¿Tirarle sopa a Van Gogh salvará al planeta?

Una ola de vandalismo contra las obras maestras más admiradas del arte de todos los tiempos sorprende al mundo. La verdad, esto no es nada nuevo, sino la continuación de una larga historia de ataques con motivaciones entre serias y estrambóticas, patrones que se repiten y detalles tragicómicos.
 
¿Tirarle sopa a Van Gogh salvará al planeta?
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En los últimos meses, las noticias de temas tan cruciales como la guerra en Ucrania o la inflación han compartido titulares con reportes cada vez más frecuentes de atentados en los grandes museos de Europa, principalmente. Por fortuna, no se trata de ataques con bombas ni robos, pero sí de arremetidas que casi cobran el carácter de sacrilegios contra piezas del patrimonio universal que todo el mundo venera.

En mayo, un hombre disfrazado de anciana le arrojó un pedazo de torta a nada menos que Mona Lisa, de Da Vinci, la reina de las pinturas, en el Museo del Louvre de París. Dos meses después, en la Galería Uffizi, de Florencia, un par de individuos untaron sus manos con goma y las pegaron al vidrio que cubre a La primavera, de Botticelli, otra prestigiosa joya. Por esos días, los marcos de obras de Van Gogh, Constable y una copia de La última cena, de Da Vinci, fueron los blancos de nuevas agresiones en varias ciudades del Reino Unido

Más adelante, no hubo semana de octubre en que no se presentaran graves irrupciones de esta índole. El 9, el método del pegante volvió a ser utilizado con Masacre en Corea, de Picasso, expuesto en Melbourne (Australia). El 14, Los girasoles, celebérrimo óleo de Van Gogh, recibió un baño de sopa de tomate. Ha sido quizá el más publicitado de los incidentes, entre los que además se cuentan el que sufrió Almiares, de Monet, con puré de papas en el Museo Barberini de Potsdam, así como La joven de la perla, de Vermeer, en el Museo Mauritshuis, en La Haya.

Noviembre llegó con más escándalos. En el Museo Bonaparte de Roma fue vandalizada otra pintura de Van Gogh, El sembrador, en tanto que en el Museo del Prado de Madrid, los ofensores se la dedicaron a La maja desnuda y La maja vestida, de Goya. 

El último lienzo que sufrió una agresión hasta el momento el 15 de noviembre, y fue Muerte y Vida, un famoso óleo del modernista austriaco Gustav Klimt que se expone en el Museo Leopold de Viena. Dos activistas irrumpieron en la sala donde se muestra el cuadro y lo rociaron con un líquido aceitoso negro.

Activista de ‘La última generación’ vertieron un líquido negro y aceitoso sobre “Muerte y vida” de Klimt en el Museo Leopold. Foto: Last Generation.

Los perpetradores de estos ataques son activistas de Last Generation (Última Generación) y Just Stop Oil, JSO, (Solo Detengan el Petróleo), organizaciones ambientalistas que buscan la supresión de la industria de los combustibles fósiles para contrarrestar el cambio climático.

En su actuación en Potsdam, por ejemplo, los manifestantes de Last Generation gritaron que el mundo se halla en medio de “una catástrofe climática y ustedes están temerosos por una sopa de tomate o unas papas machacadas sobre una pintura”. “¿Qué vale más: el arte o la vida?”, fue otro cuestionamiento lanzado la organización. 

Estos llamativos hechos son tema de candente actualidad y justificada controversia, pero lo cierto es que no revisten ninguna novedad. La práctica de irse lanza en ristre contra estas creaciones, tiene su antecedente más remoto en el año 455, cuando una tribu alemana, los vándalos, invadieron Roma y destruyeron numerosas obras de arte. Inspirado en esos hechos, Henri Grégoire, obispo de Blois (Francia), acuñó en 1794 el termino vandalisme (vandalismo) para la devastación que causaba la Revolución Francesa. La palabra se extendió por el resto del planeta. 

