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Ríos y lagos: estas son las orillas más bellas de Colombia

Hay cuerpos de agua que se conectan con pueblos vecinos en una simbiosis de belleza y placidez. Empápese con estos lugares de contraste y belleza.

Foto: Santiago Harker / Enrique Patiño / Augusto Cartagena / Mario Reina / Luis Echeverri Urrea / Tiago Silva /Antonio Galvis / Mattias Bachmaier - Shutterstock

Hay cuerpos de agua que se conectan con pueblos vecinos en una simbiosis de belleza y placidez. Empápese con estos lugares de contraste y belleza.

LA MÁS RECÓNDITA
Lago Tarapoto y Puerto Nariño

Puerto Nariño es el segundo municipio en importancia del Amazonas. De allí parten todas las expediciones que se hacen en la región. Foto: Santiago Harker


Al lago Tarapoto llegan turistas en busca de la gran aventura de la selva. Arriban dispuestos a ver el verde y a respirar aire puro, oxígeno en su más pura expresión.
Su intención de escapar y volver al origen los lleva a tomar, desde Bogotá, un avión que tarda dos horas hasta Leticia, y luego subirse a un taxi acuático para cruzar por dos horas más el río Amazonas hasta Puerto Nariño. Cuando llegan, se dan cuenta de que su destino final es un pueblo pequeño, verde, aislado y apacible, en la mitad de la aparente nada. Un tesoro.

Dicen los locales que para los foráneos es muy fácil perderse en la selva. Y así es: el cielo, en el Amazonas, no deja ver con frecuencia las estrellas ni el movimiento del sol, cubierto casi siempre por nubes cargadas. Además, la espesura del dosel de la selva despista a los caminantes. Por eso, la mayoría de los que llegan a Puerto Nariño tienen la certeza de que, si se adentran en la Amazonía, deben hacerlo solo en compañía de los guías locales, o que si navegan el Amazonas en canoas de remos deben estar acompañados por algún indígena. Esa dependencia del turista con los locales es, en este caso, una experiencia añadida valiosísima. Resulta imposible vivir la selva en pleno si se está en soledad. Puerto Nariño, para la mayoría, es el punto de encuentro.
Ese es el mayor encanto de este pueblo que ve el río y respira verde: no es Leticia la ciudad que conecta al viajero con el Amazonas, sino Puerto Nariño: de allí salen las expediciones al parque Amacayacu, las caminatas por la selva, las experiencias para compartir con las etnias ticuna y yagua cercanas y el viaje soñado de todos los que llegan: la excursión en bote al lago Tarapoto.

El lago Tarapoto es reconocido por ser el hábitat de los famosos delfines rosados del Amazonas. Foto: Santiago Harker


Allí, en casi total silencio, con la misma devoción con la que los soñadores buscan estrellas fugaces en las noches, los visitantes miran por horas el lago a la espera de que emerja el lomo o la cola de un delfín rosado. En la selva saltará algún mono araña y tarde o temprano surgirá una piraña para asustar a los visitantes con sus dientes afilados. Esas emociones mínimas son grandes allí, en un lago que termina por volverse entrañable.

Para recorrer la Amazonía es necesaria la compañía de indígenas y locales acostumbrados a navegar los ríos y caminar la selva. Foto: Santiago Harker


Puerto Nariño constituye, también, ese punto de conexión entre la presencia humana y la selva; un lugar sin autos en el que, finalmente, es posible conectarse de vuelta con lo natural. Y en el que el mayor plan es el que los indígenas locales han hecho por generaciones: mirar correr el río y aprender a dejar que la vida fluya.

¿Cómo llegar y qué hacer?

Para llegar a Puerto Nariño es necesario viajar a Leticia y tomar un taxi acuático o lanchas privadas. Aquí hay turismo organizado, con guías locales y hoteles recomendados como el Wayra Selva y el Maloca Napu.

