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Cinco parques naturales casi desconocidos en América Latina

Glaciares, dunas, selva amazónica, los Andes o un volcán. Las posibilidades que América Latina ofrece en materia de parques naturales resultan tan diversas como su mismo territorio. Estos son algunos de los lugares menos explorados y más hermosos que puede imaginar.

Foto: Kurt Coaga by Unsplash

Glaciares, dunas, selva amazónica, los Andes o un volcán. Las posibilidades que América Latina ofrece en materia de parques naturales resultan tan diversas como su mismo territorio. Estos son algunos de los lugares menos explorados y más hermosos que puede imaginar.

TORRES DEL PAINE
CHILE

Tempanos de hielo se desprenden del glaciar Grey, en Torres del Paine. Foto: Katie Wheeler (CC By-NC 2.0) Flickr.


Este es uno de esos viajes que, sabemos de antemano, puede cambiarnos la vida o, al menos, filtrar todo lo que estorba y ponernos de frente ante nosotros mismos. Puede parecer una afirmación exagerada, pero sucede. Es parte del impacto que produce en el alma recorrer la Patagonia.

Tras visitar el glaciar Perito Moreno, una de las siete maravillas del mundo natural, todo viajero queda con anhelos de seguir viviendo una experiencia de esa dimensión espiritual. El impacto visual del mayor glaciar del mundo, su perfecta infraestructura turística y sus buenas vías hacen que parezca fácil dar el siguiente paso, hasta las Torres del Paine. “Si amaste esto, amarás las torres”, dice Lorena, una chica argentina que acaba de visitar el Perito, vive en la frontera entre Chile y su país y oficia como guía turística en la región.

A 376 kilómetros de distancia de la ciudad del Calafate, y por vías casi solitarias, Torres del Paine parece estar al alcance de la mano. También es posible llegar por el sur de Chile, desde Punta Arenas y luego desde Puerto Natales, dos ciudades cuyo frío entumece los huesos, el invierno parece eterno y, sin embargo, la luz es diáfana como en pocos lados del mundo. Desde Argentina el recorrido es igual de solitario hasta la frontera con Chile.

Salvo algunos guanacos en la vía y liebres salvajes que cruzan de repente, no hay más que un horizonte espléndido. La bóveda del cielo austral es otra, la luz se prolonga en el verano y la transparencia del aire hace evidente que hemos olvidado cómo se siente estar en el origen de los tiempos, cuando aún no habíamos contaminado el mundo. El tiempo pasa aprisa en esas condiciones.

Cuando, por fin, después de cinco horas de carretera se cruza Chile y se llega a Torres del Paine, uno cree ver alguno de los animales prehistóricos gigantes que habitaron esta región del mundo siglos atrás: son tres montañas de figura abrupta, llenas de picos y cuernos, tan verticales que por eso mismo las llaman torres. Su terreno escarpado las mantiene desnudas aun cuando todo lo demás esté cubierto de nieve. La visión es grandiosa.

Pero lo maravilloso sucede cuando uno desciende del auto alquilado, respira el frío, se acomoda la chaqueta y el morral y comienza a caminar por alguno de sus múltiples senderos, diseñados para todo tipo de turistas, según la dificultad: allí se está en medio de la nada. Hay pocos visitantes, pero los suficientes senderistas para no sentirse solo. Están los montañistas puros, los amantes del viento y del frío; los nostálgicos de la naturaleza en pleno y los absortos por la belleza. Todos, en silencio, comulgan con esa belleza irrefutable del lugar.

Y ya está. Eso es todo. Y lo es todo. Uno empieza a caminar y ve más liebres salvajes, más guanacos, algunos cóndores que sobrevuelan y hacen opacar a las águilas. Hay flores silvestres, lagos, más montañas y rastros de nieve, así como témpanos de hielo que se desprenden del glaciar Grey. Hay árboles retorcidos y nubes que se mueven aprisa. Muchos ñandúes (especie de avestruces libres) y pocos, muy pocos humanos. Y está la naturaleza, más vital y brutal que nunca. Uno agradece que el frío llegue a la piel y que apague el ritmo de la vida urbana. Es un viaje para el alma.

