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La emocionante y dolorosa aventura de Pirry en África

En el Día Mundial del Patrimonio Africano recordamos el mensaje de Pirry que invita a la reflexión sobre la importancia de proteger la naturaleza.

Foto: Sam Turley

En el Día Mundial del Patrimonio Africano recordamos el mensaje de Pirry que invita a la reflexión sobre la importancia de proteger la naturaleza.

Aprovechamos el Día Mundial del Patrimonio Africano, vigente desde 2015, para celebrar el indiscutible tesoro natural y cultural de África. En esta ocasión recordamos el intrépido viaje de Pirry en 2019 en el que nos relató en exclusiva sus experiencias por en Congo; su caminata hasta la última reserva de gorilas del mundo; su paso por Kenia y la similitud de paisajes de este continente con Colombia.

¿A cuál lugar del mundo nunca volverías?

En la reserva Imire en Zimbabue luchan por la conservación de rinocerontes.

Eso me preguntaron en una entrevista. Al Congo, respondí casi sin dudarlo, y ahí estaba yo, diez años después, tragándome mis palabras, en Adís Abeba, capital de Etiopía, haciendo escala para regresar a la nación que Joseph Conrad describiría en su obra magistral, como el “corazón de las tinieblas”.

El vuelo no haría escala en Kinsasa, la capital, sino que nos llevaría directamente al aeropuerto de Goma, capital de la provincia Kivu del Norte, una de las más convulsionadas y violentas del planeta.

Era la misma ciudad en la que años atrás había aterrizado para permanecer dos semanas, contando la historia de un conflicto silencioso que ha cobrado millones de vidas, un enfrentamiento entre una veintena de milicias armadas.

Algunas con nombres rimbombantes como el Ejército de Liberación del Señor o el CNDP (Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo), pero sin otra ideología que la de enriquecerse a través del mercado negro de casiterita, coltán y otros superconductores.

Las milicias del Congo

Estas milicias, famosas por sus métodos violentos, y hasta sádicos, se disputan las minas y constantemente atacan y desplazan a los pobladores de las veredas aledañas.

Recuerdo haber conocido en ese entonces a Robert Mukewe, un joven médico congoleño educado en Europa, que regresó a su país para fundar la primera clínica del mundo especializada en salvar y reconstruir los cuerpos de mujeres brutalmente violadas como consecuencias del conflicto.

Kivu del Norte es la provincia donde se cometen más violaciones contra hombres y mujeres en el mundo. Esa fue mi primera impresión del Congo y por eso afirmé que no quería volver jamás.

Sin embargo, allí estaba varios años después, dirigiéndome al mismo país, al mismo lugar.

En las entrañas del continente africano

La situación no ha cambiado mucho. El doctor Mukwege recibió el Nobel de Paz el año pasado. Muchos de los grupos armados se unieron en uno solo y más grande, conocido como el M23, y aun así vienen turistas a esta región. En abril del año pasado podría decirse que yo era uno de ellos.

Uno de los parques naturales más importantes y antiguos del mundo se encuentra allí, además de muchas de las especies africanas características: leones, elefantes, leopardos, etc.

Allí permanecen 300 de los últimos 800 gorilas de montaña que quedan; también allí la doctora Dian Fossey adelantó sus famosas investigaciones.

Y en medio de toda esta exuberancia, el motivo de mi viaje era el Nyiragongo, uno de los volcanes más activos del mundo, que exhibe el lago de lava más grande y permanente del planeta.

A punto de quemar toda mi humanidad

Foto: Chris Horsley.

Este monstruo se eleva a 3.470 metros sobre el nivel del mar y se encuentra a tan solo 15,5 kilómetros de la ciudad de Goma.

Su última erupción fue en 2002, cuando una grieta se abrió en una de sus laderas y expulsó un río de magma que llegó hasta la ciudad, con un saldo de 245 muertos y 350.000 mil desplazados.

¿Quién querría venir aquí? Alrededor de una veintena de personas pagan todos los días 400 dólares para ascender hasta la cumbre de este volcán, guiados y escoltados por rangers armados.

Si tienen suerte y el cráter está despejado, arribarán al final del día después de haber caminado unas diez horas para lograr la foto del impresionante volcán al atardecer.

