Clara López, la mujer de la izquierda

Si hay una simbiosis en el mundo político colombiano es la de la candidata del Polo Democrático con Carlos Romero, el uno para el otro son uno solo en la plaza pública, así como en el hogar.
 
Clara López, la mujer de la izquierda
Foto: David Rugeles
POR: 
Marta Orrantia

“Uno se acostumbra a autolimitarse”, dice Clara López, y hace un silencio breve. “Años enteros en que nunca salíamos de noche, nunca íbamos a un cine. Hasta hacer mercado era un complique”. Su cara dice mucho más que sus palabras. Se encuentra sentada en un sofá, de cara a la ventana. Al fondo, Bogotá está cubierta por una llovizna invernal. Ella es una mujer pragmática, y además optimista, eso se ve. Pero no puede evitar estremecerse con el recuerdo, o con la certeza, de que hace casi treinta años que su vida y la de su esposo, el exconcejal Carlos Romero, corren peligro.

Las cosas han cambiado, es cierto. Tanto como para permitirle ser candidata a la Presidencia, pero aún, en esa mañana de domingo en la que llego a entrevistarla, veo en la puerta de su edificio un grupo pequeño de escoltas.

Su apartamento, al que se accede por un ascensor que utiliza una llave, es pequeño y guarda un caos contenido, tal vez propio de la casa de un candidato, o a lo mejor típico de la casa de una mujer más intelectual que hacendosa.

Clara López se encuentra sentada en la cabecera de una mesa de comedor antigua y larga, que tiene un arrume de papeles, libros y volantes de la campaña. Es evidente que la usa más para reuniones de trabajo que sociales. Un estilista le está dando los últimos toques a su pelo, que ya no lleva en una moña sino en un corte de hongo similar al que usaba cuando era una estudiante.

Se pone de pie para saludar y veo que tiene porte y elegancia. Un collar de perlas pequeño alrededor del cuello es el único adorno que lleva. El resto de su atuendo es un sastre azul marino y una blusa blanca de una tela vaporosa. Me sorprende su coquetería, su elegancia, su feminidad. También su carisma, uno que no refleja en el afiche de campaña, cuyas pruebas reposan en un mueble al lado del comedor, junto con un precioso y sin duda antiquísimo carrusel de porcelana.

“Ese afiche ya no es el que sacaremos –dice Clara López, excusándose–. Ahí no está Aída Abella, y yo quiero que esté su nombre bien grande”.

Cuenta, con la familiaridad de una tía a quien uno conoce hace años, que un artículo reciente dice que ella no ofrece ni un tinto. “Eso no es cierto”, afirma, y se voltea para que su estilista le dé la razón. “No, señora. Usted sí ofrece tinto, siempre”, dice el hombre sin dejar de acomodarle un mechón de pelo gris. “Aunque me lo tenga que preparar yo mismo”. Ahí escucho entonces la primera de sus carcajadas. Se ríe con fuerza, con toda la cara, con una vitalidad casi infantil. “Acompáñeme a la cocina”, me dice, y la sigo. “Carlos y yo siempre desayunamos muy temprano, somos muy madrugadores”, cuenta, mientras pone el café.

Su esposo, Carlos, no está en la casa. La acompaña el jefe de prensa, un weimaraner dormilón y consentido y dos gatos que nunca se dejan ver. La sigo de vuelta a la sala, atiborrada de sofás, algunos antiguos y otros simplemente viejos, cuadros, adornos y libros. Ahí es cuando se sienta junto a la ventana y empieza a hablar de su vida. Lo hace de una manera pausada, con dulzura, sin levantar nunca la voz. Siempre como si estuviera revelando un secreto.

“En 1985 –recuerda–, no podía salir del perímetro urbano, a menos que fuera en avión”. Ya no más saltos a caballo –uno de sus deportes favoritos–, no más parrandas vallenatas de esas que tanto le gustaban a su tío Alfonso López y a su marido. Nunca más un día de tranquilidad para una mujer que, ante todo, es una libertaria.

Destino, inevitable

Luego de vivir en Venezuela, adonde se fue huyéndole a un asesinato que parecía seguro, volvió al país con el firme propósito de no volver a meterse en política. Ni ella ni Romero. Era un pacto que habían hecho y que había quedado sellado por la amargura del exilio y la cercanía de la muerte. Pero ambos lo rompieron al tiempo

“Lo hicimos porque uno tiene una manera de ser”, explica. “Lo primero que sucedió fue que a mí me eligió el Consejo de Estado, de una terna que presentó la Corte Suprema, para auditora general, no era política, cierto, pero era servicio público. Pero también ocurrió que cuando llegamos, estaba formándose el Polo Democrático Independiente, antecesor del Polo Democrático Alternativo, e invitaron a mi esposo a hacer parte de la lista del Concejo. Yo al principio empecé a refunfuñar. Le recordaba la promesa que nos habíamos hecho, pero Carlos es una persona que tiene mucho que dar, entonces se presentó”.

