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Así se construye el ego, según Gilles Lipovetsky

A pesar de ser un arquetipo atemporal, la figura de Narciso, ese hombre que se ama como nadie, nunca estuvo tan insegura como en estos tiempos. ¿Qué puede decirse acerca de su futuro?

Foto: Fronteiras do Pensamento/ Wikimedia Commons/ (CC BY-SA 2.0)

A pesar de ser un arquetipo atemporal, la figura de Narciso, ese hombre que se ama como nadie, nunca estuvo tan insegura como en estos tiempos. ¿Qué puede decirse acerca de su futuro?

Nuestra era, dominada por un consumismo desbocado, por una fijación sin precedentes en la felicidad personal y por el individualismo extremo, ha inventado una nueva forma de narcisismo ultramoderno, contradictorio y cada vez más difundido.

La cultura del individuo egocéntrico es activa e histriónica. El objetivo ya no es gobernar las pasiones, como lo fue alguna vez, sino maximizar el potencial individual: ya no se aprende a aceptar la vejez, sino a adquirir la juventud eterna; ya no se busca la sabiduría, en su lugar se trabaja sobre sí mismo; no se sueña con la belleza, sino que se protege, preserva y resalta el capital físico individual, es decir, el cuerpo.

De afuera hacia adentro

Nuestra era está liberándose de las exigencias del deber del sacrificio y dándole fin a una cultura tradicional, puritana y autoritaria. Simultáneamente, crea nuevos imperativos para la construcción del sí-mismo centrados en la juventud, salud, belleza, delgadez, el estar en forma y el sexo, que producen un estado general de hiperactividad subjetiva.

Pero sería equívoco comparar este neoindividualismo con un “dejarse llevar” perezoso e indiferente.

Aunque los mandatos absolutos son ahora obsoletos, la nueva cultura profesionalizada y preocupada por la salud fomenta la interiorización de sus propias y diversas normas.

El control del comportamiento se mantiene, solo que se realiza a través de otros medios: a medida que aumenta la autonomía personal, incrementa su supervisión y administración por parte de una sociedad que opera en nombre de la protección de intereses individuales y que, sin embargo, gobierna sobre la cotidianidad de una manera cada vez más severa y manipula los consensos sin requerir la aserción visible de la autoridad.

Ansiedad narcisista

Nunca antes había sido tan importante la atención, protección y prevención del cuerpo: ahora la maximización individual de la felicidad y de los ideales narcisistas físicos determinan mucho más nuestro comportamiento que los viejos principios, los ideales de sacrificio o los preceptos de las instituciones sociales.

Hay menos culpa, pero más ansiedad narcisista; hay menos imperativos idealistas, pero más regulación real ejercida por profesionales de la moda, la salud, la dieta, la higiene, el estado físico, la belleza y el consumo en general.

Narciso ya no solo es, como antes, un Homo aestheticus, también se ha convertido en un Homo consumericus; compensa la depresión y la soledad por medio de las compras y, así, busca llenar un vacío interno con una pila de mercancías que prometen felicidad.

Más bienes materiales, más felicidad

La ola creciente de hiperconsumismo opera como refugio y como fuga ya que responde a la desintegración de vínculos sociales y al aislamiento –en resumen, a Narciso y sus insatisfacciones–.

Hemos dejado atrás al consumidor obsesionado por mejorar su estatus social por medio de la obtención de bienes materiales y hemos entrado en el dominio del hiperconsumidor que busca la mejor calidad de vida y bienestar así como una excelente salud, experiencias estimulantes, marcas reconocidas, productos auténticos, inmediatez y comunicación.

El consumo personalizado ha sustituido el estandarizado dentro de un sistema en el cual los compradores que persiguen el placer poseen cada vez más información y sienten menos lealtad hacia las marcas. Por un lado comparan los productos desde una perspectiva alerta y muy bien informada.

Por otro se exponen al exceso, a la desregulación patológica y al descontrol de sí mismos. Abundan ejemplos de estos casos: víctimas de la moda, compradores compulsivos, adictos a las drogas entre tantas otras adicciones y desórdenes alimentarios que conducen a enfermedades como bulimia, obesidad o anorexia.

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Observadores agudos han descrito a los consumidores como emprendedores o expertos, pero esta es una verdad a medias: está emergiendo un tipo de consumidor sin estructura.

El colapso de restricciones impuestas colectivamente sobre el comportamiento, el hedonismo, el exceso de opciones y la educación bajo los valores del liberalismo son factores que contribuyen a la emergencia de un individuo que usualmente es incapaz de soportar halagos externos o impulsos internos.

Esto pasa con la famosa superación personal

Actualmente los hiperconsumidores no solo desean el bienestar físico, también buscan armonía interior y plenitud emocional en cantidades exponenciales, como bien lo evidencian el auge de las técnicas de superación personal y del misticismo oriental, la nueva espiritualidad y las guías para adquirir sabiduría y felicidad.

El materialismo que originalmente marcó el consumismo ha pasado de moda: hoy crece y se transforma el mercado del espíritu, del “equilibrio vital” y de la autoestima, mientras que, a su vez, las farmacias de la felicidad se multiplican.

En tiempos en que el sufrimiento se ha vuelto insignificante y se han secado las fuentes tradicionales de sentido, la noción de felicidad interior vuelve a aparecer; esta vez, no obstante, bajo la forma del comercio, como un producto mercantil que el hiperconsumidor desea tomar del mostrador, usar inmediatamente sin ningún inconveniente y de cualquier manera.

La creencia moderna en que la abundancia es una condición necesaria y suficiente para la felicidad humana ha dejado de ser convincente. Aún está por verse si la rehabilitación de la “sabiduría” introducirá una ilusión de otro tipo: que podemos ser felices en nuestros propios términos, pues aquello que está fuera de nuestro control es precisamente la felicidad.

