Vichada y Guainía: la frontera desconocida de Colombia

El periodista y escritor Enrique Patiño visitó Guainía y Vichada, regiones que pocos han recorrido, cuya majestuosidad le da un vuelco al corazón.

Hay palabras que tienen un significado para cada uno, como patria, risa o beso. Otras, en cambio, sabemos que existen, pero nos parecen ajenas porque no las relacionamos con nada tangible. Guainía y Vichada entran en esa categoría.

La flor de Inírida es una especie que está en peligro y la protegen los habitantes locales.


Pero ambas palabras guardan un misterio. Guainía, por ejemplo, significa “tierra de aguas” en idioma puinave; y es eso, sin mesura, exagerada y ruidosamente: un territorio de ríos anchos y abundantes, de raudales y cascadas, con aguas que se desbordan y modifican su cauce con cada lluvia, y cuyos peces ornamentales se saquean por miles para venderlos en los acuarios de Colombia.

Vichada, en lengua guahiba significa “donde la llanura se convierte en selva”. Y eso es: un lugar donde las aguas inundan todo y luego se secan, donde el morichal pasa a ser yerba alta y luego polvo; una llanura extensa que parece el infinito y donde los atardeceres son siempre magníficos, interconectada por ríos que provienen de la selva. Acá viven caimanes casi ocultos por el barro, chigüiros nerviosos y delfines rosados. A esta esquina del país la abraza el Orinoco que hermana dos países en paisaje, aguas e identidad.

La majestuosidad de un lugar poco conocido de Colombia.


Si nada de esto significa algo para usted es porque todo ello está en la frontera desconocida de Colombia: en ese límite natural antes de la frontera con Venezuela y Brasil, al que pocos colombianos han ido. ¿Por qué? Nada parece invitarnos a un territorio tan vasto y lejano. Pero hay una excusa: el naturalista Alexander von Humboldt lo recorrió y se asombró, y ahora hay planes que siguen su trayecto para que usted también los haga. Retome su ruta para evidenciar la grandeza del territorio menos explorado del país.

ENTRAR EN LA SELVA

Empiece pensando en el final: recorrerá 600 kilómetros sobre agua y pequeños trechos en carretera. Atravesará ríos impolutos, de colores diversos según la sedimentación de cada uno de ellos; se sumergirá en la selva y vivirá entre las comunidades. Ahora que ya conoce la dimensión de su aventura, comience a vivir el presente.

Súbase al avión de Satena que sale de Bogotá hasta la capital del Guainía: Inírida. Durante hora y media observe cómo la llanura va siendo consumida por la selva hasta que solo vea un extenso manto verde. Descienda en la mitad de este poblado que el país de las noticias no menciona y prepárese para reconectarse con su alma original.

Cuando vea el agua del río Inírida le extrañará su color. Es oscura, casi negra, y eso la hace más salvaje e insondable. Su aspecto responde a una razón natural: recoge los residuos vegetales de miles de plantas a lo largo de sus 1.300 kilómetros. A pesar de su imponencia y de que nutre de vida al Orinoco, es un río navegable solo para pequeñas embarcaciones por su cantidad de raudales rápidos.

La aventura comienza sin lujos, en medio de una población indígena de mayoría kurripako, piapoco y también puinave. Inírida es una ciudad de poco movimiento, en donde los foráneos no son frecuentes. El centro de las actividades está en su puerto, que mira hacia un bajío de arena blanca. De allí saldrá hacia los cerros de Mavicure, a tres horas en lancha. Poco a poco se adentrará en la espesura de la selva y se encontrará, tras una curva del río, con la monumentalidad de tres cerros (Mavicure, Mono y Pajarito) que forman parte del Escudo Guayanés, el más antiguo de los accidentes geográficos del mundo.

