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Bolos, tenis y tiro con arco: Tres campeonas colombianas que tal vez no conoce

La tenista María Camila Osorio, la bolichera María José Rodríguez y Sara López, con cinco títulos mundiales en tiro al arco, son tres deportistas colombianas exitosas. Conózcalas.

Foto: Foto María Camila Osorio: Sergio Llamera / ITF (cortesía Fedecoltenis). Foto sara López (clip de YouTube). Foto María José Rodríguez: cortesía 2019_PWBA_ Louisville

La tenista María Camila Osorio, la bolichera María José Rodríguez y Sara López, con cinco títulos mundiales en tiro al arco, son tres deportistas colombianas exitosas. Conózcalas.

Estas tres deportistas colombianas se destacan en sus campos como las mejores en sus categorías. Diners conversó con ellas para conocer su historia y sus proyectos a futuro.

María Camila Osorio

Golpeó con fuerza la pelota en el último punto del partido y logró un as para llevarse así los dos sets ante la joven estadounidense Alexandra Yepifanova. Celebró con rabia contenida, y al mismo tiempo con una sonrisa espléndida, de la manera en que suelen hacerlo los colombianos, tan acostumbrados a no ganar en los grandes circuitos como decididos a imponer por fin su estilo y alegría ahora que le están dando la vuelta a esa tendencia. Acababa de ganarse un grande.

 

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Atrás habían quedado todas las competidoras. Adelante solo queda un futuro promisorio. A los 5 años, María Camila Osorio dejaba regadas en los rincones de su casa en Cúcuta cuanta muñeca y juguetes le regalaban. Ahora, en un giro del destino, deja regadas en el camino de las siembras clasificatorias a sus rivales. Así comenzó a hacerlo cuando a los seis años, con sus manos todavía inexpertas, empuñó por primera vez una raqueta y dejó las muñecas por el pasatiempo del tenis. El tenista Alejandro Falla vería su talento innato y se convertiría en su entrenador.

Jugó con ímpetu una y otra vez, conquistando trofeos y ganándose el derecho a participar en uno de los grandes. Tres meses antes de cumplir la mayoría de edad, el 8 de septiembre de 2019, sintió que el juego se le había vuelto un destino cuando sentenció su histórico título del US Open juvenil en los Estados Unidos, el primero en la categoría de sencillos para Colombia en todos los tiempos. Alcanzaba así su primer histórico título de Grand Slam.

Solo mientras corría a abrazar a los suyos entendió que la emoción que la embarga por el tenis es también un reto por vivir y demostrar que con disciplina todo joven puede llegar lejos. “Mi logro sirve para incentivar a niños y jóvenes a interesarse más por la práctica de la disciplina”. Discreta ante las cámaras hasta 2019, este año emergió con furia para hacerse notar por el país tras los títulos de Wimbledon y el US Open de Estados Unidos a manos de Juan Sebastián Cabal y Robert Farah. Apenas comienza, lo sabe, pero cuando deja entrever su admiración por el suizo Roger Federer, leyenda del tenis mundial, uno entiende hacia dónde se perfilan sus sueños.

“En nuestro país tenemos mucho potencial deportivo más allá del fútbol o el ciclismo”, precisa la hija de Juan Carlos Osorio y Adriana Serrano, ángeles guardianes de su talento. La actual número dos en la clasificación mundial juvenil no desaprovecha para destacar el apoyo de su hermano Juan Sebastián.


“Tuve que ‘rogarle’ a ‘Sebas’ dos semanas para que estuviera conmigo en la disputa del título”, dice, entre risas. “Él tiene sus cosas del fútbol”, complementa, haciendo referencia a que fue integrante del club Fortaleza y sigue los pasos de su abuelo materno, Rolando ‘el loco’ Serrano, destacado futbolista que hizo parte del combinado patrio en el Mundial de Chile 62. Su pasión por el deporte viene en los genes. Ambos, ahora, se apoyan en el deporte. En su familia está claro que son la lucha y el esfuerzo los que permiten obtener triunfos.

Por eso la atemorizan poco las rivales experimentadas y al contrario, le parecen un reto. La intimida más, en cambio, el cosquilleo que la invadió cuando se subió a un carro de bomberos en su natal Cúcuta para recibir la ovación de la gente. “Me dio pena. No sabía para dónde mirar o qué hacer”. Camila se formó en la Escuela Édgar Muñoz, el mismo que moldeó el talento de Fabiola Zuluaga, la cucuteña que inspira el camino de jóvenes como ella.


