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La Florida: uno de los corregimientos más pacíficos y bonitos de Colombia

La Florida se ha convertido en epicentro de ciclistas y caminantes, además de ser el lugar predilecto para las escapadas de los pereiranos y otros viajeros.

Foto: Clauria Arias y cortesías. Foto chiva: Ánderson Cardona Bonilla

La Florida se ha convertido en epicentro de ciclistas y caminantes, además de ser el lugar predilecto para las escapadas de los pereiranos y otros viajeros.

Cuando se piensa en lugares para visitar en el Eje Cafetero, la gente suele acudir a Salento, El Valle del Cocora, Los Termales de Santa Rosa de Cabal o el Parque Nacional de los Nevados por ser los más reconocidos y, sin embargo, esta tierra guarda mucho más que eso y, el corregimiento de La Florida es un ejemplo y un diamante oculto entre las montañas.

Está ubicado a tan solo media hora de Pereira en un trayecto que bien podría hacerse en carro, en bus o en chiva; esta última sería quizás la mejor opción, pues no tiene puertas ni ventanas y, por tanto, el viento sopla de manera agradable, amenizando un periplo que bordea al río Otún y cuyo sonido combina perfectamente con el olor a hierba mojada. El camino lleva al nevado de Santa Isabel, que nutre de agua al embalse natural de la Laguna del Otún, una perla a 3950 metros de altura.
corregimiento

Crédito: Ánderson Cardona Bonilla. Tomada el 3 de marzo de 2018.

Para conocer

El visitante se dará cuenta de que va por el camino correcto cuando se tropiece con la Acuavenida del Río, un proyecto colorido en el que las fachadas de las casas y los muros están adornadas con pinturas alusivas al agua y en especial a los peces. Artistas como Viviana Ángel y Álvaro Hoyos utilizaron el mural y el mosaico como técnica de representación.

También destacan diversas obras escultóricas como una sirena y unas alas de ángel del mismo Hoyos, además de una iguana hecha en piedra por Roberto de la Pava, quien la elaboró con materiales recogidos del río. La comunidad hizo parte activa de ese proceso como un trabajo de sensibilización que buscó empoderarlos para que protegieran el afluente.

Los enormes murales de aves endémicas de la zona tampoco se quedan atrás, ni las representaciones en relieve del pueblo quimbaya. Desde ahí, ya se percibe una atmósfera distinta y una combinación perfecta entre arte y naturaleza.

Un corregimiento pionero

Y es que la cuenca del Otún ha sido una especie de escuela ambiental y una de las primeras áreas protegidas del país; allí se gestó la primera escuela de guardabosques de Colombia; fue uno de los primeros corregimientos donde hubo grupos ecológicos y observadores de aves en Risaralda, y donde surgió uno de los trabajos pioneros en turismo comunitario y sostenible con la asociación Yarumo Blanco.


El lugar entonces es rico en diversidad de flora con palmas de cera, bejucos, orquídeas, mano de oso, yarumo blanco, palma macana, y etc.; en aves, destacan la pava caucana, el carriqui verdeamarillo, el barranquero, el toro de monte y en mamíferos, el mono aullador, el zorro, el zorrito, el armadillo, el puma, la danta y el tigrillo, por nombrar solo algunos. Luego, la cuenca empieza a tomar más altura hacia la Laguna del Otún donde hay otras especies de ecosistemas de bosque alto andino. Más adelante está el páramo y después, los nevados.

Así que La Florida, además de destacarse por su hábitat natural y cultural, resalta también por la calidad de su gente, amables sin más y que tienen muy arraigado ese concepto del buen vecino, de personas colaboradoras, conversadoras y preocupadas por el bienestar de su propia gente y de su entorno. De hecho, hasta los abuelitos se suman a las iniciativas ambientales y el grupo de señoras de la tercera edad son recicladoras; tienen un centro de acopio, venden el producto y con el dinero financian sus actividades, meriendas, bingos y fiestas.

Los primeros pobladores

Las primeras familias asentadas en La Florida fueron los Cardona, los Ramírez, los Zapata y la familia Arias. El pintor William Cardona, quien reside actualmente en esta vereda, es un heredero de la memoria y cuenta que su bisabuela, Genoveva Cardona Cardona, casada con su primo hermano, como era costumbre en ese momento, Jesús María Cardona, llegó al territorio desde Rionegro hace aproximadamente cien años a lomo de caballo y se apostó en una casita hecha de manera rudimentaria a orillas del río Otún.