¿CÓMO LLEGAR?

Tres horas se demora el vuelo directo desde Santiago de Chile hasta Punta Arenas. También hay vuelos hasta Puerto Natales, pero no operan en temporada baja. Así mismo, es posible llegar a Calafate (Argentina) y alquilar un auto para llegar desde este país. Se recomienda alquilar auto, aunque es posible contratar un tour.

¿DÓNDE DORMIR?

En Puerto Natales la oferta hotelera es amplia. En Calafate las opciones son también múltiples. Ya en Torres del Paine mismo hay alojamientos tanto para aventureros como de alto perfil: los hoteles Grey, Konkashken Lodge y el camping Río Serrano, entre otros.

HUASCARÁN
PERÚ

La laguna de Ishinca, en Perú. Foto: twiga 269 FEMEN / flickr (CC By- NC 2.0)


Cuando el turista extranjero piensa en Perú, su imaginario lo lleva a Cusco, Lima, Arequipa, y si está más enterado, a dos o tres atractivos turísticos adicionales. No muchos foráneos llegan a este parque natural, cuya mayor cumbre nevada alcanza los 6.768 metros de altura. Este es, para empezar, turismo de altura.

Desde Lima, el viaje en bus es largo. Según el tráfico, va de seis a ocho horas. En avión, lo más práctico es llegar desde Lima hasta Huaraz, una ciudad que podría pasar inadvertida si no fuera por su riqueza arqueológica y porque desde allí se puede ver el destino final. A partir de Huaraz todo es ascenso. Por cada metro que se asciende el paisaje cambia y los terrenos se van despoblando de asentamientos humanos para convertirse en un verde limpio de prados bajos y azules intensos.

La palabra altura representa mucho más que un tema de altitud sobre el nivel del mar. En este parque natural está concentrada una de las mayores diversidades biológicas y culturales de Perú. Ubicado en el departamento de Áncash, alberga el nevado más alto del país, el Huascarán, que de por sí roba el aliento: la inmensa mole blanca, cubierta de nieve desde donde se mire, es la quinta más alta del continente americano, y tiene la compañía permanente de otra mole de roca y frío: el Chopicalqui (de 6.354 metros). Los nevados son la peca coqueta del paisaje, porque en realidad hay más de 300 lagunas y 660 glaciares aquí. Se respira poco oxígeno, pero los pulmones se oxigenan.

Hay que tomar té de coca para soportar los mareos o el mal de altura. O aceptar las medicinas que ofrecen los guías para tolerar el cambio de altura. Puede que uno vaya excesivamente abrigado y con un guía obligatorio, o que respire como si uno fuera a dar la vida en la siguiente bocanada de aire, pero no importa: los turistas llegan pronto a ese estado de contemplación ante lo majestuoso y se sienten solos e indefensos por la grandeza del paisaje. Ante los tajos de las montañas nevadas es posible, y fácil, ver cóndores andinos, gaviotas andinas, patos de torrentes, gatos monteses, osos de anteojos y venados, además de pumas, zorros y comadrejas.

El plan es uno: caminar, visitar lagunas y seguir caminando. Existen 25 circuitos para caminantes, aunque también planes para escaladores netos y esquiadores. Hay 779 especies de flora a 4.500 metros, y allí mismo se da la planta con la mayor inflorescencia del mundo, la puya Raimondi. Hay que visitar la laguna de Llanganuco, en medio de un valle glaciar, que cambia de colores según la posición del sol, o pasear en bote. Pero eso es opcional.

Solo hay un único deber en este paisaje que abruma y conmueve al mismo tiempo: respirar hondo a más de cinco mil metros y sentirse pequeño ante la inmensidad del planeta que nos fue otorgado proteger.

¿CÓMO LLEGAR?
Desde Lima tome un avión hasta Huaraz. Los operadores locales lo llevarán al parque natural. Es obligatorio entrar con guía. Por carretera el viaje tarda de 6 a 8 horas.

¿DÓNDE DORMIR?

