Heroicos hombres verdes

Francisco von Hildebrand
Juan Gabriel Soler
Antonio Loboguerrero
Diners escogió estos tres personajes para dar cuenta de cómo es esa nueva generación que ronda los treinta y que está heredando las banderas del ambientalismo con una conciencia mucho más integral.

Si existe una figura que realmente se asemeje al Mowgli del Libro de la selva, ese es Juan Gabriel Soler. Biólogo de profesión, se enamoró de la conservación cuando se fue a vivir a La Macarena para trabajar con paujiles. Luego decidió hacer su tesis sobre murciélagos en Utría, y allá también tuvo a la selva como única compañera. Desde entonces ha penetrado el corazón del Amazonas desde Colombia hasta Brasil, primero como botánico de campo en Manaos, y luego en Belem para ahondar en el tema de la madera certificada. Juan Gabriel empezó a experimentar con la fotografía y a involucrar a los colonos cuando apareció un suizo que había comprado 50.000 hectáreas en medio del río Negro y fue allá donde terminó su maestría en Etnobotánica con los caboclos (una tribu mestiza).

Juan Gabriel Soler

Los ojos como testigos 

Cuando regresó al país, la Fundación Natura lo nombró asesor forestal en el sur de Bahía Solano. Pero como la vena por los documentales ya estaba latente, se aventuró con la productora Congo Films e hizo su primer documental en Guainía para la Fundación Gaia, y le siguieron otra serie de documentales en el río Apaporis (donde la multinacional Cosigo entra a explotar oro en un lugar sagrado para los indígenas). “A pesar de que las razones de los indígenas para preservar estos territorios no tienen nada de razonable a los ojos del ‘hombre blanco’, la mística que los hace respetar estos lugares es una herramienta valiosísima para combinar con lo científico en la lucha contra la devastación de la selva”. Este aguerrido documentalista que aprendió todo en la práctica, ha hecho trabajos para Marviva, Etnollano, Amazon Conservation Team (ACT) y Natibo, entre otros, y ahora también es el protagonista de Momentos Discovery. Asegura que los monocultivos y la locomotora minera están acabando con nuestro país. “El afán del Gobierno de explotar esas zonas para recibir dinero no lo deja ver que a largo plazo el negocio de preservarlas será mucho más rentable”, asegura. Para él, lo más importante que ha sucedido en términos medioambientales es la ampliación del parque nacional Chiribiquete, en plena Amazonia, a cuatro millones de hectáreas: prácticamente el corredor biológico necesario para conectar selva con bosque andino.

Otro logro que destaca es la declaración de la ZEPA (Zona exclusiva de pesca artesanal) a lo largo de todo el Pacífico en las dos millas y medias de mar que rodean nuestra costa. “Allí no puede haber pesca industrial. Solo pueden pescar las comunidades con línea de mano y sin trasmallos, y en ello Marviva se lleva todo el crédito porque hizo rentable la pesca responsable, aunque, claro, habría que patrullar más los mares para que esto se cumpla”. Mientras que el Gobierno se organiza en eso, tenemos la suerte de contar con un guerrero que se va hasta el mero corazón de la selva o del mar para mostrarnos a los citadinos cómo se puede convivir civilizadamente con la selva.

Antonio Loboguerrero

Veedor de los llanos

Antonio aprendió y entendió mucho de lo que sabe de la mano de sus padres, los antropólogos Miguel Loboguerrero y Xochitl Herrera. Comenzó siendo profesional de campo y hoy en día es el director ejecutivo de la Fundación Etnollano, que trabaja en programas para el bienestar de las comunidades indígenas, principalmente de la Amazonia y Orinoquia colombianas. También opina que el cambio más drástico en materia de conservación, para bien y para mal, es el auge de la minería: “Ha puesto en riesgo muchos ecosistemas y ha comprometido la calidad de vida de muchas personas, pero también nos ha fortalecido por lo aglutinador que es el tema. Gracias a ello se logró la declaración de la moratoria minera para la región amazónica, la ampliación del Chiribiquete y la creación del parque resguardo Yaigojé Apaporis”.

Para él, la sostenibilidad no es un tema únicamente ambiental. “Tiene que ver con la lucha contra la corrupción, la especulación de tierras y con el posconflicto. También con un modelo educativo que contemple la diversidad cultural del país. Es importante poner en el centro de la discusión ambiental, el bienestar y la variedad cultural, pues no se trata solo de respetar sus derechos constitucionales, sino sus derechos ancestrales”. Para él es clave empoderar a los miembros de las comunidades.

