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La historia desconocida de Osuna, un caricaturista revolucionario

Héctor Daniel Osuna Gil es un revolucionario pero godo y católico a la vez. ¿Pudo esta combinación marcar la historia de las caricaturas en Colombia? Descúbralo aquí.

Foto: Archivo Diners/ Primeras caricaturas de Osuna, publicadas en 1948, cuando tenía 8 años, en revista Juventud Ignaciana.

Héctor Daniel Osuna Gil es un revolucionario pero godo y católico a la vez. ¿Pudo esta combinación marcar la historia de las caricaturas en Colombia? Descúbralo aquí.

Aunque su familia materna es paisa y él nació en Medellín, Héctor Daniel Osuna Gil el caricaturista premiado de El Espectador puede ser uno de los últimos chapinerunos que en el mundo moren.

Vive con doña Tulia, su madre, en un apartamento alquilado en la calle 55 con octava y tiene su estudio a menos de dos cuadras. Es una zona insólita que hace unos años fue el corazón de las quintas de Chapinero y que al llegar a su adolescencia comercial envejeció de súbito porque la dejó la moda.

Ahora contiene una curiosa mezcla de locales: discotecas, talabarterías, restaurantes con cara de cafetería, cafeterías con cara de cafeterías, academias de tiple, agencias de publicidad perratas, almacenes de artículos para bebé, residencias para pensionados, salsamentarias, un teatro especializado en películas mexicanas y tres gigantescos parqueaderos en una sola cuadra, que permanecen siempre vacíos.

El edificio donde vive Osuna desde hace veinte años pertenece a esa cosecha que se construyó inmediatamente antes de que llegaran a Colombia los citófonos pero poco después de que el arte abstracto hubiera hecho estragos en el corazón de algunos arquitectos.

En el corredor de granito que atraviesa brevemente el antejardín, el autor del edificio se tomó algunas libertades con Picasso y produjo una especie de angustia geométrica de rojos y azules.

El visitante desprevenido camina sobre él sin reparar que allí fraguó el arquitecto su pequeño homenaje al modernismo. Después empuja el botoncito del timbre y se escucha una voz desde el tercer piso.

Doña Tulia es una matrona paisa de lavar y planchar, simpática y entradora, del corte de Sofía Ospina de Navarro. Anuncia que va a lanzar la llave, qué pena, y la bota. El apartamento es acogedor desde el primer instante.

Tiene cierto sabor de años 20, con sus muebles de mimbre, sus helechos y sus matas, su espejo dorado y sus lámparas. En las paredes de la sala y el comedor cuelgan numerosos cuadros y miniaturas de naturalezas muertas pintados por doña Tulia (uno solo, un frutero de persistentes tonos verdes, es un óleo de Héctor).

Por un rincón alcanza a deslizarse el relámpago oscuro de Dalí, el gato de la casa.

Otro pintor con gato es el maestro Ariza. El suyo se llama Renoir. Pero no se trata de un homenaje a algún colega europeo, sino que el animal es negro, renegro, renoir. Tan renoir como el bonete que símbolo equivoco corona en el cuarto de pinceles de Osuna un viejo armario que perteneció a la sempiterna doméstica de la familia.

¿Cómo es posible que, dibujando lo que dibuja, sea godo?

Soy de extracción conservadora y gran admirador de Laureano Gómez, porque sé que los muertos ya no se pueden equivocar contesta Osuna después de pensarlo un momento. Habla despacio, piensa despacio, se siente molesto en su condición de personaje, dice que está nervioso.

Cuando murió mi abuela paterna, Laureano ayudó a cargar el cajón. Yo fui siempre laureanista. La última vez que tomé parte en alguna manifestación política fue en la marcha azul que organizó Álvaro Gómez en 1974, Allí salí, cargando mi banderita.

¿Y qué pasó después, Osuna? Porque evidentemente desde entonces Gómez Hurtado no volvió a ser santo de su devoción: ahora lo ataca con frecuencia y con cierta saña mordaz en sus monos…

A Álvaro Gómez lo seguí mucho y lo admiro, pero nunca pude entender como, después de llevarnos a votar en favor de él y contra López, pudo aliarse con éste hasta el final. Y tampoco entendí como Turbay era su enemigo hasta la víspera de que aquel ganara las elecciones y luego se convirtió en su aliado.

Pero sigue siendo conservador…

Naturalmente. Mire: yo tuve una tía monja que se llamaba Jesusita Sarmiento y que viajó al Vaticano y fue muy amiga del Papa Benedicto XV. Con esa herencia, ¿cómo no va a ser uno godo y católico?

