SUSCRIBIRME
INICIO//Viajes//Para Viajeros//"Este fue el mejor viaje de mi vida, pero no se lo recomiendo a nadie"

"Este fue el mejor viaje de mi vida, pero no se lo recomiendo a nadie"

Travesía de ocho mil kilómetros de carretera por los estados de California, Nevada, Utah y Arizona. Viaje al Estados Unidos salvaje, al gran paisaje de las mejores películas del Oeste. Alces, gansos, Ruta 66…

Foto: Diana Santamaría Ramírez

Travesía de ocho mil kilómetros de carretera por los estados de California, Nevada, Utah y Arizona. Viaje al Estados Unidos salvaje, al gran paisaje de las mejores películas del Oeste. Alces, gansos, Ruta 66…

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 469 abril de 2009

Los grandes ciervos con su cornamenta lujuriosa escarbando en la nieve entre un bosque de pinos. Los gansos salvajes volando por entre las cascadas del Valle de Yosemite. Los leones y los elefantes marinos retozando en las playas del Pacífico.

La apacible soledad del Valle de Napa donde ahora se produce el aristocrático vino en lo que hace ochenta años, en la otra Depresión, fueron las uvas de la ira de John Steinbeck. Dos mil kilómetros de arena y soledad y sin la esperanza de un Mcdonald’s o una CocaCola, en el Valle de la Muerte.

Los cuervos sobrevolando los altos y rojos picos del Monument Valley, allí por donde cabalgó John Wayne en trece películas de John Ford. También, las mariposas de la noche en Las Vegas, los Maseratti y los Ferraris que vuelan de Los Ángeles a San Francisco, los campos de golf en medio de los viñedos o en pleno desierto, las mujeres imposibles en las vitrinas y en las grandes tiendas de marca… Las mansiones de los ricos del mundo en las montañas de California, la más afilada tecnología de punta en el Silicon Valley, pero también pueblos olvidados en el desierto y tan extraños y azarosos que no parecían estar en los Estados Unidos sino en el Caquetá o en Cundinamarca.


Fueron apenas visiones en veinte días de viaje en que loca y hermosamente recorrimos ocho mil kilómetros a través de California, Nevada, Utah y Arizona.

Casi la distancia entre la última costa de América y la costa de Portugal, conducidos felizmente por Franco Franchin, un comandante de un 747 de Alitalia, que sin navegador GPS supo descifrar casi en forma mágica esas cinco mil millas de carretera desde la mítica Ruta 66, que ha sido tema de películas y canciones, hasta carreteritas sin pavimentar que increíblemente existen todavía en pleno Estados Unidos.

Fue un viaje fascinante, tal vez el más espectacular de nuestras vidas, pero no se lo recomendamos a cualquiera porque es prácticamente para profesionales, para quienes aman la pasión de rodar por carreteras, atravesar Parques Nacionales, surcar los desiertos, bordear montañas nevadas.

Claro que tampoco se trata de turismo extremo, pues se está en los Estados Unidos y no en la Orinoquia. Allí todo está señalizado, hay hoteles en todos los recodos y se viaja sin el sobresalto de tropezar, como en Colombia, con una cuadrilla de las Farc en cualquier atajo.

Para empezar, la primera sorpresa es verificar a ciencia cierta que en los Estados Unidos la gasolina es más barata que en Colombia. La tanqueada completa de una gran Toyota Highlander de quince galones, cuesta 33 dólares, apenas unos 75.000 pesos, con lo que se tanquea en Colombia un sencillo Chevrolet Aveo o un Renault Logan. Da coraje. Con ese aliciente nos lanzamos a la frenética travesía, sin tropezar con un solo hueco ni un solo peaje durante ocho mil kilómetros. Nos acordábamos con mucha ironía de los veinte dólares que hay que pagar de peajes entre Bogotá e Ibagué.


Hubo un día en que recorrimos mil kilómetros en apenas diez horas, con un solo error: no haber atendido esa última esperanza del Mcdonald’s antes de acometer el cruce del desierto de Mojave no por la ruta tradicional sino por las carreteras secundarias que corren paralelas a las vías de los trenes solitarios de cien y más vagones.