Por ejemplo, en la selva de Matavén en el Vichada, Etnollano desarrolla un proyecto de atención primaria en salud con visión intercultural: para fortalecer el papel de la mujer en la salud infantil se creó una red de voluntarios en 14 unidades de salud en las que los indígenas hacen diagnóstico y tratamiento temprano de enfermedades tratables. Parecería que esto nada tiene que ver con conservación, pero al mejorar la calidad de vida de estas comunidades, por un lado reducen la mortalidad infantil y por el otro previenen que tengan que vincularse a los proyectos de minería que arrasan nuestro suelo.

Es por eso por lo que los proyectos más importantes son los relacionados con el fortalecimiento económico de las comunidades indígenas, como la actividad artesanal y las tradiciones asociadas a su alimentación. Por eso, Etnollano está participando en un proyecto liderado por Cecilia Duque, la dama de las artesanías, que busca la generación de estrategias, materiales educativos y aplicaciones para tabletas sobre la diversidad cultural para los colegios. “En el país tiene que existir una educación a partir de la diversidad cultural”.

Antonio quisiera pensar que no necesariamente deben liderar los cambios importantes en materia de sostenibilidad los llamados ambientalistas, sino que en otros sectores puede haber propuestas y personas fundamentales para el futuro. De hecho, la etiqueta ambientalista le incomoda. “Se ha convertido en algo que cierra las puertas del diálogo sectorial. Los que trabajamos en este tipo de procesos tenemos que ser articuladores de procesos y visiones. No me considero ambientalista porque mi enfoque de trabajo no es directamente la conservación del medioambiente, sino la búsqueda del bienestar común. El factor ambiental es importante, pero no es el único”.

Francisco von Hildebrand

El indio blanco

Para cuando salga esta edición, Pacho (como lo conoce todo el mundo) estará en la mitad del río Caquetá en el departamento del Amazonas, dirigiéndose al Cocotal, en donde la Fundación Gaia tiene un centro donde pone a andar sus proyectos, que no son suyos en realidad, sino de cada grupo indígena que ellos acompañan en procesos de fortalecimiento de su capacidad social y política de decisión. Este rubio de ascendencia irlandesa y suiza estudió Relaciones Internacionales en Brighton y después hizo una maestría en Estrategias de desarrollo local en Holanda. También trabajó en la India en asuntos de derechos humanos con niños de la calle y en Etiopía, en temas de soberanía alimentaria. Quizás por eso asegura que es clave entender siempre que “diferentes culturas tienen diferentes soluciones” y aunque hace un año y medio es el director ejecutivo de la Fundación, lo que más le interesa no es estar detrás de un escritorio, sino selva adentro, como cuando en 2006 se fue a vivir más de un año al río Mirití con la comunidad indígena huayaca y así seguir trabajando de cerca con los 17 gobiernos indígenas con los que Gaia tiene vínculo. “Nos destacamos por un trabajo integral, por la confianza que ya tienen en Gaia los indígenas y por la seriedad con que los actores del sector público nos ven. Por eso generamos esquemas de gobernancia ambiental que amplían las funciones de asociaciones tradicionales indígenas, porque en gran parte de los territorios indígenas no hay municipios, por lo que hay que buscar decretos que reconozcan su soberanía local”.

Francisco hace mucho énfasis en los avances del marco legal, pero afirma que Colombia “se sigue pensando un país andino cuando el 42 % de su territorio es Amazonia. Necesitamos políticas puntuales de desarrollo diferenciado. Desde el 2006 se incrementaron en un 2.000 % las solicitudes de explotación de minería y es esencial impermeabilizar el código minero, sobre todo en lo referente a la institucionalidad de los preceptos indígenas”. En Gaia, como en Etnollano, arman paquetes para los 26 grupos étnicos con los que trabajan, o mejor, los acompañan en temas de salud, de educación, de manejo ambiental, y de relaciones políticas. “Es así porque las comunidades indígenas tienen una visión de vida socioambiental: para ellos el bienestar incluye el bienestar de la naturaleza”.

Sobre el Autor

Periodista y escritora. Autora de las novelas De esta agua no beberé y Sin título, 1977.

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