultare vencedor en las urnas, un gato llegaría a ser la eminencia gris en la Casa de Nariño durante el próximo período presidencial. Y así como hoy las iras de la oposición apuntan hacia la figura patriarcal de don Germán Montoya, en la hipotética presidencia del líder de la UP todas las sindicaciones tendrían que ver con ese silencioso asesor de iluminados ojos verdes, sigilosamente presente en los pasadizos y salones de la Casa Presidencial como una sombra huidiza y afelpada.

Con excepción de su esposa, Mariela Barragán, una comerciante y abogada costeña, sangriligera y alegre, nadie está cerca de Bernardo Jaramillo fuera de sus gatos. Los dibuja con trazos precisos y ágiles al pie de las cartas de amor y de los poemas a la muerte con que se entretiene, y con ellos llena hojas en blanco durante los debates políticos, mientras escucha los soporíferos discursos de su campaña o cuando debate sobre estrategias preelectorales con sus asesores.

En su estudio los gatos no se limitan a espiar desde la sombra o a esperar agazapados en un rincón el paso de una presa; los gatos de Bernardo Jaramillo pintados en papel o modelados en yeso o en plástico se alinean modosos en los entrepaños de su biblioteca, posan como modelos junto al teléfono, en el bar o en las mesas de centro.

Mariela asegura que de tanto verlos y dibujarlos ha llegado a parecerse a ellos. Según ella, que hace un año lo observa con la misma minuciosidad con que un entomólogo examina sus insectos, los ojos y la boca de su marido han acabado por parecerse a los de un gato.

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Pueden ser cosas de mujer enamorada, pero lo que sí advierten quienes lo han conocido y tratado de cerca es la sombra de un gato que se mueve a través de su personalidad. Nadie, por ejemplo, puede considerarse amigo de un gato, un animal solitario a fuerza de ser desconfiado. Se le ve con los ojos entornados y al parecer abandonado a su propio mundo, instalado en su rincón favorito; pero trate alguien de acercársele y advertirá que no es así; es un animal en guardia, dispuesto siempre para la fuga.

Es como si ese ronroneo característico de los gatos, no fuera más que la vibración de un motor en marcha, como los taxis de los asaltantes de banco, listos para la huida. El candidato de la UP es eso, un hombre con el motor en marcha, que no se abandona, ni confía. El mismo lo advierte, y Mariela, su mujer, lo ratifica: tiene un sexto sentido para conocer si es amigo o enemigo quien se le acerca.

«Si alguien se acerca a Bernardo para hacerle mal, dice ella extremando el ejemplo, él lo sabría». Por eso es un hombre de pocos amigos y de pocas fidelidades. En una entrevista reciente para la televisión definió parte de su biografía refiriéndose al modo de ser de los gatos que «se van de las casas cuando no les dan cariño».

De hecho él ha abandonado dos casas, y en la tercera cree haber encontrado el cariño que necesita. De su primera esposa tuvo dos hijos, una niña de doce años y un varoncito de 8; con su segunda esposa fue conocido nacionalmente, porque llegaron a ser la pareja más amenazada y perseguida del país, ella como Alcaldesa de Apartadó, uno de esos tormentosos municipios del Urabá antioqueño, y él como combativo líder de la UP.

Era demasiado peligro compartido para un hombre que, como los gatos, vive listo para dar el salto hacia sitios más tranquilos y con mayor afecto. Ahora, con Mariela, es un hombre que se siente acompañado de energía positiva: «A él nunca le pasará nada», dice ella sin una pizca de vacilación.

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Pero es que, además, él, como los gatos negros a la medianoche, tiene sus misteriosos conjuros y defensas. De su cuello penden unos dijes que en ningún momento lo abandonan. «Mire estas manos de macumba… ellas detendrán cualquier bala que se dispare contra mí», dice con una sonriente seguridad que uno no sabe si es broma o convicción. Lo cierto es que los rituales de macumba que conoció en Brasil no los ha olvidado y que su recuerdo parece ponerle chispas de convicción a su mirada felina.

Sus estudios de filosofía en Postdam y sus convicciones marxistas le impiden creer en Dios, pero él ha llenado ese vacío con la macumba y con una estampa del Niño Jesús de Praga que lleva consigo desde que un partidario suyo se la obsequió.

No cree en el Niño pero sí en los seguidores que le darán el medio millón de votos que se ha propuesto como meta para las próximas elecciones. Con esa cifra, desde luego, no llegará a la Casa de Nariño, pero sí dará un primer paso en esa dirección. Y si algún día llega, ya se sabe en qué consistirá su Sanedrín: una corte de gatos tan pegada a él que será como su sombra. A veces habrá que preguntarse de quién serán los errores y los aciertos: si del señor presidente Jaramillo, o de sus gatos.

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Mayo
20 / 2019


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