Cinco novelas para amar… a las novelas

“Tal vez la manera correcta de celebrar una fiesta de origen tan hipócrita es mandar a los amigos al carajo y encerrarse a leer”, opina el autor de esta nota. Novelas de amor extraño y trágico.

En los países anglosajones el día de San Valentín se celebra el 14 de febrero, en conmemoración de un santo que hacía caso omiso de la prohibición de casar a los soldados del Imperio Romano. En Colombia, por el contrario, el Día del Amor y la Amistad es en septiembre porque a las tiendas les conviene que alguna cosita caiga por estas fechas. Tal vez la manera correcta de celebrar una fiesta de origen tan hipócrita es mandar a los amigos al carajo y encerrarse a leer. A continuación reseño cinco novelas con las que vale la pena entregarse a ese ejercicio.

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1. El regreso de Casanova, de Arthur Schnitzler

El gran seductor veneciano ya no es el que fue. A sus cincuenta y tres años, perseguido, endeudado, acosado por esperanzas tan devoradoras como ridículas, se enamora de una muchacha que prefiere las matemáticas a las artes y la contemplación a la conversación. Después de un intento desastroso y de un conato de depresión, Casanova decide enfrentar la situación a su manera: como si fuera la primera y a la vez la última de sus aventuras.

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2. Mi Ántonia, de Willa Cather

Esta es una novela de amor por partida doble: el de un hombre por una mujer y el de la autora por el paisaje donde sucede la historia. Después de leerla se puede decir que se conoce Nebraska aunque nunca se haya estado allí.
Ántonia es una de las hijas de un matrimonio checo que ha llegado a buscar mejor suerte a esa planicie tan fértil como desolada donde uno de cada tres habitantes habla un idioma europeo. Jim es un muchacho que luego de la muerte de sus padres se ha visto forzado a vivir con sus abuelos. La historia de los dos está narrada sin afectación ni exceso. Podría haberla escrito Flaubert, excepto porque la protagonista sabe vencer a su manera a pesar de haberlo perdido todo de antemano.

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3. Oso, de Marian Engel

Cuenta la leyenda que Marian Engel, desesperada por la falta de plata, un día decidió escribir pornografía y lo que le salió fue esta extraña novela perfecta.
Una archivista rígida y temerosa llega a vivir unos meses a una isla en mitad de la nada donde hay poco más que una mansión, una biblioteca y un oso. Este último se le convierte poco a poco en una obsesión que, para inquietud tanto de ella como del lector, tiene un marcado componente erótico. Pero ninguno de los encuentros entre los dos, ni siquiera el último, resultan implausibles ni forzados, y uno termina el libro asqueado e iluminado por partes iguales. Oso es una meditación tan turbadora como honesta sobre la parte animal del amor, esa que es capaz de convertirlo en un abismo pero también en una escalera al cielo.

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4. Mi perra Tulip, de George Ackerley

Ackerley es ese amigo gay que todos quisiéramos tener, de pinta impecable, ademanes de lord y lenguaje afilado, cuya amabilidad e inocencia son todavía más grandes que su esnobismo. A ese personaje difícilmente lo imaginamos con una mascota; acaso un gato. Un siamés despampanante, tan caprichoso y libre como su dueño. ¿Pero una pastora alemana?
En plena crisis de la edad madura, Ackerley termina encargado sin saber cómo de Tulip, una perra ruidosa y apasionada que poco a poco se convierte en el amor de su vida. El hombre nunca proyecta en su mascota sentimientos o pensamientos humanos; no la convierte en un fetiche peludo que lo consuele de su soledad. Sabe que es una perra y aún así aprende a amarla. Pocas relaciones humanas son tan honestas y duraderas como la que describe esta autobiografía.

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5. Calle Katalin, Magda Szabó

En esta novela la pareja destinada a casarse logra hacerlo después de mucho sufrimiento; y el resultado es trágico, no por culpa de ellos ni de nadie más, sino del azar y de la historia, esos dos monstruos sin cabeza que tal vez son uno y el mismo.
El libro está escrito con sutil, espontánea maestría, pero a mí los fragmentos que más me gustan son los narrados desde el punto de vista de un fantasma. En ellos no hay terror, obsesión ni locura; sólo una nostalgia demoledora que en medio de tanta oscuridad resalta minuciosamente la belleza de las cosas sencillas.

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