Las opciones se centran en la ciudad de Huaraz, donde hay distintos tipos de alojamiento. Los mejores hospedajes son los lodges que respetan el ambiente y ofrecen vistas al Huascarán. Entre esos, los hoteles Cuesta Serena, The Lazy Dog o Andino Club se destacan.

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PARA TENER EN CUENTA EN LA NIEVE

Enfóquese en no llevar mucho peso, porque aunque es importante no morir de frío, las largas caminatas lo condicionarán a estar lo más cómodo posible. Se recomienda usar tres capas de ropa: la primera pegada al cuerpo para entrar en calor. Las mallas y las camisetas térmicas (de manga larga) cumplen muy bien esa función. La segunda, impermeable para no mojarse. Y una tercera, que además ayude a parar el viento y sea fácil de quitar en caso de sentir calor.

El algodón es el peor enemigo en los nevados, porque en caso de mojarse se seca muy lento y absorbe mucha agua.

También es vital el uso de guantes impermeables, botas antideslizantes, gafas de sol especiales y, por último, una pequeña mochila con agua y barritas energéticas.

LOS LENÇÓIS MARANHENSES
BRASIL

El Parque Nacional de Los Lençóis Maranhenses bordea70 kilómetros de costa. Foto: MMPOP by Shutterstock


Desde que los humanos crearon los zapatos se ha olvidado el contacto directo con la naturaleza. La playa ofrece una de las pocas oportunidades para que algunos permitan el roce de sus pies con la arena. Esa es la excusa secundaria para visitar este parque, que no figura en los listados de los más visitados o buscados de Brasil. Mejor que sea así.

Porque el Parque Nacional de Los Lençóis Maranhenses es un parque de arena, oasis, dunas, manglares y lagunas, que bordea 70 kilómetros de costa en una superficie de 155 mil hectáreas. Un parque de cielos limpios para acostarse a ver las estrellas en la noche y de figuras psicodélicas que va asumiendo el terreno siempre cambiante. La razón principal para ir es su innegable belleza, fuera de todos los cánones conocidos: no constituye un desierto, propiamente, sino una sorpresiva sucesión de paisajes surrealistas habitados por la arena y el agua, tan mágica como inquietante, tan amable como única.

Llegar no parece tan fácil, pero en realidad lo es: basta tomar un avión desde Río o São Paulo hasta la ciudad de São Luís de Maranhão, patrimonio histórico y cultural de la humanidad, según la Unesco, visitar sus playas y su bellísimo centro histórico, y desde allí alquilar un auto o ir en una miniván hasta Barreirinhas, a 250 kilómetros de distancia. El viaje suele tardar cuatro horas.
En Barreirinhas ya comienza el paseo. Pero para hacerlo más memorable, los locales aconsejan ir hasta un poblado a 40 minutos de distancia. Como terminarán por convencerlo, usted llegará en bote o en 4×4 a Atins, un pueblo de pescadores paradisíaco, con hermosas playas, desconectado del mundo y sin vías pavimentadas, que funciona además como punto de inicio del viaje.

Allí empieza la segunda parte del paseo: la reconexión con la naturaleza. La imponencia del océano Atlántico se le hará conocida, seguramente, pero lo que está por ver en los Lençóis no: de Atins salen caminatas guiadas de hasta tres días por las dunas en las que usted puede y debería caminar descalzo: la arena no quema y los pies se hunden y resurgen mientras aparecen ante sus ojos centenares de lagunas de agua dulce, donde se posan algunas aves migratorias. Es tan limpio el cielo que los amaneceres y los atardeceres son momentos de contemplación.

Cuando llegue a los oasis, o a la laguna Bonita, donde hay tortugas marinas, es posible que ya haya sucumbido ante el silencio y sus pies, domesticados por la arena, no quieran volver a los zapatos.

¿CÓMO LLEGAR?

Tome un avión hasta São Luís, capital del estado de Maranhão, una ciudad interesante frente al Atlántico brasileño. Alquile un auto o vaya en una miniván hasta Barreirinhas. De allí hay varias opciones para iniciar el trayecto: la más recomendada inicia en Atins, donde hay servicio de guías por las dunas.

¿DÓNDE DORMIR?

