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Un viaje a la segunda laguna más grande de Colombia: La Cocha

Un relato personal e íntimo del viaje de una hija y su padre a la laguna La Cocha, un lugar hermoso y místico muy cerca de Pasto.

Foto: Luis Ponce

Un relato personal e íntimo del viaje de una hija y su padre a la laguna La Cocha, un lugar hermoso y místico muy cerca de Pasto.

Era el final de 2019 y llevaba unos meses viviendo de nuevo en Colombia. En 2020, la pandemia y el encierro todavía no estaban en el radar cuando mi padre me hizo una propuesta: “Vamos a Pasto, está la laguna de La Cocha, a 2.800 metros, y hace rato quiero ir a conocerla”.

Me había puesto la meta de viajar una vez por semestre a un nuevo destino en Colombia, conocer mejor mi casa tropical, y aunque la lista de lugares que no conocía –y que sigo sin conocer– es enorme, acordamos ir a la laguna. Así empezó la aventura por Nariño.

El viaje a Pasto desde Bogotá duró una hora en avión y terminó con el aterrizaje en una pista construida entre un cañón. Para los que sufrimos de miedo a los aviones –tanto mi padre como yo, en una medida exagerada–, ese aterrizaje podría haber sido insoportable si no fuese por la exuberancia del lugar: una pista sobre la cordillera Occidental de los Andes, rodeada de verde, verde y más verde.

Nariño se sitúa en el nudo de los Pastos, un complejo orográfico andino. / Foto: Luis Ponce


La estadía en Pasto fue breve. Pasamos la mayor parte del tiempo en busca del mejor helado de paila, postre típico de la región en el que hielo y jugo de fruta se combinan en una paila de cobre y se mezclan con una cuchara de madera hasta darle una textura cremosa.

No sé si finalmente triunfamos en nuestra búsqueda, pero terminamos comiendo un helado de sabor a vainilla y mora en la plaza de San Andrés, gracias a la recomendación de un taxista que nos llevó hasta la heladería, no sin antes dejarnos saber que habíamos cometido un error terrible: “¿Cómo se les ocurre venir por primera vez a Pasto en esta época? Aquí hay que venir durante el carnaval de Negros y Blancos”.

Después de concluir que el taxista tenía razón y que ahora mi meta de viajar a conocer nuevos lugares en Colombia debería estar dictada por los carnavales, empezó la subida a la montaña hacia la laguna. La aterrizada en el avión fue verde y la subida a la montaña fue verde, ardiente bajo el sol andino.

La Cocha El parque de San Andrés, junto a la iglesia de San Andrés Apóstol, es un lugar infaltable dentro del itinerario de turistas. / Foto: Cortesía Fabio Martínez Delgado


Empezando el viaje

El viaje entre Pasto y la laguna es de aproximadamente 45 minutos en carro. Nuestra llegada fue de casi una hora y media porque realizamos tres paradas: la primera para ver Pasto desde arriba; la segunda, para saborear aguapanela con queso y frituras de las señoras que las venden al lado de la carretera y que tienen una piel quemada que denota años de hacer exactamente lo mismo bajo el sol de la montaña. Y la última para ver la laguna desde arriba, con Pasto en nuestra espalda.

Cocha en lenguaje quechua significa “laguna”, así que combinados el quechua y el español la laguna de La Cocha es en realidad “la laguna de la laguna”, nombre apropiado para un lugar donde todo pareciera estar siempre cubierto de agua o bajo el agua o donde siempre está a punto de caer agua.

Pasto Encano El corregimiento de El Encano está a 27 kilómetros de Pasto y su temperatura varía entre los 6° C y los 12° C. / Foto: Cortesía Fabio Martínez Delgado


La primera parada fue en El Encano, el puerto a la orilla, que nos desubicó por un momento con sus canales al estilo veneciano y las góndolas –que en realidad se les llama lanchas y que vienen de colores, muy al estilo tropical–. Las construcciones semejan chalets suizos de madera y hasta la estación de bomberos parece haberse trasladado desde los Alpes hasta la línea del ecuador.

A pesar de los canales y las construcciones, el trópico se logra colar entre la estética. Empiezan a aparecer materas de plástico por todas partes: botellas de gaseosa, botellones de agua, envases de plástico amarillos, negros, morados, cuadrados y redondos, todos llenos de tierra, buganvilias y otras flores de colores. Los balcones están saturados de macetas y flores.

Bienvenidos al trópico frío

En ese puerto de chalets suizos y de trópico en plástico reciclado se pueden alquilar lanchas para pasear por la laguna. La longitud del paseo se puede negociar, pero casi siempre se recomienda una vuelta que incluya una ida al parque natural Isla de La Corota.

