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Desde Ocetá hasta el Patio de Brujas: los tesoros ocultos de Boyacá

Diners le presenta una oferta paisajística y cultural, no tan conocida, para recorrer con calma el sorprendente departamento de Boyacá.

Foto: Claudia Milena González Bernal - James Wagstaff - Franck Camhi / Shutterstock

Diners le presenta una oferta paisajística y cultural, no tan conocida, para recorrer con calma el sorprendente departamento de Boyacá.

Pensar en Boyacá es evocar al campesino, vestido con su ruana insigne y las manos rugosas y sucias por sembrar papa en la tierra que tanto respeta. Es también el lugar de las batallas, no en vano se le conoce como la “Cuna de la libertad”, pues su historia se forjó con las luchas independentistas de héroes y heroínas, plasmadas en monumentos y patrimonios arquitectónicos.

Fue, además, la tierra del indio Rómulo, poeta costumbrista que reiteró que a este departamento le sobra identidad.

Foto James Wagstaff / Shutterstock

Por disponer de todos los pisos térmicos, Boyacá cuenta con variedad de climas y suelos que parecen tapetes multicolores. Tiene el 19 % de los páramos de Colombia, diversidad de especies de flora y fauna, y hasta las mejores esmeraldas del mundo.

Cuenta con la laguna de Tota, la más grande del país, y con lugares como Ráquira, tierra natal del maestro Jorge Velosa, creador de la música carranguera, o el Pueblito Boyacense en Duitama, una réplica de la arquitectura típica con 124 viviendas.

Sin embargo, detrás de estos mágicos lugares quedaron un poco eclipsados otros de igual esplendor en naturaleza y patrimonio cultural. Diners seleccionó varios espacios pensados, además, para visitar de manera segura durante esta época.

Desierto de La Candelaria

Ubicado a 8 kilómetros del casco urbano de Ráquira, La Candelaria es un enclave seco a 2.150 msnm, 1.600 metros más alto que el famoso desierto de la Tatacoa y 2.000 metros más alto que el de La Guajira. Lejos de ser un espacio desolado, este desierto está rodeado por la herradura de los páramos de Iguaque, Fandiño y El Rabanal.

“Esto lo hace muy interesante por la corta distancia que hay entre un ecosistema xerofítico, con especies como nopales, agaves y suculentas, y los frailejones, que se empiezan a extender en la montaña ya sobre los 2.700 metros y no sobre los 3.000 msnm, como generalmente se suelen dar”, explica Fredy Alberto Medina, gerente de la agencia de turismo Bohío Travel y guía profesional.

Medina también comenta que se han encontrado innumerables restos fósiles del periodo Barremiano Cretácico inferior y reptiles de hasta 11 metros que dan muestra de una fauna extinta poco conocida y registrada a escala internacional.

Aun hoy se pueden encontrar casitas campesinas de lugareños que aprendieron a convivir en ese ambiente seco, cálido y frío a la vez. Estas construcciones, elaboradas con piedra, bareque y adobe, lucen techumbres ennegrecidas por el humo del fogón de leña, donde se suelen cocinar los más tradicionales y exquisitos platos.

Las mejores arcillas

El viento que suele bramar y el panorama ocre recrea también escenas cotidianas que parecen sacadas de cualquier cuadro pictórico del romanticismo, como una yunta de bueyes surcando la tierra, domados por un labrador que con su radio bajo el brazo, escucha música o quizás las noticias del día.

La Candelaria tampoco es el desierto insondable, infinito, que de solo evocarlo deja seca la garganta, sino que está adornado por pozos de aguas cristalinas de tonos azules, hechos para el regadío, pero que se han convertido en un atractivo más para los visitantes.

Foto James Wagstaff / Shutterstock

Toda esa erosión de tantos años abre, sin más, paisajes de bosques de piedras que parecen flotar sobre la tierra con sus famosas cárcavas (socavones en la roca) hasta llegar al Patio de Brujas, enigmático lugar que, según los lugareños, y de acuerdo con la tradición oral, fue el espacio en el que las brujas se reunían para hacer sus aquelarres.