 

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¡Esto es en Risaralda! ¡Esto es en Colombia! 🇨🇴 (Guarda este post) Acabo de terminar un recorrido junto a @parquescolombia en el Santuario de Fauna y Flora Otún Quimbaya en donde vimos cascadas increíbles, muchos monos aulladores, ranas, mariposas y distintas especies de aves!! 👉 Este santuario queda a pocos minutos de Pereira y es muy fácil visitarlo! 1️⃣ Como llegar: en carro via La Florida o en bus saliendo desde la Plaza Cívica La Victoria a las 7am, 9am y 3pm. 2️⃣ Valor de ingreso: $8.000 pesos por persona (aprox. 2.5 dólares) 3️⃣ Hospedaje: En el santuario se ofrecen servicios de alojamiento y restaurante por la entidad Yarumo Blanco. 4️⃣ Ecoturismo: En este santuario se hace Ecoturismo Comunitario, por lo que tus guías e intérpretes son personas de las comunidades cercanas. Los servicios los presta Yarumo Blanco. 5️⃣ Senderos recomendados: Los Bejucos, Cascada Los Frailes, Humedal y El Río. 6️⃣ Puedes visitarlo durante el día pero si quieres hacer todos los recorridos, te recomiendo 2 días al menos! 7️⃣ Animales que puedes ver: monos aulladores, pava caucana, colibrí cola de raqueta, cucarachero flautista, gallito de roca y mas! 👉 Si tienes suerte (y te envidiaría bastante) puedes ver al puma y la danta de montaña 8️⃣ Menciona a alguien que deba viajar mas por Colombia 🇨🇴 #vagamundeando en SFF OTÚN QUIMBAYA

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“Llegaron primero a la vereda La Bella, donde solo había tres casas, porque en realidad era una hacienda cuyos propietarios eran los Villegas, de un señor que hasta 2017 fue presidente de Avianca, llamado Fabio Villegas”.

Ahora el corregimiento está conformado por nueve veredas, entre ellas, Libare, La Laguna, El Porvenir, San José, La Bananera, La Suiza, La Florida, El Bosque y el Plan el Manzano.

La Florida, un corregimiento en paz

La vereda que lleva su mismo nombre es entonces un rinconcito con el indicador de seguridad más alto de la región con cero homicidios hace más de cinco años y un espacio cultural donde viven varios de los pintores y escultores más importantes de la región; por este sector quedó tatuada en la memoria el maestro Martín Abad, escultor y escritor que por un tiempo fue nómade y luego ermitaño y cuyas obras, varias de ellas, están hechas con trozos de basura.

Artistas del lugar hicieron murales en su honor en el colegio central Héctor Ángel Arcila; en Arboloco hay otro, un café restaurante que destaca por sus ricos postres y una exposición fotográfica permanente en el Cine Club, un lugar de encuentro cultural importante, porque allí se solían proyectar películas callejeras para niños de manera gratuita.
Arboloco

Todos los vecinos apagaban las luces, se escuchaba solo el sonido del río Otún y el organizador, Diego Hoyos, joven cinéfilo, sacaba un proyector al andén y sillas a la mitad de la calle para empezar una función que transcurría bajo las estrellas y en medio de una naturaleza sin igual. Por el momento las funciones están suspendidas, pero se espera que retomen en breve.
En la zona vive el ya mencionado pintor y escultor Álvaro Hoyos y Camilo del Mar, un artista contemporáneo, cuyas obras, al menos varias de ellas, pueden verse en cuartos oscuros y en una suerte de instalaciones con juegos de luz y sombra.

El lugar es bonito, y en apariencia convencional, pero en el fondo tiene mucho más de lo que aparenta, y a sus alrededores se abren senderos que los numerosos ciclistas, que ya hacen parte también del paisaje, aprovechan, al igual que los grupos de caminantes, para ir a lugares como El Cedral y el propio Santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya.

