SUSCRIBIRME

Alejandro Turbay: postales de una vuelta al mundo durante 4 años

El viajero y fotógrafo Alejandro Turbay Noguera habló con Diners acerca de los destinos que más lo marcaron en los tres continentes que visitó.

Foto: Alejandro Turbay Noguera

El viajero y fotógrafo Alejandro Turbay Noguera habló con Diners acerca de los destinos que más lo marcaron en los tres continentes que visitó.

El viajero y fotógrafo Alejandro Turbay Noguera traza para Diners un viaje interior en el que recuerda los destinos que lo marcaron y el itinerario de su vida, que lo llevó a dejarlo todo para viajar durante cuatro años por tres continentes y encontrarse en los demás.

En el año de los confinamientos y encierros forzados, Alejandro Turbay Noguera ha tenido que refrenar su impulso natural a estar en movimiento. No es que le moleste.

Alejandro Turbay Uno de los lugares favoritos de Turbay es Mozambique. Aquí un pescador en las costas de ese país africano. / Foto: Alejandro Turbay


Quien ha viajado como él, y se ha conectado con los lugares de la manera como lo ha hecho este fotógrafo colombiano criado en Nueva York, aguanta sin presión las clausuras impuestas, como los halcones que sobrevuelan los desiertos sin viento y se mantienen en el aire, expectantes, sin gastar energía. Las memorias de sus viajes a cerca de 63 países lo nutren y, de paso, alimentan el espíritu de la buena legión de seguidores que ha ganado y se inspiran en sus viajes para tomar vuelo.

La petición es esa, justamente, en medio de la imposibilidad de desplazarse con libertad en este inicio de 2021: que emprenda un viaje mental hacia el pasado y haga escala para reflexionar sobre el sentido de viajar. Acepta. Alista su equipaje de recuerdos y sella su pasaporte para subirse en la aventura.

Pobladores de la pequeña ciudad Abri, en Sudán. / Foto: Alejandro Turbay


Primer destino: Infancia

La memoria de sus primeros años es difusa, como cuando se aterriza en una ciudad nublada, al estilo de Londres o Ámsterdam. Sin embargo, una vez desembarca en ese pasado, un recuerdo general surge con nitidez.

“Tuve la suerte de viajar desde muy pequeño. Mis papás me llevaban a sus múltiples viajes por su oficio diplomático, sin que yo siquiera recuerde adónde íbamos. Diría que en ese subirme a aviones y despertar en ciudades nuevas de las que no tenía idea nació mi gusto por los viajes. Sin embargo, sí recuerdo la mayor semilla que plantaron en esos años: visitar museos. No importaba cuántos países visitáramos, siempre nos deteníamos en uno. Entrábamos en esos recintos llenos de tesoros, y allí todo era distinto. Había una conexión más profunda con el pasado, que me generaba una especie de reverencia. Siempre, desde entonces, lo he hecho”.

Alejandro Turbay Un agricultor clasificando pimientos picantes en Myanmar. / Foto: Alejandro Turbay


Con sus padres pudo ver desde su misma infancia los extremos opuestos de un mundo dispar. Cuando llegaba a Colombia veía los techos de aluminio de los barrios de miseria, las disparidades económicas visibles en la arquitectura improvisada que se construía a medida que los recursos alcanzaban, pero también el goce y la alegría fácil de los latinoamericanos. En la cultura anglosajona y multicultural de Nueva York vivía el roce del mundo y, a la vez, la prisa, la presión por el éxito y el dinero como meta, el lujo presente en la Quinta Avenida y el respeto a la individualidad.

No podía ser casualidad que, con ese bagaje familiar, cuando Alejandro Turbay se sentaba a la mesa en su casa elegía el individual de mapamundi que su mamá le había regalado. Era su tesoro. Señalaba con el dedo los destinos más improbables, de acuerdo con la manera como sonaban sus nombres: Mozambique, Malasia, Arabia Saudí, Nueva Zelanda, Botsuana, decidido a viajar para conquistarlos. Su viaje personal, años después, lo llevaría a varios de ellos.

Alejandro Turbay Mujeres locales comparten en Púshkar, India. / Foto: Alejandro Turbay


Segundo destino: Juventud

Hubo un periodo de quietud, como era previsible: era un momento de remezón interna, como aquellos países en vías de desarrollo que aún avanzan hacia su madurez política. Alejandro Turbay buscaba entonces su propio eje. El colegio, las decisiones de vida de qué estudiar y la convicción de que debía centrarse hicieron que los viajes pasaran a ser sinónimo de vacaciones y no de encuentro personal.

