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El Parque Mirador de Los Nevados, un pulmón histórico en Bogotá

Este parque metropolitano se encuentra cerca de la plaza central de Suba y desde ahí se pueden observar los Nevados del Ruiz, Tolima y Santa Isabel.

Foto: Claudia Milena González Bernal

Este parque metropolitano se encuentra cerca de la plaza central de Suba y desde ahí se pueden observar los Nevados del Ruiz, Tolima y Santa Isabel.

Desde hace más de 1200 años los muiscas ya habitaban la zona de Suba. Y para el año 1538, durante la conquista española, se repartieron las tierras y se dispersó la comunidad, pero más adelante se volvió a articular cuando en 1991 crearon el actual cabildo indígena. Los muiscas jamás se fueron de su territorio y fue la ciudad la que llegó con la urbanización. El Parque Mirador de los Nevados, ubicado en la cordillera oriental, es un lugar testigo de todo ese proceso histórico y un interesante atractivo turístico que combina flora y fauna con la memoria de estos pueblos originarios.

Tiene una extensión de 6,2 hectáreas y su diseño ovalado como una rotonda gigante, permite disfrutar de sus nueve puntos estratégicos: Plazoleta Sua, Quebrada La Toma, Obeliscos de Solsticios (verano e invierno) y Equinoccio, Plazoleta Moxa, Plazoleta Astral o Bachué, Plazoleta Bochica y Plazoleta del Reloj.

El Departamento Administrativo de la Defensoría del Espacio Público (DADEP), a inicios de mayo de 2016, instaló en el parque tres telescopios para que los visitantes pudieran apreciar mejor los paisajes, desde las Plazoletas El Mirador y Equinoccio. Además, la panorámica sobre Bogotá es espléndida y, para los amantes de la naturaleza, el lugar también goza de distintas especies de flora, como los arbolocos, siete cueros, palmas de cera, chilcos, arrayanes, sangregados, robles, alisos y hayuelos que se pueden apreciar desde los diferentes senderos.

Un territorio en la mira de los huaqueros

El diseño arquitectónico conmemora la cosmogonía muisca, a través de sus plazas, caminos, plazoletas y obeliscos que llevan nombres indígenas. Los mismos originarios cuentan que por allí, antaño, cruzaba un cementerio que fue y sigue siendo sagrado para ellos. Sin embargo, por muchos años estos y otros territorios estuvieron en la mira de los huaqueros que buscaban oro como una costumbre que quedó arraigada desde la conquista.

En 1890 aproximadamente, el gobernador del estado soberano de Cundinamarca dispuso un territorio de unas 2400 fanegadas que fueron distribuidas entre más o menos 200 familias de indígenas. Según Carlos Caita, el primer gobernador del cabildo, la finca La Toma, donde se encuentra hoy el parque, le fue asignada al también indígena Antonio Torres, quien, a su vez, le vendió el predio al municipio por un costo de 160 pesos entre los años 1940 y 1942.

Por ese entonces, cuenta Caita, las personas no solían hacerle un seguimiento conciensudo a sus territorios y entonces los huaqueros se aprovechaban de predios como La Toma para buscar oro, pero sin suerte, porque al menos en este, no hallaron nada.

“Fue una colina y ahora es un hueco”

De esa colina provenía también el agua de un nacimiento que formó una quebrada de la que se abasteció la población. De hecho, según el mismo Caita, en la plaza central de Suba había una fuente o pila de agua a la que arribaban las personas en búsqueda de su suministro.

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Hoy existen 2500 familias de muiscas, unas 7 mil personas pertenecientes al cabildo de Suba y que completan 13 apellidos indígenas, entre ellos Nivia, Mususú, Quinche, Cabiativa y Bulla, por nombrar algunos.

En la actualidad, en la parte alta del parque, se pueden ver unas pequeñas casas que penden de un hilo. Son de otra familia de apellido Caita, a la que su bisabuela les dejó escrituras de ese predio que datan de 1888.

La finca de Torres y el predio de los Caita eran colindantes y después de la venta de La Toma, el municipio empezó la construcción de una cantera en 1950 que estuvo vigente hasta 1990. De allí se sacó el material como piedra, arena y carbón para construir varias de las avenidas principales de Bogotá como la Boyacá.

Actualmente, si uno se para desde la plazoleta central del parque y mira hacia arriba, puede dimensionar todo el material que fue extraído de ahí. “Era una colina y hoy es un hueco”, dice don Carlos.