Allí estábamos, con los turistas, parados en el borde del cráter, alucinando ante su magnitud.

El lago africano de lava

El cráter del volcán del Nyiragongo tiene 200 metros de diámetro y 500 metros de profundidad. En el fondo se ve su lago de lava, pero es difícil desde arriba calcular el tamaño. Sus paredes son abismales y sus dimensiones salidas de toda proporción.

Con los últimos rayos del sol, mientras los turistas se acomodaban en alguno de los pequeños refugios construidos por el parque específicamente para esta actividad, ante su mirada de extrañeza, un colega inglés, un escocés y yo, armábamos nuestras tiendas de campaña en un pequeño terraplén en el que apenas cabían.

Un improvisado campamento que parecía hacer equilibrio en la cresta del volcán, entre un abismo de 400 metros hacia un lado y una empinada pendiente hacia el otro.

Al día siguiente, el grueso de personas que había subido el día anterior comenzaba el descenso a las 5:30 de la mañana, nosotros nos quedaríamos.

14 días en una de las aventuras más emocionantes y peligrosas

A partir de ese momento sortearíamos tormentas eléctricas, vientos huracanados, granizadas inclementes y aguaceros de lluvia ácida, característicos de los microclimas de estos volcanes activos, y que parecían querer borrar de allí nuestra presencia.

Dos largas semanas esperamos que el volcán y la naturaleza nos dieran permiso, que las duras condiciones climáticas cedieran para que, finalmente, durante una pequeña ventana de tiempo lográramos el descenso de 500 metros hacia las profundidades del volcán, para encontrarnos con su lago de lava.

Describir con palabras las proporciones de un humano frente a este prodigio natural que yo llamo la ventana al corazón palpitante del planeta es muy difícil, pero tal vez lo puedan entender con algunas de las imágenes que acompañan este texto.

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Sin millonarios recursos

Pirry junto a dos elefantes huérfanos que protegen en la guardería David Sheldrick Wildlife Trust, en Nairobi, Kenia. Foto: Lucy Moreno.

Hace unos días, mientras veía un capítulo de la serie de NatGeo, One strange rock, narrada por Will Smith, quedé inmensamente sorprendido al ver en uno de sus capítulos a un equipo de científicos que intentaban la misma aventura con una producción inmensa y recursos millonarios.

Cuando trataban de hacer la última parte del descenso, la más crítica, se vieron obligados a abortar ante un movimiento violento del magma en el interior del cráter, pues la naturaleza se ríe de las pretensiones del hombre.

Más de una vez me ha dado lecciones de humildad y he aprendido a verla y acercarme a ella con inmenso respeto.

Creo que a todos nos hace falta un poco vernos desde la perspectiva de nuestra inmensa insignificancia, y entender que el planeta no necesita que lo salven, que podríamos, inclusive, desatar un holocausto nuclear y en un suspiro del universo este maravilloso planeta azul recobraría su exuberancia de vida.

Al descender del volcán, aún tratando de entender la magnitud del lugar en el que habíamos estado y lo que habíamos hecho, se me presentaba una magnífica oportunidad.

Los últimos gorilas del mundo

Conocer los gorilas de montaña. Este es otro de los grandes atractivos que tiene el Parque Nacional de Virunga, y no es exactamente masivo. Por la suma de 500 dólares usted puede, acompañado de dos guardaparques, hacer una caminata por el bosque de niebla.

Los gorilas son territoriales y se mueven en pequeños grupos familiares. Caminamos tres horas por la espesura, en lugares tan tupidos que las piernas se hundían hasta la rodilla en la maraña de vegetación. En algunas partes, los guardaparques tenían que recurrir a sus machetes para abrir el paso. Al cabo de tres horas los encontramos.

Bajo la mirada alerta del macho dominante, prácticamente no se inmutaron. Se mantuvieron echados sobre el mullido colchón de vegetación, algunos masticando ramas y hojas, otros jugando perezosamente mientras una madre contemplaba a su pequeña cría. Es una de las cosas más lindas que he visto jamás.

¿Qué pasa si los gorilas desaparecen?

En el parque nacional de Virunga, después de caminar cuatro horas, Pirry encontró una de las últimas 800 familias de gorilas que quedan en el mundo. Foto: Lucy Moreno.

