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Apartes del libro "Días breves" de la colección Inmigrantes

La escritora colombiana recuerda cómo llegó a vivir a Montreal en su libro «Días breves», de la colección Inmigrantes. Aquí, las primeras páginas de su texto.

La escritora colombiana recuerda cómo llegó a vivir a Montreal en su libro «Días breves», de la colección Inmigrantes. Aquí, las primeras páginas de su texto.

Llegar
Nuestro vecino era un viejo de unos ochenta años. Creo que era alto y usaba un abrigo de paño oscuro, largo y sucio. Apareció muerto en marzo de 2002 y por eso que me acuerdo de él. Marzo es el peor mes del invierno. No es que sea tan frío y oscuro como enero, pero el frío duro arranca en octubre y casi cinco meses después uno, de veras, ya no quiere más. En marzo sale el sol, se derrite un centímetro de hielo y luego un metro y medio de nieve fresca. Es descorazonador. De nada sirve pelear contra el clima.

Estaba sola haciendo alguna tarea universitaria, cuando unos golpes y gritos me sacaron del apartamento. Frente a la puerta cerrada del viejo había estaba Gill, el conserje. El mismo Gill que nos había engañado con el apartamento y se había negado a arreglar la calefacción. Ahí estaba con un cigarrillo en la mano, el overol sucio y dos policías gigantes a su lado dando golpes a la puerta. Me miraron y dijeron algo en un francés quebecois que los cursos de la Alianza y el mes en el Centre Lartigue no podían desentrañar.

Tímidamente volví a cerrar la puerta. Alisté la maleta y me fui a la universidad.
Cuando volví, la puerta del apartamento del viejo estaba abierta. Su apartamento era idéntico al nuestro, pero estaba lleno de muebles y lo invadía una luz ocre y espesa. En el umbral, dos pastillas ambientadoras blancas y gruesas para espantar el olor a mortecino, hacían su silenciosa vigilia. El viejo llevaba días muerto. Solo se dio cuenta Gill de su ausencia cuando se había cumplido el plazo mensual del alquiler. Esa noche, cuando mi hermano Felipe volvió a la casa nos hicimos la promesa —como la de Rafa Molina y Escalona— de que si uno se moría en Canadá, el otro devolvería el muerto a Colombia.

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Felipe, mi mamá y yo llegamos a Canadá el 22 de agosto de 2001 con un papel salmón de letras café grande como una sábana pegado al pasaporte. El papel era la visa de residencia que habíamos gestionado un año atrás en Bogotá en un proceso que incluyó tomografías de nuestros pulmones para ver si resistían el invierno; exámenes de SIDA; chequeos médicos, y cientos de copias autenticadas en notaría y traducciones oficiales que comprobaban la veracidad de aquello que habíamos dicho en las entrevistas.

El funcionario de visas de residencia de Quebec se alojaba en un hotel propiedad de mi familia, por lo cual llegaban inmigrantes buscándolo. En Montreal debía correr el rumor de que en Bogotá el trámite de la visa era más rápido que en Ciudad de México. Fue así como al hotel llegó Aisha, una marroquí analfabeta que se había casado con su patrono canadiense. Vivió como dos meses en el hotel y nos cocinaba cous-cous.

También se alojaban en el hotel dos paquistaníes llamados Gulam y Hasam. Su trámite se extendió más de lo planeado y se convirtieron en inmigrantes accidentales en Bogotá, donde duraron más de un año esperando su visa canadiense. Un día, cuando ya las cuentas no les daban para seguir en el hotel, pidieron ver al gerente para explicarle que se debían marchar. El gerente, mi tío, decidió acomodarlos en su apartamento, contiguo al de mi mamá. De modo que Gulam y Hasam eran mis vecinos y por las noches me invitaban a comer curri y una especie de vermicelli con leche dulce. A falta de carnicerías halal en Bogotá, compraban carne kosher en las carnicerías judías. A sus ojos, Canadá era la tierra prometida. Un paraíso lejos de las rígidas costumbres musulmanas donde tenían trabajo en una fábrica de ropa.

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Recuerdo un día cuando varios hombres de Inteligencia de la policía llegaron a arrestarlos pensando que se trataba de dos traficantes kenyanos. No fue fácil explicarles que esos hombres de tez color oliva y pelo liso no eran africanos y que una cosa era el continente africano y otra muy distinta el subcontinente asiático.
De la colección «Inmigrantes» de El Peregrino

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Noviembre
29 / 2011

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