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Cuando León de Greiff nos dejó entrar a su casa

En el cumpleaños 126 de León de Greiff recordamos esta entrevista exclusiva que le dio a Diners, uno de los poetas más importantes del siglo XX en Colombia.

Foto: Libro: El extraño universo de León de Greiff de Orlando Mejía Rivera

En el cumpleaños 126 de León de Greiff recordamos esta entrevista exclusiva que le dio a Diners, uno de los poetas más importantes del siglo XX en Colombia.

De la mala memoria y de la persistente resolución de obtener, algún día, aunque fuera la mínima cantidad de palabras publicables del maestro León de Greiff, se consiguió, por fin, este reportaje exclusivo con el famoso poeta colombiano.

Mala memoria, porque no recordábamos que el poeta jamás se distinguió por usar corbatín. Y persistencia, porque si algo no olvidábamos era la tozuda, impermeable y amurallada decisión del poeta de no dejarse entrevistar. Y esto era un reto permanente.

Nelly López, la encantadora y dulce catapulta, fue la que pudo derribar las murallas del poeta León de Greiff. Vean nuestros lectores, quizá por vez primera, unas declaraciones del genial poeta, y observen tantos frustrados periodistas cómo se logró lo que tantos lucharon por conseguir.

Llegamos a una casona en el Barrio Santa Fe, de un largo patio enmarcado por puertas y ventanas polvorientas y al que nos impedía pasar una fuerte reja de hierro, cerrada con una gruesa cadena que se ajustaba con candado.

En medio de la calle un grupo de muchachos gritones pateaba fuertemente un balón, contagiado por la fiebre futbolera que se vivía en los «paralizantes» días del Campeonato Mundial. Entre tanto, tocábamos insistentemente un duro timbre bajo el cual aparece escrito, a mano y en tinta azul, el nombre de Boris; salió una mujer del fondo del patio y empezó a acercarse lentamente hacia la reja mientras nos preguntaba qué deseábamos.

Respondimos que ver «al Maestro». «Toque el otro timbre», dijo señalándolo. Sin embargo, nadie contestó. Sin hacernos más caso, la mujer se volvió. Apretamos más duro el timbre, pensando que tal vez era uno de esos que suenan solo cuando quieren, pero nada.

De nuevo apareció la mujer, dirigiéndose a la puerta de madera oscura, situada en la pared izquierda del patio. Introdujo la llave en la chapa y dejando abierta la puerta, entró.

León de Greiff y su exclusiva entrevista

A los pocos segundos salió, y tras ella el Maestro. Él, con sus inmensos ojos verdes, nublados por los años, nos miró y bruscamente preguntó: «¿A quién busca?».

—A usted Maestro… quedamos de encontrarnos hoy a esta hora.

—¿Para qué?

—¡Para hablar de los corbatines! (Decíamos esto mientras observábamos con horror que el Maestro León de Greiff no llevaba corbatín sino corbata).

—Pero si yo uso es «corbatón», respondió jovialmente, haciendo un ademán para que abrieran la puerta.

—Bueno, entonces del «corbatón»…

Entramos a la casa. Nos encontramos con un espacioso pero oscuro recibo, al fondo del cual subían y bajaban escaleras de madera con pesada baranda tallada. Un espejo rectangular y amarillento llena una pequeña pared que separa dos grandes puertas, en forma de arco, completamente torneadas, pintadas de color mantequilla y que dejan ver el comedor: una mesa grande llena de botellas vacías.

Una de estas puertas se encontraba abierta. Allí nos hizo seguir el Maestro. Se trataba de su alcoba y recibo. Estaba toda revuelta. Nos sentamos, él sobre su cama destendida y yo en una silla, en frente.

Era obvio que el lugar en donde ahora nos encontrábamos había sido la sala de la casa. Mientras pensábamos en esto el Maestro dijo; «A mí jamás me ha importado la ropa para nada… eso son pendejadas». Sin embargo usted se viste muy convencionalmente (hacíamos alusión a su corbata).

Y ya ve: he sido libre toda la puerca vida, sin pensar que llevo o no corbata… ¿Usted la ha usado alguna vez?

—Lo que es corbata no, pero me gustan mucho los pañuelos anudados al cuello.

—A ver —dice mirando a su alrededor— busque una de mis corbatas… deben estar por ahí, debajo de esa ropa, sobre aquella silla…

Nos paramos a buscarla. En efecto, sobre una silla, donde se encuentra doblada un poco de ropa interior del Maestro, encontramos la corbata. La cogemos y dice: «Hágase un nudo de corbata».

—No tengo ni idea, jamás lo he hecho.

—Pues venga para acá, yo se lo hago y así aprende a hacerlo, pero no hablemos de eso, hablemos de otras cosas…

Sobre el cuello del buzo me hace el nudo de la corbata. Da sus indicaciones y luego dice: «Déjesela puesta… tal vez escriba algo sobre una muchacha con una corbata…».

