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Álvaro Barrios, el genio del pop art colombiano

Cartagenero de cuna, barranquillero acérrimo. Es Alvaro Barrios pintor único en su género.

Foto: instagram.com/alvarobarriosvasquez/

Cartagenero de cuna, barranquillero acérrimo. Es Alvaro Barrios pintor único en su género.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 245 de agosto 1990

Nazco en Cartagena el 27 de octubre de 1946, y ahí vivo solamente siete meses. Y si lo digo así, es porque me parece que eso aclara el equívoco de que yo soy un pintor cartagenero. Si se quiere, en honor a la verdad, sí soy un pintor costeño, y barranquillero, que es donde he vivido siempre.

Llegué a Barranquilla en un cesto de cuna, y ahí comencé a coleccionar mis primeros recuerdos, esos recuerdos de viento… hechos de viento, que me pides para hacer esta entrevista.

Mi infancia pasa en una Barranquilla que se mueve en contravía del tiempo, y en la que no había afán para nada. Yo vivía sobre Ia avenida del Prado, en uno de los barrios más tradicionales de la ciudad, por donde pasaban muy pocos automóviles, y lleno de casaquintas muy espaciadas unas de otras, y vegetación por todas partes; grandes casas de puertas abiertas, pues era muy segura, en donde todo lo que se respiraba era calma.

 

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La vegetación de Cali.

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La palabra prisa no se había inventado todavía, y todo el ambiente estaba lleno de cosas amables.

Por decir algo, a nadie se le ocurría pedir flores por teléfono, simplemente se recogían del jardín. Cuando se quería hacer un arreglo muy especial, se le pedía a la vecina que regalara unos ramos de corales, que eran las plantas de Barranquilla. Los floreros se arreglaban con ellas. Las frutas se comían, a nadie se le ocurría hacer arreglos con ellas.

Tengo un recuerdo muy marcado respecto de las palabras. Por entonces, nadie decía okey, que es simplemente un anglicismo. Los vientos de las palabras eran muy franceses. Recuerdo, por ejemplo, que nadie tenía tocadiscos, se tenía radiola; donde se guardaba la ropa de los niños se llamaba chifonier; donde se guardaban los platos se llamaba bifé. Y el chofer lo sacaba uno a pasear al bulevar. Por ahí se paseaban las novias con sus enamorados, que cuando se iban a casar, llevaban en su mano un bouquet. Y eso, hablado en costeño, es surrealismo puro.

 

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«Imposible Metafísico»

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Pero cosa curiosa, Barranquilla entonces no era tan caliente, o al menos yo no recuerdo que lo fuera, aunque desde entonces, y como siempre, en diciembre llegaban las brisas.

Nos reuníamos todos en el Parque Santander a jugar, y a cada niño lo llevaba su aya; así, pues era una reunión de niños jugando en el centro del parque, y ayas en una esquina cotorreando.

Los domingos, la Orquesta Filarmónica de Barranquilla daba unos conciertos al aire libre; ahí asistíamos vestidos de domingo, que era una indumentaria en contravía de la ciudad. Íbamos vestidos de paño y corbata, algo totalmente anacrónico. El uniforme de colegio era saco cruzado azul turquí y pantalón gris.

 

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Andy Warhol de la A a la B.

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Creo que es la única vez en mi vida que me he puesto esa indumentaria. Por entonces, yo no soñaba ni presentía que quería e iba a ser un artista, aunque dibujaba desde los cuatro años. Yo dibujaba todo lo que veía pasar por la calle, desde mi centro de observación que era la terraza de mi casa: las cosas, la gente, los carros… y a todo le ponía palomas.

Seguí dibujando, dibujando. Mis cuadernos de geografía, historia, matemáticas, tenían una página de tarea y otra de dibujo, y esa fue una constante, incluso hasta la universidad. Y es que mi vida se iba nutriendo de fantasía, producto de los libros de cuentos como los de los hermanos Grimm, y de las tiras cómicas que devoraba una tras otra.

Estas me las auspicia y me las compraba mi mamá, pues ella tenía la teoría que esa era la semillita para sembrar el hábito de la lectura, cosa en que a la postre tuvo razón.
En el bachillerato hice mis primeras acuarelas: eran jardines idealizados.

 

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El Circo del Museo Duchamp del Arte Malo. 2015.

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Al comienzo simplemente jardines, y al final del bachillerato comencé a pintar, sin saber por qué, plazas y plazas de Italia, que sacaba de las postales. Casi como premonición de la importancia que ese país iba a tener para mí.