Clara es el producto de un hogar sui generis para la época. En lugar de fábulas infantiles, creció escuchando de boca de su mamá el Canto general de Neruda y textos filosóficos, que luego discutía con su papá. “Yo siempre he dicho que soy la persona mejor educada del mundo, no tanto por haber estado en Harvard, sino porque me formaron de una manera muy inteligente. En mi casa no había reglas sino discusiones. Todo era conversado”.

De su mamá, Cecilia Obregón, heredó la sensibilidad social. De su papá, Álvaro López, el pragmatismo. De su educación familiar heredó la obsesión por la tolerancia y la libertad.

La militancia la aprendió en Harvard, adonde llegó para estudiar economía. Eran tiempos de agitación social, de pacifismo e igualdad, y la jovencita protestó contra la guerra de Vietnam, el racismo y el machismo. “Para mí fue una etapa de politización profunda”.

Pero la verdadera lucha de Clara López no la libraría en Harvard, sino en Colombia. Su primera experiencia en política fue de la mano de su tío, Alfonso López, para quien trabajó durante la campaña y más adelante, como secretaria económica de la Presidencia. Ahí conoció un país distinto al de hoy.

“Como decía Echandía, era un país en el que se podía pescar de noche. Yo tenía un Dodge Dart blanco, y me iba sola en mi carro. Recuerdo un recorrido que hice desde Honda hasta Ibagué, entrando en todos los pueblos. Me pinché dos veces y quedé varada en la carretera. Pasaron unos señores en un camión y me llevaron con las dos llantas, y después se devolvieron con otro camión y las llaves del carro, me cambiaron las llantas y me llegó el carro”, cuenta.

Un olor a quemado la hace recordar que dejó el café encendido. De nuevo, una carcajada. Mira qué se puede rescatar y aparece con unas tacitas coloridas, de un almacén de diseño parisino.

Ecléctica, es la palabra que se me viene a la mente. Antigüedades, libros, obras de arte, objetos de diseño. Todo se mezcla, todo va bien junto, como ocurre con ella misma, que puede pasar de contar una anécdota trivial a hablar de su ambicioso plan de gobierno y termina riéndose porque, a pesar de ser alérgica a las fotos, tiene que posar con una docilidad que ella misma no se conocía.

Su vida también ha tenido de todo. Trabajó desde el colegio, cuando, en unas vacaciones estuvo en Gachancipá haciendo encuestas sobre nutrición infantil. Fue mesera, aseadora y hasta granjera en sus tiempos universitarios. Fue asesora financiera del BID en Caracas, profesora de economía del Externado y analista de la Agency for International Development apenas se graduó de la universidad. Su carrera política también la llevó a ser contralora de Bogotá, concejal de la ciudad, auditora general y alcaldesa, y, aunque comenzó su carrera pública en el Nuevo Liberalismo de Galán, pronto se unió a las filas de la Unión Patriótica y, más adelante, del Polo, el movimiento político que preside.

Más que cualquier cosa, sin embargo, Clara López es una mujer que no concibe la vida sin trabajar. “No soy amiga de la reelección –afirma–, así que después de cuatro años en la Presidencia, me retiraría de la política, pero no de la docencia. Soy una mujer dada a escribir y a leer. Eso haría”.

Mientras tanto, todo su tiempo y su dedicación están en la campaña. Desestima el esfuerzo titánico que hace, a sus sesenta y cuatro años recién cumplidos y a un año de haber sido operada de un tumor cerebral. Se encoge de hombros y dice: “Las giras son muy exigentes desde el punto de vista físico e intelectual. Uno tiene que estar estudiando mucho, estructurando conceptos para entregar posiciones a los medios de comunicación, a los estudiantes… Son dieciséis horas diarias de trabajo sin descanso. Sin sábados ni domingos”.

Uno de sus lemas es que “Al momento de gobernar uno no le puede exigir a una persona que no haga algo que uno mismo no esté dispuesto a hacer”, y lo cumple a cabalidad, entonces no descansa jamás si su equipo tiene que trabajar.

El mayor sacrificio

Lo más duro, sin embargo, no está en el esfuerzo físico ni en las horas largas ni en las lecturas eternas, ni siquiera en las entrevistas, que la agobian pero a las que accede con ternura, dispuesta a disfrutarlas como todo lo que hace en la vida. Lo peor ha sido, sin duda, lo que ella llama su lado flaco: su familia.

Para entender a Clara López hay que conocer a Carlos Romero, porque no se conciben el uno sin el otro, aunque no pueda –en apariencia– existir una pareja más disímil en el mundo.