Entre borrachos y sufragistas

El caso más sonado del que se tiene memoria a partir de ese momento es el de la Vasija Portland, del Museo Británico, en Londres, exquisitez de vidrio de la Roma de comienzos del siglo I, hecha añicos en febrero de 1845 por un estudiante borracho, William Lloyd, condenado a pagar una multa y a dos meses tras las rejas. 

Si Lloyd se metió en semejante lío por unas copas de más, la siguiente agresión famosa, ocurrida en la Viena de 1880, tuvo una raíz algo más seria: la religión. Sucedió que las pinturas del ruso Vasily Vereshchagin, especialmente La sagrada familia y Resurrección causaron indignación en la iglesia católica y un monje tomó cartas en el asunto arrojándoles el suficiente ácido como para que no quedara el mínimo rasgo de ellas. 

Las causas en boga de cada época se han servido del vandalismo contra el arte para visibilizar su mensaje. Hoy, lo hace la lucha contra el cambio climático, mientras que a comienzos del siglo XX lo llevó a cabo uno de los movimientos en furor, el de las sufragistas, que propendían porque a las mujeres se les reconociera el derecho al voto. En 1914, una de ellas, Mary Richardson, le asestó siete cuchilladas a La Venus del espejo, obra de otro genio, Diego Velásquez, en la National Gallery de Londres. Lo hizo, explicó, en protesta por la detención de su camarada Emmeline Pankhurst. Pagó seis meses de cárcel y muchos años después reveló su otro posible motivo: los celos, pues le molestaba el modo en que los hombres miraban a Venus (quien parece desnuda en el lienzo) todo el día en el museo.

Cinco partidarios de Just Stop Oil rociaron pintura dentro de la Royal Academy y pegaron sus manos en el marco de The Last Supper. Foto: Just Stop the Oil. 

La Guerra de Vietnam, la Primavera Árabe, la lucha contra el racismo o los opioides, han sido otras justificaciones de este vandalismo. Pero también es verdad que los atacantes han presentado razones más personales. En 1978, La Berceuse, de Van Gogh, exhibida en Ámsterdam, recibió tres cortadas de un hombre, en protesta porque el gobierno no le pagaba el sueldo. Un perfil muy común ha sido el de trastornados mentales. Un caso así se presentó en 2007, cuando un joven de 21 años, arrancó de la pared El triunfo de David, de Ottavio Vannini, y lo pisoteó varias veces causándole severos daños. Y todo porque la imagen de la cabeza arrancada del cuerpo de Goliat lo perturbó severamente. 

Otros, han aducido que lo suyo no es un ataque sino un aporte a la obra, que actuaron motivados por un sueño, que estaban en modo carpe diem (aprovecha el día) o por la sencilla razón de que eran Miguel Ángel o Jesucristo.

Prohibido maquillarse

Los métodos de los abusos también han ido mucho más allá de la sopa y el puré de hoy. Los besos con los labios pintados que ciertas mujeres les han estampado a obras de renombre desde 1912 han llevado a algunos museos a prohibirles que entren maquilladas a las salas. Han salido a relucir armas de fuego, golpes, huevos y otros medios más extravagantes como el de Jubal Brown, un reincidente que ingería alimentos coloreados artificialmente con tonos primarios, para luego vomitar sobre piezas del Museo de Arte de Nueva York o la Art Gallery de Ontario. Otro lance extraño fue el del diplomático Zvi Mazel, quien en 2004 causó un cortocircuito para arruinar la instalación Snow White and the Madness of the True, de Dror Feiler.   

Los activistas de hoy alegan en su favor que las obras que eligen no resultan deterioradas porque están protegidas por vidrios de seguridad, lo cual es cierto. Pero esa no ha sido siempre la realidad y muchos atentados conllevaron arduas restauraciones. La más prolongada fue la de la mencionada Vasija Portland, que tomó 142 años de intentos. Guernica, de Picasso, protagoniza la más corta: una hora, luego de que Tony Shafrazi le aplicara pintura roja con un aerosol. 

