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Especial: Los lugares más bellos de Colombia

Estos lugares sorprenden por su historia, su belleza natural o por la huella que ha dejado en ellos el ser humano. Un viaje por una nación hermosa que merece ser recorrida y donde ningún destino se parece al anterior. Estos son los lugares para ver antes de morir.

Foto: Viceministerio de Turismo/ Julio Andrés Mantilla Ávila

Estos lugares sorprenden por su historia, su belleza natural o por la huella que ha dejado en ellos el ser humano. Un viaje por una nación hermosa que merece ser recorrida y donde ningún destino se parece al anterior. Estos son los lugares para ver antes de morir.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 483 junio de 2010

Volcán Nevado del Ruiz

La más peligrosa belleza


Foto: NASA.


El temible volcán del Nevado del Ruiz esconde en sus entrañas el peligro y en su exterior muestra el más absoluto esplendor. El registro de sus erupciones se inició en 1570, cuando este volcán conformado por sucesivas capas de lava, cenizas y depósitos piroclásticos comenzó a rugir en la región.

Formado por el magma que se generó en los límites de las placas tectónicas continentales que se elevan y las zonas de Nazca que se desplazan hacia abajo, fue el origen de la más cruenta explosión que haya vivido el país, el 13 de noviembre de 1985, y que ocasionó la muerte a casi veinticinco mil personas en la tragedia de Armero.

Sin embargo, el cráter Arenas, de un kilómetro de ancho, visto en un día despejado a las 7.45 a. m. por la Expedición veintitrés de la Estación Internacional Espacial, aparece rodeado de hielo y nieve y opulento con sus 5.321 metros de altura.

La más visitada de todas las cumbres del país sigue guardando en sus entrañas la fatalidad de las erupciones y la contradicción de su belleza en calma.

Bitácora: desde Manizales en auto se puede ascender hasta los 4.800 metros sobre el nivel del mar y caminar luego por el borde del glaciar hasta los 5.125 metros. Cuenta con espacio para carpas y alojamiento en el centro de visitantes El Cisne.

Cayo Cangrejo

El volcán que se volvió cangrejo


Foto: Mauricio Ánjel.


Un antiguo volcán emergió de las profundidades del mar hace cinco mil millones de años y luego fue modelado por suaves arroyos hasta dar origen al que hoy es el Parque Nacional Natural Old Providence McBean Lagoon, en la isla de Providencia, quizás la más bella isla del país: Cayo Cangrejo.

Como su mismo nombre lo revela, se trata en realidad de un cayo de dos hectáreas inmerso en una laguna, protegido por una gran barrera de arrecifes y formado por rocas de origen volcánico. En su espacio mínimo, que recorren un par de senderos y apenas un muelle donde se agolpan algunos pocos turistas, abundan los matorrales de icaco y las palmeras de coco.

Puede ser recorrido en sus orillas por completo por los buzos a pulmón en menos de media hora. En este mínimo lugar, el agua transparente permite ver peces globos sin siquiera hundir la cabeza, acercarse a cangrejos esquivos que hacen honor al territorio y se aferran a las rocas lamidas por aguas mansas, y asombrarse con los colores de peces loro y ballesta en abundancia asomándose curiosos entre los corales.

Bitácora: en avión hasta San Andrés y desde allí se toma alguno de los dos a cuatro vuelos diarios que salen hasta Providencia y que tardan menos de media hora en llegar a la isla. Decameron también ofrece vuelos chárter y hospedajes en Aquarium, San Luis, Marazul, Maryland y Los Delfines. Al Cayo Cangrejo se llega en lancha.

Nevado del Cocuy

Donde el diablo tiene su púlpito


Foto: Viceministerio de Turismo / Julio Andrés Mantilla Ávila.


Al llegar los escaladores a la cima por el trecho diseñado para ascender desde el municipio de El Cocuy, ven dos figuras geométricas que parecen un juego de niños construido en pleno cielo: primero, una especie de cuadrado de roca ubicado a 5.100 metros sobre el nivel del mar, el Púlpito del Diablo, y muy cerca, un triángulo de nieve llamado Pan de Azúcar, a 5.210 metros sobre el nivel del mar.

Entonces, ahogados por la falta de oxígeno, los exploradores sienten la impresión de haber coronado el mundo, más allá de que haya otras cimas doscientos metros más altas, como las del Ritacuba Blanco y Negro. Porque desde allí es posible comenzar a ver en toda su impresionante extensión buena parte de los llanos orientales de Colombia, pero también uno de los paisajes más agrestes e impresionantes del país, coronado de nieves perpetuas, páramos, lagos helados y una abrupta geografía.


Foto: Andrés Hurtado.


