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Filandia, Quindío: un viaje por la tierra del encanto colombiano

Filandia es uno de los pueblos más atractivos para hacer turismo en Colombia. Gastronomía, aventura y artesanías en un solo lugar.

Foto: Hdhdhdybooty /Pedro Szekely /Selina Quindío/ Tukawa Hostel/ Casa Bambuco/ 2022

Filandia es uno de los pueblos más atractivos para hacer turismo en Colombia. Gastronomía, aventura y artesanías en un solo lugar.

Conocido también como “La colina iluminada del Quindío”, Filandia está ubicado a tan solo una hora de Armenia por la Autopista del Café. Tiene una población de más de 13 mil habitantes y goza de un clima envidiable que oscila entre los 15 y 25 grados centígrados.

Se trata de una meseta que ofrece un entorno paisajístico sin igual, que permite disfrutar de la vista de los entornos naturales de Bremen y Barbas. El primero, considerado patrimonio ambiental con más de 300 hectáreas (en su mayoría) de bosque nativo. Y el segundo ocupa el quinto lugar con la mayor biodiversidad del mundo, donde se alojan las últimas manadas de monos rojos aulladores del continente.

El origen de Filandia

Su fundación data del 20 de agosto de 1878, es decir, fue el segundo municipio nacido en el Quindío después de Salento.

“Por acá pasaba el Camino del Quindío que comunicaba al norte del país con el sur. Fue construido sobre calles prehispánicas; por aquí transitó el propio Bolívar y viajeros”, cuenta Roberto Restrepo Ramírez, antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia y miembro de la Academia de Historia del Quindío.

En 1890 se encontró el Tesoro Quimbaya en la vereda la Soledad, cerca de Filandia, un hallazgo de más de 400 piezas que fue obsequiado por el presidente Carlos Holguín a la reina de España, María Cristina de Habsburgo, en 1893; actualmente el tesoro está en el Museo de América de Madrid, España.

Entre tanto, el proceso de repatriación se truncó por completo. Aunque el gobierno colombiano pidió de vuelta las joyas ancestrales en 2017, el 30 de marzo de 2022 el Gobierno de España sostuvo que no devolverá el Tesoro Quimbaya, señalando que hace parte de su interés cultural «que impide que sea enajenada o exportada a su país de origen». Esto sin duda dejó a los integrantes de la Academia de Historia de Quindío en una encrucijada de nunca acabar.

La Filandia de 50 años

Hay un documento que data de 1928 en el que alguien se robó el badajo, o parte interna de la campana de la iglesia que la hacía sonar y que estaba hecha de oro, según lo narra el mismo Restrepo en su artículo Filandia y las historias fabulosas en sus 140 años de vida municipal, publicado en el periódico La Crónica, donde también contó que uno de los guaqueros del importante hallazgo y al que le llamaban “Casafú”, había regalado varios objetos de oro del tesoro, quizás los más pequeños, para destinarlos a la fundición y elaboración de dicha pieza, pero el objeto se perdió y con este, el cuento pasó a hacer parte del anecdotario provincial.

El turismo en Filandia, Quindío

Desde hace 20 años los extranjeros ven en Filandia un paraíso para vivir y abrir negocios. De hecho, se conoce el caso de cientos de foráneos con tierras en esta zona del Quindío, con hoteles de lujo como Selina Quindío, Tukawa Hostel y Casa Bambuco, tres de los más reconocidos de la región.

Por otro lado, su patrimonio arquitectónico se ha perdido con el paso de los años. Sin embargo, aún quedan lugares como la Calle del Tiempo Detenido, reconocida por su aparición en el clásico del cine colombiano: Milagro en Roma, del director Lisandro Duque. O, como no, de Encanto, la más reciente joya animada de Disney.

Esas fachadas de múltiples colores, que embellecen el espacio y hablan de una tradición de colores suaves que se combinan con la pared blanquecina de cal. “Las viviendas tenían un solo tono adicional para puertas, ventanas y balcones, como el azul y el verde, entre otros, pero ya solo quedan colorines… parecemos una tierra tropical”, comenta el antropólogo, quien con cierta melancolía también advierte que, por dentro, la mayoría de estas casas han sido modificadas para convertirlas en lugares comerciales.

Sin embargo, Cotelco y la Fundación Universitaria Cafam presentaron el Índice de Competitividad Turística en diciembre de 2021, en el que Filandia ocupó el tercer puesto entre los municipios con el mejor turismo del país. Aquí se tuvieron en cuenta 105 indicadores y las recomendaciones de instituciones especializadas como la Organización Mundial del Turismo.