‘Los Genaros’

A media hora caminando desde La Florida, se encuentra la legendaria familia de Los Genaros, propietarios de media montaña o mejor, guardianes de ese territorio. Tienen alrededor de 200 variedades de semillas entre fríjoles, maíces, yacón, papa, sagú y chachafrutos, por nombrar algunos, y sus cultivos son agroecológicos.
Están apostados en el territorio desde la Guerra de los Mil días y desde entonces han seguido al pie de la letra el mandato de sus abuelos de no vender la tierra porque es sagrada. Son ocho hermanos, seis hombres y dos mujeres; y su padre, don Genaro, a sus 84 años de edad, vive en la parte alta de una montaña en un lugar llamado Calima.
Caminantes, documentalistas y demás, suben a visitarlo casi a gatas, agarrándose de pies y de manos para no caerse en un trayecto que dura unas dos horas y por un sendero de dificultad media.

Don Genaro, sin embargo, cada tanto baja por su propia cuenta a visitar a sus hijos y a sus familias y, a lo máximo, apoyado por un palo para espantar perros. Sus manos son enormes, de aserrador, de esas que se gestan bajo el trabajo sin tregua del machete y de la labor de la tierra. De él se dice que fue el mejor hachero de la región.
Por años Los Genaros fueron cazadores, pero ahora los animales viven tranquilos en el territorio, porque estas personas despertaron su conciencia ancestral y la memoria quimbaya con la que trabajan y protegen la tierra.

“Cuando muramos, queremos que el monte se lo tome todo nuevamente”

Ricardo García, uno de los hermanos, vive en una maloca elaborada en madera, sin ventanas ni puertas en una vivienda sencilla que genera la sensación de estar reposando bajo la copa de un enorme árbol.

Dentro de la maloca, y en el suelo, hay un pequeño agujero donde se dispone el fuego que se enciende con un dispositivo llamado “carrumba”, elaborado con un palo mediano y un disco circular al medio que, bajo fricción, saca la chispa necesaria para iniciar el fuego y preparar allí los alimentos. “El fuego de Occidente, el de mechera, no tiene memoria y tampoco la comida que se prepara con él, pero el original sí. Nosotros cocinamos con olla propia, agua de nacimiento y semillas limpias”, explica.

La Florida
Ricardo Genaro.

Este hombre, quien también es custodio de semillas, aprendió de un mamo de la Sierra Nevada de Santa Marta a sembrar con calendarios estelares en los tiempos y niveles correctos. Como resultado, el alimento que allí se produce es considerado medicinal. Se trata de una poética basada en el principio del orden y equilibrio del todo.

De hecho, ni Ricardo ni su familia han necesitado del servicio de salud occidental. “Hace algún tiempo visité el hospital por un dolor de espalda y el médico me revisó todo el cuerpo menos el sitio del dolor, y además, me dio un medicamento que luego otro doctor, un poco más amigo, me dijo que me hubiera podido hasta matar y de ahí jamás volví. A mis hijos, cuando lo necesitaron, siempre los curé con las plantas y medicinas del territorio”, comenta.

Los Genaros ya son un ícono en la zona y la maloca de Ricardo siempre está disponible para atender a viajeros, indígenas, estudiantes y gente de todo tipo que desee tener una conversación sentida, recibir un consejo o quizás participar de los temazcales que él también realiza.

Este hombre, al igual que sus hermanos e incluso su papá, es recio de cuerpo, pero de mirar cándido y de palabra sosegada. “Nada de esto nos pertenece realmente porque nadie es dueño de la naturaleza, así que cuando muramos, queremos que el monte se lo tome todo nuevamente”, dice Carlos, otro de los hermanos.

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Mercado agroecológico

En el corregimiento destaca, a su vez, el Mercado Agroecológico del Otún (MAO), que se lleva a cabo el primer domingo de cada mes y que busca conservar el suelo, el agua, la flora, la fauna; rescatar las semillas nativas, criollas y cuidar de la salud de los consumidores.
Mercado Agroecológico del Otún

Foto tomada de la página del Mercado Agroecológico del Otún/Pereira.

