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Isabel II: ¿Cómo era en realidad la personalidad de la reina?

Práctica, de buen humor, astuta, abnegada, a veces un poco fría, gran anfitriona. Estos son algunos de los rasgos de la reina irrepetible que el Reino Unido y el planeta entero aprendieron a amar y admirar.

Foto: Biblioteca y Archivos de Canadá / Flickr

Práctica, de buen humor, astuta, abnegada, a veces un poco fría, gran anfitriona. Estos son algunos de los rasgos de la reina irrepetible que el Reino Unido y el planeta entero aprendieron a amar y admirar.

No hay que pronunciar su nombre para saber de quién se habla cuando se dice solo “la reina”, porque ha sido una presencia constante, imponente y arrolladora, tanto para los británicos como para millones en el resto del mundo, que se vieron sumidos en el estupor ante su inesperada muerte el 8 de septiembre. 

Ríos de tinta han corrido desde ese día con remembranzas de su reinado de siete décadas, el más largo en la historia del trono de las islas, de su boda con Felipe de Edimburgo, su fastuosa coronación, sus logros como mujer de Estado, los líos de su familia, su fortuna o las vueltas que le dio al globo, pero, a fin de cuentas, Isabel II siempre será esa gran desconocida.

Ello porque si a las demás celebridades se les exige mostrar mucho de su personalidad, a su majestad la danza de discreción que le exigía su rol como jefa de Estado, le impuso minimizar la suya y hacer de sus pensamientos y sentimientos un misterio. Empero, biógrafos, periodistas y uno que otro allegado chismoso han contribuido a descorrer algo el velo, con aportes propicios para aclarar un poco ese retrato incompleto de la reina de Inglaterra.

Una gran desconocida

¿Era fría y distante? ¿Por qué se veía a veces tan seria? Tal fue una de las curiosidades más frecuentes sobre su persona, en especial al comienzo del reinado. Con su fino humor, decía que su cara caía en una solemnidad un poco ridícula, digna de Miss Piggy. 

Lo cierto es que esa adustez era su manera eficaz de ocultar las emociones fuertes. Así que fueron pocas las veces que se le vio llorar en público (“no conocerás lágrimas de rey”, reza un viejo dicho). Una muy recordada sucedió el día que despidió para siempre al yate real Britannia, en 1997. Lo que casi nadie sabe es que sollozó ante la tumba de la polémica Wallis Simpson (muy odiada por su madre), por quien abdicó su tío Eduardo VIII, el día de su sepelio en 1972.

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Una de las biografías más salaces que se han escrito sobre la familia real, Los Windsor, de Kitty Kelley, da crédito a la versión de lo fría que era la reina Isabel II con su hijo Carlos. Muy sensitivo, cuenta el libro, el ahora rey dejó un día abruptamente la mesa hecho un mar de lágrimas por la muerte de su tío, Lord Mountbatten, a quien veía como el padre que no fue Felipe, en un horrendo atentado del IRA, en 1979. “La reina siguió comiendo como si nada, echando a los corgi (perros) los trozos de pollo de su ensalada (…) A su majestad no habría podido importarle menos”, contó Kelley. 

A propósito de ese libro, fue de los pocos que osó hablar de la sexualidad de la reina. En un aparte, da cuenta de la célebre impertinencia de Felipe: “Algunos meses después de la boda, (él) se quejó de que su esposa siempre estuviera ávida de sexo. Se confesó perplejo de verla tan insaciable. ‘No hay manera de sacarla de mi cama. Siempre la tengo ahí. Va a volverme loco’”. 

La picardía de la reina

Por lo demás, Robert Hardman, autor de Queen of our times: The Life of Elizabeth II, una de sus biografías más recientes, asegura que Isabel tenía “una sonrisa que es maravillosa cuando decide usarla”. Y no solo eso: uno de sus lados menos explorados es su picardía. Hacía desternillar de la risa, por ejemplo, imitando acentos, desde el nasal de los gringos, hasta el cockney de las clases populares de Londres. Un día, Carlos quedó sorprendido al ver cómo le explicaba lo que le gritaban unos obreros: Gizza wave, Liz (Give us a wave, Liz o salúdanos, Liz).

En 2007, en un brindis, el presidente George W. Bush tuvo un lapsus al decir que Isabel había ido a Estados Unidos a celebrar el bicentenario de la independencia en 1776, cuando lo correcto era 1976. A su turno ella expresó: “No sé si comenzar este brindis diciendo: ‘cuando estuve aquí en 1776’”.

“Ella nunca es muy ‘la reina’”, dijo un colaborador, aludiendo a la sencillez en su trato. Cuando subió al trono, en 1952, los estirados cortesanos se paralizaron al ver que ella y Felipe llamaban a sus empleados por sus nombres de pila, algo mal visto entonces. 