La isla queda en la mitad de la laguna y tiene una superficie aproximada de 12 hectáreas con ecosistema de páramo, donde se pueden ver arrayanes, anturios, sietecueros y una variedad de orquídeas.

Ese primer día decidimos dar un paseo corto, pues rápidamente nos dimos cuenta que no estábamos preparados para el clima. Hernán, el lanchero a cargo de nuestra barca, reía viéndonos tiritar de frío cuando empezó a caer el sol y la laguna en el trópico dejó de significar calor andino. Ni siquiera se quedó en clima templado. Cayó la tarde y el verde siguió presente, pero el sol desapareció y se volvió helada.

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La Cocha La laguna tiene una extensión de 45 km2 y una profundidad de 75 metros, aproximadamente. / Foto: Cortesía Roberto Steiner


Hernán continuó riendo cuando me pasó una ruana de rayas café y todavía me seguía helando. Luego fui yo la que reí al preguntarle si las viviendas de El Encano estaban inspiradas en las de Suiza, pues él me respondió que estaban inspiradas en las casas que la gente ve en YouTube. En todo caso, el gondolero había entendido que tenía a un citadina en su lancha.

Finalmente, Hernán nos explicó que una pareja de cocineros suizos llegó al área a mediados del siglo pasado y construyó su casa de madera, al estilo suizo. La gente alrededor de la laguna comenzó a copiar el diseño pero añadió algo de elevación para que cuando llegara la época de lluvia las casas no se inundaran. Medio siglo después, casi todas las casas alrededor de la laguna parecen una postal de un pueblo en los Alpes suizos.

Pasto Las casas alrededor de la laguna están construidas en madera, al estilo de los Alpes suizos. / Foto: Cortesía Elkin Javier Vallejo


Con Hernán quedamos de vernos temprano a la mañana siguiente. La meta era cruzar toda la laguna, que tiene un área de más de cuarenta kilómetros. Le prometimos que al otro día sí vendríamos preparados con manga larga, doble camisa y una chaqueta más gruesa. Por supuesto, su respuesta fue una carcajada y nos dijo que, de todos modos, traería las mismas ruanas para el paseo.

Ya en la orilla, el frío se nos empezó a meter por entre los huesos. El hotel Sindamanoy, que tiene un bar con terraza cubierta y vista hacia la laguna, aparentemente tenía la solución para el frío: un jugo de mora caliente con aguardiente y una capa de azúcar alrededor del vaso. Mi padre no toma alcohol, así que le tocó pelear el frío con un chocolate caliente, que se lo calmó pero no se lo quitó.

Un chalet con vista mágica

De vuelta a nuestro lugar de hospedaje, en el chalet Guamuez, también ubicado a la orilla de la laguna, pero fuera de El Encano, el frío continuaba pero yo caminaba con mi armadura de aguardiente y mora. La voz de mi padre era lo único que llenaba el silencio apoteósico de ese lugar. Me contaba sobre un libro de la autora rusa Svetlana Alexiévich. Me hablaba sobre Chernobyl, la Segunda Guerra Mundial, la caída de la Unión Soviética.

¿Qué tan lejos está Rusia de la laguna de La Cocha? ¿Será que hace mucho frío allá? ¿Qué pensaría un ruso de este trópico frío y silencioso? La bebida mágica contra el frío a 2.800 metros de altura estaba teniendo efecto.

La Cocha Laguna de La Cocha, el segundo cuerpo de agua natural más grande del país. / Foto: Luis Ponce


Nuestro hospedaje, que también tenía la estética de chalet, terminó siendo la casa original de la pareja de suizos de los que nos hablaba Hernán. La casa, ahora convertida en hotel, tenía un comedor de cortinas rojas y muebles de madera donde se desayuna con un bufet y se almuerza y se cena a la carta. Cada cuarto tiene una chimenea y lo mejor es la bolsa de agua caliente en el pie de la cama para dormir.

En el hotel no había ruido. No sonaba nada. No había luz afuera tampoco. Me levanté con el sonido de mi alarma al otro día y la sensación de haberme ido a dormir un año antes.

Pero no habían pasado ni 24 horas y Hernán ya nos esperaba afuera con las ruanas. Íbamos en la misma lancha del día anterior y ya cada uno tenía su lugar: mi padre iba más hacia la proa y yo me sentaba atrás a hablar con Hernán, quien nos aconsejó pedir el almuerzo porque ir hasta el otro lado de la laguna y volver nos iba a tomar medio día. La parada para pedir la comida fue en casa de una señora que vivía en una de las veredas alrededor de la laguna y que tenía un cultivo de trucha.

Mi padre, que poco gusta del pescado, no tuvo mucha opción en ese momento, pues estábamos en una laguna donde el principal sustento económico, y por consecuencia, el principal ingrediente en la cocina es la trucha. El pescado, por supuesto, es fresco y la amiga de Hernán lo iba a pescar y cocinar mientras terminábamos el paseo.