Vivimos acelerados 

Se tiende a pensar que la cultura del neoindividualismo está relacionada con el rendimiento, con el obrar, con lo instantáneo. ¿Esto significa que los turbo-consumidores han contraído un “síndrome de urgencia”, que están condenados a la tiranía del “tiempo real”?

Es cierto que no soportan perder el tiempo; quieren que los productos y las imágenes estén disponibles a cualquier hora. Sin embargo, al mismo tiempo, estamos presenciando la proliferación de deseos y comportamientos que, al estar centrados en placeres sensibles y estéticos, en el bienestar y en sensaciones físicas, reflejan una predilección por el ocio y los placeres de los sentidos –la “comida lenta”, las tardes en los restaurantes, las pausas en la playa, los spas, la meditación y la relajación.

Así, el tiempo no está pasando uniformemente a máxima velocidad, pues existe una variedad de tiempos, contradictorios y polirrítmicos: el tiempo laboral contrasta con el placentero; el acelerado contrasta con el descomprimido del juego, de la relajación.

La soledad, la nueva idea de vivir bien

El hiperindividualismo es dual: sensual y performativo, prometeico y narcisista, ascético y bulímico. Su modelo no es Superman ni Dionisio; es, más bien, el dios que tenía dos caras: Jano. El Jano híbrido e hipermoderno aprovecha las oportunidades que surgen de los dos valores principales de estos tiempos: la eficiencia y la felicidad terrenal.

El hiperconsumismo marcha bajo la bandera de la felicidad: la producción de bienes, servicios, medios, entretenimiento, educación, planeación urbana, todo está dispuesto y organizado para acumular tanta felicidad como sea posible.

Los libros de orientación personal, la televisión y los periódicos ofrecen recomendaciones enlatadas sobre la salud y el estar en forma, los psicólogos ayudan a los padres y a las parejas con sus problemas, cada vez aparecen más y más gurús en escena, y todos prometen el paraíso.

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Comer, dormir, coquetear, relajarse, hacer el amor, la comunicación con los hijos, estar en forma, ¿habrá algún dominio que aún permanezca inmune a las recetas para el bienestar? Esta es la era del life coach y del manual para la felicidad. Cada vez que Narciso afirma estar completamente en control, se hacen necesarios más profesionales para garantizar una vida mejor.

Ego fragmentado

Dicho de otro modo, a medida que los individuos se emancipan de los estándares de una comunidad, se vuelven más desorientados y necesitan de alguien que se haga cargo de ellos. Los neoindividuos no solo están perdidos en el mundo de las hiperopciones, también parecen tener el ego fragmentado: viven bajo la coexistencia de opuestos.

Abrumados por las cosas y los mensajes, se desintegran en retazos de atributos anónimos. Viviendo a la moda y libres de culpa, padecen de pánico y ansiedad; monitoreando cuidadosamente su salud, arriesgan sus vidas en las carreteras y en la cima de las montañas; como han sido educados (o medio educados) en una era científica, son susceptibles, aunque solo sea superficialmente, ante cualquier tipo de artimaña, misticismo, parasicología, física o gurú; triunfantes en el deporte, también asisten a retiros místico-espirituales; fascinados por las modas globales internacionales, exploran igualmente las lenguas minoritarias marginales, los folclores tradicionales y las religiones en busca de autenticidad.

La cultura hipermoderna rechaza el autoritarismo, glorifica el psicologismo y hace uso de la seducción, las opciones ilimitadas y la estimulación hedonista para alcanzar sus fines; los individuos neonarcisistas se están volviendo más inseguros e inestables.

¿Qué es la gran desorientación?

Todas las esferas de la vida privada y social están involucradas en esta “gran desorientación”. La idea de que la historia va de la mano del progreso ya no se da por sentada; las grandes utopías comunitarias ya no tienen apoyo; la ciencia y la tecnología son objetos de sospecha; la economía administrada por el Estado no tiene quien la defienda; el ultraliberalismo ha perdido legitimidad al caer en un capitalismo caótico plagado de desempleo, inequidad extrema y crisis financieras; las diferencias políticas entre los partidos de derecha e izquierda se están volviendo difusas; las iglesias ya no tienen la autoridad de imponer prácticas y creencias.

No hay una sola esfera inmune a esta confusión y desorientación: nuestros tiempos han desplazado las estructuras sociales de antaño.

La familia, las artes, la identidad sexual, los roles de género, la crianza de los hijos, la comida y el consumo son factores que han sido afectados por los procesos hipermodernos de desregulación. Ahora la experiencia más común y difundida es la incertidumbre.

Narciso se ha vuelto una figura fundamentalmente ansiosa, insegura. Obviamente esto conduce a la multiplicación de intentos suicidas, de espirales de depresión y ansiedad, al aumento de adicciones a las drogas y a los tratamientos psiquiátricos. Mientras se reconocen como seres libres, los individuos se vuelven más vulnerables, frágiles y emocionalmente indefensos.

El narcisismo contemporáneo se ha identificado con un modo de vida hedonista, descuidado y alegre, pero este es solo uno de sus aspectos. Los tiempos han cambiado. A diferencia de las décadas de 1960 y de 1970, el placer ha dejado de ser la consigna al ser reemplazado por la salud, la longevidad y la moderación. Nuestra era es preventiva.

El hedonismo desbocado ha conducido a un hedonismo cuidadoso, limpio, medicado y oscuramente infeliz. No se trata, entonces, del deleite y el placer propios, sino simplemente de una ansiedad narcisista que va de la mano de una búsqueda incesante de información, de un sentimiento de seguridad y de autorreflexión.

Publicado originalmente en 100.000 ans de Beauté, de Gallimard.

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Abril
22 / 2020


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