En Barreirinhas y en São Luís vale la pena dormir y hay suficientes opciones. Dentro del parque no hay alojamiento, de manera que si decide caminar varios días deberá llevar saco de dormir. Tampoco hay sanitarios en el interior del parque.

PARA TENER EN CUENTA EN EL DESIERTO

Parecerá un cliché, pero en el desierto lo más importante es tener agua.

En sesiones de hiking o largos recorridos a pie, los snacks, al igual que el agua, son básicos. Maní, frutas como manzanas, siempre y cuando el peso no afecte la comodidad.

Las gafas de sol con protección UV y un buen bloqueador: dos aliados indispensables.

Cuidarse de las tormentas de arena es vital, por eso se recomienda usar ropa que cubra todo el cuerpo, preferiblemente en algodón. Además, es muy útil llevar un pañuelo para cubrir el rostro y el cuello.

YASUNÍ
ECUADOR

Otro de los planes es contemplar el atardecer sobre el río. Foto: SL-Photography by Shutterstock.


La Amazonia ecuatoriana es una de las sorpresas mejor guardadas del continente. No suele mencionarse con la misma fuerza que sus paisajes andinos o sus playas sobre el Pacífico, pero vaya que sorprende. Contrario a lo que podría parecer por su tamaño, este país es uno de los más ricos cultural, gastronómica y naturalmente de la región En esa mezcla poderosa, Yasuní es la cereza del pastel.

Acá, la naturaleza surge en abundancia. Y esa riqueza, esa versatilidad de las plantas que se expanden en miles de formas y de las especies que proliferan hace que uno se rinda ante el entorno. Lo de miles no es exageración: en una sola hectárea, informan los guías, hay 665 especies de árboles, de un tal de 2.274 existentes en el parque, más del total de las especies nativas de árboles de Estados Unidos y Canadá. Por si fuera poco, hay 593 especies de aves reportadas, 150 de anfibios y 121 de reptiles.

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El viaje comienza en la provincia de Orellana, más exactamente en su capital, Francisco de Orellana, a la que nadie llama así. Los locales la bautizaron El Coca, y así se quedó. El poblado vive hoy del transporte la de pasajeros hacia los lodges amazónicos del parque, y se ha convertido en el punto de partida de botánicos y exploradores que primero visitan su Museo Arqueológico, ubicado en el malecón, luego van a comer pinchos de chontacuros (gusanos que viven la planta de chonta), se toman un té energético de guayusa o almuerzan maito de tilapia asada a las brasas antes de partir hacia su destino en el medio de la selva.

Lo que se ve de ahí en adelante, mientras se recorre el río Napo, sobrecoge: es la naturaleza en plena actividad. El recorrido se hace en canoas cubiertas que se adentran en la selva, mientras el guía recuerda que allí, en uno de los lugares más biodiversos del planeta, se refugiaron las especies durante el Pleistoceno, periodo durante el cual la Amazonía quedó convertida en una extensa pradera y muy pocos lugares conservaron la vegetación tal cual era. Así que Yasuní es, también, una mirada al pasado.

Una vez allí, los planes van desde la contemplación pura hasta caminar por senderos o visitar en kayak tribus locales, como los kichwa o los huaorani. El plan más apetecido es sencillo, porque no se necesita más: recorrer la laguna Añangucocha, ideal para el avistamiento de animales. Mientras se recorren los ríos y lagunas, cascadas y caños, la clave es la quietud, en este y en otros destinos: pronto aparecerán las guacamayas y lo monos, y con más suerte los jaguares y los tapires. Las nutrias y las tortugas, así como los delfines rosados y los caimanes están entre los avistamientos más frecuentes.

¿CÓMO LLEGAR?

En Quito tome un avión hasta El Coca (Francisco de Orellana), Los operadores locales lo llevarán hasta su alojamiento desde este punto.

¿DÓNDE DORMIR?

