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Richard Wagner, la ópera para pesos pesados

Aunque sus primeras óperas provocaban más risas que aplausos, el alemán (compositor, director de orquesta, poeta y dramaturgo) revolucionó el género e influyó en lo que conocemos como música moderna.

Foto: Archivo Diners

Aunque sus primeras óperas provocaban más risas que aplausos, el alemán (compositor, director de orquesta, poeta y dramaturgo) revolucionó el género e influyó en lo que conocemos como música moderna.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 154 de enero 1983

El gran músico alemán murió a los 69 años, en 1813. Muchos encontrarán en este número cabalístico misteriosos signos que podrían explicar la cosmovisión de Wagner y los grandes temas de sus óperas: la cólera, la venganza, el amor, la muerte, y aún la duda.

Yo no. Hablando de duda, este tema acompaña a Wagner desde su cuna. Cuando nace en Leipzig en el hogar de Karl Friedrich Wilhelm Wagner y Johanna Rosina Patz, hay algunas sospechas en el sentido de que Richard en realidad es hijo de un actor judío llamado Ludwig Geyer, quien se casará con Johanna al año siguiente, toda vez que en noviembre de 1883 muere Karl Friedrich Wilhem.

El perverso del Federico Nietzche primero gran amigo y luego gran enemigo de Wagner, fue uno de los que se encargó de sembrar sospechas sobre el padre de Richard.

Estas quedaron confirmadas años después, cuando Wagner escribió un panfleto contra la presencia judía en la música, pues es bien sabido que varios de los peores ataques contra el judaísmo provienen de personas de ascendencia semita. Dos ejemplos famosos: Marx y Hitler.

Pero no nos detengamos en cosas tan nimias como las ligerezas que pudo cometer la madre de Wagner, porque de lo contrario no nos quedará lugar para ocuparnos de temas más importantes, como las ligerezas del propio Wagner.

Es interesante observar que en el mismo año en que nació Wagner nacieron Verdi y Kierkegaard, para no hablar de una tía del general Herrán que luego se metió de monja. Napoleón está próximo a abdicar; faltan apenas dos años para Waterloo, han pasado 38 desde que Alex Cumming patentó el Water-closet y faltan 159 para Watergate.

Si fuera ésta una biografía de Napoleón agregaría que en ese momento le quedaban ocho años de vida al Emperador. Pero como es de Wagner, más bien regresemos a lo que fue su infancia y dejemos quieto a Napoleón.

Un pensador en Mi Mayor

Escolar poco brillante, era de esperarse que derivara hacia el billar o la poesía. Derivó hacia la segunda. Escribió su primer poema a los doce años, con ocasión de la muerte de un amigo. Ambos fueron muy lamentados. Después escribió un drama con notable influencia del Sturm und Drang.

El Sturm und Drang no era un dúo musical bávaro, como decir Garzón und Collazos, sino una escuela literaria de moda que predicaba el arrebato y el alarido como modo de expresión. La pieza de Richard era un extravagante drama en que morían dos docenas de personajes en el primer acto y luego reaparecían en el segundo.

Ante la poca acogida que recibió el libreto entre sus amigos, Wagner decidió que lo que le hacía falta era música. Y allí empezó todo. Tomó clases de piano, se fascino con Beethoven y aprendió armonía.

Pero lo que en realidad le gustaba era dirigir orquesta, cosa que hizo siempre de memoria. Ello, en su época, le acarreó censuras de algunos críticos y en nuestra época le habría valido algún contrato publicitario con los fabricantes de Fisiogen.

Se sabe que Wagner fue bastante díscolo en su juventud. Peleaba con frecuencia, se mezcló con revolucionarios, rompió faroles en Leipzig.

Alguna vez se batió a duelo con un estudiante que había conocido sus escritos. De haber perdido Wagner, habría tenido que cumplir su promesa de no escribir nunca más. Pero ganó y enriqueció al mundo enriqueció es un decir con trece volúmenes de obras en prosa, tres más de tipo autobiográfico y numerosas cartas.

C. Rostand, uno de sus biógrafos, asegura que «Wagner es un pensador antes que un músico». Algunos que odiaron su música desde el principio se apresuraron a manifestarse de acuerdo con Rostand. ¡Como se ve que no conocían sus ensayos, verdadero sancocho de contradictorias ideas revolucionarias y reaccionarias, donde había un puesto para la democracia y otro para la monarquía!