Las más atacadas

El vandalismo tiene sus favoritas u obras que han sido su objetivo en más de dos ocasiones. Una es Mona Lisa, que en 1956 sufrió un par de asaltos, uno de los cuales significó la pérdida de un poco de pigmento cerca de una ceja. Por eso hubo que protegerla con un cristal a prueba de balas, que en 1974, durante su exposición en Japón, la salvó de ser perjudicada por la pintura que le lanzó una mujer discapacitada, furiosa porque el Museo Nacional de Tokio no le ofrecía buena accesibilidad. A los 35 años, otra brava visitante, esta vez en el Louvre, a quien Francia le negó la nacionalidad, le tiró un pocillo. Este año, tuvo lugar el episodio del pedazo de torta, mencionado más arriba.

El autor de la otra obra más vilipendiada es no menos inmortal: Rembrandt. La ronda de noche, que pintó entre 1639 y 1642, fue vandalizada en 1911 con un cuchillo; en 1975, con docenas de cortes en zigzag; y en 1990, con ácido.

Dos jóvenes partidarios de Just Stop Oil se pegaron al marco de una pintura de Vincent Van Gogh en la Courtauld Gallery de Londres. Foto: Just stop oil.

También figura en el ranking La sirenita, escultura inspirada en un cuento de Hans Christian Andersen, emblema de Copenhague. Fue decapitada en 1964 y 1998. Quedó muy averiada en muñecas y rodillas por la embestida con explosivos de 2003. Le fue regada pintura en 1963 y dos veces en 2007. En 2006 no solo le arrojaron pigmento, sino que le fue puesto un dildo en la mano. 

Volviendo a los sucesos de 2022, hay un dato irónico sobre una de las organizaciones que los lideran, Just Stop Oil. Si bien su fin es desterrar el petróleo, se financia con dinero que se originó en esta industria. Más exactamente, es beneficiaria de Climate Emergency Fund, organización creada por Aileen Getty, nieta del magnate del crudo J. Paul Getty. Empero, sus defensores recuerdan que ella ya no trabaja en el petróleo y que ha dedicado mucho de su fortuna a la causa ambiental. De refilón, ello trae a colación el candente problema de las relaciones del arte con los emporios de hidrocarburos, que han financiado históricamente a los grandes museos.

¿Se justifican los desmanes?

Esto último, precisamente, es la base de quienes intentan responder a la pregunta del millón: ¿se justifican estos desmanes? Las piezas son una extensión del poder corporativo que está destruyendo a la Tierra y por eso es legítimo ofenderlas, acotan los que están a favor.

De otro lado, hay quienes creen que irrespetando a las obras maestras, los activistas deshonran su causa. Pero estudios realizados por el doctor Colin Davis en la Universidad de Bristol, en Inglaterra, sugieren que el odio que suscitan, no significa que la gente desprecie sus principios. 

En un reciente artículo de la revista New York, expertos reconocieron algunos logros de organizaciones como JSO en aspectos como ayudar a fijar la agenda climática, pero advirtieron que el problema es más de fondo. De una parte, es difícil fortalecer el movimiento ambiental en una sociedad como la de Estados Unidos, una de las que más calienta al planeta, en la que solo el 3 por ciento opina que el problema más importante del país tiene que ver con el ambiente, en tanto que el 17 por ciento relieva la carestía de la vida.

Por otro lado, anotó la publicación, reducir la producción de petróleo no es la panacea y eso se está viendo con el desastre actual de la economía, ocasionado por la baja en la inversión en esta industria, la guerra en Ucrania y las maquinaciones de Arabia Saudita. Por lo demás, es una realidad que potenciar la producción de energías limpias va a necesitar de la ayuda del controvertido petróleo que los que arrojan sopa sobre Los girasoles de Van Gogh no pueden ver… ni en pintura.

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noviembre
15 / 2022