Ahora piensa dar el paso al profesionalismo. Haciendo gala de desparpajo se alista para celebrar el 22 de diciembre sus 18 años. No tiene en claro el regalo porque el más grande se lo ganó ella misma, a punta de sudor, cuando la mayoría apenas empieza a decidir qué camino tomar. Sabe que la mayoría de edad es solo un número, porque ella ya es grande y está entre los grandes. Lo ha sido desde sus seis años, cuando le dijo a su papá que quería jugar tenis para ser campeona internacional y empezó a recorrer el camino que acaba de cumplir con creces.

Sara López

Cuando una tiradora de arco se enfoca en su objetivo, el mundo desaparece. No hay ruidos externos ni afanes. No importa qué suceda o cuánto se remeza el planeta: solo hay ese instante de concentración extrema, tensión y, misteriosamente, paz absoluta.

Eso le sucede a Sara López, aunque no siempre fue así: las pistas de patinaje la deslumbraron cuando tenía 13 años y estuvo convencida de que esta disciplina la llevaría lejos. Allí la concentración era tan estratégica como la medición de sus fuerzas. Pero el destino tenía otros planes para la carismática atleta pereirana.
Fredy y Paula, sus papás, con insistencia, le exigieron a ella y a su hermano Isaac (22) que debían “aprovechar los tiempos libres”. Iban a tenis, natación, patinaje y a clases de música e inglés, en un afán por llenar sus días de horas productivas. Al final, Sara terminó por elegir el voleibol para acompañar a sus compañeras de estudio. Sin embargo, resultó pésima para la actividad. Su confesión va acompañada de un suspiro de alivio. Por fortuna, dice.

En medio de su agite de actividades permanentes continuó ensayando deportes, poniendo sus objetivos en todos lados, hasta que fue con su hermano a entrenamientos de tiro con arco, pues un amigo de él practicaba este deporte. Entre 30 participantes solo había una mujer. Sara quedó encantada y enfiló sus energías hacia esa modalidad. En su elección había tanto de estrategia como de amor a primera vista: la estrategia era descollar en un deporte en el que había escasas mujeres. El amor fue por la precisión y la elegancia del arco. “¡Fue hermoso, me enamoré!”, describe, emotiva.

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Fue afinando el ojo y la postura. Y ganó poco a poco lo que le hacía falta: de la dispersión de actividades optó por la excelencia en una sola disciplina. Fue implacable en su devoción al deporte y en sus entrenamientos. Gracias a ello, pronto vinieron los resultados.

Sara José López Bueno, a sus 24 años, exhibe orgullosa cinco títulos orbitales en tiro con arco. El más reciente lo obtuvo el pasado 6 de septiembre en Moscú (Rusia), donde derrotó a la anfitriona Natalia Avdeeva, en la modalidad de Arco compuesto. El año pasado la Federación Mundial de Tiro con Arco ya la había destacado como la mejor del mundo.

 

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En los Juegos Panamericanos de Lima 2019 salió victoriosa en su modalidad al derrotar a la mexicana Andrea Becerra, y en mayo ganó oro, plata y bronce en las finales del Conquest Cup, torneo invitacional en Estambul (Turquía). Pero la suma de triunfos no la desestabiliza. “Tengo los pies en la tierra”, afirma, como quien se planta ante el blanco y sabe que o se concentra o comienza a fallar.

Cuando sale a competir, se persigna. Tiene fe en Dios, algo que para ella no resulta negociable. Pero nunca le ha pedido ganar, sino llenarse de tranquilidad. “Que pase lo que él decida. Es mi lema de vida”. En el brazo, en el arco y en las flechas lleva escrito el Proverbio 2131. La versión de ella varía un poco, aunque la esencia es la misma: “El soldado se prepara para la batalla, pero Dios otorga la victoria”.

 

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Pero ella sabe que en cada victoria hay pasión de su parte. Aunque señale que no quiere dinero ni salir en los periódicos, y a pesar de que prefiera una vida calmada entre sus tres perros y sus tres gatos, siente tristeza de ver que solo el ciclismo y el fútbol copan los titulares. Sus triunfos de alto sacrificio resultan siempre opacados. “Se debe estar en el top siete del mundo para asistir a eventos de tiro al arco como el de Rusia, aparte de rivalizar con los mejores”. Ella lo está, aunque pocos lo sepan.