Sin saberlo, el Wagner de los primeros años fue una especie de antecesor de Les Luthiers, cuya música despertaba más risas que aplausos.

Así ocurrió con Obertura nueva, que se estrenó un día de Navidad. Lo que debería haber sido conmovedora velada musical se convirtió en inesperada operación jaja.

«Un golpe de bombo intempestivo que reaparece regularmente de un extremo a otro cuenta el biógrafo André Gauthier, provoca la hilaridad del auditorio e incluso de los músicos».

Wagner continuó imperturbable. En 1832 compuso una obra llamada Las bodas y en 1833 su primera ópera, Las hadas. Por consejo de su hermana destruyó la primera y archivó la segunda, que solo fue puesta en escena cinco años después de su muerte, cuando ya no podía temer a las reacciones del público.

El título mismo de Las hadas es fundamental para entender ciertas características posteriores de la obra wagneriana. No hablo aquí del elemento mítico en ella, que es un tema aburridísimo.

Sino de la tendencia de Wagner a utilizar palabras con una sola vocal, como Radragaz. En Los maestros cantores de Nuremberg, por ejemplo, el protagonista es Hans Sachs; en El oro del Rin los dioses van a un cielo llamado el Walhalla; el armador de El buque fantasma es Daland; en Tristán e Isolda aquel da muerte al caballero Morholt.

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Cuando no está inventando nombres con aes u oes, Wagner entonces se deja llevar por unas pocas mayúsculas. El oro del Rin es caso típico: Wotan vive en el Walhalla; allí habita su esposa Fricka, en casa construida por Fafner y Fasolt, y Freya cultiva manzanas.

Esta ópera, como la mujer de cierta copla, «todas las efes tenía». Resulta curioso que, entre tantos y tan profundos estudiosos de Wagner, ninguno haya caído en cuenta de estos significativos detalles.

A pesar de sus óperas, hacía amigos

Foto: Archivo Diners.


Pero sigamos. Wagner continúa dedicado a la ópera y le ofrecen dirigir la compañía Magdeburgo, cargo que acepta solamente porque se enamora de Minna Planer, prima donna del plantel, con la cual se casará en 1836.

Cuando ya tenía montadas varias obras se produjo una crisis financiera en el municipio y, como si se tratara de un cambio en la dirección de Colcultura, la primera medida consistió en clausurar la temporada de ópera.

Wagner queda sin puesto. Después de mucho buscar consigue chanfa en Könisgberg con Minna, pero a las pocas semanas también allí se cierra el teatro. Los dos años siguientes los pasa en Riga enredado en frecuentes peleas con Minna y componiendo Rienzi, ópera tradicional de corte ítalo-francés.

Cuando la estrena, el músico Hans von Bülow comenta en tono jocoso: «Rienzi es la mejor ópera de Meyerbeer». A Wagner, que detestaba a Meyerbeer, no le hizo mucha gracia el comentario de von Bülow. En ese primer momento se limitó a quitarle el saludo. Años más tarde acabó quitándole la mujer.

Después de Riga sigue París, donde pasa, como le ocurrió siempre que fue a esta ciudad, una temporada de pobreza y desventura. Para sobrevivir, vende sus joyas Minna, de las cuales tenía una verdadera idem, y, al agotarse el dinero, Wagner pasa tres semanas en la cárcel por deudas.

El viaje a París había sido tenebroso, pues el buque perdió el rumbo en medio de feroces tempestades y acabó arribando a Noruega. Pero la pobreza es imaginativa, y a partir de esta experiencia Wagner crea su primera obra verdaderamente wagneriana: El buque fantasma.

Versa ésta sobre una leyenda de cierto holandés errante y maldito que solo podrá terminar su peregrinaje cuando encuentre un corazón puro. Por desgracia, el destino no le da oportunidad de bajar a tierra más que una vez cada siete años y en estas condiciones le queda muy difícil.

Se enamora, sin embargo, de Senta, novia de Eric, pero las cosas no funcionan, porque Wagner era negativista, como Schopenhauer, y además no era la vida de él, ¿cierto? Para hacer breve el húmedo argumento, Senta acaba lanzándose al mar y el buque de Daland se hunde, por lo cual algunos empezaron a llamarlo desde entonces «el holandés naufragante».