La intención no era repetir la visita turística a las grandes ciudades sino buscar el Oeste de los Parques Nacionales, de los vastos territorios libres, los desiertos y las montañas, es decir los escenarios donde se protagonizó la llamada Conquista del Oeste, la saga de colonización más grande en la historia moderna. Y también para echar un vistazo a los escenarios reales donde se rodaron todas las películas de western que vimos de muchachos.

Vea tambien: Así era el escritor Rómulo Gallegos

La parada en Los Ángeles, San Francisco o Las Vegas fue apenas para degustar unos buenos steak New York o unas suculentas prime ribs, que son las mejores carnes del mundo, o para entrar al Circo del Sol en Las Vegas, al que si usted no ha visto, está en mora de comprar el pasaje para Las Vegas.

Fue así como en plena modernidad, con tarjetas de crédito en los bolsillos y con seguro médico internacional por si acaso, nos lanzamos a buscar ese mundo natural y primitivo, esa alma salvaje que subsiste bellamente en el país más moderno, poderoso y contaminante de la Tierra.

Un país donde se respira por todas partes un sentimiento de esperanza para encontrar, de la mano del presidente Obama, una pronta recuperación económica y un nuevo sitio de liderazgo y respeto en el concierto mundial.

Sería ingenuo describir a esta hora de la globalización y la televisión lo que son Los Ángeles o San Francisco. Sólo hay que agregar que esas quinientas millas de carretera entre las dos ciudades, que bordean montañas, ensenadas, campos de golf y colinas de focas y elefantes marinos, pueden ser el viaje por carretera más placentero y refinado del mundo.

Y San Francisco, nada original es repetirlo, es una de las cinco ciudades más bellas de la Tierra y sin duda la primera de los Estados Unidos. Y luego de retorno hacia el sur, por el Valle de Napa adonde llegó la familia Oask a recolectar manzanas en los años treinta, en la novela y en la película Las uvas de la ira, el libro que inspiró la nueva política de Roosevelt para sacar a los Estados Unidos de la gran crisis de los años treinta.

Ahora esos viñedos son boutiques de vinos de actores y deportistas famosos. No tienen ni la grandeza ni la belleza que uno se imagina por aquella hermosa película Entre copas.

Después de la parada de rigor se apunta hacia el sur y el este a través de pueblos y ciudades de nombres tan hispanos como San Luis Obispo, Sacramento, Manteca, Modesto, Madera, Fresno. Y después de casi mil kilómetros por entre sembradíos de manzanos, viñedos, ciruelos, naranjos y duraznos que esperan la primavera para florecer, está el Parque Nacional de Yosemite.

Mejor que en las postales, ahí ese cañón de cascadas y cumbres nevadas, los osos y los gansos salvajes… Después nuevamente la travesía por las montañas nevadas y surcar la gran cumbre del Parque Nacional de las Secoyas donde estos árboles nacieron antes que fuera crucificado Jesucristo. Desde estos bosques silenciosos y helados se avanza casi dos mil kilómetros para amanecer de pronto en pleno desierto y atravesar el Valle de la Muerte, la tumba de aquellas caravanas de los pioneros del Oeste.


A través de un lago de sal se llega hasta un punto que está 87 metros por debajo del nivel del mar. Se deja atrás Zabrinsky Point, no el de la vía a Anapoima, y apenas una parada en esa alucinación del desierto que se llama Las Vegas para ver el Circo del Sol y perder veinte dólares en tres segundos.

Y entonces adentrarse en ese territorio en cuyos restaurantes de carretera la foto que preside la entrada es la de John Wayne. El Gran Cañón del Colorado y el mirador Skywallt, recién construido para que lo exploten los indígenas, donde por setenta dólares se vive el vértigo de caminar sobre el abismo rojo. Y después otros mil kilómetros por entre las soledades del desierto y las colinas y los valles donde pastan los ciervos y los alces, para adentrarse en el gran paisaje de las películas de western.