De este desierto salen también las mejores arcillas para los alfareros de Ráquira, cuya técnica de cerámica en barro viene de los propios muiscas; además, dadas las características del suelo y la temperatura, allí se cultivan uvas para elaborar vinos secos con aromas tropicales.

Arte rupestre en Boyacá

El Valle Sagrado de Saquencipá guarda la riqueza de la cultura muisca. Se trata de un conjunto de escenarios arqueológicos entre los que se destacan las pinturas rupestres de Sáchica, en las riberas del río que lleva su mismo nombre y que atraviesa el valle para separar el desierto del gran macizo de Iguaque (génesis de la raza muisca y el mito del origen del agua hecha mujer, Bachué, la madre de la humanidad).

Allí los indígenas plasmaron cerca de 500 figuras que se extienden por un abrigo rocoso en el norte del desierto con formas zoomorfas, antropomorfas, vegetales y autonómicas como parte de su expresión y forma de adoración al sol y al mismo universo.

Foto Wikimedia Commons

Otro lugar arqueológico es el Observatorio Astronómico Muisca, en la vereda de Monquirá, con dos mil años de antigüedad y desde donde se puede comprender su culto al sol en un entorno sagrado que logra demostrar cómo, a través de las sombras, fue posible interpretar los ciclos solares y definir las temporadas propicias para la cosecha en un culto o ceremonia de fertilidad a la Tierra.

Monguí y el páramo de Ocetá

Monguí es el pueblo de los balones y desde los balcones de las casas cuelgan estos objetos redondos de diversos colores y tamaños. Todo comenzó en 1934, cuando el artesano talabartero Froilán Ladino empezó a diseñar balones junto con su hermano, después de haber prestado el servicio militar.

En los años cuarenta lograron darles empleo directo a ochenta personas con su microempresa, y ya para las décadas de 1970 y1980, los balones Ladino estaban en todo el país. Fue un hit y literalmente un gol que metieron en Monguí con este negocio que, infortunadamente, pasó también periodos de vacas flacas tras el ingreso de productos baratos provenientes de China.

Foto Camilo Montoya Duque / Shutterstock

Mal contadas hay unas veinte fábricas de balones y, obvio, es una de sus fuentes principales de ingresos.

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Monguí, a 97 kilómetros de Tunja, le saca un suspiro a cualquier citadino que, con solo estar allí, sale de la pesada rutina y de estrés de las grandes metrópolis.

“Aquí no nos avergonzamos de nuestra historia ni de nuestra cultura; al contrario, nos sentimos muy orgullosos de lo que somos”, asegura Diana Ximena Fernández, gerente de la operadora turística Monguí Travels.

Boyacá Foto OSTILL is Franck Camhi / Shutterstock

Un páramo único

Ella habla sin parar sobre el páramo de Ocetá, el más lindo del mundo y el menos intervenido. Según cuenta la leyenda, Penagos era un guerrero que se enamoró de la princesa Ocetá, nombre que lleva la montaña ubicada frente al páramo.

En este lugar se encuentra la mayoría de especies de frailejón, y los lupinos, unas de las plantas más bellas del mundo, que parecen mazorcas enormes de color morado y tienen el mismo proceso para guardar agua que los frailejones. Hay avistamiento de venados de cola blanca y se presume también la existencia de zorros, por las huellas que se han visto.

Foto OSTILL is Franck Camhi / Shutterstock

El ingreso a este páramo no se cobra. Solo piden ir en compañía de un guía local de alguna de las operadoras turísticas que trabajan en la zona y cuya tarifa va desde los 60 mil pesos por persona.

El recorrido vale la pena, por la neblina que a veces aparece; por el agua, diáfana, que se esconde detrás de la vegetación; por el aire puro y la imponente vista hasta llegar a una laguna después de ocho horas de recorrido.

También hay otros planes permanentes como las caminatas por la peña de Oti, un mirador del pueblo que es muy llamativo, y la cascada de La Virgen, que permite conocer la flora del páramo.

Duitama y las lagunas encantadas

Duitama es una ciudad a 50 kilómetros de Tunja, la capital de Boyacá. Se dice que desde la hacienda Surba y Bonza –hoy Batallón de caballería Silva Plazas–, Simón Bolívar preparó sus tropas para la batalla del Pantano de Vargas. Además, es cuna del ciclismo, pues de allí son oriundos los deportistas Oliverio Cárdenas y Fabio Parra.

