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Octavio Paz: la poesía como apertura y libertad

Una carta de amor y gratitud al poeta Octavio Paz, al cumplirse 107 años de su nacimiento. Una invitación a los lectores a descubrirse en su obra.

Foto: Rafael Doniz/ Wikimedia Commons/ (CC BY-SA 4.0)

Una carta de amor y gratitud al poeta Octavio Paz, al cumplirse 107 años de su nacimiento. Una invitación a los lectores a descubrirse en su obra.

Uno de los signos que marca la mayoría de los artículos y homenajes en torno a la celebración del centenario de Octavio Paz es su relación con las ideas políticas del siglo XX, especialmente debido a su juvenil cercanía con el marxismo que luego él mismo criticaría para acercarse más a un “socialismo libertario” y posteriormente a una defensa del liberalismo democrático.

Paz, heredero de las revoluciones mexicanas, revolucionario desde la palabra y el pensamiento, es sin duda alguna uno de los grandes, si no el más grande, de los pensadores en torno al asunto de la mexicanidad así como de la posibilidad que esa particularidad podría tener para abrirse al mundo.

Octavio Paz, una amistad revolucionaria con el lector

La relevancia de su recorrido político en la historia de las ideas de América Latina es de importancia capital, como bien se encarga de ilustrar en su libro “Redentores” el mexicano Enrique Krauze quien, gracias no solo a un estudio detallado sino a su colaboración en la revista “Vuelta” y su amistad permanente con el autor, le dedica el capítulo “Octavio Paz: el poeta y la revolución”.

A través de un recorrido biográfico, Krauze se encarga de mostrar al lector el tránsito entre el ideal de la redención revolucionaria y la apuesta por la democracia en nuestro continente, así como la relación entre este camino y la búsqueda de sí mismo, presente en toda la obra de Paz. Nacido el 31 de marzo de 1914, Octavio Paz es el descendiente de dos revolucionarios y escritores que desde su infancia le permitieron ver las diferentes caras de la Revolución, así como dejaron en él el sentido de lucha por la verdadera libertad y la igualdad entre los hombres.

Su abuelo, el revolucionario liberal Ireneo Paz, le permite reflexionar sobre la idea de progreso y la necesidad de paz que debe acompañarlo, del mismo modo que su padre —o mejor dicho, la intermitencia de su corta presencia en la vida de Paz—, Octavio Paz Solórzano, revolucionario zapatista, le permite acercarse a la soledad como un motivo de pensamiento y la búsqueda de un ser auténtico como objetivo final de toda su obra.

El escritor y los comunistas

 

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Es comprensible el descreimiento de Paz frente a las revoluciones comunistas de inicios del siglo XX y su posterior apuesta por la consecución de un sistema democrático en México, en la medida en que muchos de los intentos revolucionarios del continente terminaron siendo simplemente un cambio de actores en la farsa de la opresión, una reinvención de las dictaduras.

Sin embargo, y en este punto parecen concordar la mayoría de los estudiosos de su vida y obra, no amainan estas decepciones su natural carácter rebelde y su actitud de lucha en el sentido en que encuentra Paz en la palabra un mecanismo para rebelarse contra los dogmas y revisar lúcida y apasionadamente los orígenes de nuestro ser latinoamericano, nuestro lugar en la historia y la necesidad de comunión que debemos intentar satisfacer.

Incluso para Krauze, Octavio Paz, aún cuando declaraba como error su antigua simpatía por el marxismo, “escribía para la izquierda”. En el caso de Paz, la Revolución que nos hará posibles se librará en el terreno de la poesía.

El laberinto de la soledad

“El mexicano no quiere ser ni indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo”.

Es preciso, sin embargo, antes de adentrarnos en la poética de Octavio Paz, mencionar la que sin duda constituye una de sus herencias más poderosas en el pensamiento latinoamericano. Publicado en 1950 su ensayo “El laberinto de la soledad” constituye un hito en la reflexión sobre la identidad, el lenguaje, el trasfondo indígena y la herencia de la conquista y la colonia que pervive en el pueblo mexicano.

Como muchos jóvenes a lo largo y ancho del continente, conocí esta obra de Paz en una clase universitaria; mi profesora Helena Iriarte en la clase de Literatura Hispanoamericana, hace unos doce años. Nos recomendó con especial fervor su lectura y nos encargó prestar atención a uno de sus capítulos, aquel centrado en el lenguaje, “Los hijos de la Malinche”.

Para muchos de los lectores de dicho fragmento de la obra de Paz este constituye una de las más juiciosas reflexiones, a partir del uso de la expresión “chingar” y todas sus posibilidades, de las dicotomías presentes en el ser mexicano y tal vez por extensión, nos vemos reflejados en nuestros propios países a través de la descripción que hace Paz de la vida como un asunto de “chingar o ser chingado”; el hermetismo, la agresividad y la inseguridad que caracterizan muchas de nuestras acciones tanto individuales como colectivas, además del desarrollo de nuestra historia como pueblo.