En una de las zonas que más ve nacer el agua, y partiendo de una altura base de 3.600 metros, se avanza por un camino enlodado y que forma parte de las 306.000 hectáreas del Parque Nacional, para pasar por parajes impresionantes como el valle de los Cojines, la Laguna Grande y el valle de los Frailejones. Con 22 picos nevados, El Cocuy roba el aliento y obliga a rendirse ante la naturaleza.

Bitácora: desde Bogotá, se toma la autopista norte hacia Tunja y se desvía en Duitama hacia Soatá. En Soatá se puede tomar la vía por Boavita y La Uvita o por Capitanejo y El Espino. En promedio, son 440 kilómetros. Hay buenos y abundantes hospedajes en los pueblos de Guacamayas, El Cocuy y Güicán, desde donde parten las excursiones.

Reserva Victoria Regia

Donde las flores nacen de noche


Foto: Archivo Aviatur.


El departamento del Amazonas y su río tienen, literalmente, tanto de ancho como de largo por descubrir. Desde la laguna Tarapoto de Puerto Nariño donde los delfines rosados asoman su lomo mientras los pescadores de la región pescan pirañas con finos arpones, pasando por la isla de los bulliciosos micos, el Parque Nacional Amacayacu, las comunidades indígenas huitoto y ticuna que trabajan el palo sangre y se sientan a la orilla del gran río, hasta la reserva natural Victoria Regia, las posibilidades copan cualquier agenda.

Allí, menos visitada e igual de sorprendente, la reserva natural de las bellas hojas circulares de la Victoria Regia permite apreciar, desde puentes palafíticos, la dimensión de estas plantas acuáticas, capaces de soportar hasta 40 kilos y cuya superficie flotante oscila en tamaño entre dos y tres metros.


Foto: Viceministerio de Turismo / Camilo Torres Tópaga.


Sus raíces, tallos y semillas son igual de llamativas: alcanzan los siete metros bajo el agua, pero es la flor de este nenúfar de agua lo que más se roba la admiración: sólo se abre al anochecer y cierra sus pétalos con las primeras luces de la mañana. Verla es un privilegio reservado para los madrugadores y para quienes cruzan el río más imponente del mundo en el extremo sur del país.

Bitácora: a Leticia se accede por avión. Sale un vuelo diario. Las opciones de hospedaje van desde hoteles en la capital de Amazonas hasta dormir en una casa flotante, quedarse en el Hotel Parque Natural Amacayacu o dormir en Decameron Decalodge Ticuna.

Parque El Tuparro

La octava maravilla de Humboldt


Foto: Archivo Parques Nacionales Naturales de Colombia / Luz Dary Acevedo.


En 1982, el país se sorprendió al enterarse de que la Unesco había declarado al Tuparro como un Monumento nacional y Zona núcleo de la Reserva de la Biosfera. Pocos lo habían escuchado, a pesar de que en el año 1800 el inquieto geógrafo Alexander von Humboldt ya había recorrido parte del actual departamento del Vichada y algunas de las 548.000 hectáreas que conforman este parque nacional natural.

La asombrosa expedición del naturalista por Venezuela y los llanos orientales tuvo el punto más emotivo cuando encontró el imponente raudal de Maypures y sintió el impulso de catalogarlo como la octava maravilla del mundo.

Pero no sólo ese raudal sorprende en ese paisaje oriental, sino también las sabanas verdes y los ríos caudalosos que corren hacia el Orinoco, las más de 320 especies de aves, los morichales, los atardeceres gloriosos y el estilo de vida de los sikuani y cuiba, sus pobladores, que recorren los ríos en busca de peces y se sientan a contemplar las tardes mientras escuchan el ensordecedor sonido de los ríos Tomo y Tuparro.

Bitácora: desde Bogotá se pueden cruzar los llanos orientales desde Villavicencio hasta Puerto Carreño, en un recorrido de dos días, y luego tomar una lancha hasta Puerto Ayacucho, en Venezuela, para llegar al Parque, o en verano, directamente en un recorrido de 25 horas. O volando en avioneta hasta la pista del centro administrativo.

Santa Rosa de Cabal

Donde las cascadas y los termales se unen


Fotografía: cortesía Proexport. The City Paper. Richard Emblin.


Hace cerca de un siglo los árboles vecinos a sus aguas fueron derribados para extraer madera y las mágicas cascadas estuvieron rodeadas por hatos de ganado. Pero los pozos en los cuales se podían tomar baños de inmersión fueron volviéndose populares entre los vecinos.