Óscar Eduardo Naranjo, coordinador general del proyecto, cuenta que este espacio nació en 2012 con cinco personas. “Por ese entonces estaba en boga el tema de los transgénicos y quisimos hablar sobre los efectos negativos de los mismos en la salud y el medio ambiente. Un tiempo después abrimos el mercado para promover los productos orgánicos y generar un espacio de diálogo entre consumidores y productores conscientes”.
Actualmente la actividad se desarrolla en la vereda La Florida y en el ya mencionado café restaurante Arboloco. Tiene capacidad para veinte productores y se ha convertido en un espacio cultural y pedagógico donde el eje temático se centra en las tres eses: semillas, saberes y sabores. “Hablamos de semillas criollas y nativas sembradas por indígenas, campesinos y afrocolombianos, libres de “agrotóxicos”, pero también nos referimos a los sabores, porque cada pepita obedece a una receta tradicional y la gente tiene que aprender a comerlas. Los saberes se relacionan con la manera de cultivarlas, los tiempos, las lunas y los requerimientos nutricionales, pero también engloba todo lo que alberga la soberanía alimentaria y cómo fortalecerla”, explica.
Mercado

Foto tomada de la página del Mercado Agroecológico del Otún/Pereira.

Yarumo Blanco

Se trata de la asociación comunitaria de turismo responsable más importante de la zona. Nació por la necesidad de Parques Naturales de convertir a la comunidad en una aliada en temas de conservación y en un motor laboral capaz de responder a la demanda de servicios ecoturísticos de El Santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya. La consigna de Yarumo Blanco es la de trabajar bajo los principios de la economía solidaria.

“Nuestra idea es que la gente no tenga que desplazarse a la ciudad a buscar empleo, sino que tenga la oportunidad de trabajar desde su propia vereda o cerca de la misma. De esta manera, los jóvenes que suelen buscar oportunidades en las ciudades, tienen la opción de convertirse en guías turísticos, planificadores, chefs, recepcionistas y demás cargos que se relacionen con este tema”, comenta Jaime López, integrante de Yarumo Blanco.


“Nosotros —continúa— estamos en contra de extranjerizar la tierra, es decir, que un estadounidense o un europeo venga a comprar los territorios y a expulsar a los campesinos. Nos cuidamos mucho de eso, porque no queremos terminar como Salento, donde convirtieron a los pobladores en sus empleados. Nosotros lo que buscamos es que estos sean los dueños de su propio negocio”.
“Es muy común —agrega— que llegue gente a comprar fincas y las sobrevaloricen para que los campesinos no tengan cómo decir que no y la amenaza de esto radica en el alza de impuestos que el campesino, al no poder pagar, se ve obligado a salir de su territorio y a eso se suma la pérdida de identidad. En La Florida sucede todo lo contrario, porque la mayoría de establecimientos son de los lugareños que comparten nuestros valores de amor por la naturaleza, respeto por el Río Otún y las buenas relaciones entre vecinos”.

Como conocedores asiduos del entorno, la gente de Yarumo Blanco recomienda visitar varios espacios, entre ellos, el proyecto de Café Morronés, una finca en la que se rescatan los valores del paisaje cultural cafetero y que está ubicada en La Bella, vereda Morrón.

“La familia Porras que allí habita lleva más de cinco generaciones sembrando café en sombrío, una de las prácticas más responsables en producción. Tienen organizado un recorrido por el cafetal, hacen cata de café y cierran las actividades con música en vivo hecha por ellos”, agrega López.

También recomiendan el Santuario de Fauna y Flora Otún Quimbaya y la cascada Los Frailes; visitar La Pastora, ubicada en el Parque Natural Okumarí y El Parque de los Nevados con ingreso por la Laguna del Otún. “Allí hay una posada campesina y visitarla significa apoyar un proyecto, porque estas personas viven de la ganadería y la intención es permitirles que poco a poco puedan sostenerse del turismo para que las áreas protegidas se recuperen nuevamente”, manifiesta.
Pereira

Y en gastronomía recomiendan las infaltables tortas de trucha y el queso de páramo que se encuentra a lo largo de todo el corregimiento.
Entonces la magia de La Florida sí está en la montaña y en el arte, pero también se teje sobre su gente y en la tranquilidad que envuelve un hábitat abrazado por el propio río; allí dan ganas de visitar al vecino, saludarlo y tomarse un agua de panela caliente, un chocolate o un café; rápidamente cualquier mano traerá un pan, una arepa o un dulce hecho de una huerta casera y el sabor, sin más, es exquisito. La sazón nace de esos momentos sencillos e inolvidables que se viven en comunidad y que pareciera, están en vías de extinción.

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Octubre
28 / 2019
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