No solo eso, sino también el más desconocido. Porque este macizo montañoso irregular, de tepuyes (estructuras de piedra casi mitológicas y abruptas que surgen de la nada) y rocas labradas por los siglos, ocupa el 13 % de Suramérica. Sus montañas provienen de la época en que los continentes eran uno y la formación del planeta conocido apenas comenzaba. Allí, en medio de una naturaleza que alberga más de 2.200 especies de vertebrados, se alzan estos cerros que roban el aliento por su magnificencia. A sus pies hay playas de un blanco hiriente, casi como las del Caribe. Son tan imponentes los cerros en medio del verde que será probable que usted levante los brazos para intentar abarcarlos. Dormir allí y ver el amanecer en la ausencia perfecta de ruidos citadinos será una experiencia que bien valdrá la pena el viaje.

VER LOS RÍOS

Hay algo que no podrá resumir en palabras a sus amigos y familiares cuando vuelva: el embrujo de la calma. En este punto usted ya comenzará a ser otro. Corrección: usted mismo. El que era antes de perderse en el maremágnum de la vida cotidiana. Se irá desnudando ante la energía invisible que lo reconectará consigo mismo.

En esa labor tendrán mucho que ver los ríos. Son sagrados: todas las comunidades indígenas dependen de sus aguas para comer, transportarse y conectarse. El material orgánico que llevan y que alimenta la vida, así como las especies que los habitan, añaden misticismo a la experiencia. Todo es agua, todo depende acá del agua. El pescado es, además, la base de la alimentación.

El raudal de Maipures, en Vichada, donde el agua fluye como un velo.


El moquiao, envuelto en hojas de palma y asado a las brasas, o el ajicero –caldo de pescado con ají–, son los dos platos base, acompañados de yuca brava (casajillo), casabe o chicha de chontaduro (pijiguao). La selva, por extensión, provee todo lo que los pueblos nativos necesitan para sobrevivir. De ella extraen las maderas de chiqui-chiqui, cumare, tirita y otras para sus artesanías, utensilios y piraguas.

Dada la formación rocosa de la región, hay raudales por doquier: uno de los más imponentes es el de Zamuro, río adentro por el Inírida, que tiene un color rojizo. Acá se evidencia la fuerza del río. En esos desniveles, usted se sentirá abrumado: tendrá que bajarse de la canoa, empujarla junto con sus guías, adentrarse por la selva para salir de un lado más apacible y continuar su recorrido, no sin antes detenerse para escuchar cómo ruge, indomable.

El río Orinoco solo puede navegarse en embarcaciones pequeñas por la cantidad de rápidos que tiene.


Un viaje de seis horas de vuelta hasta la capital de Guainía es la antesala para que usted vuelva a la comodidad de un hotel y se prepare para otro recorrido en lancha, al núcleo mismo del agua en el país, el lugar que Humboldt bautizó como la Estrella fluvial: en pocos minutos verá cómo el agua negra del Inírida se conecta con la verdosa del Guaviare, y luego con el rojo Atabapo y el color casi vino tinto del Orinoco.

Los colores de los ríos que se encuentran y el choque de las aguas de siete afluentes son un momento memorable de la travesía. Usted se sentirá un privilegiado en medio de uno de los lugares con más agua por kilómetro cuadrado en el planeta.

SENTIR LA SELVA Y EL LLANO

En Vichada, Guainía y Guaviare hay de todo un poco. Desde las serpientes que abrazan ramas como en las ilustraciones que todos tenemos en la memoria, monos que aúllan al atardecer y dantas perseguidas casi hasta su exterminio, hasta ríos que se retuercen por el centro del departamento y palabras sonoras de plantas como barbasco, balata, capi o cumare, o implementos para la vida cotidiana como los cebucanes (cedazos), chinchorros (hamacas) o el balay (canasto). En el Vichada hay cachicamos (armadillos), cachirres (babillas), se comen hayacas y cambur (banano) y se habla con camaritas (amigos): esto es el Llano.