Las romerías aumentaron y a partir de 1944 se abrió la carretera hasta el lugar prodigioso vecino a Santa Rosa de Cabal en el que las aguas frías de las imponentes cascadas de 180 metros se mezclaban con el calor mágico de los termales de Arbeláez y San Vicente para alcanzar aguas con una temperatura media de 40 grados centígrados. Las tierras que habían pertenecido a la comunidad quimbaya y que habían visto la llegada de los colonos antioqueños en 1844 fueron destinadas entonces al turismo.


Foto: Hotel Termales Santa Rosa de Cabal / Cortesía Proexport.


Ocho ríos y 67 quebradas, además de la imponencia de la laguna del Otún y la influencia del Parque Los Nevados, un santuario de flora y fauna y tres parques regionales, entre otros, hacen de esta zona una reserva hídrica única, apenas afectada por un crecimiento desordenado de centros recreativos de pobre infraestructura. Aun así, en el lugar se vive el arrobador e insólito espectáculo del sonido de las cascadas al caer, el vapor silencioso de los termales y el sobrevuelo permanente de las mariposas.

Bitácora: desde Pereira se toma la vía hasta Santa Rosa de Cabal, a tan sólo quince kilómetros, y se desvía hacia los termales, ubicados a ocho kilómetros del pueblo.

Caño Cristales

El riachuelo más bello del mundo


Foto: Andrés Hurtado / Archivo Diners.


Al llegar a este pequeño río de apenas 100 kilómetros de longitud, que nace en medio de las 630.000 hectáreas de la Serranía de La Macarena, se descubre un espectáculo de algas amarillas, verdes, naranja, púrpura y rojas que tiñe las aguas que desembocan en el río Guayabero. En realidad se trata de un riachuelo cuyo caudal crece y decrece a gran velocidad, y cuyo fondo rocoso hace que las aguas se vean transparentes y nítidas.


Foto: Andrés Hurtado / Archivo Diners.


En medio de pozos mágicos donde en ocasiones cabe sólo una persona, de cascadas escalonadas y ligeras, de más de 420 especies de aves que habitan la serranía y de un espacio pequeño cubierto por árboles y que parece un oasis ante el fuerte calor de la región, aparecen las algas llamadas macarenia clavígera, que surgen en invierno luego de permanecer casi medio año secas ante el caudal bajo, y de la cual hay 40 géneros y 200 especies.

Sujetas con firmeza a las rocas, sólo en los pocos meses en que el río crece, de julio a noviembre, dejan ver su colorido. También en ese lapso, el riachuelo más bello del mundo se abre al turismo para asombrar con su colorido artístico y su paleta de acuarelas en movimiento.


Foto: Andrés Hurtado / Archivo Diners.


Bitácora: desde Villavicencio se toma una avioneta hasta La Macarena. Allí el hospedaje es básico. Se cruza el río Guayabero y a partir de ahí se toma un campero (quince minutos) o se hace el recorrido a pie (dos horas) hasta el sitio.

Raudal del Jirijirimo

Las escaleras de agua


Foto: Archivo Diners.

Vea tambien: Ríos y lagos: estas son las orillas más bellas de Colombia


A cinco horas de Pacoa, el corregimiento ubicado más al sur en el departamento del Vaupés, y luego de un viaje de cinco horas en una embarcación estrecha, aparece uno de los paisajes menos conocidos y más sorprendentes.

En el inmenso río Apaporis, que por momentos alcanza casi dos kilómetros de ancho, comienza de repente a descender el agua por una sucesión de escalones de uno a dos metros, mientras la vegetación acuática conocida como carurú le da color y vida a esa caída de agua aún sin mayores sobresaltos.

Pero ese es sólo el inicio. Porque luego el caudal se mete en una boca semejante a un embudo, de apenas tres metros de ancho y cuarenta metros de altura, donde el vapor del agua en movimiento da origen a permanentes arcos iris, y el agua se esparce por sucesivos pozos en una escalera líquida que pareciera sin fin, conocida como el Raudal del Jirijirimo. Allí, el rugido continuo y profundo del Apaporis, y los cantos de las guacamayas, arroban al visitante.

Bitácora: se llega en avioneta hasta Pacoa y se emprende un recorrido en canoa de cinco horas por el río Apaporis. No hay hospedaje en el lugar. Es necesario llevar carpa o dormir en malocas indígenas.

Guaitarilla

El verde labrado por el hombre


Foto: Viceministerio de Turismo / Luis Ponce Muñoz.


Apenas once años después de fundarse la primera ciudad en Colombia, Sebastián de Belalcázar llegó a las tierras de verdes intensos del actual departamento de Nariño y fundó el pueblo de Guaitarilla, que tanto en quechua como aimará significa Valle de la flor o Cesta de flores.