Pero mi felicidad se convirtió en tristeza al saber que solo quedan 800 de ellos y que su mayor amenaza en la actualidad son los intereses de petroleras y mineras, principalmente europeas, que tienen sus ojos puestos en Virunga.

Se dice que patrocinan por debajo de la mesa a grupos armados para que atenten contra los gorilas y los guardaparques.

En la siniestra imaginación de estos hombres, si los gorilas desaparecen, el parque de Virunga no tendría razón de ser y al desaparecer y sin la protección que actualmente le da el gobierno vendrían los permisos y se abrirían las puertas para su deforestación y devastación.

El cerebro parecía no poder asimilar toda esta información que daban, cierta y corroborada en reportajes y documentales; era como si no lograra conectar el horror de esas noticias con los gorilas que había visto ahí, a pocos metros de mí y de los guardaparques con los que había compartido no solo esta experiencia sino largos días en el volcán.

El horror de la realidad

Regresé a Colombia y a los pocos días todo el horror se hizo real cuando nos encontramos en las redes del periódico inglés The Guardian, que cinco guardaparques habían sido asesinados por alguno de los 2.000 miembros de milicias que operan dentro del parque.

Se sumaban a los más de 1.500 que han corrido la misma suerte durante los últimos años. Unas semanas más tarde, dos ingleses que hacían las mismas actividades que nosotros fueron secuestrados y una guardaparques que trató de protegerlos fue asesinada.

Varias veces tratamos de contactarnos con el parque para averiguar si entre las víctimas estaba alguno de los que habíamos conocido, pero nunca pudimos saberlo.

Después del secuestro de los ingleses el parque fue cerrado por ocho meses y reabrió hace apenas unas semanas. Sin embargo, alguien que quiera conocer los gorilas con seguridad pensará en Ruanda o en Uganda, las únicas opciones diferentes que hay para hacerlo.

El Congo se parece a nuestro Pacífico colombiano, territorio rico en recursos naturales, recursos perseguidos por la codicia de funcionarios corruptos, grupos armados ilegales e intereses transnacionales, que se han convertido en el combustible de la violencia y en la miseria de sus pobladores.

¿Qué pasa con la cacería en el continente africano?

Después de salir de la televisión emprendí un viaje por el mundo con el interés egoísta de conocer los últimos paraísos de la Tierra antes de que sean destruidos.

Esto fue hace cuatro años y desde ese día hasta hoy, el mundo y el país parecen cambiar de manera acelerada hacia el abismo.

Políticos de ultraderecha que niegan el cambio climático y se alinean con megacorporaciones para no solo seguir sino ampliar la depredación de lo poco que nos queda, se han tomado el poder, multitudes fanáticas los siguen y apoyan ciegamente mientras les roban su futuro, y aplauden.

Cada vez quedan menos animales africanos

Yo me percibía como alguien que más o menos entendía lo que estaba pasando, pero a raíz de mi visita a Virunga me di cuenta de que estaba desactualizado, que por ejemplo, la acelerada desaparición de las especies sucedía mucho más rápido y de una manera más cruel de lo que yo imaginaba: cien elefantes y tres rinocerontes al día.

Y quedan menos de 400.000 elefantes, cuando en los años setenta aún había 1,3 millones; rinocerontes tan solo quedan 39.000, el último macho de rinoceronte blanco del norte murió el año pasado y mientras escribo estas líneas me entero que el último rinoceronte de Sumatra murió en estos días, dos especies que han desparecido para siempre.

Pero las cifras, de por sí escandalosas, se vuelven aterradoras cuando uno ve las imágenes de las matanzas, los inhumanos métodos que utilizan los cazadores furtivos o poachers, la sangre fría y el corazón negro de los que manejan las mafias.

Entre la maldita guerra

Me puse a investigar y encontré que en África se libra una guerra entre los asesinos de especies y los mercaderes de la muerte, contra un minúsculo grupo de valientes que intentan detenerlos de cualquier forma posible.

Me lancé a una expedición de dos meses y medio a través de Kenia, Tanzania, Mozambique, Zimbabue, Namibia y Botsuana para idear contenidos y hacer un documental sobre la sanguinaria cacería ilegal y sobre quienes intentan detenerla.