Alejandro Turbay Un niño monje en un monasterio del valle Zanskar, en la región norte del Himalaya. / Foto: Alejandro Turbay


De todos modos, la vida siguió invitándolo a moverse. Viajó a París a estudiar en una universidad en un programa de intercambio, visitó sus catedrales y sus avenidas elíseas, sus cafés y sus paseos frente al Sena. El universo quiso además darle allí, más adelante, el mayor galardón profesional de su carrera cuando su tesis de maestría en Desarrollo Sostenible ganó el Premio Internacional Microfinanzas en el mismísimo Louvre, el museo de todos los museos. Pero en esa juventud entendió algo: el destino ideal no existía.

Convencido por unos amigos de que visitara Praga por su belleza, emprendió viaje a la capital checa y terminó por quedarse allí más tiempo del que habría imaginado. Esa desconocida Europa del Este que no aparecía en casi ningún catálogo de viajes, o al menos no en las primeras páginas, lo dejó enamorado de explorar destinos nuevos y de arriesgarse a romper esquemas. Había descubierto sus alas.

Vea tambien: Manizales y Florencia, dos destinos para hacer turismo de naturaleza

Alejandro Turbay Jodhpur, en India, es conocida como la Ciudad Azul debido al color de sus casas. / Foto: Alejandro Turbay


Tercer destino: Madurez

La madurez es un término ambiguo. Se supone que se refiere a una etapa en la que se asienta una persona, pero en realidad es el momento en el que comienza a conocerse. A Alejandro Turbay su profesión le había permitido forjarse una carrera como consultor en el campo ambiental de una compañía reconocida. Pero había más que un buen salario en la vida, y él ya lo sabía.

Sus metas personales estaban ligadas a los viajes y a descubrirse en esos itinerarios. Para ello organizó el viaje más largo de su vida hasta ese punto: un mes de exploración por Argentina, que lo llevaría desde Buenos Aires hasta Ushuaia, y de vuelta a Iguazú. De antemano, un viaje así de largo le parecía un despropósito agotador. No se sentía un gran caminante, pero allí generó una profunda relación con la naturaleza, como nunca antes la había tenido. También conoció a otros viajeros que pasaban meses y años en el camino, hallándose a sí mismo en el espejo de conocer a los otros. El tiempo voló y al final sintió que quería más tiempo para descubrir.

La niebla de la mañana alrededor del monte Bromo en Indonesia. / Foto: Alejandro Turbay


En esa ocasión, en 2009, había llevado su primera cámara profesional, de la que ya no pudo despegarse más porque comprendió que construir memorias era parte de su verdadero llamado.

Aprendió, a la vez, que los medios de comunicación generaban estereotipos y que la mayoría de las personas temía a ciudadanos de otros países con base en los prejuicios. Decidió romper ese estigma.

Vista luego de una caminata de tres días por el campo de Myanmar. / Foto: Alejandro Turbay


Lo más importante, recuerda, es que admiró a los viajeros de largo aliento y quiso imitarlos. Sería como ellos, se dijo. También, sería como un conocido suyo que había creado un blog de viajes para narrar sus recorridos por el planeta. Sería como todos los que lo inspiraban, pero a su manera. Se lo prometió y decidió cumplirlo: viajaría para inspirar.

Cuarto destino: La travesía

Vendió lo que tenía, compró su tiquete, dejó su trabajo y se dedicó a viajar por África, Asia y Oriente Medio. En total, 29 países, resume en una frase suelta, que sin embargo no refleja los cerca de cuatro años que dedicó a su proyecto, de culturas y acentos diversos que tuvo que sortear, aprendiendo a vencer su natural timidez y su inseguridad ante la vida. “Comencé a viajar para ganar confianza”, confiesa. Los motivos de fondo son siempre los mismos: el amor y el miedo. Ganar uno, vencer el otro.

Una mujer con su hijo en el valle Omo, en Etiopía. / Foto: Alejandro Turbay


Por un capricho del destino perdió el dinero ahorrado y se vio obligado a reducir su presupuesto al mínimo: no más de 10 dólares diarios para comida, hospedaje y transporte. Eso le implicó recorrer África a dedo y en autobús, y le quitó el peso del derroche. Por el contrario, le abrió las puertas de la sencillez y le permitió entender que lujo era estar bien y sonreír. Desde que hubiera un lugar para dormir se sintió cómodo. Apreció lo que tuvo y vio belleza en todo.