LA MÁS COLORIDA
Caño Cristales y La Macarena

Aunque el río tiene cien kilómetros de largo y 20 de ancho, en épocas de lluvia la región puede condensar el 15% del agua dulce del planeta. Foto: Santiago Harker


No hay nada intensificado por photoshop en Caño Cristales, nada que atribuirles a los filtros. Es la naturaleza en pleno. Para llegar allí hay que aterrizar en el pequeño aeropuerto del municipio de La Macarena (Meta), que anticipa, en su tamaño, lo que se va a encontrar en el pueblo: pocas personas, un parque principal amable, un par de hoteles y apenas una salida al potente río Guayabero que baña la región. Lo más destacado de La Macarena no está en sus calles, sino en su espíritu, que es parte de su patrimonio cultural: la música llanera se respira en su atmósfera y los habitantes realizan presentaciones continuas para los visitantes, que incluyen coplas llaneras y joropo; los acordes del arpa y del cuatro acompañan una comida en la que sobresale la carne oreada y viandas envueltas en hojas de plátano.

La Macarenia Clavigera es la planta acuática y endémica de la región que le pone el color rojo-fucsia al río. Foto: Santiago Harker


“Es el río más lindo del mundo”, escuchará antes de viajar a este lugar de la Orinoquia. Este título nacido del orgullo colombiano puede que, por una vez, sea cierto. Cuando llegue oirá lo mismo de guías y locales. Cuando por fin cruza el río Guayabero, paso obligado que divide a La Macarena de la vía de ocho kilómetros que conduce al río, ya tiene encima el susto de que sea más la publicidad que la realidad.

Caño Cristales también es conocido como el «río más hermoso del mundo», «el río de los cinco colores» y el arcoiris que se derritió». Foto: Santiago Harker


Pero no. Por fortuna no es publicidad. Durante tres meses al año, este río de corto recorrido recibe la bendición de las lluvias, su curso de agua crece y se convierte en la joya cromática de una región que condensa el 15 % del agua dulce del planeta.

Luego de cruzar el río Guayabero en lancha y tras una caminata bajo un sol violento, uno olvida la tranquilidad del pueblo y empieza a vivir con emoción el encuentro próximo con Caño Cristales, un lugar inmerso entre las rocas más antiguas del planeta, las del macizo Guayanés. Cuando por fin se accede, sucede el asombro. Puro y absoluto.

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Las rocas por dónde pasa el río tienen alrededor de 1200 millones de años de antigüedad y forman parte del macizo Guayanés. Foto: Santiago Harker


Eso logra Caño Cristales. Que uno se rinda. Que se doblegue pozo tras pozo –entre los cientos que surgen en los tres brazos del río– y se sorprenda con este lugar disimulado entre la vegetación. Adiós a la nitidez de alta definición de la televisión moderna: para eso está la planta acuática endémica Macarenia clavigera, de color rosado o fucsia y leve naranja.

La nitidez del agua es tal que permite ver hasta a cinco metros de profundidad en los pozos más hondos y distinguir el reflejo del cielo en sus aguas, como si fueran la luna de un espejo perfecto.

PAra llegar a Caño Cristales debe cruzar el río Guayabero y hacer una corta caminata en medio de la naturaleza. Foto: Santiago Harker


Y sí, tal vez todos en el pueblo tengan razón: es el río más bello del mundo. Puede que haya otros, no importa. Tarde o temprano usted se verá reflejado en sus aguas y entenderá que ese es el mayor regalo de ir allí: que forma parte de ese espectáculo natural, de la fusión de la naturaleza con el ser humano y que usted también forma parte de los colores del río de la vida.

¿Cómo llegar y qué hacer?

La forma más cómoda de viajar los 150 kilómetros que separan Caño Cristales de Bogotá es en avión con Satena. También puede llegar por carretera hasta La Macarena desde San Vicente del Caguán. En la región hay opciones como visitar la Ciudad de Piedra (formación rocosa del macizo Guayanés), el raudal Angostura y la laguna del Silencio, ubicados cerca del río Guayabero. Hay visitas dirigidas por con guías comunitarios que hacen un magnífico trabajo.

