SUSCRIBIRME
INICIO//Uncategorized//La era de la democracia monitorizada

La era de la democracia monitorizada

Mientras el desencanto con los políticos abunda, gana terreno la democracia ejercida por ciudadanos que monitorean las acciones de los poderes públicos y limitan el poder arbitrario.

Foto: José Rosero

Mientras el desencanto con los políticos abunda, gana terreno la democracia ejercida por ciudadanos que monitorean las acciones de los poderes públicos y limitan el poder arbitrario.

Mire a su alrededor. El desencanto con los políticos y las “políticas” oficiales está en aumento por todas partes, incitado por luchas internas de facciones y populistas revoltosos. Para los ciudadanos de Grecia, Hungría o Irlanda la democracia es un ideal bueno, pero corrompido y prácticamente descompuesto. Grandes minorías de ciudadanos dicen más o menos lo mismo.

Algunas llamadas democracias, como Israel y Ucrania, están engendrando un desencanto activo ante los ideales democráticos. En la próspera Australia, menos de la mitad de los jóvenes entre los 18 y los 29 años creen que “la democracia es preferible a cualquier otro tipo de gobierno”. Y en Estados Unidos, una encuesta realizada en 2010 por Opinion Dynamics reveló que casi dos tercios de los estadounidenses (62 %) piensan que su democracia imperial está en decadencia. Las cifras no han cambiado. Ahora estos mismos ciudadanos se preguntan: ¿Ha llegado a Iraq o Afganistán la democracia? ¿Llegará a Siria?

Las respuestas parecen redundantes y los escépticos de la democracia se sienten alentados. “El matrimonio entre democracia y capitalismo ha llegado a su fin”, dice Slavoj Žižek, el autodenominado Lenin de nuestra era. “La democracia es como una abstracción monetaria, equivale a un deseo de muerte organizado”, escribe el filósofo francés Alain Badiou. “Occidente se ha vuelto muy engreído”, dice Fu Ying, viceministra de Relaciones Exteriores de China. “La democracia sola no puede llevar el pan a casa”.

Con la percepción de que los vientos políticos soplan a su favor, ella y otros críticos resaltan el desmoronamiento de los cimientos sociales de la democracia. Y no sin razón. Entre las lecciones políticas del gran estancamiento causado por el estallido de la burbuja financiera está la profunda dependencia de las formas democráticas de manejo del poder con el mercado. Los fracasos del mercado han engendrado fracasos de la democracia, con dolorosas consecuencias sociales. Las desigualdades de riqueza están ensanchándose.

En unas pocas décadas, los ricos se han hecho megarricos. Las ansiedades de la clase media crecen; ha nacido una clase nueva y precaria de semiempleados o permanentemente desempleados; la xenofobia y el nacionalismo están en aumento, y con las crecientes cifras de desempleo entre jóvenes (30 % en Italia, 50 % en España, 5,5 millones en la UE), muchos se sienten excluidos del juego democrático.

Vea tambien: Cuando Luis Carlos Galán eligió entre el periodismo y la política

¿Cómo culparlos? Observan a su alrededor y ven pocos líderes que hablen su idioma, representen sus intereses y sean capaces de cambiar las cosas. Obama representa las promesas rotas. Para ellos, la democracia electoral es una democracia fantasma. Se asemeja a un juego de ricos y poderosos. Los partidos son muy poco atractivos. Los políticos dan náusea.

Los parlamentos son peores que las tertulias. Especialmente preocupante es el aumento drástico del uso de los poderes ejecutivos. Desde los aviones no tripulados y las armas nucleares hasta la imposición de la austeridad fiscal y la protección medioambiental, decisiones importantes para millones de personas se toman arbitrariamente detrás de puertas cerradas en remotos escenarios transfronterizos.

Es posible que las quejas de la generación joven sean señales de alerta temprana; sirenas que anuncian cosas peores por venir. Los paralelos con la gran crisis que puso de rodillas a la democracia entre 1920 y 1930 son palpables. El sufragio universal se cree establecido y, al menos sobre el papel, hay una cifra récord de democracias electorales “libres y justas” (al menos veinticinco según la Economist Intelligence Unit, el doble desde 1945). Mussolini, Hitler, Stalin e Hirohito brillan por su ausencia y en cambio encontramos figuras discretas como Enrico Letta, Ángela Merkel y Shinzō Abe. El escrutinio público del poder está creciendo en la web. Hemos entrado en la era de la “democracia monitorizada”; millones de personas están convencidas de la importancia fundamental de iniciativas como la de los indignados (15-M), WikiLeaks, Human Rights Watch, World Glacier Monitoring Service, o Transparencia Internacional, y de herramientas en línea como I Paid a Bribe, de India, en esencia porque las elecciones, los partidos y las asambleas parlamentarias, si bien componen una herencia política importante, no son suficientes para enfrentar los demonios del poder arbitrario que no rinde cuentas a nadie.

La democracia monitorizada es una nueva forma de democracia, definida por el rápido crecimiento de tipos distintos de mecanismos extraparlamentarios y de escrutinio del poder. En consecuencia, la arquitectura de la democracia está cambiando. La influencia de las elecciones, los partidos políticos y los parlamentos en la vida de los ciudadanos está debilitándose. La democracia no solo significa elecciones libres y justas, también la monitorización pública y la limitación del poder arbitrario, donde sea que se ejerza.

El que este nuevo tipo de democracia sea sostenible e históricamente irreversible está por verse. No tenía que darse, pero se dio de todos modos; y si vivirá o se desvanecerá y morirá es una pregunta que permanece abierta. Estamos viviendo una época en la que la democracia parlamentaria padece arteriosclerosis. El dinero gana votos de una manera desproporcionada. Rodeados de lobbistas, los comités legislativos dejan en manos de otros decisiones políticas vitales, los políticos pierden confiabilidad y los mecanismos parlamentarios parecen ineficaces. Los ritmos del gobierno representativo no responden oportunamente a desastres medioambientales como el de Bhopal, el de la plataforma Deepwater Horizon y Fukushima. La democracia parlamentaria parece enajenada, reactiva, hundida por su incapacidad de abordar los grandes asuntos internos y transfronterizos y resolverlos con eficacia, justa y equitativamente.

Vea tambien: 'Mi vecino Totoro' inspira colección de chaquetas

Estas tendencias exigen un pensamiento político heterodoxo, un nuevo sentido de urgencia respecto a las fortalezas y debilidades de la democracia, sus fortunas globales pasadas, presentes y futuras. Un pensamiento democrático requiere distintos modos de decir las cosas, de articular lo que no puede decirse fácilmente y desenmascarar silencios y presunciones dadas por sentado. Esto es lo que he tratado de hacer en Vida y muerte de la democracia, que exhorta a los ciudadanos –en China, Rusia, Colombia o Brasil– a dejar de lado lo que se da por hecho, a abrirles campo a nuevos retos como por ejemplo si el derecho a una representación democrática puede extenderse a nuestra biosfera, o si la región asiático-pacífica contiene las llaves del futuro de la democracia, o si nuevas justificaciones de su superioridad pueden franquear el viejo cliché de Winston Churchill de que la democracia es la forma menos mala de gobierno.

*JOHN KEANE: Profesor de Política en la Universidad de Sidney, es reconocido globalmente por su pensamiento creativo acerca de la democracia y autor de Vida y muerte de la democracia (2009).

INSCRÍBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Septiembre
26 / 2013


Send this to a friend