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Café Danubio: el café más antiguo de Salento que se resiste a desaparecer

Con más de 130 años, Café Danubio es una de las joyas de la memoria y la tradición de Salento, en el Quindío.

Foto: Jonny James / Unsplash

Con más de 130 años, Café Danubio es una de las joyas de la memoria y la tradición de Salento, en el Quindío.

En temporada alta, Salento puede recibir hasta 200.000 turistas y tiene alrededor de 7000 habitantes, siendo, por tanto, el pueblo más turístico del departamento del Quindío y uno de los principales atractivos de Colombia.

Ya pasaron 177 años desde su fundación. Se dice que el 5 de enero de 1830 Simón Bolívar pasó por el llamado Camino Nacional y que esa noche el libertador reposó en una casa hecha de paja en el sitio donde hoy está la vereda Boquía. De ese camino también hace parte lo que hoy se conoce como la Calle Real de Salento, donde actualmente hay cerca de 130 artesanos.

Salento hace parte de la famosa ruta cafetera de Colombia, y en sus calles se alojan algunos locales que vale la pena conocer, por sus historias, por su tradición y, por supuesto, por su café. Le contamos la historia del Café Danubio.

Salento

Gilberto Loaiza Tabares, propietario del Café Danubio.

Café Danubio

Gilberto Loaiza Tabares, propietario del Café Danubio, el establecimiento más antiguo de Salento con aproximadamente 130 años de antigüedad, cuenta que hace muchos años, por su negocio, solían pasar arrieros que se estacionaban allí con sus mulas.

“El último arriero de Salento fue mi papá, Ernesto de Jesús, quien murió hace poco. Él iba en mula hasta Armenia cargando carbón, madera, papa y queso”, cuenta.
“Por ese entonces —agrega— él abría el negocio a las 4:00 a.m., y tan pronto entraba, se tomaba un tinto con un aguardiente amarillo de caña de Manzanares. El movimiento arrancaba temprano, porque el acceso a las vías era difícil y la gente tenía que madrugar para ir al campo, cosa que ya no sucede porque Salento pasó de ser una localidad cafetera y ganadera a ser turística. Hoy podemos abrir a las 9:00 a.m.”.

“En diez años, si nos descuidamos, Salento será de los extranjeros»

Con un poco de nostalgia. Don Gilberto reconoce —y otros lugareños coinciden con él — que el lugar con los años se fue llenando de extranjeros, muchos de los cuales les compraron las casas y las tierras a los raizales por precios muy por encima de lo que en realidad valían y estos, seducidos por el dinero, vendieron.

Algunos terminaron por gastarse la plata y quedaron desplazados, y otros más, compraron finca raíz en pueblos aledaños, pero la añoranza del pago que dejaban atrás, los vecinos de toda la vida, la tiendita de siempre y las memorias que allí amasaron con sus familias, los llevó a querer regresar, pero ya era demasiado tarde, pues sus casas habían adquirido valores excesivos y, por ende, no faltaron los que terminaron como empleados de los foráneos.

“En diez años, si nos descuidamos, Salento será de los extranjeros, además del total de la población, quedamos solo un 30 % de lugareños, nada más. También estábamos acostumbrados a que la vaca bramaba, el perro ladraba, el caballo relinchaba, el gallo cantaba y la iglesia tocaba las campanas a las 5:00 a.m., y eso incomodó a varios de los extranjeros que se vinieron a vivir acá. Terminamos adaptándonos a sus reglas cuando hay un dicho que reza: ‘donde fueres has lo que vieres”. Y continúa: “me acuerdo cuando mi pueblo era mi pueblo, pero mi pueblo ya no lo es más y empezamos a ser extranjeros en nuestra propia casa”, agrega.

Don Gilberto arguye que, por el contrario, los foráneos como clientes son muy amables y correctos, y a Danubio llegan entusiasmados por la cancha de tejo, las mesas de billar y porque el sitio permanece igual que hace 130 años.

Salento

“Siempre tuvo la misma tipología, las mesas de billar son de los años 20, el decorado es igual a cuando mi papá tomó el lugar. Muchos viajeros se sientan y dibujan en carboncillo lo que aquí sucede”.

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“Si ustedes cierran les hacemos una huelga porque ¿para dónde nos vamos a ir?»

Al café Danubio convergen nacionales y extranjeros, pero mayoritariamente raizales, porque es de esos pocos espacios que quedan para ellos. De hecho, muchas son personas de la tercera edad que van al billar, piden un tinto o una aromática y se quedan ahí todo el día.

“Si ustedes cierran, me dicen, les hacemos una huelga porque ¿para dónde nos vamos a ir?, y otra gente comenta que si cerramos el negocio se acaba el pueblo, porque esta es la válvula de escape del lugareño”, comenta.

Una vez —continúa— llegó un cliente diciendo que compraría mucho trago, hablaba fuerte y pedía ‘¡póngame una mesa!’, pero no había ni una sola porque el sitio estaba lleno.

Entonces me señaló a uno de los viejitos y me dijo que lo sacara porque estaba ahí dormido frente a un café, y le respondí que no podía hacerlo, porque ese señor todos los días me compraba tres tintos y eso me representaba, en un año, al menos 1 millón de pesos, además le expliqué que a esos señores ya se les había acabado la edad productiva y que ahora hacían parte del patrimonio del café, y que de todos modos siguen produciendo por reflejo, pues mucha gente los invita a tomar algo y eso sucede con frecuencia”.

Cafés en Salento

Gilberto Loaiza Tabares.

Don Gilberto se entristece porque piensa que no hay relevo generacional para su café. Sus dos hijos están becados en Europa haciendo posdoctorados y se siente muy orgulloso de haberlos podido sacar adelante a punta de ‘tintos’, y que ellos hayan tenido sus propios logros, pero ignora quién pudiera reemplazarlo, se siente cansado y quiere pensionarse el año entrante.

“Si uno viera que hay un sobrino o un nieto de un hermano mío que dijera que le gusta el café, pero a ninguno le interesa porque están estudiando. Los hijos empiezan a estudiar duro para pensionarse y luego montan un ‘negocito’ en el pueblo cuando ya lo tienen constituido… esas son las ironías de la vida”, finaliza.

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Diciembre
13 / 2019


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