Somos trópico, vitalidad y mezcla. De ese crisol ha nacido un país que sorprende por su paleta de colores y la intensidad de sus tonalidades. Un homenaje a la esencia de un país que parece pintado para provocar el asombro.

En La Guajira, la cultura wayúu tiene nombres poéticos para los colores que predominan en el desierto y en las mantas que visten sus mujeres. El amarillo de la arena, por ejemplo, se dice mariya en su lengua. Wuitus llaman al color que los rodea en toda la península, el azul. E ishosü es el sonoro nombre del rojo.

Esos tres colores son los mismos que posee el tucán en su pico, y que se turnan con otros colores más en aves como el torito cabecirrojo, el gallito de roca o la bellísima tángara, un ave que vive en el Quindío, entre otras regiones, y que tiene el pecho azul, la cabeza roja, las alas verdes y el lomo amarillo.

Esa misma mezcla abunda en las casas más pintorescas de Providencia, en el centro histórico de Honda, en las casas emblemáticas de Barú o en la decoración de Ráquira, en Boyacá. Colombia tiene regiones donde predominan ciertos colores.

En el amarillo sobresalen las tierras de Barichara, las playas del Parque Tayrona, las exuberantes bahías de Sapzurro y Capurganá, el desierto guajiro, el Museo del Oro en Bogotá, las calles de Cartagena y los ocres de las grandes ciudades en la noche, como Bogotá, Medellín o Cali, iluminadas por faroles al caer la tarde.

El rojo es el color que viste las casas coloniales pintadas con franjas vivas y coronadas por tejas pintadas, del estilo de Pamplona, Ocaña, Mompox, Santa Marta, Popayán o Santa Fe de Antioquia, el de los desiertos de tierra más viva como el de la Tatacoa, en Huila, y partes del cañón del Chicamocha en Santander; las playas del Pacífico y sus atardeceres rojizos que se ven igual de bien desde Tumaco hasta Bahía Solano, y las tierras de Santa Elena, desde donde parten los silleteros a su desfile anual en Medellín.

El azul es más evidente en el Caribe y en los cielos limpios de los Santanderes, en los paisajes nublados de las tres cordille- ras y en las montañas lejanas, en las primeras horas del día en los llanos orientales, Valledupar y en el brillo de las playas de la bahía de Cispatá o islas del Rosario.

El verde es el rey en nuestro país y sin embargo refulge más en el Amazonas, Vaupés y Guainía, en Chocó, en el Macizo Colombiano y en la cordillera Central, en especial desde Nariño y Cauca hasta Quindío, Risaralda, Caldas y Antioquia.

Y claro, hay más. Playas negras. Nevados blanquísimos. Frutos naranja. Flamencos rosados. Y todas las gamas intermedias. Pero sería infinito nombrarlos. Lo mejor es antojarse con este país que parece pintado para el asombro. Disfrútelo. Es, literalmente, todo suyo.


Amarillo

Está en la arena y las playas, en las flores diminutas que pueblan los prados después de las lluvias y en los árboles de lluvia de oro que se desgajan a finales de cada años en los pueblos de las costa norte.

Forma parte del imaginario nacional gracias a las poéticas mariposas que se consagraron con Mauricio Babilonia y Cien Años de Soledad, y es el color que más pinta las paredes del Caribe, en especial en Barranquilla y Cartagena, el que identifica al maíz y las arepas, el oro perseguido y los atardeceres reflejados en el mar, y el de alimentos como el banano, el maracuyá y el arazá.


Azul

Forma parte del horizonte en las montañas distantes y lluviosas, y ocupa cada una de las tonalidades en los mares de siete colores del archipiélago de San Andrés. Es parte del cielo limpio de las regiones calurosas, de los ríos que descienden impolutos de los páramos, pinta franjas y ventanas de las casas de las regiones de Antioquia, es la prenda esencial de los indígenas guambianos y de la textura frágil de las hortensias y de las mariposas más exóticas, como la de Morpho.


Rojo

Matiza casi todo el país. Desde el café maduro hasta el fruto de la palma africana, pasando por las cayenas que adornan los jardines caseros hasta el pecho encendido de la guacamaya.

Su presencia revitaliza los pueblos coloniales con sus techos rojos y su vivacidad en los dinteles de las puertas, así como en desiertos quemados como el de la Tatacoa o en las pinturas étnicas de los grupos indígenas que se tiñen de achiote.

Incluso forma parte del color de las ruanas encendidas para apagar el frío y de las polleras coloradas, el mango maduro y las ciruelas criollas.


Verde

El verde es el más abundante. Todo el Triángulo del Café explota en tonalidades diferenciadas y unidas como una colcha, así como el dosel de la selva amazónica y la gruesa capa de árboles que protege la Orinoquia y el espeso follaje del Chocó.

También los prados del Valle del Cauca, el Parque Nacional de la Macarena o las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta son verdes. Igualmente lo son las Victoria Regia, las esmeraldas; las iguanas y los cactus al sol; las especies nativas de los altiplanos como los alisos y el laurel de cera, los mangos y las guayabas verdes con sal, el impresionante valle del Cocora y las escaleras plenas de musgo de Ciudad Perdida.

Artículos Relacionados

  • Hace 54 años se escribieron los tres grandes himnos del pop
  • Las 10 canciones recomendadas de Camila Zárate, de Canal 13
  • Galería: Los mejores retratos de animales en vía de extinción
  • 11 obras al óleo para recordar la historia de Colombia

Send this to a friend