LA MÁS ROMÁNTICA
Río Magdalena y Mompox

El río Magdalena es el río más importante del país. A través de él se colonizó y formó Colombia. Foto: Augusto Cartagena


Puede que sea el río más conocido e importante del país. Y puede que sufra males contemporáneos, en especial la contaminación de sus aguas. Pero el Magdalena tiene un peso histórico que obliga a mirar sus orillas con veneración. En sus aguas se inició la colonización del territorio; por su curso han atravesado champanes empujados por hombres forzudos con pértigas en mano, ferris antiguos, canoas de esclavos libertos, pangas de pescadores y buques de vapor.

A Santa Cruz de Mompox quedó aislada del curso principal del Magdalena por causa de la sedimentación que sufrió el río en el siglo XIX. Foto: Mario Reina


El país se forjó por el Magdalena. Pero hoy pocos pueblos y personas lo miran con veneración. Uno de ellos, el más bello y romántico, el más piadoso e inaccesible es Mompox.

La joyería en filigrana es una de las tradiciones artesanales. Foto: Mario Reina / Shutterstock


Parte del pasado se ha conservado nítida en este pueblo que continúa siendo mágico. Y lo es porque ya no es; así como suena, con toda la contradicción que encierra la frase: Santa Cruz de Mompox fue la base del esplendor del río más majestuoso. Mompox fue la primera ciudad del Nuevo Reino de Granada que declaró la independencia absoluta de España; el sueño de los comerciantes en el siglo XVI y de los joyeros que codiciaban su filigrana; el puerto colonial con las casas más bellas y, además, el punto más romántico y desarrollado del tránsito de embarcaciones hacia el Caribe y los Andes desde su fundación en 1540.

El cementerio municipal es uno de los lugares más visitados por su arquitectura y tranquilidad.


Todo fluyó, como el río, hasta que la sedimentación acabó con su época dorada en el siglo XIX. Fue duro, muy duro. El fin del comercio aisló a la espléndida ciudad del resto del mundo. Sin embargo, su belleza quedó congelada en el tiempo.

Mompox fue locación de la película Crónica de una muerte anunciada, basada en el libro de Gabriel García Márquez. Foto: Augusto Cartagena


Desconectada de las vías arterias y asequible solo por ferri desde Magangué, Mompox mantuvo su esplendor cuando el país entero creció y las ciudades rebosaron. Allá no sucedió nada de ello. Y eso, en un país convulso, fue un milagro. Quedar en una burbuja la salvó de la desolación.

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El centro histórico de Mompox fue declarado Monumento Nacional en 1959 y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995. Foto: Tiago Silva


Hoy, esta ciudad magnífica, ubicada en una isla, ofrece el mejor encuentro con el río fundamental de Colombia. Sus 30.000 habitantes, escondidos a la hora del intenso calor siguen saliendo de sus casas en la tarde, para acomodarse en mecedoras o asomarse al río y sentarse en la barricada a hablar bajito o frente a las casas coloniales a tomar el fresco.

Pasar la tarde frente al río, charlar y comer dulces típicos son algunas de las actividades que puede hacer allí. Foto: Tiago Silva


En las tardes, sus calles coloniales preservadas, sus seis iglesias y su joyería de filigrana, la bellísima calle de La Albarrada, sus fachadas que comparten techo común, sus patios abiertos y su centro histórico, Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, son razones suficientes para vibrar y volver a mirar el río. Y para amar. No necesariamente como las parejas que se sientan en la balaustrada que protege al pueblo de las inundaciones, sino para amar el país en ese pasado congelado, cuando todo era ilusión y los sueños navegaban por el Magdalena.

¿Cómo llegar y qué hacer?