Foto EGT-1 / Shutterstock

Duitama está enmarcada en el valle que lleva su mismo nombre y cuya característica principal radica en tener una vida comercial muy activa, por la que se ha ganado el título de ser la segunda ciudad en importancia del departamento. La llaman “La capital cívica de Boyacá” o “La perla de Boyacá”.

Tiene cuatro universidades y un importante número de instituciones educativas, por lo que allí confluyen personas de diferentes partes del norte de Boyacá.

“Llegaron huyendo de la violencia de los años cincuenta, fueron los primeros comerciantes y trajeron el civismo”, cuenta Gonzalo Caro Barrera, copropietario de la reserva natural de la sociedad civil Las lagunas encantadas.

Su privilegiada ubicación le permite al turista desplazarse a localidades como Sogamoso, Tunja, Monguí, Nobsa, Tibasosa, el lago de Tota, Paipa y sitios históricos como el Pantano de Vargas y el Puente de Boyacá.

Las lagunas encantadas (Cachalú, Agua Clara, La Cristalina y Los Patos) están ubicadas en el Santuario de Flora y Fauna Guanentá, Alto Río Fonce, a una altura aproximada de 3.500 msnm.

Biodiversidad en Boyacá

Su biodiversidad, explica Caro Barrera, es propia del sistema de páramo y tiene una extensión de 188 hectáreas. Allí hay 14 especies de frailejones, de los cuales tres son endémicos.

Es, además, la estrella hidrográfica donde Duitama tiene la mayor cantidad de agua superficial que suministra a los departamentos de Boyacá y Santander.

Las lagunas forman parte del páramo de la Rusia y están junto a otras como Pan de Azúcar y Las Cruces, ubicadas en el páramo llamado también Pan de Azúcar.

“Estos depósitos naturales de agua son de origen glaciar y de alta montaña”, explica Nelson Oswaldo Romero, guía profesional y operador turístico de la agencia Akixtrem Colombia Travel.

Según él, algunas leyendas cuentan que en estas fuentes hídricas se esconde el tesoro del cacique Tundama, quien gobernaba el territorio antes de la llegada de los españoles, un “Sol de oro” muy bien guardado “y que hasta ahora sigue siendo un mito, porque no se ha hallado ningún vestigio que lo compruebe”, comenta.

Boyacá Foto Restaurante La Escuela / Facebook

Calma y buena comida

Duitama es un lugar tranquilo donde la gente conserva tradiciones como la de talla en madera y el trabajo en esparto (fibras de paja de las zonas altas). En gastronomía sobresalen los tradicionales tamales, el cocido, los amasijos y la sopa dulce (bebida cuyo ingrediente principal es la chicha).

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Hasta el momento no se tienen estructurados paquetes turísticos hacia las lagunas, ya que este sitio para la conservación y protección de la zona de páramo es propiedad privada y funciona como Reserva Natural de la sociedad civil. Se realizan visitas guiadas concertadas con anticipación, que por lo general se efectúan en un solo día.

De igual manera se realizan visitas académicas o pedagógicas dada su naturaleza de Aula Ambiental con la asistencia de la Corporación Autónoma Regional de Boyacá y la dirección del Santuario de Fauna y Flora Guanentá Alto Río Fonce.

Iza, un pueblo longevo

Este es el pueblo con los dulces más ricos de Boyacá, que se venden a unos pasos del palacio municipal. Llevan los nombres propios de las señoras que los comercializan, como los de doña Carmen Rosa Santana, que ofrece merengones y postres de varios sabores frutales como mora, kiwi y maracuyá, así como los de doña Consuelo Vera, que tiene unos cheesecakes y unas tortas de chocolate exquisitas.

Foto Yulia Khlebnikova / Unsplash

En Iza sí que hay calidad de vida y la expectativa es sobrepasar los 90 años de edad. Es un pueblo longevo, que por las noches se inunda con el vapor y el olor de las termales.