Como godo y como católico, ¿no le molesta que algunos, a partir de sus caricaturas, lleguen a pensar que usted es un izquierdista, algo así como un guerrillero del Chicó pero chapineruno?

Sí, me molesta. Nunca me he alinderado así. Creo que esa actitud es una pose de intelectuales en trance de figuración. Y me molesta que digan que estoy contra el sistema, porque ciertamente contra el sistema jurídico no estoy.

Respeto mucho el principio de legalidad que debe regir todo tipo de organización política y creo que es susceptible de cambios dentro de la misma legalidad.

Sin embargo, su antimilitarismo no suena muy conservador, no podría señalarse propiamente como el epítome de «la ley y el orden»…

Mi antimilitarismo no es nuevo. Cuando empecé a trabajar como caricaturista estaba aún fresca la dictadura de Rojas y me desarrollé dentro de esa sensibilidad, soy producto de ese sentimiento.

Ahora me dicen algunos que he dado un giro, que estoy atacando aquello en lo que creía. Pero yo me pregunto quién fue el que se movió. Es lo que ocurre cuando uno está parqueado en un semáforo, mira hacia el automóvil vecino y cree que el de uno se está deslizando hacia atrás.

Pero no hay tal: es que el del vecino echó un poco hacia adelante. Además, uno acrecienta su conciencia sobre los problemas del país. La situación de hoy es mucho más grave que la de hace 20 años. La situación social. Y la escalada militar.

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Los Osuna Gil son tres. Javier, de 45 años, que es jesuita; Gabriel, de 42, que es arquitecto: y Héctor, de 40, que es abogado. Por razones obvias no se ha casado el primero y por razones prácticas tampoco lo ha hecho el último (aunque afirma que tiene vocación de marido y solo teme a que, por razones de edad, «no alcance a llegar a la crisis de los diez años»); así que los cuatro nietos ha tenido que ponerlos el segundo. Uno de ellos se va a graduar de bachiller este año.

Don Vicente Osuna, padre del caricaturista, era pintor y escultor. En el estudio de Héctor hay varias estatuillas de yeso de John Kennedy, Juan XXIII y Robert Kennedy que fueron moldeadas por él.

Miembro de una familia de once hijos y, para peor, artista, no resultaba difícil suponer que siempre vivió estrechamente. Doña Tulia, nacida en Yarumal y hermana del famoso médico Gil J. Gil, estudió arte en academia con pintores extranjeros.

(Héctor recuerda algunas fotografías en que se la ve, paleta en mano y caballete al frente, pintando paisajes bajo un elegante y aparatoso sombrero de los que se usaron hace 60 años…).

No hay que extrañarse, pues, de que en noviembre de 1948 apareciera en la revista del colegio San Ignacio, de Medellín, una serie de caricaturas de personajes reales si es que pueden ser reales ocho estudiantes de cuarto elemental ataviados con corbata cuyo autor era un niño que apenas acababa de hacer la primera comunión y que se llamaba Héctor Osuna Gil.

Los monos iban acompañados de una breve «Crónica de la 4a. División», donde Osuna empezaba a mostrar ya su modo de ser pausado y un tanto formal: «Presentaré dice la nota a algunos más de este variado conjunto de la Cuarta con mis primeros ensayos de rasgos caricaturescos, como un homenaje de simpatía a mis muy apreciados condiscípulos».

Por el estilo, Osuna estaba mandado a hacer para el Colegio del Rosario. Podía haber nacido en Medellín o en Holanda (país que se imaginó cuando niño en unas revistas de consumo familiar que él escribía e ilustraba a lápiz), pero irremediablemente tendría que haber llegado algún día a los claustros aburridores y venerables del Rosario.

Él lo hizo un poco tarde. Su paso por los cursos iniciales del noviciado de jesuitas lo retrasó un tanto. Pero el primer curso de derecho del Rosario en 1963, en medio de veinte o treinta bachilleres escandalosos que hablaban sobre el merecumbé y adoraban a Carol Lynley, se encontraba, dominador de latín y griego, serio como un empresario de pompas fúnebres, impecablemente encapuchado, conocido ya porque en 1959 había empezado a publicar sus caricaturas, con 26 años bien cumplidos, Héctor Osuna.

Con una mezcla de admiración y respeto, sus compañeros lo llamaron «el doctor» y el claustro lo distinguió pronto con un honor que en el Rosario equivale al título de «Sir»: la colegiatura.