Llegar a Mompox tarda, para fortuna de la ciudad. Los buses desde Cartagena pueden emplear de seis a ocho horas, según el tránsito, con parada obligada en Magangué para conectar con el ferri que cruza hacia Mompox. Otra ruta sale de Sincelejo. Su época de esplendor es en Semana Santa o durante el festival de jazz. No espere hacer mucho en Mompox; de eso se trata: de disfrutar su río, su centro histórico, sus dulces y de volver al pasado.

LA MÁS ALTA
Laguna Grande y Guacamayas

Este es uno de los paisajes menos conocidos y visitados de Colombia. Foto Antonio Galvis


El aliento comienza a cortársele a cualquier común caminante tras sobrepasar la cota de 4.000 metros de altura. Al inicio uno atribuye los pasos lentos al cansancio. El frío se intensifica cuando las nubes cubren el sol; la soledad del paisaje sobrecoge en la crudeza de una cordillera que rebasa los territorios de los cúmulos nubosos. Y eso que acabamos de pasar la cota de los 3.850 metros sobre el nivel del mar de la hacienda La Esperanza, cerca del pintoresco y nublado pueblo de El Cocuy, desde donde parte la expedición.

Los pasos, hasta los 5.000 metros en los que se encuentra la laguna Grande del Nevado del Cocuy, se hacen dificultosos. No hay más opción que mirar hacia lo alto. Pero de eso se trata: nadie viene a conquistar las cumbres de una vez ni a ver el cuerpo de agua más alto del país como cuando se va a cualquier paseo de río: este es un ritual doloroso, de respiración escasa, donde el cuerpo pide que pares a contemplar el lugar espléndido en el que se ha metido.

Es una laguna de origen glaciar en cuyas aguas se reflejan los picos nevados del Cóncavo, el Concavito y el Pan de Azúcar. Foto: Mattias Bachmaier / Shutterstock


Arriba espera uno de los 1.528 cuerpos de agua de alta montaña del país. Es apenas una laguna de origen glaciar en cuyas aguas se reflejan los picos nevados del Cóncavo, el Concavito y el Pan de Azúcar, así como el movimiento de las nubes que se mueven aprisa. Pero su belleza es suprema.

Entonces viene el descenso por el Parque Nacional Natural El Cocuy, en la cordillera Oriental, hasta El Cocuy, pueblo enclavado entre la neblina y el frío; a tan solo 14 kilómetros de allí se desciende a Guacamayas, un pueblo tranquilo y silencioso, tan bello como frío, tan aislado como natural, que recibe las aguas del nevado y que produce algunas de las artesanías más bellas del país: vasijas y recipientes tejidos con fibras de fique enrolladas, teñidas con colores intensos, que alcanzan altísimos valores en el mercado.

Este cuerpo de agua es el más alto en todo el país. Foto: Enrique Patiño


Desde lo alto, el pueblo es tan apacible como recóndito: la capital más cercana, Tunja, dista 226 kilómetros. Enclavado entre montañas, con antepasados indígenas laches y un historial de buscadores de oro durante la Conquista, su riqueza actual está en las manos laboriosas de los campesinos que tejen en silencio, protegidos con ruanas y bajo las alas de sus sombreros, las artesanías más preciosas de los Andes.

¿Cómo llegar y qué hacer?

Puede llegar al Parque Nacional Natural El Cocuy desde el municipio de El Cocuy (Boyacá) o desde Tame (Arauca). Ahora es necesario registrarse en la Oficina de Parques, un requisito engorroso. Para llegar allí tome la vía que va de Bogotá a Tunja, desvíe por Duitama y avance hasta Boavita para finalmente enfilar hacia El Cocuy. Se puede ascender desde el municipio de Güicán, en el punto de Kanwara, o desde El Cocuy hasta la hacienda La Esperanza, que permite llegar a la laguna Grande. De regreso baje por Guacamayas, a tan solo 14 kilómetros de El Cocuy.

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