Razón tenían sus primeros moradores al nombrarlo así. Esta población, que en 1800 protagonizó una de las primeras gestas de independencia liderada por los indígenas contra el poder colonial, sigue siendo un lugar de minifundios familiares que regala a los ojos un retazo de elevaciones suaves, parcelas pequeñas dedicadas a cultivos como el trigo, la cebada, la arveja y la arracacha, pastizales de verde intenso y un paisaje adicional de terrazas y valles.

Afectada por una pérdida gradual de la cubierta vegetal debido a la agricultura intensiva, es sin embargo uno de los paisajes más bellos labrados por el hombre, en especial en las tardes, cuando el sol cae de costado sobre el Nudo de los Pastos y los múltiples verdes cobran nueva vida.

Bitácora: cuenta con vías que conectan con Pasto (sesenta y cuatro kilómetros) y Túquerres e Ipiales (vía de los Arrayanes, dieciséis kilómetros).

Estoraques

La catedral de la naturaleza


Foto: Cortesía Proexport.


En tan sólo seis kilómetros cuadrados el paisaje cambia abruptamente y la cordillera Oriental, pareja y cubierta de vegetación, se rompe para ofrecer un espectáculo de erosión que en medio de su desolación produce asombro.

La arquitectura natural de Los Estoraques se asemeja por momentos a las torres neogóticas de la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona, diseñada por Antoni Gaudí, o a los castillos medievales en ruinas de los paisajes europeos. Pero esta descomunal escultura de roca está ubicada a doscientos metros del municipio La Playa de Belén, en Norte de Santander, y aparece de la nada con sus columnas labradas por el viento y sus cuevas ahondadas por el efecto lento del agua.

Considerada un Área Natural Única y con un clima seco que continúa favoreciendo la erosión, este lugar, con casi cuatro millones de años, se modifica a diario y terminará con los años por ceder ante el ímpetu del viento. Mientras avanza su lenta meteorización, prosigue atrayendo como miel milenaria a los que miran sus formas para sentirse pequeños ante la inmensidad de la naturaleza.

Bitácora: se accede desde Bucaramanga o Cúcuta hasta Ocaña, en un recorrido de cinco horas, y de allí hasta La Playa de Belén. Hay pequeños hoteles en la zona.

Puente sobre el río Cauca

El más bello puente colgante


Foto: Ediciones Gamma.


El 30 de mayo de 1881, el visionario José María Villa consiguió el permiso para construir un puente colgante sobre el río Cauca, con la intención clara de conectar los municipios de Olaya y Santa Fe de Antioquia.

El llamado puente de Occidente tardó ocho años en ser construido en materiales novedosos como el guayacán, el comino y el cedro macho, en vez del hierro y el acero que se importaban desde Estados Unidos y que resultaban costosísimos. Finalmente, en diciembre de 1894 fue abierto, y sometido a su primera gran prueba de resistencia bajo el peso de cuatrocientos novillos encerrados en la estructura.


Foto: Ediciones Gamma.


Por fin los arrieros, cargados de productos atravesaron las cuatro torres piramidales sostenidas por igual número de cables a lo largo de trescientos metros, entre sorprendidos y asustados por la magnitud y el caudal del río que cruzaban, y el impacto de ver una obra que en el país no existía, y donde las tarabitas eran las riesgosas maneras de llegar de una orilla a la otra. Gracias a esa obra, Antioquia encontró una salida al mar.

En 1930 se le catalogó como el séptimo más largo del mundo y uno de los más hermosos y ligeros. Aún hoy es el octavo puente colgante más largo del planeta, con el atractivo adicional de que conecta con el municipio frutero de Sopetrán y con uno de los pueblos más bellos del país, Santa Fe de Antioquia.

Bitácora: desde Medellín son setenta y nueve kilómetros hacia el occidente hasta llegar a Santa Fe de Antioquia. Los hospedajes son abundantes y variados.

Mavecure

El mundo inhóspito reflejado


Fotos: Lain / Flickr.


El color del crepúsculo tiene algo de especial en estos domos ubicados en el extremo oriental de Guainía. Desde sus tres alturas el mundo se ve llano y extenso, casi interminable; el río Inírida luce como una larga serpiente que se arrastra entre la selva, y las guacamayas y patos sobrevuelan la zona para descansar cuando el sol se torna de naranjas y rojos vivos.

A dos horas de viaje en lancha desde Puerto Inírida, y a los pies de la comunidad indígena El Remanso, habitada por puinaves, se alzan estas imponentes piedras de granito originadas casi en el inicio del mundo, hace más de dos mil millones de años.

