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La ruta de La vorágine por el Amazonas

Diners fue hasta Manaos, la capital del caucho que quiso copiar a París en medio de la selva. Así iniciamos una serie sobre los escenarios de la famosa novela de José Eustasio Rivera.

Foto: "River Solimoes / Rio Solimoes" by mariobox (CC BY-NC-SA 2.0)

Diners fue hasta Manaos, la capital del caucho que quiso copiar a París en medio de la selva. Así iniciamos una serie sobre los escenarios de la famosa novela de José Eustasio Rivera.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 216 de marzo 1988

Son cuatro noches y tres días navegando por el río más caudaloso del mundo, el Amazonas, «la mara dulce», como lo llamaron los españoles. Se parte de Tabatinga, la población brasilera hermana de Leticia, y se arriba a Manaos, esa ciudad que enclavada en medio de la reunión de árboles más grande del mundo, trató de copiar, a finales del siglo pasado, el esplendor de las ciudades europeas.

La travesía se realiza en «giolas», como llaman en Brasil a esas barcazas de madera de dos pisos, que van y vienen por el río transportando carga y pasajeros. Tienen capacidad para 200 viajeros. Unos pocos van en camarote, el resto, la mayoría, solo tiene espacio para guindar una hamaca y para amontonar debajo de ella sus corotos.

Por lo general se zarpa en la noche; pero muchos de los pasajeros empiezan a embarcarse un día antes para hacerse a su espacio. Poco a poco sobre una hamaca se coloca otra y bajo la primera otra más, hasta formar un verdadero enjambre multicolor.

 

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La mayor parte de los viajeros son habitantes pobres de las riberas, y pequeños comerciantes que van vendiendo y comprando mercancía de puerto en puerto. El resto, los menos, son aventureros, casi todos europeos, para los que éste es solo un tramo de su rodar por América del Sur. El pasaje cuesta trece mil pesos, incluye el derecho al espacio para la hamaca y las tres comidas, que se sirven en turnos.

Además de ser barco de pasajeros y de carga, las «giolas” son también «barcos-tiendas». Su llegada a cada puerto causa un verdadero alboroto. Se retira parte del barandaje del
primer piso y se arma un lío de carga y pasajeros, unos que suben, otros que bajan.

Durante el tiempo que dura la escala un sector del barco se convierte en tienda. Los comerciantes que van a bordo sacan sus balanzas y se dedican a vender sus productos a los habitantes del pueblo. La mayoría llevan años en el oficio. Viajan de Leticia a Manaos, y regresan; y luego toman un barco más grande y más sucio, y Amazonas arriba llegan a Iquitos. De Leticia a Manaos venden cebolla, ajos y verduras, y van comprando a los ribereños fariña, yuca y pupuña (como llaman en el Amazonas al chontaduro).

Pero el comercio no se hace sólo en los puertos. Durante todo el trayecto pequeñas canoas se arriman al barco y desde las barandas se compra y se vende. A veces el barco se detiene cuando la transacción es muy grande y resulta necesario bajar bultos.

A veces solo disminuye la marcha. La carga es variada: bultos de cemento, racimos de plátanos y pupuñas, canastados de fariña, y también canastos amarrados que sirven de jaulas para transportar gallinas, micos y perros. Estos últimos se amarran por fuera al barandal y dan al barco un aspecto de mercado de pueblo flotante.

Las poblaciones de la ribera son pequeñas y pintorescas. La mayoría de sus habitantes, colonos e indígenas, vive hoy de la pesca del pirarucú. Las aldeas más antiguas, como San Pedro de Olivenza, San Antonio de Ica y Tefé nacieron como fortalezas militares, o como misiones religiosas en la época de la Conquista y la Colonia. Las poblaciones nuevas, como Benjamín Constant, surgieron a raíz de la fiebre del caucho, que enloqueció durante más de medio siglo toda esa selva.

LOS SECRETOS DEL RÍO

Tefé es el puerto más grande de los que se tocan en este trayecto. Queda justo en la mitad del viaje, en el sitio en donde desemboca el río Caquetá en el Amazonas. Ega fue su primer nombre, pero los indígenas lo llamaron desde siempre Tefé, “río de aguas pardo oscuras”.

Cuando no era más que 22 casas desperdigadas a la orilla del río, Tefé, en 1788, sirvió de cuartel general de la comisión de límites luso ibéricas. Desde esta población hasta la desembocadura del río Negro, los portugueses llamaron al Amazonas «Solimoes» o «río de los venenos». Los indígenas que poblaban estas riberas tenían por costumbre envenenar sus flechas. Aún hoy se llama Solimoes a estos 692 kilómetros del
Amazonas.

Pero lo más bello del viaje son los amaneceres y los atardeceres. Todos los días a las 5 y media de la mañana y a las 6 de la tarde se ve el mismo espectáculo: una inmensa bola roja que sale o se oculta. A veces se ve surgir del agua, o esconderse en ella, a veces aparece o se oculta en el verde profundo de la selva.

Cuando termina el atardecer, cuando las últimas nubes rosadas del cielo se desdibujan, la alegría invade el barco. A esa hora el capitán decide compartir la música con todos, y coloca dos parlantes en los corredores a lado y lado de su camarote. La samba, las voces de Toquinho, Chico Buarque, María Bethania, parecen arrullar todas las hamacas.

En la noche los pasajeros suben a la cubierta o se agolpan en la proa y bajo un racimo de estrellas se dedican a escuchar las historias de los navegantes del gran Amazonas. «En el río no necesitamos las estrellas como en el mar», dice el capitán, un hombre de 50 años, de sonrisa infantil, que abandonó su profesión de dentista en Manaos y desde hace diez años tiene como oficio comandar este barco que siempre viene o va.

