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Vipassana, un ejercicio de resistencia

En pleno siglo XXI privarse durante varios días de la sensualidad del mundo e irse a meditar no suena mucho a un gran plan. Sin embargo, hacerlo puede ser la puerta a experiencias sensoriales complejas y enriquecedoras.

En pleno siglo XXI privarse durante varios días de la sensualidad del mundo e irse a meditar no suena mucho a un gran plan. Sin embargo, hacerlo puede ser la puerta a experiencias sensoriales complejas y enriquecedoras.

Para aprender a practicar Vipassana, una entre las muchas disciplinas de meditación que existen, hay que irse de la ciudad diez días (en Bogotá o Medellín) a un retiro donde, a manera de curso, se adquieren los rudimentos de la técnica. Al salir de allí, en la mañana del día once, esa especie de meditador recién iniciado no será ni mucho menos un Buda; apenas estará listo para comenzar a andar por sí mismo el largo camino que lo llevará a la Iluminación. Así son estas cosas: mucho trabajo para llegar tan solo al punto de partida.

Para comenzar el retiro hay que acogerse primero a un código de disciplina que tiene muchos noes: no matar –a ningún ser, sin importar su jerarquía en la escala de lo vivo–, no mentir, no tener contacto con el exterior, no ingerir drogas, cigarrillo o alcohol, no hablar. También hay que abstenerse de entretenciones –libros, radios, iPad, celular– y, por supuesto, del sexo. Muchas prohibiciones para este mundo tan permisivo. En contraprestación el Dhamma, una suerte de concepto similar al Espíritu Santo de los cristianos, protegerá y le dará fortaleza al meditador. Es un trato justo.

 

El primer campanazo

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La jornada comienza con un gong que suena en la alta madrugada y despierta a todos con su fuerte vibración. A las 4:30 a. m. hay que entrar descalzo a una sala para la primera de siete meditaciones. El primer día se aprende lo más elemental de la técnica: observar la respiración. No se trata de respirar profundo o de forma intensa, ni con el diafragma o con el abdomen. Se trata, solo, de respirar; observar el aire tal cual entra y sale. Y uno se pregunta: ¿meditar no consiste, acaso, en tener experiencias trascendentales? ¿Qué hay de místico en la respiración? La respuesta se experimenta en carne propia: al hacerlo de manera atenta y prolongada la mente se doblega y no se va a la deriva, ni se pierde en elaboraciones compulsivas, ni repite canciones. Se descubre la quietud, una sensación nueva a la que solo se llega tras un trabajo extenuante.

Pero este esfuerzo, al parecer tan vano, comienza a hacer mella en el ánimo y a generar dudas sobre el verdadero objeto de estar allí, en silencio, tras abandonar eso que los comerciales de televisión promocionan como vida. No es fácil estar tres días solo respirando y por eso algunos desertan preguntándose si todo esto tiene algún sentido. Además, aquí no hay mantras, no hay inciensos, no hay cuarzos, no hay sesiones para equilibrar los chakras. Cada cual está solo con su silencio, su mente y su cuerpo. Esas son las herramientas y con eso debe llegar hasta el final.

Durante el cuarto día aprendimos el Vipassana en propiedad. La técnica es sencilla: desplazar la atención desde la corona de la cabeza hasta la punta de los pies, y viceversa. Una y otra vez. Y observar, mientras tanto, las sensaciones del cuerpo. Y seguir respirando. Eso es todo. A esto se suma un concepto fundamental: la impermanencia, que constituye la piedra de toque de la meditación. Según esto nada permanece, todo cambia. Es decir, el universo entero está en continua transformación o, para decirlo en los términos de la tradición védica, en continua vibración. Eso, por supuesto, incluye al cuerpo humano. El objetivo del Vipassana consiste en hacernos conscientes de esos cambios –o vibraciones– a nivel corporal, pues ese es el vehículo que tenemos para experimentar el mundo. Cuesta creerlo, pero meditar, aunque tan ligado a todo aquello que llamamos espiritualidad, es sobre todo un trabajo físico; en los retiros hay que tener lo mismo que los entrenadores les exigen a los atletas: disciplina, paciencia, y aguante.

A esta altura del curso las largas sesiones de atención y respiración han templado la conciencia, hasta el punto de percibir sensaciones corporales muy sutiles que antes ni siquiera se advertían. Al permanecer en la misma posición durante horas se puede experimentar mucho placer o mucho dolor. Aparecen punzadas intensas, el pecho se comprime y los hombros pueden tornarse en piedras. O bien surge un agradable hormigueo cálido que se llama flujo libre, recorre todo el cuerpo, y es tan placentero que no se quiere perder nunca.

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Pero el juego de las sensaciones no es lo que le da sentido a Vipassana, ni es la razón para vivir como un monje durante diez días. Descubrir el estado de ebullición continuo del universo, que se refleja en el cuerpo, resulta muy emocionante, pero el verdadero meditador debe permanecer equilibrado ante ello. En este retiro se desarrolla y se fortalece la ecuanimidad, es decir, conservarse en un estado de sana indiferencia. Diez horas al día, durante los cinco días restantes, hay que mantenerse así ante todo y no generar apego ni aversión por ninguna sensación. Solo observarlas y contemplar su naturaleza impermanente. Dolores u hormigueo, ambos surgirán y luego desaparecerán. Porque esa es la mecánica que rige al universo.

Durante el día diez está permitido, por fin, romper el silencio. La propia voz se siente extraña. La de los demás resulta muy intensa. Algunos hablan de forma compulsiva. Otros prefieren seguir callados. El resto de los derechos perdidos se recuperarán de manera progresiva. Ese día, también, se recibe una última enseñanza: Metta bhavana, una forma de amor desinteresado por todo lo que existe, que se cultiva en la meditación.

Y a la mañana siguiente, sin la más mínima pompa, sin pena ni gloria, cada cual es enviado a su casa. Por evento de clausura hay una última meditación y luego de eso el Dhamma devuelve a quienes cobijó. Al abandonar el retiro la sensación de bienestar es fuerte, intensa, palpable. Los objetos, incluso, se aprecian más luminosos; hay una especie de renacimiento. Pero ese estado corporal y mental tan agradable también pasará, porque es impermanente. E intentar apegarse a él sería deshacer el durísimo camino andado.

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Diciembre
18 / 2013
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