“Quedarse es otra forma de partir II”, Luis Miguel Rivas

El escritor colombiano Luis Miguel Rivas continúa con su relato, luego de un recorrido en bus por Buenos Aires que puede terminar en una terapia sicológica.
 
“Quedarse es otra forma de partir II”, Luis Miguel Rivas
Foto: Unslash/ C.C. BY 0.0
POR: 
Luis Miguel Rivas

Viene de “Quedarse es otra forma de partir I”

Al abrir la puerta oí la gotera del lavamanos punteando el silencio. Palpé la pared, prendí la luz y vi aparecer mi apartamento (los mueble coloridos, la biblioteca espaciosa y surtida, los cuadros simples y dicientes) igual a como siempre. Y todo hubiera seguido así sino se hubiera apoderado de mí una vaga, inquietante e incontestable consciencia de que efectivamente todo era demasiado igual a como siempre. Me quité los zapatos, caminé hasta la sala, encendí una lamparita y me dejé caer sobre el sofá. Esas paredes pintadas a mi gusto, esos objetos distribuidos por la sala como prolongaciones de mi personalidad, empezaron a parecerme variaciones del vacío.

El esqueleto de mi alma (la estructura que mantiene mi ánimo erguido) se desmadejó y quedé sin un solo aliento. Esa noche pasé en vela. Tenía un sueño tan tremendo que no me dejó dormir y un cansancio tan inmenso que no se me quitaba descansando. ¿Dónde estaría don Gilberto a esa hora? ¿Llegaría a casa? ¿Quién lo protegería ahora que solo contaba con su gran fortaleza de hombre despierto para defenderse del mundo?

Sumido en reflexiones y preguntas similares pasé el día siguiente en la oficina, sin hablarle a nadie, haciendo malamente mi trabajo (el trabajo burocrático debe hacerse mal y rápido, dijo no sé cuál escritor) y realizando esfuerzos casi épicos para poder llevar a cabo actos tan simples como teclear una palabra o juntar dos hojas con un clip. Tan evidente era mi turbación que La guerrillera sicológica lo notó (ella lo nota todo, está atenta todo aunque no diga nada) y vino hasta mi cubículo.

La guerrillera sicológica se llama Beatriz y es mi compañera de oficina. Nos conocimos hace dos años (es la persona con quien más he durado conociéndola, hasta ahora) cuando ella entró a trabajar en la empresa. Es peliroja, bonita, silenciosa y con una actitud tímida casi sumisa que la hace ver un poco más bajita de lo que es. Su humildad es de tal magnitud que todo el que trata con ella se empieza a sentir superior sin darse cuenta. Ella lo sabe y no puede evitarlo porque en realidad se siente inferior y porque le gusta tener razones para vengarse de quienes creen que ella es inferior. Cuando una persona la empieza a tratar con ese aire de superioridad o de poder al que invita su actitud pasiva, ella responde con más humildad, silencio y hasta admiración mientras va registrando detalles, palabras, actitudes que evidencian la charlatanería, la vanidad, la maldad, la bajeza o el carácter burdo, de un tipo o una señora o un chico o una muchacha presumidos que se creen más de lo que son y que quieren venir a sentirse superiores a ella.

La señora o el señor o la muchacha o el chico no se dan cuenta y la ven escucharlos con atención, silenciosa, aquiescente, dócil. Cuando el complejo de superioridad al que llegan el señor o la señora o el muchacho o la chica, es muy evidente, cuando su ego se ha inflado al punto de querer aplastar el de Beatriz, ella hierve por dentro y en un acto heroico por la defensa de su dignidad como persona apunta al corazón del presumido y dispara una frase relacionada con alguna debilidad sicológica que ha captado, una frase como una gotita de veneno que bastaría para matar a la población de un continente entero. Algunos sienten el impacto y caen muertos; otros continúan como si la bala no los hubiera tocado, pero tambaleantes por dentro y otros ni se percatan del ataque. Pero ocurra como ocurra ella siempre me buscará en los descansos y me contará la historia y me soltará todo el caudal de defectos y oscuridades de un mundo de personas que conozco y que para mí en general han sido seres amables. Cuando le digo que a mí me parecen buenas personas me dice que lo que pasa es que yo tengo el problema de ser apegado a la gente, que es una debilidad sicológica mía. Y yo le digo que ella es apegada a la gente pero al revés.

Beatriz es la única persona que se daría cuenta si algún día yo no vengo al trabajo. Una vez alguien nos preguntó que si nosotros dos teníamos algo en el sentido de un hombre y una mujer que se besan y esas cosas. A mi no me gustaría besar a Beatriz, aunque es muy bonita. Creo que no me gustaría besar a ninguna mujer ni a ningún hombre. No me dan como ganas. Pero yo también me daría cuenta si Beatriz no viene un día al trabajo.

Ella fue la única persona que ese día se dio cuenta de que yo no era yo. Se acercó a mi cubículo y se quedó un rato mirándome casi que con lupa, luego dio dos pasos atrás como quien toma distancia para apreciar un cuadro, me miró otra vez y me dijo:

– Vos estás de hospitalización. ¿Qué es la cosa ahora?

Le conté lo de don Gilberto y le dije que no era don Gilberto en específico sino otra cosa. Abrió los ojos grandes y levantó las manos.

– ¡Vos necesitás ayuda profesional! Vos solo ya no salís de esta.

– Yo no necesito ayuda. A mí lo que me pasa es que no me hallo y me está dando muy duro todo.

Fue a su cubículo, volvió con su bolso, se sentó frente a mi escritorio y empezó a urgar.

– Andá a terapia, te lo he dicho mil veces – me dijo mirándome de reojo mientras buscaba entre una ringlera de papeles.

Encontró por fin una tarjetica.

– Mirá, este es, este es el que te va a ayudar a cuadrarte: Martín Valiente.

Tomado del blog Tareas no hechas

         

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febrero
9 / 2012