Mi fecha doctoral confiesa hoy Osuna con una sonrisa no correspondía a mi personalidad. Yo soy un poco tradicionalista en el vestir, ¿qué puedo hacer si me siento cómodo con corbata, pero no llevo chaleco por dentro?

Ignoro si Osuna hizo exigibles los derechos que le confería su condición de colegial, pero al menos sé que los acepto con respeto histórico:

«Que su ordinario sea algún asado en principio o de tocino o de lomito o de cabrito: que luego se les de carnero o albóndigas o pastel en bote; lo tercero, la olla con vaca y ternero, con tocino y repollo; y lo último postre de algún dulce de trapiche o queso o cosa semejante. Y los días de capilla se les añada un cuarto de ave o conejo, tórtolas o perdices. Los sábados se les podrá dar de cenar algunas yerbas, una tortilla de huevos y postre…».

* * *

Terminó en 1967 con excelentes notas, pero, como ocurre a menudo con los abogados, se le fue envolatado el grado. Y, al mismo tiempo, el periodismo se le coló en la vida mucho más de lo que él había pensado. Sus primeros monos habían aparecido en El Siglo, cosa lógica en un godo como él.

Pero en 1959 El Espectador estaba sin caricaturistas y Osuna se presentó allí un día con sus dibujos debajo del brazo. Lo recibieron Eduardo Zalamea y Guillermo Cano, le dijeron que consultarían con don Gabriel y al día siguiente apareció publicado el primer mono.

Desde entonces han aparecido más de 1.300 y, pese a que en un principio discrepaban su línea política y la del periódico (López y Turbay se encargaron de reunirlas), nunca tuvo el menor problema de presiones o censura.

«Es que no veo cómo pueda tenerlo en un periódico abierto un columnista gráfico, que es el caricaturista», comenta Osuna. Por eso me ofendió terriblemente cuando en El Tiempo escribieron una noticia sobre mí donde me llamaban «el caricaturista al servicio de El Espectador».

Yo no he entendido nunca que pudiera prestarse un servicio de criterio, que tuviera que someterme a la línea política o editorial del periódico, y desde un comienzo propuse una especie de declaración de principios al respecto que ellos aceptaron y publicaron. Yo tengo que decir que El Espectador siempre ha respetado mi independencia con gran generosidad.

Justamente este sentimiento de aprecio hacia el periódico, que lo cuenta entre sus piezas de artillería de mayor calibre, fue ingrediente en el reciente caso del Premio Simón Bolívar de periodismo.

Osuna lo ganó en la modalidad de caricatura. Y Osuna lo rechazó en una carta donde no ocultaba su contrariedad por el hecho de que el premio gordo no hubiera sido para don Gabriel.

«No estoy lagarteándole a don Gabriel ni me van a subir mis honorarios por lo que hice explica. Me nació rechazarlo. Crítico el premio por sus nexos con la política, como lo demuestra el hecho de que se lo negaron a don Gabriel a lo largo de cuatro años. Eso demuestra la intención política que inspiró el fallo».

Pero parecería que su argumento está contradicho por el factor de que a usted, que es uno de los más reconocidos críticos del gobierno, le dieron su premio…

Lo hicieron para limpiar al premio de impurezas. Era simpático dárselo a un caricaturista que hace, según una nota de El Tiempo, «inofensivos gracejos» y con eso se cubría una dirección política.

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Hubo otro premio, en cambio, que Osuna no rechazó. Fue galardón anual de pintura de la Academia de Estudios Artísticos de Madrid, que ganó en 1973, durante sus estudios en España. («Lo recibí, dice con una sonrisa algo malévola, porque no me lo entregaba Franco…»).

En España, Osuna se dedicó a lo que constituye su preocupación paralela: pintar en serio. No desprecia a la caricatura, ni mucho menos; se considera vinculado a ella por vocación. Pero le interesa mucho la pintura, a la cual dedicó buena parte de su tiempo.

«Busco calidad, trato de que mis precios sean de respeto, trabajo sin afán, quiero dejar algo para la posteridad… qué cosa, esto suena como a discurso de Turbay…».

Osuna es consciente de que en su doble oficio de caricaturista y pintor lo primero puede dificultar lo segundo. «Casi en ningún medio se permite a una persona destacarse en dos campos distintos», dice.

Ni menos en tres, razón por la cual, pese a tener notables condiciones de prosista, don Gabriel Cano se ha opuesto a que debute en el periódico como escritor. Es, entonces, una chiva la que presentamos aquí al copiar dos de una colección de chispazos que ha ido reclutando Osuna:

Nos quedamos de una pieza
pues el suprapartidario
Profesor López de Mesa
resultó, para sorpresa,
ser más bien suprasectario

Betancur deja desierto
un ministerio pesado
Que lo han armado, no advierto,
pero eso es algo muy cierto:
se la han, de cemento armado.

