“Mis amigos no se hubieran suicidado si yo los hubiera llevado a Colombia”, Yokoi Kenji

Yokoi Kenji, un conferencista colombo japonés, descubrió que una nueva manera de hacer turismo en Colombia es ofrecerle al extranjero la calidez del colombiano.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 484 de julio 2010

Cada vez que un extranjero visita nuestro país, una pregunta suele impresionarlo. Si ha estado más de un día en el territorio nacional, la gente suele inquirirle con frecuencia “¿qué le gustó de Colombia?”, como si fuera una obligación del colombiano hacer que el país les guste a los demás y de los foráneos hacer una lista precisa con sus sensaciones favoritas.

El cuestionamiento no se lo hacen ni una, ni dos, sino cientos de veces, y eso obliga al turista a hablar acerca de la calidez de la gente. Lo curioso es que la mayoría la pone de primera en su listado, tal como lo comprobó un estudio adelantado por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo. Luego vienen las playas o los paisajes. Pero es el calor humano el que toca a quienes nos visitan.


En Bogotá, exactamente en Ciudad Bolívar, un hombre piensa que la mejor manera de vender el país de forma positiva es justamente a través de la calidez de su gente. Su nombre es Yokoi Kenji Díaz, un conferencista colombo japonés que con sus discursos logra despertar emociones en auditorios de colegios, universidades, empresas y organizaciones civiles y del Estado. Él no pensó en hacer el turismo típico a través de las esmeraldas, los paisajes o el clima. Sino en vender al país a través de los abrazos, el servicio y la “amabilidad de su gente”.

De su mano se adelanta un proyecto que él ha llamado Turismo con propósito. Pero ¿a quién le puede interesar el calor humano de un colombiano o el abrazo de un compatriota nuestro? Aunque usted no lo crea, fuera de nuestras fronteras hay muchas personas que necesitan de nosotros más que de nuestro café y esmeraldas.

HABÍA UNA VEZ…


Yokoi Kenji nació en Colombia y se crió entre Costa Rica y Brasil. A los diez años toda su familia viajó a Japón, la tierra natal de su padre. Sin embargo, Ciudad Bolívar había marcado sus primeros años de infancia pues allí vivieron sus abuelos. La llegada a Japón le impactó profundamente por la diferencia cultural que percibió de entrada. Allí estudió, hizo su universidad y hace cinco años regresó nuevamente a Colombia.

“Vivir en la tierra de mi padre cambió mi percepción de la vida. Experimenté cosas que son raras para un colombiano, como no hacer fila nunca, ver que dos carros se estrellen y los conductores bajen a pedirse perdón, pero eso es lo normal en Japón. Entonces uno empieza a entender por qué el colombiano anhela esa vida e irse a vivir a un país tan rico, donde el salario mínimo supera los tres millones de pesos”, cuenta.


Sin embargo, no todo era maravilloso en el País del Sol Naciente. A los 16 años Kenji tuvo que vivir amargamente el suicidio de cinco amigos: tres se arrojaron al tren y dos se lanzaron de un edificio. “Yo era el único que lloraba. Ahí comencé a ver que lo que es normal en Japón, es anormal en mi país”, dice.

A partir de ahí empezó a ver con otros ojos la tierra de algunas de las marcas más avanzadas de tecnología y vehículos. Descubrió que en ese país del primer mundo se vive una depresión colectiva y aceptada, en la que a los padres no se les llama papá y mamá, nadie habla con nadie y donde hay pocos abrazos y palabras de afecto. Un país con 32 mil suicidios al año.

“Yo regresé a Colombia pensando en qué podría hacer por los niños de Ciudad Bolívar, pero descubrí que eran más felices que mis amigos y yo. No hay mejor calidad de vida, eso queda claro, pero son felices”, dice.

“En una de esas depresiones, sentado en una tienda de comida rápida con mi mejor amigo, que es brasileño japonés, le pregunté: ‘¿Por qué a nosotros no nos mató la depresión?’. Y descubrimos que en nuestras vacaciones siempre viajábamos de Japón a Colombia, o a Brasil, donde uno escucha un ‘Te quiero’, donde el vecino lo abraza a uno y hay besos por todos lados y una sensación permanente de fiesta. Ahí fue cuando dije: ‘Mis amigos no se hubieran suicidado si yo los hubiera llevado a Colombia’”, cuenta.