La vida del poeta colombiano en una habitación

Volvemos al sitio a sentarnos y continúa hablando: «Esta habitación que usted ve es todo el espacio donde yo puedo moverme».

—¿Por qué?

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—En el segundo piso de mi casa hay más habitaciones. Allá está mi biblioteca, con libros muy interesantes…, supongo que usted será buena lectora de libros y no de periódicos… los periódicos no sirven para nada: mientras usted lea periódicos no sabrá cuáles son las ideas, los conocimientos, los hechos, ni las revoluciones del mundo.

—Como por ejemplo ¿cuál?

—¡Como la revolución Cubana! … Usted ¿conoce a Fidel?

—Sí.

—¿Es muy amiga de él?

—Lo conozco porque es una figura líder dentro de su movimiento en Cuba y en el mundo. Naturalmente, no tengo amistad personal con él.

—Es una lástima. Yo lo conocí personalmente. Fui invitado por él a Cuba como jurado en un concurso de literatura.

—¿Y qué vio en Cuba?

—Mucho más de lo que muestra el turismo. El turismo cree que Cuba es solo La Habana, y tontamente los turistas secundan esta idea, y creen que con pisar La Habana ya conocen Cuba…

Un ataque de tos interrumpe a León de Greiff; tras unos segundos se recupera y comenta: «Sufro desde hace tiempo una bronquitis que me va a matar…».

Entre botellas y colillas de cigarrillo

A propósito de este comentario ya habíamos notado las botellas de brandy en el suelo, al pie de su cama, una desocupada y la otra en mitad de camino. Y las mesitas a lado y lado de la cama, atiborradas de libros, un cenicero repleto de colillas, un cabo de vela, que curiosamente hace compañía a una lámpara de mesa; aspirinas y otros remedios para los bronquios.

—Le decía que más allá de La Habana —continúa, accionando sus manos de finísimos dedos y llenando de una viva expresión sus ojos, como si volviera a vivir su visita a Cuba— están los largos plantíos de caña y todavía más allá la Sierra Maestra, llena de significado para los cubanos. Está, además, la Isla de Pinos, que a nadie se le ocurre visitar (allá torturaba Batista).

Aspira su cigarrillo y momentáneamente se queda en silencio. En otra de las mesitas que forma parte del sencillo mobiliario de la habitación, hay un estéreo portátil. Y en un mueble de madera que sube hasta el marco de la ventana, impidiendo el paso de la escasa luz que permite una persiana cerrada; entre la penumbra distinguimos unos casettes y una grabadora…

—Maestro, ¿qué clase de música escucha?

—Las composiciones «protesta». Mire —señala una serie de discos—alcánceme el de la carátula amarilla… Véalo, está editado por la Casa de las Américas y me lo han enviado especialmente desde Cuba. Es un disco que reúne a un grupo de compositores latinoamericanos y europeos, de canción protesta. entre los cuales el Maestro destacó a Los Parra, muy conocidos por sus célebres canciones perseguidas en Chile y a causa de las cuales «a uno de ellos le cortaron los dedos —observa el Maestro— y más tarde lo asesinaron».

—Mi hijo Boris, ¿lo conoce, verdad…?

—¡Por supuesto!

—…él viene a veces y me revuelve los discos y me los pone. Los escuchamos. Un día se apareció con ese aparato —señala la grabadora y los casettes— que yo ni siquiera sé manejar. El viene y lo hace funcionar, escuchamos música y conversamos ratos. Hace poco Boris estuvo en un campeonato de ajedrez en Ginebra y clasificó en el puesto número 20, muy importante porque de ahí para abajo había 52 países más. Es la primera vez que Colombia obtiene una clasificación así y yo fui quien enseñó a jugar ajedrez a Boris y a Otto. También Boris se encarga de bajar y subirme libros.

…porque como usted ve, yo ya no puedo moverme de esta habitación. El médico me ha prohibido subir o bajar escaleras porque un día me caí, ¡me las rodé todas! Tuvieron que hacerme unas trepanaciones en el cráneo y ponerme platino.

El médico me dijo entonces que ni siquiera podía salir a pasear solo por la calle… pero le contaba de mis viajes. Yo voy a muchos sitios y no tengo plata. Voy porque me dedico a leer libros y conocer la gente que produce ideas. que crea.

Como yo participo de eso tengo muchas amistades y con ellas siempre intercambio libros, música. Mi último viaje a Venezuela lo hice porque una casa editorial venezolana publicó parte de los últimos versos que he escrito. Por esta razón me invitaron. Conocí la isla Margarita, en cierta forma parecida a San Andrés… pero más allá del contrabando y de su comercio, está su belleza.

—Maestro, ¿cómo se llama el libro y quién editó la otra mitad?

—Se llama Nova Et Vetera que quiere decir principio y fin. Ahí lo puede ver. Pero no me pida que le regale ninguno, porque no lo voy a hacer.

