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La libertad, el tema preferido de Obregón

Ramón de Zubiría le hizo un perfil del maestro Obregón donde explica a profundidad la alucinante, feroz, indomable realidad de su arte.

Foto: Archivo Diners

Ramón de Zubiría le hizo un perfil del maestro Obregón donde explica a profundidad la alucinante, feroz, indomable realidad de su arte.

El artículo La libertad, el tema preferido de Obregón fue publicado originalmente en Revista Diners No. 136, julio de 1981.

Desde los libérrimos desplazamientos de sus cóndores y barracudas y la afirmativa potestad de sus toros y fabuloso bestiario hasta la elegía y exaltación de quienes padecieron mengua o destitución de esa libertad.

Deseo anotar cómo esta retrospectiva patentiza, con incontestable vigor, lo que la pintura de Alejandro Obregón representa como avasallante creación individual como cumplido logro en la invención de una imaginería pictórica inconfundible, inasimilable a fórmulas retóricas, rotunda demostración de lealtad a una vocación y un entorno, a un destino forjado con lúcido padecimiento e irreversible madurez.

Obregón, instintivo y conceptual

Tal madurez nos mueve a preguntar: ¿Por qué caminos misteriosos y secretos hubo de ambular y perderse su ánima en desasosiego hasta encontrar la propia senda, «la diritta vía» dantesca, que habría de conducirlo hasta la cima de su plenitud?

Me parece que desde los primeros diseños apunta ya el designio de la obra total. Desde ellos se ve a las claras cómo Obregón, hombre a la altura de su circunstancia y de su tiempo, quiso que su palabra fuese nueva, moderna -sin confundir obviamente moderno con actual- y no desvaída continuación de agotadas actitudes.

Instintivo y conceptual, buscaba de otra parte, una expresión que tradujera, sin disminuciones, su entusiasmo vital, tratando, por lo mismo, de evitar toda limitante polarización: ni simple cometido eidético, es decir, mero traslado o copia de la realidad ni, en el otro extremo, desnuda esquematización mental, acrobacia s de la inteligencia.

Había que partir de lo real, pero sin instalarse en ello, confiando el rumbo a la intuición. «Mi pintura es muy intuitiva», dijo alguna vez.

«Siempre el contrapunteo entre la intuición y la intención… Y la intuición -añadía- es el rigor de la voluntad de hacer -un-cuadro-que-se-titula -así…».

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La libertad en los lienzos

En otra ocasión observó también: «El arte abstracto no lo entiendo. No son más que bonituras estéticas». En el fondo, fue siempre demasiado sensual y sensible para ser tan solo especulativo. Su doble ferocidad vital de hombre hispánico y caribe lo impulsaba a una empresa imposible: la tentativa de salvar su alma sin perder su cuerpo.

Aspiración, pues, a una pintura totalizante, que resguardara «un cierto grado de rectitud primitiva», pero trascendiéndola, para incorporar sus imágenes al aparato expresivo que interpretase su orbe mental.

Por esta ladera fue a desembocar, naturalmente, en un lenguaje simbólico -(«el arte siempre es símbolo”, ha afirmado repetidas veces)-, un lenguaje simbólico, hay que subrayarlo, de cuño propio, en el que la adecuación entre signo y significado configura un perfecto equilibrio.

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De ahí el doble deleite que se desprende de sus lienzos, en los que no se sabe qué admirar más: si los hallazgos del instinto y la sensibilidad para orquestar lo sensorial o los inventos de la inteligencia en el deliquio de los planos mentales.

Por eso esta pintura, en el espectador, halaga, por igual, mirada y pensamiento.

Se diría suya, una respuesta de Luis Miguel Dominguín a la pregunta de un periodista: ¿Es cierto que el suyo es el toreo de la inteligencia? -Luis Miguel: «Cuando el instinto se afina mucho lo llaman inteligencia».