Rodeadas por playones inmensos de arena fina y amarilla que se ven a lo lejos, los tres cerros de más de doscientos metros se reflejan imponentes sobre las aguas al atardecer, mientras los monos saltan y los delfines rosados sacan sus aletas dorsales sobre el río. Un lugar alejado, afectado por la caza, que sin embargo conserva el esplendor de lo inhóspito y la belleza de lo intocado.

Bitácora: de Bogotá a Puerto Inírida, vía Satena. De Puerto Inírida a los cerros de Mavecure son dos horas en lancha, en un alquiler expreso. No hay hospedaje en la zona.

Malpelo

El santuario de los peces


Foto: Sandra Bessudo.


Desde el aire es una imponente peña volcánica, un morro que emerge desde los cuatro mil metros de profundidad en medio del océano, y que sirve como hábitat de alcatraces y piqueros que reposan y cazan en este espacio surgido en medio de la nada.

Ubicado a casi quinientos kilómetros de distancia desde Buenaventura, soporta los embates de un océano Pacífico furioso que choca sin pausa contra sus acantilados de roca. Pero la brumosa isla de hoy, como resultado del viento y la erosión marina, es diez veces más pequeña que la que nació hace diecisiete millones de años. Y sin embargo allí, en ese espacio de 1.643 metros de largo, la vida está latente como en pocos otros lugares.


Foto: Sandra Bessudo.


En este Santuario de Flora y Fauna y Patrimonio de la Humanidad se pueden ver los peces más grandes del mundo, los tiburones ballena, de hasta doce metros de longitud; los peligrosos tiburones martillo; las mantarrayas, que aletean como volando entre las olas, y más de 395 especies diferentes de peces que viven en los alrededores de las diecisiete especies de coral que habitan en las paredes verticales de hasta sesenta metros bajo el mar. Todo un espectáculo submarino sin parangón, afectado sin embargo por la pesca ilegal de embarcaciones que merodean por la zona.

Bitácora: desde Buenaventura (Valle del Cauca), el recorrido en embarcaciones dura de 30 a 36 horas más o menos. Hay que reservar previamente con Parques Nacionales Naturales.

Cañaveral Playa del Muerto

Las playas más hermosas del planeta


Foto: Enrique Patiño.


Tiene las playas más bellas del país y unas de las más hermosas del mundo, según el periódico inglés The Guardian. Es tal su variedad de espacios en donde se asienta la arena y el agua forma una bahía, que resulta casi imposible enumerar una sola de las más de cincuenta y cinco playas que sobresalen en las quince mil hectáreas del Parque Nacional Natural, porque todas las opiniones conducen a un lugar distinto.

Sin embargo, el impacto de las olas vigorosas y las arenas siempre cambiantes del sector conocido como Cañaveral obligan a hacerle una reverencia a esta playa, y el cristalino color y los corales visibles a simple vista de la playa del Muerto –rebautizada como playa Cristales– se lleven las palmas en las preferencias.

Habitada por más de 300 clases de aves y 108 de mamíferos, más de 770 especies de plantas y hábitat de especies marinas diversas, este entorno que forma parte de las estribaciones finales de la Sierra Nevada y que cuenta con los restos del asentamiento indígena de Pueblito, es un retorno a la vida natural y salvaje, a la sencillez y el esplendor de la naturaleza en pleno, y es un baño de mar y de sol en playas donde los cangrejos son los reyes, los cocoteros dejan caer sus frutos y las hamacas oscilan mecidas por el viento.

Bitácora: hay vuelos diarios en todas las aerolíneas nacionales hasta Santa Marta. Desde el mercado municipal o el terminal hay transporte en autobús y empresas operadoras de turismo que ofrecen planes diarios. Decameron Galeón brinda hospedaje en la zona de Pozos Colorados.

Nuquí

El saludo de las ballenas


Foto: Federico Puyo/ El Tiempo / Cortesía Proexport.


Hay un espectáculo animal mayúsculo que ocurre en diferentes puntos del Pacífico colombiano, pero que en Nuquí tiene el adicional de sus bellas arenas oscuras, hoteles en medio de la selva y un contacto casi íntimo con la naturaleza: el avistamiento de las ballenas jorobadas de entre 15 y 18 metros y con un peso de 40 toneladas, que sobresalen de repente del mar y ofrecen el espectáculo magnífico de sus aletas pectorales, de su aleta caudal que se asoma y parece saludar, del dorso que gira para sumergirse en el agua o del vapor de agua que brota de su espiráculo y que alcanza los siete metros de altura.

Además de Nuquí, son visibles en Bahía Solano, en el Parque Nacional Natural de la Ensenada de Utría, y en Bahía Málaga, donde existen los dudosos planes de construir un puerto que afectaría la visita de estos animales. Pero es en Nuquí donde los visitantes pueden además sumergirse para contemplar tortugas y delfines, corales multicolores y cardúmenes gigantescos, o visitar en tierra manglares, cascadas, ríos y baños termales.