Pocos saben, también, cuando ven su tino y sus altos puntajes, que cursa estudios de Medicina y que ya lleva siete años en ese propósito, aunque tan solo ha hecho seis semestres. No tiene prisa: es el momento de competir por el mundo y ganar, de sentir cómo el arco se tensa y la flecha se libera rumbo a su objetivo. Es el momento, insiste, de saborear sus cinco copas del mundo y de volver a su tierra a tomar café o a ir al cine. Ya no hace mil actividades, como cuando niña. Ahora compite, disfruta, y sabe que todo vendrá a su tiempo: su carrera y lo demás que le depare la vida. Todo vendrá, anota, como llega la flecha al blanco, por mucho que el tirador demore el momento supremo de liberarla.

María José Rodríguez

Jugar bolos parece un simple plan de fin de semana. Pocos saben cuánto tiempo tarda el cuerpo en adoptar una postura adecuada, en aprender cuál es la bola ideal para cada lanzamiento o en generar giros en los lanzamientos para que la bola cambie de dirección y derribe los pines restantes. Pocos saben el sacrificio que implica dedicarse a los bolos y competir a nivel de la élite en un deporte que millones juegan y en el que todos, tarde o temprano, consiguen derribar alguna que otra moñona.


Menos aún saben que la bolichera colombiana, María José Rodríguez, obtuvo en agosto el primer lugar en el Campeonato Mundial Femenino Élite en la modalidad de todo evento, en Las Vegas, Estados Unidos.

Su talento radica en su disciplina, como en todo deporte, y en su pulso firme. La deportista tolimense de 30 años, de hecho, contesta la línea a las cinco de la mañana en el otro lado del mundo, en Tailandia. No hay indicios de sueño en su voz.

Sabe que su triunfo ha sido comparable a ganarse una Copa del Mundo en fútbol, aunque a punta de moñonas y puntajes sobresalientes. También su hazaña es comparable con el heptatlón del atletismo, porque la modalidad en la que ganó la ibaguereña combina la sumatoria individual de sencillos, dobles, ternas y equipos: para ganar es necesario una regularidad excepcional en todas las pruebas. De hecho, su promedio general la llevó a alcanzar un puntaje de 5.488, por encima de la sueca Joline Persson, que alcanzó 5425.

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Ya hace diez años, en su tercer mundial juvenil en Helsinki (Finlandia), ganó uno de los trofeos mayores, junto con Laura Fonnegra. Justo entonces, una década atrás, tuvo en claro que esta actividad la acompañaría por el resto de su vida.

En su caso, sus ilusiones por este deporte se gestaron en el Club Campestre de la capital tolimense, a donde la llevaban sus padres, Ramiro y Celmira. Al inicio, como todo, fue una diversión. “A los 7 años, me metía en todo. Pero al pasar el tiempo tuve que decidir entre el golf y los bolos. Ganarles líneas a mis amigos me entusiasmó”, relata.

Nunca pensó que pudiera llegar tan lejos. Lo dice metafóricamente, pero también porque justo compite en el país antípoda de Colombia, en el World Bowling Tour Thailandia 2019, una parada de bolos comparable a un Grand Slam de Tenis, en la que actúan equipos de diversos países.


Aún con títulos soberbios en su trayectoria, confiesa que suelen ganarle los nervios y el revoloteo de las mariposas en el estómago antes de competir e, incluso, cuando obtiene una distinción. Los bolos no son un deporte de precisión milimétrica. Por eso, la ansiedad la acorrala. “En los bolos –a diferencia de una carrera atlética en la cual puedes calcular minutos, segundos, centésimas– el clima, la altura, la calidad de los rivales y hasta el peso de las seis bolas juegan un rol principal. No es de suerte, pero son indispensables las estrategias”, precisa.

Los nervios le ganan este mes por otro motivo. Luego de más de una década de rodar por el mundo haciendo lanzamientos precisos, ha decidido casarse con el también bolichero estadounidense Nathan Bohr, en Austin, Texas. En estos años ha podido sacar adelante su carrera de Mercadeo y Administración de Empresas, y a pesar de que vive fuera del país, estará en los Juegos Nacionales, como integrante de la Liga Antioqueña de Bolos. Mira a las otras jóvenes campeonas y ve su propia trayectoria. Llegarán lejos, como ella, lo sabe, si continúan siendo disciplinadas.


Se despide para ir a jugar. En cada partida, lo sabe, volverá a sentir ansiedad, esa que no la abandona, pero a la que termina dominando con el temple de sus dedos tensos en la bola y conectados con su objetivo. Una tensión que libera cada vez que los pines caen, derribados, unos tras otros, y sus líneas le dan la victoria plena. Solo entonces, cuando no queda nada en pie, celebra. Aunque el país ignore el tamaño de sus triunfos, ella celebra la grandeza de sus hazañas.

 

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