La tradición del canasto

Filandia es la cuna de este producto en el país y cuenta con cinco generaciones de artesanos que por 120 años han tejido la historia del municipio; de ahí que también sea reconocido como “La cuna del canasto cafetero”. De hecho, hay una fiesta conmemorativa del mismo que se realiza a mitad de año.

Canasto

Camino al mirador se encuentra el barrio San José, llamado, además, Ruta de los Maestros Artesanos, pues ahí residen la mayoría de familias que, por generaciones, se han encargado de elaborar estos artefactos que tradicionalmente fueron empleados para la recolección del café y de otros frutos de pancoger.

El Centro de Interpretación del Bejuco al Canasto es, por tanto, un lugar obligado para visitar, pues se trata de un espacio museográfico e interactivo que pertenece a la Asociación de Artesanos de Filandia y en el que los visitantes pueden conocer, mediante un recorrido de 20 minutos, la historia y el proceso de cómo se elaboran estas artesanías.

El plan contempla también que los visitantes elaboren sus propios canastos, tomen un taller de aproximadamente una hora y disfruten de un tiempo chévere y diferente, al tiempo que interactúan con la historia del territorio.

Allí mismo hay un taller de representación del artesano que, en temporada alta, suele contar con la participación de una persona de la cuarta generación que está dispuesto a contar sus historias, mientras teje canastos con fibras de fique, cabuya o del tradicional bejuco.

“Uno nace con este arte”

Wilmar Colorado, un joven artesano de la quinta generación, explica que el primer canasto de la historia del municipio fue el recolector, que más adelante sería reemplazado por el tarro de plástico; también está el canasto medidor para pesar el café; el lavador, para sacarle el mucílago al grano y el cerecero, cuyo fin es guardar el residuo del mismo.

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Quindío

Este joven aprendió el oficio observando a su mamá, Ofelia Marín Márquez, quien, a su vez, también aprendió mirando a sus padres y abuelos. “Uno nace con este arte. A mí nadie me enseñó y cuando menos pensé, a los 7 u 8 años de edad, ya estaba elaborando canastos”, cuenta ella.

Doña Ofelia dice que antes “había muchos artesanos, pero nadie se daba cuenta de eso porque trabajaban en sus casas, mientras que ahora sacan sus canastos a la puerta o los ponen en las ventanas para identificarse”.

Su papá y hermanos —narra — salían el lunes a ‘bejuquear’, es decir, se internaban en el monte para acampar. “Llevaban todo lo necesario para alimentarse y luego regresaban el jueves con todo el material para la elaboración de los canastos”.

Del bejuco al canasto

“Mi mamá se encargaba de hacer el proceso de pelado y secado del bejuco que debía hacerse al sol, pero como Filandia es un poco frío, ponía un andamio en el fogón y lo secaba ahí; el humo, además, ayuda a inmunizar el material”, afirma.

“Por ese tiempo había muchas fondas y todo el mundo andaba en bestias; se tomaban algo, se quedaban un buen rato y luego seguían su camino. Cargaban todo el mercado para una semana o un mes pues llegaban de las fincas. Llevaban cosas como panela, mucho maíz, arroz y papa”, describe.

Ahora las cosas son distintas, según indica, porque anteriormente se elaboraban las artesanías en un solo tejido, el tradicional, y se creaba un canasto «normalito», con un solo bejuco, pero ahora “nosotros trabajamos con al menos seis bejucos al mismo tiempo e innovamos en el trenzado porque la función del objeto también es ornamental”.

Doña Ofelia ve con nostalgia que de la quinta generación de artesanos queden pocos jóvenes, pero desde este lugar también se incentiva a los estudiantes de colegio y de universidad para que hagan parte de este proyecto, colaboren con la atención al público y creen sus propias artesanías.

“La entrada vale 4 mil pesos por persona, nosotros les damos la mitad y les reconocemos también la mano de obra de las artesanías”, finaliza Wilmar Colorado.

Museo Casa de los Abuelos

Este lugar está ubicado en la esquina de la carrera octava con calle 6, al final de la Calle del Tiempo Detenido. Es una construcción de color verde.

El mismo antropólogo Roberto Restrepo Ramírez, oriundo de Filandia, se ha dedicado a recuperar la memoria de su familia y de la propia región. “La petición la hizo mi padre antes de morir y solicitó que las cosas de la familia se exhibieran y quedaran en una de nuestras casas”, comentó.

Filandia

Los muebles hechos en comino crespo sobresalen por la calidad de los talles; en una de las habitaciones está la cama donde murieron sus padres y donde varios de sus hermanos, sobrinos y él mismo, nacieron. “Seguramente yo moriré ahí y mis hermanos vendrán a lo mismo”, comentó. Los Restrepo son una familia distinguida en el país cuyo linaje está conformado por letrados, artistas, médicos y políticos, entre otros.