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Traté de enfocarme en lo bonito, aunque no sea mucho, porque he descubierto que genera más conciencia, ganas de hacer algo. Sobre todo, no quita la esperanza de contar historias de resiliencia de humanos y animales que se resisten a este apocalipsis.

En cambio, mostrarle a la gente una madre elefante muerta y despedazada por cazadores. Entre tanto, su cría sigue viva junto a ella, no genera mucha solidaridad, más bien, odio y apatía.

La pobreza también ataca

Muchas de estas historias esperan en el documental que quiero terminar, pero a vuelo de pájaro puedo contar algunas, como la de Andrea Marshall, la Queen of Mantas, una bióloga norteamericana que se fue sola a la costa de Mozambique, cuando el país todavía estaba en guerra civil.

La tildaban de loca, pero no solo sobrevivió, sino que creó Marine Megafauna Foundation, una ONG que crea conciencia. Además de opciones económicas para los pescadores locales que mataban a las hermosas mantarrayas para vender sus agallas a intermediarios asiáticos.

El malo, muchas veces, no es el pescador, sino la pobreza y el oportunismo de otros.

Los rescatistas de la naturaleza

Lisa Haywood, directora de Tikki Haywood, la fundación que lucha por la protección del pangolín, el mamífero más buscado para caza del mundo. Foto: Guillermo Prieto. 

En Zimbabue, país convulsionado por una gran crisis económica, conocí a Lisa Haywood y a Ellen Connelly, quienes llevan años tratando de proteger y salvar al pequeño pangolín.

Un mamífero nocturno lleno de escamas que se alimenta de termitas y hormigas, que no le hace daño a nadie, pero está al borde de la extinción porque en Asia se cree, sin fundamentos, que el polvo de sus escamas tiene poderes curativos.

Pasé unos días en una reserva llamada Imirie, también en Zimbabue, donde el dueño hace lo posible para no caer en la tentación de convertir sus tierras de reserva en una finca. De mantener así sea con las uñas su programa de repoblación de rinocerontes.

Él se financia de todas las maneras que puede, incluido un programa de voluntariado donde uno paga alrededor 900 dólares la semana para ayudar con la reserva.

Y, de paso, adquirir una experiencia única con rinocerontes, elefantes, jirafas y muchos otros animales en estado salvaje que viven libres dentro de los límites de la reserva.

El hombre siempre será una amenaza

Muchos nos aterramos con la cacería furtiva o para trofeo (en términos prácticos, la primera es muchísimo más grave), pero nuestra atención no se puede quedar ahí.

Durante esta travesía confirmé que la mayor amenaza para las especies es la confrontación humana:

millones de animales en peligro de extinción desaparecen cada año por la pérdida de sus territorios, la deforestación de sus bosques y sus selvas.

En esta confrontación, desde el pequeño agricultor hasta el poderoso ganadero o el industrial de los cultivos extensivos:

La palma en especial, les corren la cerca a los parques nacionales y áreas protegidas, invaden ilegalmente.

Luego legalizan, respaldados por gobiernos débiles o corruptos a cuyas cabezas les tocará una parte. Sucedió en Indonesia, donde la isla de Sumatra prácticamente fue reducida a cenizas para sembrar palma, y eso que en el papel era un parque nacional.

Explotación petrolera por multinacionales

O en el Congo, en Virunga, donde se han entregado permisos de exploración petrolera a multinacionales europeas sin importar que sea reserva de la humanidad.

En Colombia, ante la mirada inútil del gobierno, se están deforestando las selvas de Guaviare, Meta y otros departamentos. En complicidad de autoridades locales con la mafia, o en los mismísimos Estados Unidos.

Allí el gobierno Trump no solo ha quitado la restricción de cacería para los osos en Alaska sino que ha dado licencias para el fracking en parques nacionales como Arches y Canyonlands, en Utah.

Poniendo en riesgo especies como el hurón de patas negras, el Colorado pikeminnow y el razorback sucker, dos tipos de peces en peligro de extinción.

Ante tan tristes perspectivas, siento que si sobre algo quiero escribir y hablar por lo que me quede de vida en este planeta, es sobre esto, creo que esa debería ser nuestra prioridad.

Y que primero deberíamos asegurar nuestra no extinción, antes de volver a nuestras eternas discusiones bizantinas centradas en la religión y en la política.

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Mayo
05 / 2022

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