Las opciones son variadas: desde hoteles de cadenas reconocidas en El Coca, hasta ofertas ecológicas de gran belleza dentro de Ya-suní, como los lodges Sani, Sacha, Napo Wildlife Center, Huaorani o Yarina. Algunos de ellos son hospedajes de lujo la mayoría permite entrar en contacto con las comunidades y cuentan con todos los servicios hoteleros

VOLCÁN ARENAL
COSTA RICA

La vista desde el hotel Arenal Observatory Lodge & Spa, uno de los mejor reseñados dentro del parque. Foto: Alexander Farley flickr (CC By NC-2.0)


Que el país se llame Costa Rica y que su saludo más común sea “pura vida” da cuenta de su riqueza y de su amor vital por lo natural. Todo el país es un destino. Pero hay uno que se sale de los hospedajes tradicionales para turistas y que aman los locales, a tan solo 90 kilómetros desde San José.

De la extensa colección de lugares naturales, pocos son más visitados por los residentes que este volcán activo, que rompe con los paisajes comunes porque une, en un mismo espacio, el verde de la naturaleza plena, el azul del agua del lago artificial del mismo nombre y la furia de un volcán activo que muchos creían apagado hasta que decidieron rebautizarlo como un “cerro” en 1968, y ese mismo año explotó, dejó fluir lava, abrió tres cráteres, mató a 87 personas y se mantiene en intensa actividad volcánica desde entonces, aunque sus erupciones sean de baja intensidad.

Ganado el respeto, hoy el volcán en forma de cono, que se erige a una altura de 1.670 metros, arroja fumaradas ocasionales y resguarda, desde lo alto, una fauna que abarca monos y coatíes, pasando por colibríes y los fabulosos quetzales, las aves coloridas que los locales consideran las más bellas del mundo. Puede que tengan razón en eso y en que el volcán resguarda el paisaje y ofrezca también a los turistas el sentimiento de que se encuentran protegidos por un gigante rezongón que los cuida y guía: a sus pies hay rápel, cabalgatas, senderismo, canopy y aguas termales que se calientan –cómo no– por el magma volcánico del Arenal. Incluso, en los días de poco viento se ofrecen planes en globo aerostático.

Los costarricenses, todos unos magos a la hora de aprovechar los recursos naturales, los han explotado sin robarle el encanto al lugar para convertir esta zona en la más activa de todos los parques naturales reseñados. El windsurf, la exploración de cuevas, la pesca y el canotaje forman también parte de los paquetes ofrecidos a los visitantes. La cascada de La Fortuna, el pueblo que se salvó de la erupción del volcán, es otro paseo obligado. El canopy, una de las actividades preferidas por los turistas (incluye caminar sobre puentes colgantes para luego cruzar colgados de un cable), también se integra a la larga lista de ofertas. Hay otras reservas naturales muy cercanas, con servicios impecables de buses y tours para diversos recorridos.

Si su opción es más organizada que agreste, esta es la suya. Puede tener la suerte de ver una fumarada del Arenal para recordarle que la Tierra, como usted, está viva, y que hay que disfrutarla ahora.

¿CÓMO LLEGAR?
Desde San José de Costa Rica hay decenas de opciones para llegar al Parque Nacional Arenal, ya sea en transporte público o en auto. Está a tan solo dos horas y media de distancia.

¿DÓNDE DORMIR?
Los resorts son abundantes en el área y en Costa Rica. Nuestros recomendados son el hotel Lomas del Volcán; el Arenal Observatory Lodge, y el hotel Los Lagos, que ofrece aguas termales.

PARA TENER EN CUENTA EN LA SELVA

No se pase de peso. Las caminatas por la selva son largas, para ir de un sitio a otro deberá pasar por ríos y pantanos, y mejor hacerlo ligero de equipaje.

Guarde todas sus cosas en bolsas plásticas, mejor si son aislantes. La humedad es muy alta y podría afectar sus aparatos electrónicos; al igual, si planea moverse por agua su equipaje corre el peligro de mojarse.

No olvide aplicarse la vacuna de la fiebre amarilla; solo podrá viajar si se la ha aplicado con diez días de antelación.

Lleve ropa de manga larga para protegerse de los mosquitos.

El repelente es indispensable para un viaje a la selva. Recuerde llevar uno que sea amigable con el medio ambiente.

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