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El salar de Uyuni en Bolivia, uno de los lugares paradisiacos del planeta

La combinación de un sol enceguecedor, los ladrillos de sal, flamencos que parecen de mentiras y lagunas de colores en temperaturas bajo cero hacen del salar de Uyuni en Bolivia un viaje inolvidable.

Foto: Andrés Urraza

La combinación de un sol enceguecedor, los ladrillos de sal, flamencos que parecen de mentiras y lagunas de colores en temperaturas bajo cero hacen del salar de Uyuni en Bolivia un viaje inolvidable.

Un pueblo en medio de la nada fue la primera impresión que me llevé cuando bajé del bus en Uyuni, después de un interminable trayecto de diez horas en bus desde La Paz, la capital boliviana.

Y un pueblo en medio de la nada fue la impresión que me llevé un día después, cuando subí a la camioneta 4×4 que me llevaría a conocer uno de los lugares más increíbles que he visitado en este planeta.

Una negociación apresurada pero milimétrica en medio de la polvorienta y calurosa ciudad de Uyuni fue necesaria para que el pequeño conductor del vehículo accediera a llevarnos en su “nave”. Dos holandeses, dos colombianos, un español y un mexicano formábamos la colorida tripulación que, a bordo de la apaliada 4×4, viajaríamos durante los próximos dos días por la infinita llanura salada en una travesía cuyo final desconocíamos por las cuestionables condiciones en que el vehículo se encontraba.

Un lugar en Uyuni


La primera parada fue en un lugar que parecía sacado de una pintura surrealista. El brillo intenso del sol quemando el quebrado suelo rebotaba contra mis ojos impidiéndome ver algo más allá de unos pocos metros. Fue entonces cuando la silueta de viejas locomotoras abandonadas se pintaba al final de la corta distancia que nos separaba.

Sus viejos y pesados esqueletos revelaban el recuerdo de lo que hasta hace pocos años era un sólido y rugiente animal metálico que transportaba minerales y metales preciosos hacia Chile y Argentina. Ya no. Ahora descansaban sin vida sobre los rieles sin final aparente que se perdían en el horizonte, víctimas de un desacuerdo político antiguo, y presas de un demoledor paso del tiempo.

Después de varios minutos en aquel lugar de energías encontradas, nuestro apresurado pero cordial conductor hizo la señal para abordar de nuevo “la nave” y así continuar nuestro tour que, por cierto, hasta ahora comenzaba.

A medida que nos adentrábamos en las inmensidades del salar, el pie pesado de nuestro guía se enterraba vigoroso sobre la palanca del acelerador obligándolo a rendirse frente a sus propósitos.

Al final de la nada


No soy amigo de la velocidad, pero ir en aquel vehículo, rodando apresurado sobre la sal sin carreteras ni vehículos en la distancia, daba la sensación de ir navegando sobre un tranquilo y enorme mar sin olas, vigilado solamente por el cielo azul que se conectaba al final del horizonte.

Un par de horas pasaron sin que nuestro capitán tuviera que pisar el freno de la veloz máquina, cuando llegamos a la isla de Incahuasi. Una isla en medio del desierto donde el verde de sus cactus gigantes y el rojo de sus piedras volcánicas contrastaban espectacularmente con el blanco que la rodeaba. Y bañados por la majestuosa luz de la tarde, era el escenario ideal para dejar sin aliento hasta al más insensible de los mortales.

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Y fue precisamente allí, en compañía de estos gigantes verdes que vestían unas espinas largas y doradas, donde Reynaldo, nuestro guía y conductor, sacó las provisiones para que nos sentáramos a disfrutar de una comida agradable en medio del silencio. Un silencio obligado por nuestros ojos egoístas que no querían ninguna interrupción ante la belleza que se levantaba frente a ellos.

Del calor al frío


Terminando la tarde, y después de un merecido descanso, continuamos nuestro trayecto en busca de un techo para pasar la helada noche que con temperaturas de menos veinte grados centígrados amenazaban con hacernos pasar un mal rato.

Llegamos a un hotel ubicado en el mismo lugar donde estaban ubicadas todas las atracciones turísticas del salar. En medio de la nada. El hotel, construido con ladrillos de sal, era el primero que había visto alguna vez.