La familia Caita que lleva más de dos generaciones en la parte superior del parque ha vivido de cerca todo el proceso histórico y su hogar se ha visto amenazado por los deslizamientos de tierra de la montaña. Tampoco tienen servicio de alcantarillado, ni suministro de agua y, por tanto, venían consumiendo el agua del nacimiento y de la quebrada que por años dotó a la comunidad, pero la cantera y otras construcciones terminaron por contaminar el recurso hídrico y ya no pudieron seguir abasteciéndose de ahí. Son, entonces, un punto suigeneris de indígenas que perviven en este parque que al mismo tiempo los conmemora.

Una lucha de resistencia

Después de la cantera se pensó en convertir el lugar en una escombrera, pero “peleamos como comunidad contra eso”, comenta Carlos Caita. “El predio nos fue entregado desde 1992 hasta 1995 aproximadamente y ahí le fue asignado al DAMA, hoy Secretaría Distrital de Ambiente. Durante el tiempo que lo tuvimos hicimos varias actividades, entre ellas, rituales funerios honrando la memoria del cementerio que ahí hubo”.

“Como gobernador del cabildo -agrega- pasé una propuesta para crear un lugar recreacional que sería el Parque Mirador de los Nevados que, según la legislación indígena, debería ser administrado por el propio cabildo por estar en nuestro territorio, pero quedó en manos de la Secretaría Distrital de Ambiente”, explica.

En la etapa premilinar de la construcción del parque los ingenieros, en su proceso de investigación, consultaron con la población y con el mismo gobernador Caita sobre la cosmovisión y apellidos de las familias muiscas para crear, entre otras cosas, 13 columnas conmemorativas que están ubicadas en la plazoleta central. “La idea era poner las banderas de los apellidos de las familias, pero esto jamás se hizo y muchos visitantes ahora no logran entender qué significan esas columnas”, comenta.

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De todos modos, el territorio sigue siendo sagrado para los muiscas de la actualidad porque desde allí los antiguos se disponían para ver el comportamiento del viento y de la lluvia. De hecho, para estos el mundo se dividía en dos: el de lo seco y el de lo mojado. “En lo seco está lo concreto y ahí el oro es oro, pero en lo mojado, donde está lo encantado, el oro es maíz, entonces cuando los antiguos le hacían sus pagamentos a la laguna con oro en realidad lo que estaban ofreciéndole era comida”, explica Iván Francisco Niviayo, el actual gobernador del Cabildo de Suba.

Desde ahí -explica- se alcanzan a ver las Piedras del Tunjo, Cota, Soacha, Bosa, Chía; es decir, que hay una lectura un poco más completa del territorio. Las nubes forman un tipo de remolino que funciona como representación metafórica de la Serpiente sagrada del Rincón. “Los abuelos dicen que de la laguna de Tibabuyes sale la serpiente que se va a través de estos cerros con la lluvia y que cuando llega a Fúquene, la cabeza toca la laguna y la cola la suelta”. Así que el lugar no es solo un espacio tranquilo de meditación, sino que es la posibilidad de recordar y de vivir de cerca las tradiciones de los muiscas.

El parque también ofrece las Aulas Ambientales de la Secretaría Distrital de Ambiente, una estrategia de educación no formal que busca, por medio de procesos pedagógicos, fortalecer sujetos políticos con capacidad de apropiarse del territorio y de generar movilizaciones sociales que vayan en pro de mejorar la calidad de vida de su gente y la de su entorno. El Humedal Santa María del Lago, el Parque Ecológico Distrital de Montaña Entrenubes y el Parque Soratama también pertenecen a esta estrategia de Aulas Ambientales.

En 1997 el espacio fue declarado como lugar de recreación pasiva, y la Universidad Nacional de Colombia, en convenio con el Distrito, inició los estudios para la construcción del mismo. La obra quedó lista en 2001.

El Parque es una oda al silencio y, como tal, está prohibido el uso de balones, patines y bicicletas, pasando por la práctica de deportes como correr. Tampoco se puede acampar, ni se permite el ingreso de mascotas para evitar el ruido, algo que parecería irrisorio en una ciudad como Bogotá donde se juzgaría, es imposible escaparse del caos, pero en medio de los cerros, sí existe este huequito de paz para quienes buscan un poco de tranquilidad.

El parque está abierto al público todos los días de 6:00 a.m. a 5:00 p.m. La dirección exacta es: Carrera 87A # 145 – 50.

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Agosto
29 / 2019


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