La gastronomía del Pacífico, sus posadas nativas y la hospitalidad de indígenas y afrocolombianos lo hace un territorio único, en el que las mareas cambiantes traen y llevan a los cangrejos y los turistas van y vuelven de su asombro a cada instante del día.

Bitácora: por vía aérea, se llega desde Medellín, Pereira y Quibdó, en vuelos que salen una vez al día. Por vía acuática, desde Buenaventura son ocho horas y desde Bahía Solano, media hora. En el lugar hay hospedajes en abundancia.

La Guajira

Tierra de piratas y de viento


Foto: Ediciones Gamma.

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En el Cabo de la Vela, azotados por los intensos vientos que levantan la arena fina y crispan el mar, los visitantes sienten la imponencia del desierto a sus espaldas y ven la línea fina y despejada del horizonte ante sus ojos.

Esa dualidad, con la que el medio millón de habitantes wayúu está acostumbrado a convivir, sorprende a los foráneos o “arijunas”, como se les llama en wayuunaiki, y los restablece a su justa proporción en el orden del mundo. En este punto se dice que comenzó la historia reciente del país, cuando la llegada de los conquistadores predominó sobre las naciones indígenas existentes.

También cerca de allí naufragaron galeones con tesoros, hubo piratas ingleses, se dio una afanosa explotación de perlas y una industria pesquera desmedida, existió una población de 1.500 personas y se fundó la primera capital de La Guajira, Santa María de los Remedios del Cabo de la Vela.


Foto: Ediciones Gamma.


Ahora sólo quedan los 1.200 habitantes que residen en las rancherías vecinas al balneario y se dedican al turismo. La Guajira sorprende también por la belleza del Parque Nacional Natural Macuira, un espacio con bosques bajos, una intensa humedad y una vegetación exuberante en la mitad del desierto, en la que se destacan el poblado de Nazaret; Manaure, con sus “nevados” de sal marina; y el Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos, donde sobrevuelan y dormitan los flamencos rosados sobre las lagunas bajas.

Bitácora: a Riohacha salen vuelos diarios. Desde la capital de La Guajira se toma la carretera que va a Maicao y se desvía en Cuatro vías rumbo a Uribia. Se llega al Cabo tras 120 kilómetros de trayecto prácticamente recto. Allí hay la posibilidad de dormir en hamacas o en camas sencillas.

Valle del Cocora

Su majestad, la palma de cera


Foto: Viceministerio de Turismo / Andrés Marquine.


Mientras las montañas del valle del Cocora captan la mirada por sus verdes esmeralda salpicados de verdes profundos de la selva y mirto, las palmas de cera del Quindío –que tienen origen en este terreno de 590 kilómetros cuadrados, en inmediaciones del municipio de Salento– se levantan hasta alcanzar los sesenta metros, en un contraste de hondonadas y de alturas, de cerros tutelares y cementerios indígenas, de bosques de niebla y reservas forestales.

El valle conserva el especial encanto de ser la puerta de entrada al Parque Nacional Natural Los Nevados, y de tener la mayor cantidad de estos estáticos gigantes de cera, capaces de refrenar el viento y de vivir en pie hasta 250 años, cuyo mayor enemigo ha sido el ser humano en épocas de Semana Santa, cuando los derriba para llevar sus largas hojas a la ceremonia del Domingo de Ramos, al punto de ponerla en serio peligro.

La visita permite también conocer Salento, uno de los pueblos más bellos del país y el primero en ser fundado en el Quindío hace 168 años, donde el plato más apetecido es la trucha –una especie que no es natural de Colombia y que desplazó a los peces autóctonos hace cerca de un siglo–. Lo que lleva Salento de fundado no es ni siquiera una generación completa de los delgados árboles nacionales de la cera, en cuya altura conviven aves canoras, ruidosos tucanes en vías de extinción y el conocido y casi extinto loro orejiamarillo.

Bitácora: desde Armenia o Pereira se toma la Autopista del Café y se desvía hasta Salento. Decameron ofrece hospedajes en Panaca, en Quimbaya, Quindío.

Playa blanca de Tota

El mar más cerca del cielo


Foto: Archivo Diners.


Una playa de arena blanca y fina a 3.100 metros de altura, en un departamento andino como Boyacá, es un espectáculo tan sorprendente e inusitado que muchos turistas le dan la vuelta entera a la laguna por una carretera en mal estado para poder presenciar ese trozo de trópico en medio de las montañas, a pesar del clima que nunca supera los 12 grados centígrados y de las aguas heladas de sus orillas.