Kenji reafirma que la felicidad es un estado mental, una decisión interna que se toma. Y de ahí nació lo que sería una forma positiva de hacer turismo en el país, lejos de lo que otros venden como narcoturismo o sexoturismo. Kenji pensó en vender turismo con propósito.

POR UNA SONRISA


Su proyecto nació hace tres años en Japón cuando se hizo la pregunta crucial: ¿Cómo vender el calor humano? No lo sabía al inicio, pero la respuesta se le fue dando en el camino. “Comencé a hacer campañas de amistad en Tokio y Yokohama. Nos inventamos con algunos colegas el Día de la sonrisa y luego el Día de estrechar las manos. Eso impactó bastante. Luego llegó el Día del abrazo, pero nos tocó disfrazarnos como perros o gatos para que fuera más fácil. Luego invitamos a algunos jóvenes a reuniones de intercambio cultural. Y fue ahí cuando dije: ‘Los invito a Colombia para combatir el suicidio’”.

Así fue como en 2009 llegó un primer grupo de doce personas, entre japoneses y jóvenes de otras nacionalidades, todos elegidos con sumo cuidado porque a Kenji le interesaba que “no supieran mucho del país. Algunos seleccionados ni siquiera saben dónde queda Colombia.

Primero los llevo a la Zona Rosa y allí se impactan porque creen que aquí no hay bares del estilo de Hard Rock Café ni tiendas de moda, pero no les dan ganas de comprar cosas. Luego elijo doce familias de Ciudad Bolívar, con las cuales ellos van a convivir, todas escogidas con mucho cuidado porque me interesa que tengan valores y principios. Allí, ante la diferencia de idiomas, su comunicación pasa a ser por señas. Es en ese momento cuando ellos conocen el lenguaje universal de la sonrisa y el abrazo”, dice.

Ese es el grano de arena de Yokoi Kenji para lograr que se cambie la imagen de Colombia en el exterior, asegura. Dice que Ciudad Bolívar sufre el mismo estigma que tiene el país fuera de sus fronteras. “Allá hay gente buena y gente que ha surgido.

Ciudad Bolívar no está golpeada por la pobreza material, sino mental. Japón es un país pobre que vive en la riqueza gracias a su mentalidad. No tiene esmeraldas, café, oro, petróleo y es tres veces más pequeño, mientras Colombia es un país rico que vive en la pobreza. A largo plazo sueño con abrir una ruta fuerte de turismo y llevar niños de Ciudad Bolívar a Japón”, dice.

Durante su estadía los japoneses no sólo aprenden a convivir con una familia que los recibe con afecto y les brinda calor humano, sino que también hacen turismo por sitios emblemáticos pues se busca igualmente que cada joven tenga contacto con la naturaleza y disfrute del paisaje colombiano. Así, descubriendo la felicidad en medio de la escasez, es posible promover la calidez nacional, y quizás también lograr que la tasa de suicidios disminuya al otro lado del mundo.

ASÍ LO VIVIERON


Algunos de los visitantes que habían contemplado la idea del suicidio y que participaron en el programa Turismo con propósito se llevaron no sólo abrazos sino también recuerdos únicos de esta tierra, en la que aprendieron que la vida siempre tiene una segunda oportunidad. Todos se manifestaron sorprendidos por la amplitud de las casas, la belleza de las mujeres y sobre todo, por la calidez de la gente.

Kosaka Hiroyuki. 25 años. Vive en Yokohama, trabaja en remodelación de apartamentos y edificaciones y opina que “además de la alegría que tienen los niños de los sectores vulnerables, me impresionaron las maticas verdes (cilantro) que ponen en todas las sopas. La verdad, no pude acostumbrarme a ese sabor tan fuerte y hacía de todo por evadirlas”.

Higuchi Yuko. 25 años. Vive en Tokorozawa, su trabajo es alimentar los delfines del acuario Sea Paradise, en Yokohama. Lo que más lo impresionó fue que “en Japón no es común decir ‘te amo’; ni mis padres ni mis amigos me lo han dicho. Lo que me sorprendió y me gustó de Colombia fue la facilidad que existe de transmitir los sentimientos entre las personas. Aprendí a decir ‘te amo’, pero sólo lo uso con mis amigos en Colombia. Además me pareció increíble ver tantos perros en la calle. Me gustan mucho los animales y en Colombia casi toda familia tiene uno o dos, algo que sería muy costoso de hacer en Japón, ya que son muy caros”.

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