Un recorrido intenso por el Salón Nacional de Artistas, primera parte

El Salón Nacional de Artistas es una gran celebración para los amantes del arte, como nuestra enviada especial, Dominique Rodríguez Dalvard. En la foto: El Jardín Imaginario, de José Ignacio Vélez.
 
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Dominique Rodríguez

Llueve en Medellín. Mucho. Quizá el calor húmedo lo estaba anunciando. La nueva versión del Salón (Inter) Nacional de Artistas, la 43, arranca con agua, pero también con enorme potencia. Nada impedirá que vayamos a los diferentes escenarios, como lo demostraron los artistas José Horacio Martínez y José Alejandro Restrepo que llegaron perfectamente empapados al Museo de Antioquia, luego del recorrido por el Museo de Arte Moderno de Medellín (Mamm). Un primer vistazo, y haciendo la salvedad de no haber alcanzado a visitar todos los espacios ni a ver con detenimiento todas las obras expuestas (son más de cien), arroja un resultado muy positivo.

Empecemos. El Jardín Botánico abriga tres piezas que se suman acertadamente a la naturaleza de este lugar. Como alguien dijo, es un intento de hacer de este lugar un pequeño Inhotim, refiriéndose al impresionante parque museo brasileño. De esta forma, entre los miles de árboles enormes y en medio del lago cubierto de nenúfares irrumpían dos obras interesantes: una deGermán Botero y otra de Mateo López. La de Botero, era una estructura transparente que invitaba al espectador a sentir una especie de conexión con el agua, con la naturaleza, meciéndose delicadamente por el peso de las personas. Un detalle delicado del artista, las ramas con las que decora esta estructura, que se rozan con un árbol inmenso. Esta obra hace parte de su serie Palafitos, con la cual está explorando el llamado arte ambiental, y con la que también quiere señalar a las comunidades que viven sobre estas estructuras como forma de vida.

Por su parte, la gigante casa flotante de Mateo López es como una aparición en medio de ese lago verdoso. Como todo lo que él hace es minuciosa y nada está de más. Por fuera, una caja de madera clara, con un par de ventanas pequeñas. Es tan encerrada que parece contener todo lo que necesita adentro suyo. Y en efecto, es así. No lo vemos, pues no es posible acercarse lo suficiente, pero adentro, nos cuenta el artista, hay todo lo que necesita para vivir. Es su propio Newfoundland, su homenaje a este pueblo que se asentó a las orillas de un lago y vivió sobre las aguas. También, una referencia a esos troncos enormes que circulan por los ríos y luego devienen una casa al ser tallados. Su nombre: casa desorientada. “Si no tienes un punto fijo, estás perdido, desorientado”, cuenta el artista.

Y la tercera obra en este espacio es la escultura de Fredy Alzate. Es una imponente estructura de llantas, un nuevo árbol que se integra a este jardín. Lo nombra nuevas geografías y tiene una carga pesada. “Es la desilusión y la extrañeza por nuevas geografías reducto de las acciones acciones humanas”. Lo suyo es una “arquitectura mineral”, que aunque embellece como experiencia es profundamente paradójica e inquietante. (El único punto negro es que le pusieron a la escultura una cinta amarilla para protegerla y hace que pierda toda su dimensión, deberían quitársela y hacer que se integre al espacio como todos los otros árboles).

Las obras responden de una manera muy interesante al postulado del Salón: Saber / Desconocer. La geografía de Alzate prevee un apocalipsis causado intencionadamente por el hombre, una nueva naturaleza, cruel e industrial. Una belleza a la que nos podemos, tristemente, acostumbrar. El silencio y la imposibilidad de ver con nuestros propios ojos el interior del mundo de López nos obliga a imaginarlo, una invitación a usar nuestros recuerdos, nuestro saber y permitirle, justamente al desconocimiento, la posibilidad del sueño y el anhelo.

Lindo. Buen primer lugar para empezar el recorrido.