Osuna sostiene que hacer caricatura, aunque parece fácil, es difícil e ingrato. «Se necesita vocación, entusiasmo y permanente atención a la actualidad: diría que la cantidad de lecturas que exige a fin de hallarse al dia, merecerían más bien convertirse en un trabajo escrito de mayor trascendencia. Lo que la gente no sabe es que el caricaturista debe estar tan documentado como el periodista de comentario».

Osuna recibe y lee los principales periódicos de Bogotá, un buen número de revistas del país y muchas del exterior. Sus archivos son ordenados y completos. Tiene docenas de fólderes donde colecciona los recortes de fotografías que son fuente de sus bocetos.

También observa la televisión. Un pequeño aparato con radio, reloj, televisor, grabadora y licuadora reposa en su mesa de trabajo. A veces hace apuntes de rostros a partir de lo que se ve en la pantalla. Estos bocetos van a parar a otro archivo alfabéticamente ordenado que Osuna actualiza y acopia constantemente. (Dios tiene un sentido del humor muy peculiar: el autor de este reportaje figura en el archivo entre Salcedo Collante Humberto y Santofimio Botero Alberto).

Las caricaturas generalmente nacen al rompe. En el ejemplar del periódico donde Osuna lee la noticia que le parece adecuada para comentar traza un primer apunte. Luego lo pone a dar vueltas en la cabeza.

De repente, cuando está almorzando o untando una arepa con quesillo (no perdona arepa cada dia), se le acaba de encender el bombillo, deja lo que está haciendo, vuela al cuarto donde tiene el escritorio (nada de mesa de dibujo) y hace el mono.

Lo deja por ahí, en busca de alguna reacción. Lo ve el plomero, el amigo, la mamá y le comenta algo. Es la primera respuesta sobre la comunicatividad del dibujo y su capacidad de producir hilaridad. A las 3 p.m. llega la camioneta del periódico a recoger el mono. Osuna va pocas veces a El Espectador y le dio claustrofobia cuando le montaron oficina allí.

«Me importa que la caricatura sea humorística. Me sorprende cuando me dicen que hay en ellas amargura, porque mi género es festivo. Mi brazo está armado de una pluma, pero también de humor. En una técnica revolucionaria podría ello considerarse alienante o contemporizador, pero considero que son elementos propios del género».

Además él no es revolucionario sino godo y católico. Tan godo que el año pasado apareció en la parroquia de Ciudad Kennedy -aún no se sabe cómo ni por qué- un cuaderno de dibujo de Osuna cuando tenía diez años: todos eran retratos de Laureano en prismacolor; y tan católico que compone jaculatorias mentales mientras camina o va en el carro. De todos modos, es un godo con mucho sentido del humor, a pesar de su aparente seriedad, y un católico que ejerce el calembour.

El verbal y el gráfico. Sus caricaturas sobre la jerarquía eclesiástica colombiana son demoledoras. Y las únicas que causan cierta desazón doméstica, porque a doña Tulia, madre de cura y sobrina de monja, no le gusta que le tome el pelo al cardenal.

Algunos han comparado a Osuna con Rendón, el gran caricaturista de los años 20 y 30. (Entre sus predilectos no nombra a Rendón, sin embargo, sino a Franklin y al norteamericano David Levine.

Así como menciona a los pintores Luis Caballero, Obregón y Botero, ese gran caricaturista de las formas gorditas y habladoras, como diría Serrat). Pero hay por lo menos una gran diferencia entre Osuna y Rendón.

Este era un trágico, un bohemio, un permanente desgarrado. Terminó suicidándose. Osuna no tiene nada de bohemio. Es un tipo tímido y amable, aburguesado (“no vaya a poner eso», me advierte después de confesarlo) que rechaza lo extranjerizante y se incomoda de que lo encasillen políticamente.

Es de los que uno sabe que no morirá por mano propia, aunque le producen tanto pavor las entrevistas que ésta tuvo para él ciertos ribetes de suicidio. O al menos, de esa enfermedad tan en boga que es la autotortura.

A la salida, invocando con la mirada una solidaridad de periodistas, de abogados fracasados o al menos de barbudos, me dice con angustia:

No me haga quedar mal. Fíjese que ambos somos de izquierda, menos yo.

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Septiembre
09 / 2019


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