Vea tambien: 13 enciclopedias que puede consultar diferentes a Wikipedia

 

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En una mezcla de español y portugués cuenta algunos de sus secretos. En el río la vegetación es la guía del navegante. El tamaño, el alto y el color de los árboles señalan la dirección de las curvas. El timonel debe llevar la embarcación siempre del lado de la vegetación más espesa, más alta y más verde… esa vegetación es la que crece siempre del lado envolvente de las curvas.

«¿Y los espantos del río?», pregunta alguien, y el capitán de nuevo ríe y habla de Homero, «la cobra grande», que nada por el Amazonas como si fuera un tronco que flota; y del «golfinho do Amazonas», un delfín que se transforma en un bello rapaz.

PARÍS EN LA SELVA

Luego de cuatro noches y tres días, luego de 1.625 kilómetros de selva rota solo de vez en cuando por diminutas poblaciones, la fachada de los grandes edificios de Manaos aparece como una alucinación. Se llega en la mañana, entre 8 y 9, cuando la bruma apenas deja ver el fantasma de esta ciudad que crece a orillas del río Negro, poco antes de que este entregue sus aguas al Amazonas.

«Manaos es una revelación», dijo sorprendido Alfonso Peña, presidente del Brasil, cuando visitó por primera vez esta ciudad en 1905. Y hoy se puede expresar lo mismo al recorrer las calles de este puerto de la Amazonia. Manaos resulta todavía una revelación, a pesar de que luego de esfumarse su época de esplendor continuó creciendo en forma desordenada.

Desde la llegada al muelle los forasteros se tropiezan con testimonios de la vieja época de gloria. De espaldas al sitio del desembarque está el mercado, una copia del famoso Les Halles de París.

El hierro fundido y los vitrales de colores fueron traídos desde Europa. Fue construido a finales del siglo pasado, cuando por el río Amazonas navegaban transatlánticos que unían a Manaos con Londres, Nueva York, Lisboa, Hamburgo y Barcelona.

En estos buques de la Liverpool and Amazon Royal Mail Steamship Company y de la Amazon River Steam Ship Company se transportaron también los mármoles, los vitrales, las gigantescas lámparas, las pinturas, los tapices, los arquitectos y los artistas que construyeron la Plaza de San Sebastián con el monumento a la navegación, la iglesia de San Sebastián, el Palacio del Río Negro residencia de un rico comerciante alemán del caucho y hoy casa de gobierno y el majestuoso Teatro Amazonas.


Foto: José Zamith/ Wikimedia Commons/ (CC BY 3.0 BR).


Este último es la más asombrosa de las construcciones de esa antigua y opulenta Manaos. Una edificación neoclásica con una inmensa cúpula cubierta de tela vitrificada. Cuesta trabajo creer que una obra así esté allí en medio de la selva amazónica.

CENTRO INDUSTRIAL

La idea de un gran teatro para una ciudad que en ese momento era la más progresista e importante del Brasil, surgió en 1882. Pero sólo en 1885 se iniciaron las obras, a cargo
del gabinete de arquitectura civil de Lisboa. Once años después, el 31 de diciembre de 1896, en una función de gala, con la presentación de «La Gioconda», repleto de balcones
adornados por artistas italianos, abrió sus puertas.

Por años, mientras el caucho, «la borracha», como se llama en Brasil, mantuvo la gloria de Manaos. Los más renombrados intérpretes líricos y las grandes compañías de ballet europeo atravesaron el océano y la selva más grande del mundo para presentar en este hermoso escenario provisto con un telón pintado en París sus más exquisitos espectáculos.

Y también en 1896, el mismo año en que se inauguró el Teatro Amazonas, Manaos estrenó luz eléctrica, telégrafo y red de agua. La explotación del caucho, que trajo la explotación inhumana de indígenas y colonos en todas esas selvas, la convirtió en ciudad importante.

Manaos tuvo su origen en un puesto militar creado en las épocas en las cuales Portugal y España se disputaban la posesión de estas tierras vírgenes. «Fortaleza da Barra do Rio Negro» fue su nombre original.

 

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Su finalidad era la de contener a los indígenas que huían de la esclavitud y fiscalizar las canoas de comercio. Poco a poco, alrededor del fuerte surgió una aldea de indígenas. En octubre de 1848 se convirtió en ciudad y en 1856 se le bautizó como Manaos, nombre de la tribu más numerosa de la zona. Un año después, en 1857, la fiebre del caucho lo invadió todo y Manaos se transformó.

Fueron años de gloria que se empezaron a esfumar en la segunda década del siglo XX, con la llegada de los sustitutos sintéticos y por la competencia de las plantaciones de caucho en Oriente.

La Manaos de hoy es una ciudad moderna y desordenada que poco a poco se ha ido convirtiendo en centro industrial. Allí se levantan una inmensa refinería y grandes fábricas
de productos químicos, alimenticios y textiles. Para los turistas otro de sus encantos es el hecho de ser puerto libre. Desde 1967 en sus tiendas se encuentran los más finos productos del mundo.

De Manaos se puede emprender el regreso a Leticia por el río. El viaje contra la corriente es más largo, de seis o siete días. Existe la posibilidad también de viajar en avión hasta Tabatinga. Pero puede suceder, si se cuenta con el dinero y el tiempo suficientes, que uno se deje atrapar por la tentación de abordar un barco de lujo para continuar por el río hasta Belem de Pará. Son cuatro días hasta llegar a un enjambre de brazos por los que el Gran Amazonas, «el río mar», se pierde en la inmensidad del Atlántico.

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Julio
24 / 2019


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