Romero nació en el tradicional barrio de Pescaíto, en Santa Marta, estudió en el Liceo Celedón y era dueño de una tienda llamada Para ti. Más adelante, se graduó de abogado de la Universidad Libre, y comenzó una carrera en la izquierda que lo llevó a ser encarcelado varias veces por el delito de rebelión.

Clara López conoció al amor de su vida hace treinta años, cuando ambos eran concejales de Bogotá, él por la UP y ella por el Nuevo Liberalismo. Cuando se fueron a vivir juntos, la familia de Clara se escandalizó. “Eso pasó hace tanto tiempo… Esas cosas quedan atrás”, dice, con una sonrisa.

Además de su amor por el otro, comparten la pasión por la política. Clara era, cuando lo conoció, una liberal furibunda. Él tenía raíces comunistas. Poco tiempo después, ella renunció al liberalismo y entró en la Unión Patriótica, el mismo partido de Romero. Ambos se han reído en público y en privado de sus constantes discusiones políticas, porque aunque ella pudo haberse “izquierdizado” un poco, no llega a ser tan radical como él. Aún así, tienen afinidades fuertes, sobre todo en el campo de la lucha social. Clara, como Carlos, defiende a ultranza la igualdad ante la ley y las oportunidades de trabajo, y ambos, mientras comenzaba su romance, sufrieron en carne propia la discriminación.

Clara López, que no es una persona de rencores, desestima la guerra que su familia, y más aún su clase, emprendieron contra la pareja. Dejaron de invitarla a las reuniones sociales, tuvieron que salirse en una oportunidad del Jockey y fue comidilla de esa sociedad bogotana elitista y pacata. Todo eso ya está en el pasado.

Lo que no pasó nunca fue ese amor adolescente y tierno que tienen el uno por el otro, y que se evidencia cuando Carlos entra en la casa, poco antes del mediodía. Con prudencia, saluda haciendo un gesto e intenta seguir derecho hacia su habitación, pero su esposa lo detiene.

Por un instante, Clara López deja de ser una candidata y se olvida de la entrevista. “Romero”, le dice, en un susurro. Él no la escucha. “Romerín”, repite, un poco más alto, y ese apodo familiar lo hace girar la cabeza y mirarla. Carlos Romero es un hombre bajito, sonriente y apaciguado. Camina hacia donde está su esposa y posa con ella para las fotos. Clara López asume al lado de su esposo una actitud protectora, casi maternal, pero cuando Romero se va, el animal político vuelve a emerger, se endereza y sigue hablando, aunque con un leve temblor en la voz.

“Ese llamado que le hizo la Fiscalía es totalmente injusto”, dice. “Carlos Romero es de los pocos políticos en este país, que si usted mira su patrimonio, puede ver perfectamente que jamás se ha robado un centavo”. Se refiere al llamado a indagatoria que le profirió la Fiscalía a su esposo, acusado de hacer parte del carrusel de la contratación de Samuel Moreno, cuando Romero fue concejal de Bogotá.

Clara López está convencida de que las acusaciones tienen como fin entorpecer su carrera por la Presidencia. Lo que lograron, sin embargo, fue mucho más grave. Romero, que ya había sufrido un problema cardiaco, volvió a enfermarse. “Mi esposo tuvo un quebranto de salud bastante grave –dice, con prudencia, para no ahondar en el tema–. Él venía acompañándome, dirigiendo muchos de los temas de la campaña. Ahora ya está en plena recuperación, pero tiene que cuidarse, entonces se siente muy solo, porque cree que me debería estar apoyando más”.

No han estado solos, sin embargo. Clara afirma que ya solo tiene tiempo de comunicarse con su familia por teléfono, pero no es del todo cierto. Sus hijos, como llama a los hijos del primer matrimonio de Romero y que ella ayudó a criar, la acompañan, en especial Federico, el menor, que es, como su padre, “un vallenatófilo”, dice López entre risas. Ella también escucha vallenatos, pero lo suyo es definitivamente la música clásica. “Yo también toqué acordeón”, dice, pero se apresura a aclarar que fue el acordeón europeo, “el que tiene las teclas como las de un piano”.

La música es vital en su hogar. También la lectura, un hábito que no la abandona. Si bien fue una lectora furibunda de ficción, ahora descansa leyendo libros de filosofía. Pero también tiene un pequeño placer manual: pinta en madera. “Soy una artesana. Pinto individuales, charoles, cucharas para servir”, dice, y saca unas pequeñas cucharas con dibujos de peces y figuras geométricas para ilustrar su punto. “Ahora me compré un cucharón en los Llanos”, dice, orgullosa, exhibiendo una cuchara de palo de un metro de largo. “En el mango voy a pintar animales llaneros y en la cuchara un paisaje de la región”. Si resulta elegida presidenta, tal vez la cuchara tenga que esperar.

         

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mayo
9 / 2014