El nuevo romanticismo con Octavio Paz

 

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“El laberinto de la soledad”, recorrido junto a mi profesora, Iriarte, se me figuró entonces como el desvelamiento de una identidad poderosa, ancestral y tenaz, que subyace en su propia negación, debajo de nuestra mojigatería colonial, que se reinventó lo sagrado en la adopción fervorosa del catolicismo español —y que vistió a la deidad morena de la fertilidad como la Virgen de Guadalupe— y que resiste, en la celebración de la muerte, la ebriedad, la mentira y el uso del lenguaje como arma: en la chingadera. Desde hace 64 años, “El laberinto de la soledad” ha sido el motor de un nuevo romanticismo, una nueva forma de considerar el ser latinoamericano y especialmente, una herramienta que ha puesto a la historia al servicio de la construcción de nuestra identidad y más que “nuestra”, de la de cada uno de nosotros.

La libertad, la poesía

En “El arco y la lira” (1956), uno de los libros de teoría literaria más importantes de las letras hispánicas, Octavio Paz había ya establecido las bases fundamentales de su poética. Una de ellas, la que sin duda más llamó mi atención, es la idea de que no se puede hacer poesía aislada de la historia o más bien, sin un sentido histórico.

Por otra parte, señala Paz el carácter subversivo, libertario, de la palabra poética, su lugar en un “más allá del lenguaje”, su posibilidad de trascendencia. Es así como la obra poética de Paz encarna en sí misma una revolución, ES la Revolución, trasciende a la historia misma, al testimonio y se convierte en huella, camino y puerta de escape; imagen nueva de las cosas, la palabra es el mundo, es el presente y sobre todo, es el objeto de comunión, la salida de la soledad.

En la cabeza del poeta

 

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Heredero de la vitalidad y la búsqueda del ser presentes en Walt Whitman, Paz nos conduce a vislumbrar el sentido comunitario de la palabra a través de la revolución solitaria del poeta, quien no sirve al lenguaje, sino que se sirve de él para encontrarse y del mismo modo, mostrarnos nuestro propio rostro en la lectura del poema. En esa medida, el poeta se acerca a lo indecible, dice al hombre y en suma, dice lo que no tiene palabras para ser nombrado.

El emblemático poema de 1957 “Piedra de sol”, resulta una muestra patente de la posibilidad de la palabra poética para enseñarnos el mundo, poner a convivir la imagen mítica con la vida cotidiana y la actualidad política y sobre todas la cosas, su carácter fundacional y su comprensión de lo eterno que no es un más allá sino la convivencia continua y simultánea de todos los tiempos en nuestra existencia:

“oh vida por vivir y ya vivida
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece”

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La poesía en Octavio Paz es apertura, escape del ser cerrado mexicano, libertad para ser de manera auténtica y única. En este sentido, podríamos hablar sobre cómo la obra de Paz se inscribe en la Literatura Universal en la medida en que se abre a ella y bebe no sólo de la singularidad mexica sino de la complejidad de todo lo humano.

Gracias nuevamente a un profesor universitario, el fallecido Javier González Luna, pude conocer una de las evidencias más claras de este carácter universalista que se ve reflejada en el ensayo de 1970 “La tradición del haikú”, donde explora la llegada del haikú a nuestra lengua, la complejidad de su traducción y la filiación entre este género y su propia postura frente al ejercicio poético: “las lenguas son más inteligentes que los hombres que las hablan”.

Cien años

 

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“¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos”.

El centenario de Octavio Paz se conmemora un día después de la muerte de su hija, Helena Paz Garro, ocurrida el 30 de marzo. Paz, para quien todo era signo, debe estar develando el sentido de esta triste coincidencia, donde quiera que esté. Sin embargo, me aventuro a decir que a través de esta causalidad dramática la vida misma ha convertido la consideración del tiempo circular de Paz en una imagen poética aún más poderosa.

¿Cómo explicar el legado de Octavio Paz?

Escribir estas palabras hoy, precisamente hoy, es un motivo de orgullo, pero también de frustración. Necesitaría uno cien años, mil páginas y mejores y más sabias palabras para poder asir la figura de Octavio Paz. Y su profundo impacto en la historia de nuestro ser como latinoamericanos.

Entre las muchas palabras de homenaje que hoy se le dedican por parte de sus amigos, como Enrique Krauze y Gabriel Zaid, y de los numerosos y profundos estudiosos de su obra, yo acerco las mías con humildad, como una simple lectora que ha encontrado en Paz a lo largo de los años siempre preguntas, enigmas, caminos nuevos, movimiento, mi rostro y el de mis hermanos.

Para mí este artículo es una oportunidad enorme de expresar mi gratitud hacia uno de los autores latinoamericanos que desde mi perspectiva, ha mostrado más amor por las palabras. Así que no cierro este texto con mis medianas ideas sino con un poema del mismo Octavio Paz y una invitación a los lectores a descubrirse en su obra:

Certeza

 

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Si es real la luz blanca
de esta lámpara, real
la mano que escribe, ¿son reales
los ojos que miran lo escrito?

De una palabra a otra
lo que digo se desvanece.
Yo sé que estoy vivo
Entre dos paréntesis.

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Marzo
31 / 2021
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