Alejandro Turbay Un gondolero navega por canales en Kerala, sur de la India. / Foto: Alejandro Turbay


Bajó de Egipto a Sudáfrica en transporte público. Conoció a los gorilas en el Congo; hizo voluntariado en favor de los niños en Uganda; ayudó a organizar un festival musical en Malawi; ascendió al Kilimanjaro en Tanzania; abrazó a los masáis en Kenia; se hizo voluntario en una organización juvenil en Palestina y enseñó a bailar salsa en Israel. También se hizo amigo de niños en un campo de refugiados en Líbano; asistió a un retiro espiritual en silencio en Nepal; se nutrió de la profunda espiritualidad de la India y acudió a sesiones con el dalái lama; les enseñó inglés a los monjes de Laos y entrenó fútbol allí con un equipo profesional; exploró Vietnam por dos meses con una motocicleta usada; confirmó la bondad de los birmanos en Myanmar haciendo autostop y pedaleó más de 700 kilómetros en Camboya en una bicicleta de segunda.

Instantánea capturada en un templo budista en Pakse, Laos. / Foto: Alejandro Turbay


Hay más, mucho más. Pero la invitación es a que cada quien viva su propia aventura. “La mejor educación que existe es viajar. Así no solo ves otros países con nuevos ojos, sino el propio con una mirada diferente”, concluye.

Destino actual: En sala de espera

Su última parada es la exposición con su obra que fue exhibida en Nueva York, a la que asistieron tanto amigos como diplomáticos, hasta que el coronavirus llevó a cerrarlo todo, así como su trabajo expuesto en su Instagram @viajarparainspirar y en su página web pleaseliveyourdream.com (a propósito de: “Por favor vive tu sueño”, una frase que escribió en su mochila de viaje durante su recorrido).

Vea tambien: Un viaje a la segunda laguna más grande de Colombia: La Cocha

Alejandro Turbay Gorila en parque Nacional Virunga, República del Congo. / Foto: Alejandro Turbay


También está su sueño de recorrer África de sur a norte, de Sudáfrica a Marruecos, cuando pase el encierro forzado, en transporte urbano. Pero ya que está quieto en Bogotá, como en una sala de espera antes de tomar un nuevo vuelo, surge una pregunta para que Alejandro Turbay la responda desde la emoción pura de los recuerdos: ¿qué lugares lo conmovieron más?

Sonríe. Se transforma en bondad pura, timidez de nuevo, en el tipo alegre de barba que narra historias del mundo sin presumir, sino emocionado de contar lo vivido para contagiar a otros e inspirarlos a romper sus formatos y viajar por el mundo. Duda, porque no quiere excluir, pero también porque se le hace difícil resumir tantos años de experiencias. Por fin hace su lista personal, fuera de todos los cánones turísticos. No podía ser de otra manera.

Alejandro Turbay Un hombre santo en Benarés, la capital espiritual de la India. / Foto: Alejandro Turbay


Sudán: “Todos lo venden como un lugar peligroso, de miedo. Lo que encontré allí fue una generosidad total, habitantes que te comparten lo que tienen, amabilidad absoluta”.

Bolivia: “Es el lugar más bello de naturaleza que he visto. Nada ha superado la imagen de las estrellas reflejadas en el Salar de Uyuni”.

Líbano: “No recuerdo haber comido mejor y de manera más exquisita que en Beirut. Toda su comida es fantástica, exuberante, deliciosa”.

Israel y Palestina: “Viviría en Tel Aviv. Es un lugar que me enamoró porque me abrió los ojos a otras culturas, pero también porque hice voluntariado allí, viví su ramadán y conocí las historias de ambos lados. Es mi destino para vivir”.

Turbay título esta fotografía, tomada en 2017 en Soleb, Sudán, como «la sonrisa invisible». / Foto: Alejandro Turbay


Mozambique: “Sus arenas, sus playas, sus mares. La belleza de sus aguas lo hacen inolvidable”.

Egipto: “Allí está condensada la historia a través de sus templos y pirámides. Viví tres meses”.

África: “Duré año y medio recorriendo el continente. A veces me sentía en Colombia por la similitud con las cosas que conocía. Lo que más recuerdo es cómo, a pesar de las circunstancias, siempre sonreían. Su encanto, música y bailes me marcaron por su profunda e intensa alegría interior”.

Alejandro Turbay Globos sobrevolando la tierra de los templos: Bagan, Myanmar / Foto: Alejandro Turbay


¿Y usted qué opina de lo que hizo Alejandro Turbay? ¿Le gustaría seguir sus pasos?

También le puede interesar: Angélica Ladino, la colombiana que recorre Australia en una pequeña van

¡Quiero recibir el newsletter!

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Marzo
09 / 2021
Advertisement

Send this to a friend