Una presencia poderosa

Otro biógrafo, Andrew Marr, subrayó el aura de la reina, un campo de fuerza que ya muchos políticos quisieran proyectar. En The Real Elizabeth: An Intimate Portrait of Queen Elizabeth II, señaló: “una aparición de la monarca crea un ‘atmosférico bamboleo’ de expectativa, un ligero pero indefenso nerviosismo. Cuando ella asoma, la gente siente que sus latidos del corazón aumentan, así tantos intenten tratarla como a una mujer más”.

Muchos que estuvieron en sus audiencias, apuntan que los cortesanos los pusieron tensos antes con sus advertencias sobre el rígido protocolo. Empero, apenas ella llegó, los relajó con su calidez.

Eso lo corroboró la exprimera dama Michelle Obama. En su “taquillero”  libro de memorias, al hablar de “nuestra amiga, la reina”, escribió: “A lo largo de muchas visitas, ella me mostró que el sentido de humanidad es más importante que el protocolo o la formalidad”.  

‘La mirada’ de Isabel II

Isabel se veía más sonriente con los jóvenes, la gente sencilla o con empleados de rangos menores. Eso sí, al trabajar con ella, había que evitar dos cosas: cruzar la línea y The Look (la mirada). Lo primero se refiere a que podía mostrarse jocosa o muy cercana con alguien, pero si esa persona intentaba hacer lo mismo, se ganaba la segunda.

“Era una mirada gélida y devastadora, que te recorría de pies a cabeza”, le explicó a Hardman otro exempleado. De todos modos, siempre evitaba la confrontación, incluso al interior de su familia. De ahí las críticas que se le hicieron por mostrarse pasiva ante los escándalos de los príncipes.  

Su desaprobación, relata Hardman, la expresaba en tres pasos: Primero, levantaba una ceja, y si el caso era muy extremo podían ser las dos; luego, profería un firme: “¿está seguro?”; por último, daba un resuelto ‘no’. El staff recuerda igualmente que hacía secas observaciones, que le costaba más decidir lo que quería hacer que lo que no quería hacer y que era abierta a nuevas ideas, pero jamás las sugería. 

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Como jefa de Estado, para nada debía meterse en política, pero no faltaban los mandatarios extranjeros que quisieran picarle la lengua. Astuta, les espetaba: “Muy interesante, señor presidente, estoy segura de que el secretario de política exterior estará encantado de hablar de eso con usted”.

Martinis y caballos

En cuanto a sus gustos, no le gustaba la ópera y comía frugalmente. De aperitivo tomaba Dubonet al almuerzo y Martini en la cena. En el annus horribilis de 1992, el peor de su reinado, estos últimos se incrementaron. A la hora del té prefería los sándwiches de mermelada, tal como se vio en el sketch que protagonizó en junio junto al oso Paddington, para gran sorpresa de todos, con motivo de su Jubileo de Platino. Eso sí, en su mesa había que comer rápido, porque no le gustaban los que lo hacían lento. 

Era una gran aficionada a la caza (deporte de reyes por excelencia). Por eso le encantaba tener invitados para ello en Balmoral, su residencia estival en Escocia, donde murió. Los convidados han revelado que se trataba de pasar la noche allí y que, a su llegada, Isabel misma les mostraba sus habitaciones, que se encargaba de aperar con los libros que les gustaban.

Tras la partida y el cambio de ropa, llegaba la hora de los tragos en el salón. Allí, la reina se entretenía con paciencia, un juego solitario de cartas que data de la era victoriana, mientras charlaba, relajada. “Ella seguía siendo la reina, pero era también una extraordinaria anfitriona en su propia casa”, le dijo un testigo a Sally Bedell Smith, otra biógrafa. 

Una de las mayores caballistas del Reino Unido, iba por Europa, Asia y Estados Unidos en busca de los mejores sementales. Ya en sus establos, le gustaba estar presente en la inseminación de las yeguas. Días antes de morir, le enumeró al reverendo Iain Greenshields, uno de los últimos en verla con vida, los nombres de todos los ejemplares que tuvo en los últimos cuarenta años. 

Una reina que pensaba en el futuro

De hecho, muchos alaban la prodigiosa memoria de la reina Isabel II, pero recalcan que no la usaba para constantes reminiscencias, al contrario de la reina Victoria, su tatarabuela. “La reina es pragmática. Vive en el presente, pero sus pensamientos están a menudo en el futuro: ¿Cuáles son los planes? ¿Qué es posible? ¿Qué significará esto para la gente?, eran sus preguntas”, evocó en su momento el expremier John Major. 

Y, ¿qué sentía por Diana y Fergie, sus díscolas exnueras? Un exasesor de la monarca le contó a Bedell Smith que, a pesar del ridículo en que la segunda, exesposa del príncipe Andrés, puso a la casa real al ser descubierta con su amante, Isabel le tenía cariño. “Fergie era increíblemente ingenua y podías saber lo que estaba haciendo”. Con Diana las cosas eran distintas, expuso la escritora en su obra Elizabeth The Queen, pues a la reina se le hacía más difícil perdonarla por su modo de proceder taimado y sigiloso.

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Septiembre
19 / 2022

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