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"Nuestro himno es tan perfecto que sus versos se pueden intercambiar", Alfredo Iriarte

El escritor e historiador colombiano, puso a prueba su teoría en el siguiente artículo, sin dejar de lado su humor e ironía que lo caracterizan.

Foto: Archivo Diners

El escritor e historiador colombiano, puso a prueba su teoría en el siguiente artículo, sin dejar de lado su humor e ironía que lo caracterizan.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 238 de enero 1990

Las opiniones sobre el doctor Rafael Núñez no siempre coinciden. Hay quienes lo juzgan eximio tanto en la política como en la poesía. Otros lo exaltan como visionario y arquitecto de grandes reformas institucionales pero lo vituperan como portalira.

Hay un grupo, reducido en extremo, dentro del cual me incluyo, conformado por quienes admiramos, aunque con algunas reservas, a Núñez como reformador, y somos, además, unos devotos irrestrictos de su obra lírica, tan injustamente vilipendiada, especialmente en lo que atañe a las grandiosas estrofas con que don Rafael complementó las notas marciales de Oreste Sindici.

Hace ya un par de lustros tuve la satisfacción de salir en defensa del genio poético de Núñez, demostrando cómo nuestro Regenerador había sido el único versificador del idioma (y acaso de todos los idiomas) capaz de construir un asombroso multimueble lírico.

Pude entonces comprobar en forma práctica cómo, sin excepción, todos los versos de nuestro himno patrio poseen la insólita magia de ser intercambiables sin que por ello el conjunto pierda su incomparable esplendor verbal. Elaboré entonces mi propia versión, que resultó tan estupenda como el original de Núñez.

Ahora, pasados los años, he construido otro multimueble con los mismos materiales, distinto del anterior y más largo y refinado, que ahora presento al benévolo juicio de mis queridos lectores, a manera de sustento de mi tesis. Dice así:

La virgen sus cabellos
termópilas brotando,
en átomos volando
arranca en agonía.

De Boyacá en los campos
que riegan dos océanos
en su expansivo empuje
los cuelga del ciprés.

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Oh, sí, de Cartagena
la abnegación es mucha;
de sangre y llanto un río
circunda su alba tez.

Ricaurte en San Mateo,
horrores prefiriendo,
debajo los laureles
seguridad buscó.

Independencia grita
del Orinoco el cauce.

La humanidad entera
lamenta su esperanza.
La flor estremecida
derrama las auroras
que cubre losa fría
en surcos de dolores.

Espadas cual centellas
ganaron la victoria
porque el viril aliento
desprecia su virtud.

En Bárbula no saben
centauros indomables
si admiración o espanto
vencer en la batalla.

Si el sol alumbra a todos
a orillas del Caribe,
el gran clamor no acalla
a pérfida salud.

Del cielo americano
hambriento un pueblo lucha,
mortal el viento hallando
y haciendo un pabellón.

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La libertad sublime
se colma de despojos,
Nariño predicando
que entre cadenas gime,
con cada espiga un héroe
de escudo le sirvió,
y el alma de la lucha
con llamas escribió.

Constelación de cíclopes
en Ayacucho truena.
Soldados sin coraza
descienden a los Llanos;
escombros de la muerte
derraman las auroras,
y de su amor viuda
se mira allí correr.

Y una breve posdata a propósito de poetas decimonónicos. Don Julio Arboleda fue, como portalira, regularcito no más, gracias. Ingiérase usted, amigo lector, el Gonzalo de Oyón enterito, y experimentará la sensación inequívoca de haberse empacado una paila de arequipe ayudado con bocadillos de guayaba. Pero en cambio, don Julio fue el más acaudalado negrero que registra la historia de la esclavitud en Colombia.

De modo que cuando el presidente José Hilario López decretó la abolición de este antiguo y muy rentable sistema, el poeta-soldado promovió una guerra civil contra el gobierno que de manera tan alevosa atentaba contra el derecho de propiedad. Don Julio perdió la guerra y sus 800 negros, pero se consoló declarando al presidente una feroz guerra poética. Veamos esta linda muestra:

«Entonces viera el socialista infame si son nuestras esposas baratijas, o públicas rameras nuestras hijas, o nuestra Patria su infernal burdel».

Aclaración pertinente: el «socialista infame» era el general López por haber liberado a los esclavos. Y algo más: no piense usted, querido lector, que José Hilario era el sátiro insaciable que nos pintó don Julio, ni que entre sus propósitos estaba el de secuestrar a las señoras e hijas de los negreros para conformar con las pobrecitas un inmenso coto prostibulario.

Por el contrario, el general José Hilario López fue hogareño y monógamo y jamás llegó siquiera a imaginar, aún en sueños, tan descomunales empresas eróticas. El simplemente no simpatizaba con la esclavitud y acabó con ella. Eso fue todo.

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Mayo
22 / 2019


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