En la laguna de Tota, el cuerpo de agua más grande del país, con 55 kilómetros cuadrados y una profundidad que alcanza los 60 metros, se encuentra este pequeño espacio de 350 metros semejante al trópico, producto de la erosión en las areniscas de la formación Picacho, que cuenta con detalles típicos de un lugar caribeño como un muelle de madera, aguas cristalinas de color turquesa, zonas de carpas, un espacio para jugar al voleibol de playa y recorridos en bote que llevan al visitante a tres islas cercanas. Origen de bellísimas leyendas muiscas, fue también un lugar sagrado para esta etnia, que contemplaba desde sus orillas el mar interno más grande del país.

Bitácora: desde Bogotá se conduce hasta Sogamoso. A partir de allí hay dos opciones para llegar: por Firavitoba, Iza y Cuítiva, o desde el punto conocido como El Crucero, donde se desvía hacia Aquitania. Decameron ofrece tres opciones de alojamiento: los hoteles Refugio Santa Inés, El Camino Real y Refugio Rancho Tota. En Iza, uno de los pueblos más bellos de Boyacá, hay alojamientos abundantes y de calidad.

Chiribiquete

Las piedras del origen del mundo


Foto: Archivo Parques Nacionales Naturales de Colombia / Julia Miranda.


De repente se alza en medio de la selva, como si las planicies se hubieran cansado de serlo y se desperezaran. Las formaciones rocosas de la serranía de Chiribiquete, donde los extintos indígenas karijona dejaron sus huellas impresas en la roca, forman parte de los tepuyes fantásticos que nacen en la Guyana Francesa, pasan por Surinam y Brasil, prosiguen por Guayana y cobran mayor belleza en Venezuela hasta terminar en este lugar.

Consideradas parte de la formación geológica más antigua de la Tierra, la capa de mesetas elevadas con alturas de quinientos a mil metros y pendientes verticales como muros nacieron en un levantamiento súbito casi desde la misma formación del planeta. Ahora son el atractivo mayor del extenso parque nacional natural que supera el millón doscientas mil hectáreas, y que se encuentra ubicado en una zona de difícil acceso entre los departamentos de Caquetá y Guaviare.

Bellas y con la capacidad de quitarle el aliento a quien las ve por primera vez, están rodeadas por cuerpos de agua donde en las épocas de lluvia se reflejan su grandeza y majestuosidad.

Bitácora: es de los de más difícil acceso. Se puede partir desde Bogotá hacia Villavicencio y desde allí hasta Miraflores (Guaviare) o Araracuara (Amazonas). Desde Miraflores son dos días por trocha hasta Dos Ríos. Por vía fluvial, desde Araracuara son veinte horas por el río Caquetá y otros afluentes. No hay hospedaje.

Chingaza

La fábrica de agua


Foto: Mauricio Ánjel.


“Bienvenidos al paraíso”, dice “Chihuahua”, el encargado de vigilar la entrada al Parque Nacional Natural considerado la mayor fuente de agua de la capital y de los llanos orientales, a la que sólo se permite el ingreso de cuarenta personas por día, y en cuyas montañas rezuma el agua como si fuera un fruto eternamente maduro.

Si Chingaza es el paraíso del agua, sus ángeles deben ser los venados. Ubicado a apenas hora y media de Bogotá, es uno de los pocos lugares que restan en el país donde estos animales corren y pacen libres, y donde el ser humano debe aprender a respetarlos.

En medio de paisajes cambiantes y de un clima que pasa de la bruma al espléndido sol, esta fábrica de agua, en la que se puede tomar el líquido directamente de sus fuentes naturales, tiene valles de frailejones y lagunas de azul intenso, cascadas y paisajes de páramo que roban el aliento. Con 76.600 hectáreas, alberga el embalse de Chuza, que abastece el ochenta por ciento del agua de Bogotá, y más de cuarenta lagunas de origen glacial.


Foto: Mauricio Ánjel.


A una altura media de 3.250 metros sobre el nivel del mar y con cerca de dos mil especies de plantas, este edén de las alturas parece una esponja, en el que las ocho especies de musgo de pantano absorben el agua y nutren nuestras vidas. Allí, los venados saltan y nos miran como intrusos, y los ceremoniales que allí le rendían los muiscas al agua cobran sentido y se ganan nuestro respeto.

Bitácora: por vía terrestre hasta La Calera. Después del pueblo se toma un desvío a la derecha y se asciende durante una hora hasta el retén de Piedras Gordas, donde están los funcionarios del Parque. Se sugiere pedir antes la autorización de ingreso a Parques Nacionales por si el cupo mínimo está completo.