Los portentosos muebles del museo ya tienen 78 años y fueron creados, al igual que el mobiliario de muchas familias del pueblo, por don Arcadio Arias, uno de los artesanos insignes del municipio.

Los recuerdos de la Colombia cafetera

En una esquina de esa casa también residen los recuerdos de uno de los últimos arrieros de la región llamado José Valencia, quien tenía un catre de arriería que solía cargar en su mula para descansar a las laderas del camino cuando este se hacía largo y pesado.

También está la cocina de las abuelas con los utensilios típicos del momento; las puntillas que quedaron del incendio de la iglesia de Circasia; un cirio bendecido por el papa Benedicto.

Un álbum familiar que don Roberto le compró a un reciclador por 50 mil pesos y que guarda con recelo, la foto autografiada de Libertad Lamarque, una famosa cantante del momento.

Casa los abuelos

Hay cuadros que estremecen, son esas imágenes repetidas de las casas de nuestros propios abuelos, donde siempre hubo un póster de La última cena o un Sagrado Corazón de Jesús, ya azulados o desleídos por el paso del tiempo.

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Tampoco faltó esa imagen casi perturbadora del Niño que llora, de Bruno Amadio… es inevitable que frente a una imagen así uno no tenga un tipo de sensación de déjà vu o de viaje inmediato al pasado.

Piezas colmadas de historias en Filandia

Sobre una cama hay un par de muñecas de ojos pintados que generan una sensación similar; y en la sala, un árbol de Navidad forrado en algodón; un pupitre de madera de esos de tapa que se abre hacia arriba; tocadiscos antiguos.

Cafeteras antiquísimas; puertas y ventanas de las construcciones de bahareque que los propietarios quisieron desechar, pero que don Roberto conservó, pues tienen más de cien años y hasta pedazos de andenes con grabados. En fin, son cerca de 400 piezas exhibidas y colmadas de historias.

Y es que el museo y el recuerdo de esa familia tiene un vaho a libros como El Retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde, La piel de zapa de Honoré de Balzac o hasta aquella serie antigua de televisión llamada Viernes 13, que aluden a objetos con poderes inimaginados.

Casa Museo y gastronomía

El restaurante Helena Adentro, que, a propósito, fue galardonado como el mejor restaurante del Eje Cafetero por la revista La Barra en 2019, es el lugar recomendado para ir a comer y disfrutar de una atmósfera agradable en una casona antigua bien adornada y llena de color y cuyo propietario, al menos del predio, es José Conrado Castañeda, un guaquero de mirada extraña, pero lleno de aventuras por contar. Al lado del restaurante, está su Casa Museo.

Casa Museo

Según él, lo más extraño que ha encontrado en sus expediciones fueron los restos de una india abrazada a su compañero.

“Bajamos 17 metros, lo más profundo que hemos ido, y me impresionó ver que el indígena tenía un agujero en el cráneo, como de balín, pienso que lo mataron los españoles”, cuenta.

“Nosotros vamos adonde la gente nos diga que hay fantasmas o luces; luego nos dirigimos a acampar al lugar y esperamos a que el espíritu se forme, es decir, que se presente como una persona, como una luz o quizás, que haga ruidos”, comenta.

El misticismo de Filandia

Casa Museo

“Los mismos espíritus nos invocan —agrega — para que les ayudemos porque esos objetos los tienen amarrados y quieren liberarse; para comunicarnos invocamos a un ancestro nuestro para que nos ayude a pedirle permiso, pero si el espíritu no se forma, ni da señales, es porque no quiere que nadie se meta y entonces no lo hacemos”, finaliza.

El lugar está lleno de las guaquerías realizadas por el mismo Conrado y de cada una se desprende una historia que este hombre cuenta con mucha pasión y hasta con cierta ingenuidad.

Desde hace más de 500 años la guaquería ha estado presente en los territorios colombianos, saqueando patrimonio arqueológico que, en su mayoría, ha sido desaprovechado; sin embargo, quiérase o no, es una tradición que retrata una de las aristas de la historia de este territorio.

Para cerrar la tarde con broche de oro

La tarde en Filandia termina bastante bien en el mirador Colina Iluminada, ubicado a las afueras del municipio por la carretera que conduce a Quimbaya, o caminando, a unos 20 minutos desde el parque principal del pueblo.

Allí se puede disfrutar de una buena de taza de café al compás de un atardecer rojo, de esos que suelen quedarse tatuados en la memoria. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

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Abril
26 / 2022

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