Segunda parada. Museo de Arte Moderno de Medellín. Ese lugar siempre da la bienvenida. Por su fachada amplia. Por su arquitectura imponente. Pero si afuera produce eso, adentro es algo insuperable. El museo, como nunca, está tremendamente poderoso. No es solo que la nave central tiene un Ernesto Neto 100 %, una de sus estructuras orgánicas de telas que parecen entrañas, con minerales de los cuales se cuelan olores minerales (no con en otras piezas donde rellena con especias sus telas, pero acá usa arenas de granos inmensos) y un interior al que se puede penetrar, y caminar, y tocar, y acariciar, y jugar, y dejarse abrazar por esos materiales como arenas movedizas pero que no te van a devorar. Fantástico. Pero no es solo esta obra tan característica lo que hace del Mamm un espacio increíble para esta nueva versión. Es que, como lo querían y buscaban sus curadores, es el paso intermedio del saber al desconocer.

O del desconocer al saber, si leemos las salas de izquierda a derecha. A la izquierda, en la sala norte, la curaduría de Florencia MalbránDestiempo, se mete en el terreno de lo desconocido, el tiempo, como concepto abstracto y que todo lo contiene. En la sala sur, la curaduría de Rodrigo Moura, Estado oculto, un viaje por las tradiciones, por los saberes. Se hablan estos dos espacios, se complementan, se nutren el uno al otro, el uno del otro. Y cierra una pequeña sala con una propuesta del curador Oscar Roldán, una instalación del artista colombiano José Ignacio Vélez titulada El jardín imaginario, un maravilloso paisaje de cerámica que parece que nos llevara a algún otro planeta y que suma el saber y el desconocer de una manera impecable. Es el accidente por excelencia, ¿qué pasa si venías con una idea y, por el camino, se rompe algo y la propuesta ha de cambiar? ¿No puede ser eso también una señal? Es la definición de la vida misma, nada era como se esperaba, simplemente es.

Estado oculto es una sala a la que hay que dedicarle tiempo. Vale la pena cada una de las piezas expuestas. En el extremo derecho, corona la pared una pieza maravillosa de Miguel Ángel Rojas, una trenza gigante de fibra, recubierta de cemento y mambe de coca, y en el extremo izquierdo unos dibujos de Johanna Calle , con la palabra agua en diversos dialectos indígenas, mecanografiados y rigurosamente construidos haciendo de estas palabras un complejo dibujo. En el medio, queda claro que el curador le rinde homenaje a la tradición, a las tradiciones artesanales, pero también sabe muy bien de qué manera son explotados por tantos. Ironiza sobre ello, sin ser pedagógico, lejos de ello.

Nos expone piezas increíbles de artistas que han pensado mucho en la herencia de sus tierras (varios brasileños con historias familiares indígenas), y que las han reinterpretado. Ejemplo de ello es Mojkara Txukarramae, que expone cómo una comunidad indígena, al verse afectada económicamente por la protección de los recursos naturales de su país, hace collares con la misma técnica de manufactura, pero en lugar de usar plumas utiliza pitillos y logra unas piezas excepcionales. Moura también presenta una selección de las cerámicas Alzate, unas fantásticas falsificaciones de precolombinos, que incluso, alcanzaron a colarse en una colección etnográfica alemana. De nuevo, una pequeña burla a nuestro deseo imparable por “el original”. ¿Qué es? ¿Para qué? ¿Para quién? Esas son las preguntas, además, que surgen una y otra vez al recorrer esta magnífica exposición.

Y en cuanto a la curaduría de Malbrán, su recorrido por el tiempo es tremendamente poético. Resulta gracioso, claro, que nos lo diga en una de las frases impresas en la pared: “la poesía es irrelevante”. Y sí, si que lo es. Toda esa sala lo es, y sin embargo, ¿qué haríamos sin ese inquietante ventilador de Jorge Macchi que con cada vuelta que da va rompiendo más y más la pared que lo sostiene? El paso del tiempo queda expuesto, su inevitabilidad. O ese sendero hacia el ultramar de Giovanni Anselmo, un frágil camino de tierra que de lo delicado, pareciera que se fuera a volar con el paso de las olas, en ese caso, de los pasos de todos nosotros… El propio Bernardo Ortiz, construye con el lenguaje, su lenguaje plástico, un río, inestable, en movimiento. Malbrán logra producir con las obras que expone ese lugar incierto que es el tiempo. Y así, nos invita a meternos en el terreno de lo desconocido.

Vamos bien. Seguimos al Museo de Antioquia. Será el próximo reporte.

         

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septiembre
6 / 2013