Obregón y su proceso artístico

Obregón mismo ha revelado, en posteriores glosas a su pintura, el proceso que, en la producción de sus cuadros, va desde su enfrentamiento con la realidad inicial hasta el asentamiento de una segunda realidad en el lienzo. Siguiendo sus propias palabras se podrían puntualizar cuatro momentos:

1) El de la percepción. Posesión de la realidad. Obregón advierte: «Se comienza con la realidad… «.

2) Esa realidad no debe ser re-presentada: «El cuadro no debe representar, debe existir a base de su propia energía».

3) Para alcanzar esa existencia propia del cuadro hay que suscitar el tránsito de lo real a lo mágico. Es el desdoblamiento simbólico: «A la realidad se le añade un poco de lo otro y tres gotas de enigma para producir una magia pictórica». ¿En qué consiste esa magia? Lo dice el punto cuarto:

4) En «decir la verdad siempre -pero como si fuese una mentira o sea con mucha imaginación».

La ética del artista

El anterior somero análisis del proceso creador obregoniano quedaría incompleto si no mencionáramos, por imprescindible, otro factor, el más decisivo, posiblemente, en la consistencia y temple de su creación. Me refiero a su comportamiento ético de artista.

En esto, como en tantos otros aspectos, Obregón es absolutamente ejemplar.

Él sabe, y a ese saber ajusta siempre las ejecutorias, que estética y ética son inseparables; que no puede haber auténtico logro estético cuando se trafica con trampas, cuando el artista se hace trampas, y pinta, escribe o compone… cualquier cosa, en vez de romperse el alma para sacar «de adentro hacia afuera», con rigor que señala Obregón, las plurales formas que pueblan su alma y le piden ayuda para nacer.

En Amsterdam, viendo, en su enriquecedora compañía, algún cuadro de Rembrandt, palabras más, palabras menos, me decía: «Este lo hubiera vendido, entregado, consumido todo por comprar los ingredientes con qué conseguir ese gris y no otro… Nunca hizo trampas… «.

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Esa implacable exigencia ética es la que galvaniza todo el andamiaje estético de Obregón. Ella es la que comunica a su pintura su invulnerable reciedumbre, su dignidad y jerarquía de obra mayor.

El resultado de esos ardorosos combates a muerte con sus ángeles y demonios, los de la mentira y la verdad, está presente aquí, en sus cuadros, en la eminencia insular del orbe que ellos constituyen.

La inspiración está en los trópicos

Obregón ha señalado que la suya es pintura «diciente». Aquí cabe entonces preguntar: ¿qué pretende decir, qué ha intentado expresar su pintura?

Para mí, la alucinante, feroz, indomable realidad de los trópicos, con su Caribe solar y su estelar Cordillera; con su apertura universal; con la desconcertante conjugación de sus antagonismos:

Realismo y magia; ternura y violencia; fecundidad y exterminio … , pero realidad no inventariada o simplemente visualizada sino ascendida a mítica caligrafía, hecha de relámpagos y sombras y explosiones cromáticas, para expresar con ella el alma de ese mundo, la que lo impregna de coherencia y orgánico vigor: la Libertad.

En ella y por ella se articulan todos los temas de Obregón: desde los libérrimos desplazamientos de sus cóndores y barracudas y la afirmativa potestad de sus toros y fabuloso bestiario hasta la elegía y exaltación de quienes padecieron mengua o destitución de esa libertad («Luto por un estudiante muerto»; «Las violaditas»; «Violencia»); o la vivieron en grado de heroísmo:

Icaro, conquistador de espacios, o Blas de Lezo, defensor-triunfador, al igual que su retratista, que con él se confunde, de la libertad de su propio reino.

Avalen estas observaciones mías dos declaraciones del mismo Obregón.

Una: «El trópico hace mi pintura: la alharaca del trópico… «. Y, en otro lugar: «Mi simbología, mi pintura es la Libertad. Libertad es la palabra que más le casa a todo lo que he pretendido hacer».

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Mayo
03 / 2020

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