Desierto de la Tatacoa

El remanso del silencio


Foto: Yisela Figueroa.


En las noches despejadas del Desierto de la Tatacoa, las estrellas son tan nítidas y la oscuridad tan cerrada que tanto astrónomos como aventureros emergen de las tiendas de acampar y se quedan acostados sobre la tierra árida para mirar la perfección de la bóveda celeste. En el día el clima cambia y los 370 kilómetros cuadrados de la segunda zona más árida del país –después de La Guajira– superan los 40 grados centígrados.

En medio de quebradas secas y cactus ocasionales, de un suelo que quema la palma de la mano al tocarlo al mediodía, y del silencio imperante en los días sin viento, el desierto cobra vida cuando el atardecer mengua el impacto del sol y los colores ocres y rojizos del suelo y de sus dunas se confunden con el intenso amarillo del ocaso.

En ese instante comienzan a emerger escorpiones y serpientes, los sobrevivientes de la vitalidad que tuvo la zona durante la era de los dinosaurios, en el período Terciario, cuando el actual desierto era una extensa pradera colmada de flores y con cuerpos de agua similares a los de los llanos orientales de hoy. Ahora, la soledad de sus valles y de sus formaciones insólitas han convertido al lugar en un espectáculo del silencio.

Bitácora: desde Bogotá el recorrido tarda cerca de seis horas. Desde Neiva, son cuarenta y cinco minutos hasta el municipio de Villavieja, que ofrece hospedaje y transporte de colectivos frecuentes. Se puede también dormir en el desierto, en posadas turísticas o en carpas.

Barichara

La magnífica sencillez de la piedra


Foto: Mauricio Ánjel.


En estas tierras de suelo amarillo sobre las que los indígenas guane andaban descalzos desde tiempos remotos, la combinación de los pisos de color ocre y la abundancia de piedras terminó convirtiendo al paisaje poco apetecido en un pequeño poblado de una belleza envolvente.

Aparte del mirador natural que permitía ver el cañón del río Suárez y la mentada aparición de una virgen en una piedra, poco había en este lugar al que decenas de peregrinos llegaron, atravesando las difíciles lomas de clima seco.

En 1714 se fundó la parroquia en homenaje a la Virgen de la Piedra y el celador que la cuidaba decidió, casi treita años después, comprar los terrenos y fundar el pueblo de Barichara con los pocos habitantes que habían llegado.

Parecía un presagio de la sencillez: porque sus habitantes iniciales, los “patiamarillos”, como los denominaban, no tuvieron ningún lujo arquitectónico que se asemejara a los de Popayán o Cartagena, salvo la tierra húmeda con la que debieron trabajar para construir sus casas de tapia pisada y las piedras pulimentadas, con las que embaldosaron las vías. Y eso ha convertido a esta población silenciosa y que parece adormecida en el tiempo en una de las más visitadas, sencillas y bellas del país.

Bitácora: desde Bucaramanga (a tres horas) o Bogotá (a seis horas) se toma por la vía que conduce a San Gil y se desvía en esta población. El trayecto a partir de San Gil es de sólo media hora. Barichara ofrece infinidad de posibilidades de alojamiento.

Santa Elena

El paraíso de los silleteros


Foto: Viceministerio de Turísmo / Julio César Herrera.


Es la tierra donde todo florece. Y no es una exageración decirlo. Porque en este punto a 2.500 metros sobre la cordillera Oriental está la más privilegiada zona para el cultivo de flores como pinochos, lirios, claveles, agapantos, orquídeas, gladiolos, crisantemos, pensamientos, girasoles y otras decenas de especies. Y es también allí donde tuvieron origen los silleteros, capaces de cargar a sus espaldas hasta sesenta kilos en armaduras de guadua e icopor, construidas hasta con 1.500 flores que sus manos saben convertir en obras de arte.

En este corregimiento ubicado a 17 kilómetros de Medellín, los deportistas extremos madrugan a hacer sus intensos entrenamientos y existen zonas de reserva forestal, una laguna y cientos de humedales y nacimientos de agua, que sin embargo fueron víctimas de la explotación minera sin control hace poco más de un siglo, lo que afectó a sus especies nativas.


Foto: Enrique Patiño.


Con el parque regional Arví, pleno de senderos y miradores; el parque ecológico Piedras Blancas, con represa, un mariposario y bien delimitados recorridos ambientales, Santa Elena es una explosión de frescura y naturaleza, de emociones extremas y de flores en su hábitat natural.

Bitácora: se conecta con Medellín por la vía antigua que une a Medellín con Rionegro. También se puede acceder por la vía del aeropuerto internacional y la autopista Medellín-Bogotá.

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Abril
01 / 2019

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