Para llegar allá es necesario otro viaje de seis horas por el Orinoco hasta llegar al raudal de Maipures, uno de los pasos de agua dulce más anchos del mundo, además de la entrada al Parque Nacional El Tuparro. Este recorrido en “voladora”, o lancha rápida, rinde más, y el viento refresca mientras avista toninas o delfines rosados, que así como emergen desaparecen. En la frontera con Venezuela navegan las embarcaciones de lado a lado sin divisiones políticas, y pasan también botes militares armados.

El recorrido encuentra al río Vichada y luego al Tuparro antes de llegar al raudal, considerado la octava maravilla del mundo fluvial: piedras del precámbrico refrenan el agua y harán que usted se sienta diminuto frente al impulso del agua brutal, que ha erosionado durante eones las piedras hasta darles un aspecto lunar, lleno de pozos abiertos, en un punto que combina islas, aguas desenfrenadas, frontera, naturaleza y la violencia del agua que busca abrirse paso porque su caudal no admite barreras. Acorralada en medio de las aguas sobresale la Piedra del Balancín, una roca monumental que se sostiene sobre una pequeña superficie.

La entrada a El Tuparro la hará por esta zona, pero después de dejar la lancha. Es necesario usar camioneta. En ese punto, el paisaje cambiará, usted le dirá adiós a la selva y les dará la bienvenida a los Llanos mientras sondea el segundo parque natural en extensión –después de Chiribiquete–, del país, circundado por los ríos Tomo y Tuparro. También acá las playas, en verano, compiten con las de arena blanca del Caribe.

Los reptiles son algunas de las especies comunes en Vichada. Este fue fotografiado cerca a Puerto Carreño.


Llegar desde allí en lancha hasta Puerto Carreño, capital del Vichada, es un recorrido agotador. Por una vez es mejor seguir en auto, después de seis horas en bote hasta la población de Casuarito, frente al poblado venezolano de Puerto Ayacucho. Serán seis horas con dirección norte. Allí, finalmente, se toma un carro para llegar a Puerto Carreño.

Llegará exhausto, se lo prometemos. Pero con el alma nutrida por la experiencia. Conectado con la naturaleza. Descontaminado.

En Puerto Carreño habrá más agua: los ríos Orinoco, Meta, Vita. Habrá más delfines rosados y más chigüiros en el camino. Y en ese punto, usted comenzará a recordar lo que se le quedó en el alma y lo que había imaginado antes de partir: los 600 kilómetros, la selva, lo desconocido. Entenderá que se le ha quedado el alma en esta tierra salvaje. Y que está conectado con el planeta. Que debe cuidarlo más para devolverle un poco de lo tanto que le ha dado.

El Parque Nacional Natural El Tuparro, en Vichada, está rodeado por los ríos Tomo y Tuparro.


Recordará, finalmente, cómo las comunidades puinave saben lo que es la resiliencia para adaptarse a los entornos difíciles, o cómo la música del arpa llanera inunda las casas, o cómo las garzas, los perros de agua y las toninas viven en este territorio más suyo que nuestro. Se llevará en la memoria los esfuerzos de la reserva Bojonawi para proteger los manatíes, las tortugas de río y los felinos. Habrá probado nuevos sabores; sabrá que nunca podrá sembrar la flor del Inírida, pero que ha visto este tesoro natural ahora en peligro; habrá conocido la formación rocosa más antigua del mundo; se habrá nutrido de atardeceres y habrá visto especies endémicas, habrá comido payara y yuca brava, y habrá oído alguna de las casi extintas setenta lenguas nativas del país.

El parque El Tuparro fue declarado Monumento Nacional y Reserva de la Biosfera por la Unesco.


Volver a la ciudad será la excusa para ser feliz, por fin, con las necesidades reales, y no las creadas por la presión social y colectiva. Cuando tome el avión de vuelta, podrá sonreír: ha recuperado su alma en la frontera desconocida de Colombia.

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