El público recibió la obra como un balde de agua fría, porque no estaba acostumbrado a semejantes dramonones operáticos, y mucho menos pasados por agua. Pero Wagner insiste. Compone después Tannhäuser, en la cual explora también temas míticos. El resultado es parecido.

Después de siete representaciones, sale de cartel Tannhäuser. De allí a volverse tirapiedra no hay sino un paso, y Wagner lo da: participa en los desórdenes de Dresden en 1849 y se ve obligado a salir al exilio.

El fracaso inicial de Tannhäuser tiene sus explicaciones. La obertura de la ópera incluye un himno a Venus que después, en el acto, el protagonista repite tres veces.

Durante la temporada inaugural, cuando la orquesta, en el acto II, interpretaba por quinta vez el himno, el público creía que estaba rayada la partitura y empezaba a silbar. En la escena final florece el báculo del caballero, pero ya quedaban pocas personas para verlo. El fracaso inicial de Tann, como le decía cariñosamente Wagner, le coloca al borde del hambre. O en el hambre para ser sinceros.

Solo tiene una tabla de salvación, y es un amigo al que escribe. Era este el célebre músico antioqueño Francisco Lizcano, quien se hacía llamar Franz Liszt. Con su socorro, Wagner sobrevive y compone Lohengrin, ópera que estrena en 1850. La trama es bastante pesada. «Heavy», qué diría un chico en la onda.

Vale decir, compleja y llena de personajes fabulosos. Lohengrin, caballero del Santo Grial, es enviado a defender a Elsa de Brabante de una falsa acusación de asesinato; termina casándose con ella a cambio de que no le pregunté de dónde viene, qué es lo que hacen generalmente todos los maridos; ella incumple la promesa, que es lo que hacen generalmente las mujeres, y entonces Lohengrin se aleja para siempre al Monte Salvat en una barquilla tirada por un cisne.

El caballero termina el viaje bastante fatigado, pero mucho más fatigado termina el cisne, quien en realidad era Godofredo, hermano de Elsa, a quien ésta supuestamente ha dado muerte. La trama es aún más enredada en alemán, especialmente para quienes no saben alemán.

La parte más famosa de esta ópera es el trozo conocido como «Introducción y marcha» (acto III), que en realidad es al revés, pues se trata de un canto de luna de miel.

El original de la marcha nupcial dice: «Entren con alegría a este lugar: están unidos por voluntad de Dios». Este texto ha sido traducido al español en forma bastante libre como: «Ya me casé/ya me fregué/ya tengo suegra/ que mantener» (¿Lo reconocen?). Se hizo tan popular que, según cuentan, en uno de sus matrimonios le fue interpretado a Wagner, y éste pensó que era de otro autor.

Mucho Liebe con las Fraus

Hemos tocado, sin proponérselo, la vida sentimental de Wagner. Pese a ser bajito y no muy bien plantado, era impresionante el éxito que tenía este hombre con las señoras.

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Además de Minna, se le conocen amoríos con la inglesita Jessie Taylord, con Judith Gautier y con Cósima, hija de Liszt y esposa de von Bülow. Preocupado por los escándalos que suscitaban sus affaires amorosos, Wagner optó por despistar un poco a los chismosos de la época y trató entonces de limitarse a ciertos nombres y apellidos.

De Matilde Wesendonck pasó a tilde Maier, y de Matilde Maier a Federica Meyer. Le tocó suspender el truco porque no encontró ninguna otra Federica para tender con ella la cortina de humo.

El Wagner más tenaz, el de las óperas de cuatro y cinco horas, aparece a partir de El oro del Rin, en 1853. Con esta ópera ocurría algo muy peculiar. Cada vez que preguntaban a Wagner a que estaba dedicado, éste respondía que a componer El oro del Rin. Y el interlocutor invariablemente comentaba con asombro:

«No tenía ni idea que hubiera loros en el Rin». Molesto con esta situación, Wagner resolvió componer tres óperas más para formar con éstas y la primera una tetralogía a la que bautizó El anillo del Nibelungo, a fin de que no volvieran a preguntarle por el loro.