Su interior era de colores pálidos, y estaba adornado con divertidas cortinas, cubrecamas y tapetes de colores tejidos a mano por los locales con lana de llama y alpaca. Ese día fuimos a dormir temprano después de una modesta pero abundante cena, perfecta para sanar los azotes de un sol furibundo que nos acompañó desde el primer momento de nuestro trayecto.

El amanecer


Nos despertaron cuando la noche seguía siendo protagonista, el frío helado se pegaba a nuestros cuerpos como un niño se pega a su madre el primer día de colegio. La verdad, no entendía la necesidad de nuestro guía de empezar el día tan temprano, pero decidimos confiar en él y hacer el esfuerzo. Una taza de café caliente me proporcionó un placer exquisito que arrancó el hielo de mi piel para dejarme soñar en lo que se venía aquel día.

Después de preparar “la nave” con maletas y provisiones, partimos en medio de la oscura madrugada hacia lo desconocido. Unos veinte minutos después, la luz del amanecer se levantó a lo lejos bañándonos con uno de los fenómenos más bellos que jamás he visto.

Me encanta mirar el amanecer, pero sigo sin poder describir el ejemplo que tuvimos esa mañana. Simplemente permanecerá grabado en mi memoria para siempre. Todos en ese carro quedamos sin habla durante algún tiempo. Y después de reincorporarnos y entender el poder de tanta belleza, felicitamos a nuestro conductor estrella porque entendimos su abominable acoso durante la fría mañana.

Los flamencos de postal


No sé en qué momento cerré los ojos, pero cuando desperté estaba lejos del intenso reflejo enceguecedor del sol sobre la blanca sal. Habíamos llegado a la laguna Colorada. Flamencos andinos se alimentaban en el interior poco profundo de sus aguas rojas dibujando una postal soñada por cualquier fotógrafo de paisajes.

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Cada foto que sacaba en este lugar parecía naturalmente editada. Las distinguidas aves rosadas caminaban pausadas como bailando un vals y cuando nos acercábamos para tomar más fotos, ellas, tímidas, emprendían el vuelo a ras de las aguas tranquilas y se posaban a lo lejos fuera del peligro para seguir bailando.

Este lugar propio de un documental de National Geographic, me hizo pensar en lo afortunado que era tener la oportunidad y el privilegio de estar del otro lado de la pantalla. De vivir en vivo y en directo un escenario como este.

El tiempo corría y teníamos muchos lugares para visitar. Los rumores de una laguna verde se apoderaron de nuestros pensamientos, así que me aseguré de imprimir aquel paisaje en mi memoria para dar cabida al siguiente destino.


Era todavía muy temprano y la temperatura marcaba bajo cero. En el camino pasamos por unas aguas termales naturales y debo reconocer que un baño caliente en medio del helado desierto fue una experiencia relajante que recomiendo a cualquiera que pase por ese lugar.

Música del desierto


Unos minutos más de carretera y tuvimos la oportunidad de caminar entre los Geisers. Se trata de hoyos en la tierra que expedían humos con olores y sonidos muy fuertes que, gruñendo, nos contaban que la tierra está muy viva debajo de nuestros pies. Finalmente y para despedir nuestra aventura en esta región de Bolivia, llegamos a las orillas de la laguna Verde. Una concentración de aguas con el mismo color que lleva su nombre, posadas sobre las faldas del volcán Licancabur.

Su color verde intenso se debía a las grandes concentraciones de magnesio, carbonato de calcio, plomo y arsénico del lugar. No sé por qué, pero el color del volcán contrastaba perfectamente con el de la laguna. Es como si de su interior se prendiera un inmenso foco que alumbraba todo a nuestro alrededor, mientras que paciente esperaba el momento justo para rugir de nuevo.

Para este punto, ya estábamos muy cerca de Chile y nuestro camino debía seguir al otro lado de la frontera. Un pequeño zorro del desierto llegó hasta donde estábamos para decir
adiós y recordarnos que la naturaleza es perfecta. Y que solo un viajero sincero es capaz de apreciar y cuidar el entorno. Inmediatamente después crucé la línea invisible entre los países, y con una sonrisa contagiosa, me sentía listo para seguir viajando, apreciando y conociendo.

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Octubre
29 / 2019


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