Toda mi relación con el arte religioso se limitaba a mi experiencia de cada mayo con el pizarrón. Mis profesores, tal vez más convencidos que yo mismo de que era un artista, me ponían a pintar en el tablero, con tizas de colores, ¡Vírgenes! Lo divertido es que como las festividades tomaban todo un mes (yo estudié con hermanos lasallistas), tenía que hacer una Virgen semanal; la pintaba el lunes y la borraba el viernes.

 

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¡Cuadrúpedo, Impresionista y Video-artista!

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Entonces, sin quererlo y sin saberlo, irrumpí como un pionero haciendo obras efímeras, movimiento que haría furor en Europa, décadas más tarde. ¡Quién iba a pensarlo!
Todo esto sigue siendo surrealismo puro.

Pero el súmmum se da con mi versión de la plaza de San Pedro, que pinté por encargo de los profesores para el anuario de grado. Era una plaza enorme, la más grande del mundo según me habían dicho, a la que llené de personajes y palomas y en donde puse al Papa a volar sobre ellos.

Cuando llegué a Roma, cuatro años más tarde, lo primero que hice fue comprar un mapa de la ciudad y correr, correr por toda la ciudad hasta ella, para ver cuánto se parecía a la mía. Sufrí una gran decepción: ¡la mía era mucho más grande, mucho más extraña, y mucho más bella! Creo que ese dibujo estudiantil fue el primer Barrios que pinté en mi vida, y la semilla de todos.

 

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Llego a Italia con el primer premio que ganó como artista: un segundo lugar en un concurso convocado por la embajada italiana, en torno a la obra del Dante, y que ganó Bernardo Salcedo con una obra que levantó polvareda y discusión, recuerdo todavía el título, » lo que Dante nunca supo: Beatriz amaba el control de la natalidad».

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La mía se llamaba «La divina Comedia», y estaba hecha a base de dibujos pegados; era un collage del siglo XX, en el que estaban desde los astronautas hasta los Beatles. Los Críticos, cuando la vieron decretaron que yo tenía una gran influencia del movimiento pop, y de Lichtenstein. ¡Y era la primera vez que yo oía mencionar estas dos palabras! Inconscientemente me había acercado a uno de los movimientos que siento más apasionantes en el siglo XX, y que en verdad, después, cuando ahondé en él, marcó mi obra.

Y para seguir hablando en tono de pintura culta, también se me ha adjudicado una gran influencia surrealista, y debo aclarar que, aunque admiro profundamente la obra de un De Chirico, o un Magritte, no tengo nada que ver con ellos. Las bases surrealistas que pueda tener me llegan en todo lo onírico, desconcertante y extraño que me dio esa Barranquilla de mi infancia.

 

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La Fuente y yo.

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Entro a la Universidad de Perugia, a estudiar pintura e historia, y luego hago todo el periplo europeo, Alemania, Holanda, Francia, pero para sintetizar, la única ciudad que excedió mis fantasías de viajero adolescente fue Venecia, tanto como muchos años más tarde llegaría a serlo Nueva York. En la primera encontré el clasicismo puro, y en la segunda, el modernismo arrollador, y creo que esas son dos constantes, tanto de mi obra como de mi personalidad.

A Nueva York he regresado cada año de mi vida desde que la conocí, y es que me resulta asombroso que en la esquina del Metropolitan vendan un horroroso perro caliente y tú puedas entrar con él en la mano al Museo para ver una retrospectiva de Picasso y Braque, y que al mismo tiempo siga siendo una ciudad que no posa de «culta» porque es simplemente dinámica.

 

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Esto lo digo a propósito de Bogotá, la única ciudad que no soporto en el mundo; la siento petulante y pretenciosa. Jamás demoró más tiempo de lo que la diligencia que voy a hacer me requiera; siento que en Bogotá se fían más de la apariencia, del cómo se viste, del cómo se habla. Por ponerte un ejemplo, pienso que el día improbable que se hiciera una exposición de Picasso, no faltaría quien comenta lo mal enmarcada que está.

Lo digo más allá del comentario banal de mis fobias. Es que creo que al artista joven, Bogotá le hace mucho daño, porque lo lleva hacer un arte «internacional» por que sí, por ese complejo de ciudad cosmopolita.

 

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Mi estampilla de correos, «La Anunciación». 1996

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Entonces ese artista joven, sin mucha personalidad ni humana ni estética, pierde las raíces de su terruño, su identidad, para producir el arte que le exigen sin ninguna investigación, sin ninguna profundidad, simplemente haciendo concesiones para lograr estar a la moda.

Por eso me gusta vivir en esta mi Barranquilla, donde nadie me ha impuesto condiciones y en donde todo lo que he soñado dormido y despierto, ha quedado en mi obra.

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Mayo
06 / 2019


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