Lejos estaba Wagner de saber que, con el surgimiento del pugilismo profesional muchos preguntarían luego a Cósima Wagner (ex-von Bülow) si aquella obra titulada El oro del ring tenía que ver con las sumas fabulosas que se pagan en el boxeo.

Las otras tres óperas que componen la tetralogía son La Walkiria (1870), Siegfried (1876) y El crepúsculo de los dioses (1876). En total, 19 discos.

Algunos afortunados los han conseguido por el precio de 18. La primera de ellas ha tenido extendida influencia, hasta el punto de que un famoso bambuco ve desfilar por sus textos gruesas y rubias walkirias wagnerianas.

Se trata de El guatecano, del maestro Emilio Murillo, donde se habla de una «divina mujer de bucles de oro y cuerpo gentil de virgen diosa», típicamente wagneriana.

Siegfried, por su parte, cuenta los avatares de un superhéroe así llamado a quien un enano forja una espada en el fondo del bosque. Con ella Siegfried rompe el yunque de un solo golpe, técnica de karate que denuncia las influencias orientales que en un momento dado de su vida sufrió Wagner.

Lo que hizo Wagner por la ópera… ¡y lo que iba a hacer!

EI grandilocuente compositor viaja mucho durante su exilio y sólo consigue estar a gusto en Londres. De Viena huye un día acosado por los usureros. No lleva ni a su perro Pohl.

Sin embargo, ha subido al trono en 1864 Luis II de Baviera, quien mucho admiraba a Wagner, y no solo le permite regresar a Alemania, sino que lo nombra en un cargo que podría equivaler a un Departamento Administrativo Nacional de la Opera. A Luis II le decían, con razón, «El loco». La Ópera de Wagner resulta costosa y no totalmente del gusto popular.

Al poco tiempo se coligan el ejército, el pueblo y Carlos, tío abuelo de Luis Il, y ponen al soberano a escoger entre Wagner o la corona. El soberano escoge la corona. Un día de 1865, Wagner se marcha desterrado a Suiza. Pero las cosas no son tan terribles esta vez: con él viaja su perro.

En Tribschen, paraje primitivo de Lucerna, encuentra un pequeño paraíso que le permitirá componer una comedia musical, Los maestros cantores, llena de afirmaciones nacionalistas, racistas y germanófilas. Era la pieza preferida de Hitler, quien no logró entender, sin embargo, que se trataba de una comedia.

Para entonces ya Wagner era famoso en toda Europa o en casi toda Europa (no podría asegurar que lo conocieran en Segovia) y cuando regresó a Alemania lo hizo a Bayreuth, una especie de Disneylandia personal.

Fue allí donde compuso Parsifal, ópera en que el otrora concupiscente y sicalíptico Wagner hace una apología de la castidad. No era, sin embargo, el único síntoma de su decadencia, pues también se había vuelto vegetariano, abstemio, tenía una colección de batas de seda como Klim, y se hacía traer babuchas de París.

Su impresionante genio musical ya había logrado dar un vuelco a la ópera y convertirla de mero divertimento, en gigantesco drama humano cuya receta era, según Rostand, «un mínimo de argumento, una acción bastante estática, un máximo desarrollo psicológico y de vida interior». Así las cosas, nadie garantizaba el éxtasis, pero si el bostezo.

El papel de la orquesta también había cambiado radicalmente. Había logrado crear un teatro donde abundaban los largos pasajes en que los personajes permanecían inmóviles y mudos, «mientras la orquesta expresaba sin palabras lo que ocurría en las profundidades de su alma».

Se dice que al morir trabajaba una ópera sin música en la cual no solo permanecían mudos e inmóviles los cantantes, sino también la orquesta. Y había pensado, incluso, en una segunda parte del Anillo, llamado La argolla del Nibelungo, donde era tal la inmovilidad de actores y músicos que ni siquiera acudían al teatro; se quedaban en sus casas, y un paje era el encargado de levantar el telón a las 5 p.m. y hacerlo caer entre los aplausos del público nueve horas después, sin que hubiera pasado nada.

En esas estaba el buen Richard cuando lo sorprendió un infarto fulminante en Venecia, hace exactamente un siglo.

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Septiembre
05 / 2019


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