Los poemas secretos de León de Greiff

—Pero es una oportunidad para leer sus poemas.

—Pero no se lo voy a regalar porque yo tengo muchos compromisos con otros países a donde debo enviar mis libros. Además, le tengo prometido uno a Diego Montaña, quien debe venir en estos días y solo cuento con tres… ¿Conoce a Diego?

—No soy amiga de él, pero sé que participa como usted de una gran admiración por Cuba.

Se ríe alegremente y dice, abriendo sus ojos al máximo: “Diego es un gran amigo. Vive en una casita en Paipa.., ¿Lo sabía?». Diego viene a veces a verme. Hace mucho tiempo lo conozco. Él y yo estuvimos presos durante 27 días en una cárcel que quedaba donde ahora es el DAS.

Recuerdo que en esos días de prisión compuse algunos poemas y se los presté al guardia para que los leyera. Cuando fuimos puestos en libertad el guardia me los devolvió diciéndome que no los había comprendido —ríe nuevamente y continúa.

Me decía que eran cosas que tenían que ver con la situación actual del gobierno pero que eso del «MOP» no lo entendía. Y lo del MOP era muy sencillo: la traducción de la palabra mop del inglés es trapo. basura, y en aquella época yo hacía alusión a Mariano Ospina Pérez a quien le caía muy bien el nombre de mop. Esto fue en 1948. Recuerdo que mis otros compañeros de presidio fueron Jorge Zalamea, Santiago García y Monseñor Germán Guzmán, quien renunció a sus hábitos, se casó con la escritora Cecilia Laverde y se fue a vivir a México.

Los viajes de León de Greiff

—¿Ha visitado México?

—Sí y en oportunidades especiales. Por una parte viajé en 1947 para traer las cenizas de un gran escritor colombiano: Porfirio Barba Jacob. Visité entonces a un gran hombre de letras, mexicano, amigo mío: León Felipe; y para que vea las cosas que hacen los periódicos:

León Felipe tiene un hijo que es torero y es más conocido no solo en México sino en el mundo, que su propio padre, debido a la publicidad de la prensa. No es que esté mal ser torero y ser conocido, es que la prensa debe dar a conocer popularmente la literatura.

Y ahora que hablo de prensa, ¿va a publicar todo ésto? Yo detesto la publicidad, jamás le doy reportajes a nadie, o ¿acaso ha visto mi nombre alguna vez en los periódicos? Quiero contarle que los grandes periódicos colombianos me odian.

—¿Y en qué está basado ese odio?

—Hace muchos años hice una carta de apoyo al pensamiento izquierdista. Un grupo de siete u ocho colaboradores de El Espectador la firmaron con el mismo gesto de solidaridad. Inmediatamente fueron botados de sus trabajos por haber participado con las ideas izquierdistas. Puede usted entender el criterio de ese diario? Por otro lado está el caso de El Tiempo. Vea usted ese retrato —señala un portarretrato que luce la fotografía de un hombre—.

Pertenece a Ricardo Rendón, un gran caricaturista de dicho diario que trabajó mucho tiempo para ellos. Yo fui muy amigo de él, tanto que conservo su recuerdo. Un día murió y los señores de El Tiempo decidieron realizar en sus oficinas el velorio.

Dos amigos nos opusimos enérgicamente a ello, pues El Tiempo no hizo más que explotarlo y nunca le pagó el dinero que le debía. Mi amigo Rendón no fue velado allí, y yo no soy persona bien vista allá. Es por eso que no me agradan las empresas periodísticas, ni la publicidad. Nunca en la vida doy declaraciones. En mis 78 años de vida la única vez que hablé en público, fue en Leningrado ante miles de obreros y obreras. Hablé unos minutos en puro paisa, y los diarios rusos hicieron grandes comentarios de mi charla. Fue una necesaria excepción.

El fin de la entrevista

—¿Cómo ésta, Maestro?

Me mira con los inmensos ojos casi desorbitados y me dice: «Muy bien, haga lo que le parezca, pero le advierto que jamás me han importado las corbatas, los corbatones ni los corbatines…».

Recordando que aún tenía puesta su corbata le dije: «¿Ni siquiera cuando los lleva una muchacha joven como yo?». Vuelve a reír y dice: «Tendría que verla más tiempo para responder… lo único que le puedo contar respecto a mi ignorada vestimenta es que todos los años estreno boina vasca.

Tengo un amigo vasco, que anualmente viaja a España y yo siempre le digo: cuando vayas a comprar tu boina pide dos de una vez». Así nos despedimos como viejos amigos y a pesar de que la fuerte reja de hierro volvió a cerrarse con candado, tenemos la seguridad de que las puertas están abiertas para la próxima visita.

El artículo León de Greiff reveló su vida íntima de poeta colombiano fue publicado originalmente en Revista Diners No. 64, julio – agosto de 1974

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Julio
22 / 2021

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