Un estudio de la Universidad Nacional de 2016 señaló a este municipio como el primer lugar con mayor población adulta del país y esto sirve, según Laura Natalia Bustamante Camargo, líder del operador turístico IzaVita Tours, “como referente para entender que la expectativa de vida de las personas es mayor dado el entorno natural en el que viven”.

Este pueblo de la “eterna juventud” está ubicado en la provincia de Sugamuxi. Declarado bien de interés cultural del ámbito nacional en 2002 por su riqueza patrimonial, está lleno de contenido histórico, arqueológico, arquitectónico, natural y costumbrista. Aquí nació el maestro Francisco Cristancho Camargo, músico y compositor, inspirador del Festival de Música Andina Colombiana que lleva su mismo nombre.

Pocos habitantes

Parte del encanto de esta tierra radica en su pequeño tamaño, pues cuenta con apenas 2.100 habitantes. El concepto del buen vivir también lo carga en su memoria ancestral y se dice que fue el último lugar en el que quiso estar Bochica y donde les enseñó a sus protegidos oficios como hilar, que aún hoy en día se practica.

“En Iza existen varios talleres donde encontramos la manta o la ruana tradicional, entre otras prendas, con varias técnicas y diseños”, comenta Laura Bustamante.

Y no es todo; antes de subir al cielo, cuenta la leyenda, Bochica dejó su huella plasmada en una piedra cerca del río Iza, también conocida como la piedra del Cacique, un lugar agradable para visitar y repasar esa memoria.

Uno de sus sellos característicos está en la conservación del patrimonio arquitectónico y su trazado indígena original lo comparan con ciudades como Cusco (Perú); su hermoso entorno natural, representado por el Valle de los Sauces Llorones, con acacias, pinos, cultivos de higos y tréboles blancos, entre otros, hacen de Iza un municipio merecedor de ser declarado Pueblo Patrimonio de Colombia.


Planes de caminata

Boyacá Foto Reisegraf.ch / Shutterstock

Patio de Brujas

Esta emocionante travesía comienza en uno de los pueblos ancestrales de la cultura muisca, Sáchica, el único que conserva casi intacto el conjunto doctrinero de este país. Allí se pueden apreciar la piedra del castigo, la cruz atrial de 1684 y el templo testimonio de la transformación del pensamiento indígena para contextualizar la historia del territorio.

Antes de iniciar la caminata para disfrutar de las montañas se realiza un calentamiento. Luego se recorre un sendero de alto nivel que pasa por el mirador del valle y la piedra del sol hasta llegar al enigmático Patio de Brujas, en el que se lleva a cabo una interpretación astronómica y cultural. El tiempo estimado es de 7 u 8 horas, a una altitud entre 2.150 a 2.350 msnm.

Herencia muisca

Este plan comienza con la visita al Museo Arqueológico y Cultural en Sáchica, para apreciar y conocer una galería de utensilios indígenas y otros que reconstruyen la historia de los muiscas. Desde ahí se hace un recorrido de cinco kilómetros, rodeados por cultivos, hasta el mirador del valle, pasando por el río Sáchica.

Llegar al sitio arqueológico de arte rupestre más grande de la cultura muisca y maravillarse en el imponente escenario con cientos de símbolos indígenas, pintados sobre la roca hace más de dos mil años, es una experiencia inolvidable que devuelve la conexión con nuestra madre tierra. El tiempo estimado es de 3 a 4 horas, a una altitud entre 2.150 y 2.250 msnm.


PLANES ADICIONALES EN BOYACÁ:

Foto Jcomp / Freepik

Caminatas en las que se conocen de cerca los usos y costumbres del territorio. Aquí se puede descubrir la encantadora vista del Valle de los Sauces y experimentar la energía renovadora del “Nido verde” de Boyacá, como se le conoce a este municipio. También es posible apreciar el paisaje cultural campesino, y adentrarse en la historia muisca.

Ciclopaseo “Pedaleando la tierra de campeones”. Con esta actividad se vive la experiencia de recorrer los verdes y tranquilos campos boyacenses por los parajes donde nacieron y se hicieron los grandes del ciclismo mundial.

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Febrero
09 / 2021

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