Los parques nacionales de Zion y Bryce, donde el cielo azul, las montañas rocosas y rojas, los valles nevados y los pinos ralos son escenarios de película. Después, otra travesía casi loca por carreteras terciarias para llegar a Hanskville hacia la media noche en busca de un motel.

Pero no era una ciudad sino un villorrio, una parada de carretera en el desierto, con un pequeño motel polvoriento donde nos dio asco y miedo dormir. Nos comimos la hamburguesa más espartana del mundo, compramos una camiseta donde se pregunta dónde putas queda Hanksville, y nos lanzamos por entre la oscuridad y avisos de peligro de Open Range porque no había cerca para el ganado.

Vea tambien: ¿Por qué Instagram, Facebook y WhatsApp no están funcionando bien?


En la madrugada un hotel fantasmal en el pueblo Sombrero Mejicano y al amanecer estaba ahí, casi al frente, la meta mayor de este viaje: Monument Valley. La reservación de los indios navajos, de grandes peñascos de roca pizarra roja, el escenario natural de los Estados Unidos donde más se han filmado películas.

Los caminos de polvo rojo, los peñascos sobrecogedores, los once miradores y el John Ford Point, en pleno corazón de los monumentos, donde el gran viejo y director tuerto se sentó para dirigir las trece películas protagonizadas por John Wayne, entre ellas The seacher, la más grandes de todas las películas de vaqueros.

Ahí, frente a la roca de las tres hermanas, John Wayne protagonizando al derrotado y racista sargento Ethan, por fin encuentra, tras años de búsqueda, a su sobrina que había sido raptada como una niña de tres años por los indios, pero la halla con pluma y todo, convertida en la compañera del jefe navajo, y entonces Wayne saca el revólver: “Te voy a matar porque ya no eres de mi raza, no eres blanca, ahora eres una india”.

Y Nathalie Wood adolescente, india, ahí en el suelo, frente al revólver de su tío, el viejo sargento racista derrotado en la guerra civil…

Dejamos atrás Monument Valley. Llegamos hasta el Vaticano del cine de western y partimos con el sentimiento de haber perdido para siempre la inocencia ante la magia del cine de la juventud.


Fueron otros más de dos mil kilómetros hasta Sedona donde se rodaron otras cincuenta películas de vaqueros y donde hoy tienen residencia muchas estrellas, desde Madonna hasta Tom Cruise, y sobre todo los dos capos del cine contempráneo, Robert de Niro y Al Pacino.

Después la travesía hacia el Oeste, por la procelosa Ruta 66, y después una loca incursión por las carreteras más desconocidas del desierto de Mojave. Y llegar hasta Amboy, antigua parada de trenes en el desierto para aprovisionarse de agua, pero hoy día una imagen miedosa del viejo Oeste, con el motel más miserable del mundo –no hay uno igual en Colombia, ni siquiera en La Hormiga, Putumayo–, con una destartalada estación de gasolina y un pistolero tatuado y armado de verdad que nos aprovisionó sin mirarnos a la cara.

Dejamos atrás ese maravilloso espanto y por entre lagos de sal donde se levantaban pequeños tornados, viajamos hasta Palm Spring para volver a la vida de los ricos, que como dijo Pambelé es mejor que la de los pobres, y por entre campos de golf y Bentleys y Ferraris llegar hasta San Diego y Los Ángeles.

Fue muy delicioso estar entre la espuma de la bañera de una suite del Hilton recordando en la inmediatez toda esa travesía por el Lejano Oeste… Atrás quedaron 8.000 kilómetros.

En realidad sin ningún peligro, porque donde en realidad se corren riesgos es entre Bogotá y la Costa, pero sí la aventura y la emoción de conocer el ámbito natural, primigenio y hermoso que aún les queda a los Estados Unidos de América. Algo espectacular para quien se atreva a romper los esquemas del turismo tradicional.

INSCRÍBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Abril
22 / 2019

Send this to a friend