Misticismo y encanto

Tres horas más tarde, cuando regresamos, almorzamos en su sala sobre una mesa de plástico roja y sillas del mismo color. Las paredes estaban decoradas con afiches comerciales de cerveza, una virgen en la esquina y un televisor donde siempre estuvo encendido el noticiero. La virgen estaba para cuidar la casa, de decoración y porque el salón servía también de espacio comunitario para la misa y reuniones importantes de la vereda.

La vereda queda casi a una hora de Santa Lucía, en el lado sur y uno de nuestros destinos ese día. Hay que cruzar toda la laguna y nos movíamos de lado a lado en la lancha por el oleaje –daba la sensación de estar en la mitad del mar y no en una laguna en medio de una montaña.

En la región se encuentran artesanías elaboradas con las técnicas de barniz y tamo. / Foto: Cortesía Subsecretaría de Turismo de Pasto

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La neblina nos seguía y le daba a la laguna un aire de misticismo hasta que llegamos al otro lado, donde dos torres de madera de casi diez metros de altura se encuentran a la entrada de Santa Lucía y se erigen como símbolo de un pasado menos místico de este lugar.

Historia

En 1997 la guerrilla de las Farc se tomó el cerro de Patascoy y destruyó el puesto de comunicaciones que tenía el ejército en esta zona del país. La toma de ese día dejó varios muertos y 18 secuestrados. La guerrilla se tomó la vereda y las torres se construyeron originalmente como un mirador en la laguna para controlar el paso de las lanchas. Hoy las llaman las Torres de la Paz y siguen en su mismo lugar de origen, pero intervenidas por artistas, y actúan como un museo: en una está la historia de la toma guerrillera y en la otra, información sobre la biodiversidad de la región.

Páramo Azonales en el corregimiento de El Encano cerca de Pasto. / Foto: Luis Ponce


Desde la parte de arriba de las torres no se alcanza a ver la otra orilla. La laguna parece otra vez un mar entre los Andes. El cielo se abre por momentos y las nubes lo vuelven a cerrar. Mi padre está listo para su almuerzo de trucha, me pregunta si hoy quiero ir a tomar jugo de mora otra vez. Claro que sí, más tarde seguramente voy a necesitar calentarme.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano para ir al aeropuerto. La neblina sigue presente mientras bajamos en carro por la montaña y la ciudad de Pasto se empieza a colar por entre las nubes. El silencio de la laguna me había disipado la memoria del cañón, hasta que estamos otra vez en el avión listos para despegar y me acuerdo de las montañas. Me acuerdo que para llegar a mi casa ahora tengo que cruzar parte de la cordillera de los Andes. Que mi casa queda en una de esas cordilleras. Que este trópico, que a veces es caliente, y muchas otras veces es frío, se siente siempre como casa.

Las Lajas, un santuario imponente

A dos horas de Pasto, en el municipio de Ipiales se encuentra el santuario de Nuestra Señora del Rosario de Las Lajas, una construcción de estilo neogótico, en piedra gris y blanca sobre el cañón del río Guáitara, que lo dejará sin aliento –no en vano el diario británico The Telegraph lo catalogó como el templo más bello del mundo–.

En el siglo XVIII, cuenta la leyenda, María Mueses de Quiñones y su hija Rosa fueron las primeras en ver la imagen de la virgen en este lugar. Rosa, sordomuda, habló de repente y dijo: “Mamita, la mestiza me llama”, señalando la imagen. Su madre quedó perpleja. Desde entonces se convirtió en un sitio de peregrinación para católicos y turistas de todo el mundo. Hoy en día se estima que lo visitan cerca de 600.000 personas al año.

Santuario de Las Lajas Foto: Jolyn Chua / Shutterstock


En un principio, el santuario era una sencilla choza de madera y paja; luego se construyó una capilla de ladrillo; posteriormente, se construyó la plazoleta y el puente. A comienzos de 1916 se inició la construcción, tal como se conoce actualmente, a cargo de los ingenieros Gualberto Pérez y Lucindo Espinosa, y se pudo finalizar treinta y tres años después, en 1949.

La iglesia tiene cien metros de altura y está compuesta por tres naves cubiertas con bóveda de crucería. Tiene mosaicos y vitrales hechos por el italiano Walter Wolf.

Vale la pena ir y recorrer cada uno de los detalles de esta magnífica construcción. En los alrededores hay un teleférico, posadas familiares y restaurantes con la gastronomía típica de la zona.


¿Y usted ya conoce la laguna La Cocha y el santuario de Las Lajas?

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Abril
12 / 2021
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