5 destinos en Colombia como no los ha visto antes

Uno de los lugares más emblemáticos de la sierra es subir hasta el Púlpito del Diablo.
La carretera para ir al Guaviare desde Bogotá está en buen estado.
Palomino, a la entrada de La Guajira.
Las dunas de Taraa, parecen extraídas de un paisaje africano.
galvis se toma el tiempo en cada paisaje para capturar su esencia.
En el páramo es posible encontrar una gran diversidad de anfibios.
Las cárcavas talladas por el viento y la erosión pueden medir hasta veinte metros.
Desde la Alta Guajira hasta el desierto de la Tatacoa, estos lugares aún se conservan prístinos y tienen un misticismo único. Diners los recorrió bajo la mirada de un joven fotógrafo amateur.

Antonio Galvis es alto, delgado, tiene ojos color miel y una sonrisa constante. Estudia diseño industrial en la Universidad Javeriana, tiene 26 años y desde hace seis le apasiona viajar por el mundo a lugares no tan turísticos, para tomar fotos con la calma y el tiempo necesario. Es un aventurero, amante de la adrenalina y no le preocupa caminar durante horas para encontrar el paisaje que lo deje, literalmente, sin aliento.

Reconoce que este país tiene lugares naturales inigualables, que suelen visitar más los extranjeros que nosotros mismos, y que debemos aprender a respetar, generando un turismo sostenible y responsable, real y no de papel. Esta vez, a través de sus fotos, compartió con Diners cinco lugares diversos, de fuertes contrastes y temperaturas extremas, ubicados en la Alta Guajira, el desierto de la Tatacoa, el Guaviare, la sierra nevada del Cocuy y el páramo de Sumapaz.

EL DESIERTO DE LA TATACOA

Aunque recibe el nombre de desierto en realidad es un bosque seco tropical, con una vegetación muy particular.


A quince minutos del municipio de Villavieja, en Huila, queda este desierto que no lo es. Sí, se llama así, pero en realidad es un bosque seco tropical. “Es como un paisaje lunar, muy raro, un desierto seco, donde no corre el viento y no recibes la brisa de la costa”, dice Galvis. La lluvia se encargó de moldear la tierra arcillosa y generar unas formaciones de diversos colores, que parecen de carácter fantástico –se llaman cárcavas y algunas alcanzan los veinte metros de altura–. Hay, además, muchos arbustos con espinas, que las cabras de la zona suelen comer.

El tiempo ideal para estar son tres días. “Se puede ir un día al desierto rojo y, al siguiente, al desierto blanco”. En la noche, el lugar puede convertirse en un laberinto. “El paisaje es muy similar, así que fácilmente empiezas a caminar en círculos sin darte cuenta. A mí me pasó. Por eso es bueno salir acompañado y bien equipado”.

La luz se va a las diez de la noche; hay un observatorio astronómico que ofrece charlas diarias, y desde allí se puede ver la Vía Láctea. Es mejor ir en enero, no durante la época de invierno, porque el cielo se nubla desde muy temprano. También hay opciones de hospedaje para todos los gustos, desde un hotel de lujo hasta chinchorros.
La última recomendación de Galvis es tomar yogur de cabra. “Es delicioso y vale solo 4.000 pesos”.

EL PÁRAMO DE SUMAPAZ

A lo largo del recorrido se pueden ver varias lagunas.


Muy cerca de la capital colombiana se encuentra Sumapaz, el páramo más grande del mundo, una fábrica de agua, un paisaje que también parece emergido de otra época. “Es un viaje de un día, ideal para salir de la ciudad, tan agobiante, y conectarse con la naturaleza. Si sales de Bogotá a las 4 de la madrugada puedes llegar a las 7:30 de la mañana, sin trancones”.

Al poco tiempo de comenzar la caminata se llega a un valle de frailejones impresionante, “en pocos lugares se pueden ver tantos juntos, además, se encuentra mucha fauna nativa, como conejos, búhos y anfibios”.

Galvis recomienda caminar con cuidado en este sitio por varias razones. “Hay suelo que parece firme, pero en realidad es musgo, y cuando pisas te puedes hundir y quedar atrapado en el barro; también hay muchas corrientes de agua subterránea, que uno no visualiza, porque están bajo una vegetación espesa y alta; es importante ir con un guía porque de repente puede surgir una neblina que cubre todo y no te deja ver más allá de un metro; el frío es brutal, sobre todo por el viento que te quema la piel, no sientes las manos”.

El páramo de Sumapaz es el más grande del país.


La caminata que hizo fue una de las más difíciles –la de lagunas de Bocagrande–, para llegar después de varias horas hasta una piedra, un cubo perfecto, desde donde se tiene una panorámica de toda la zona.

LA ALTA GUAJIRA

La temperatura en la Alta Guajira puede llegar hasta los 40 grados.


Una duna serpenteante, un arbusto, un cangrejo errante y, a pocos metros, el mar. “Al bajar del carro y ver eso te quedas impresionado. Con una temperatura promedio de cuarenta grados sientes el sol abrasador sobre tu rostro y el paisaje parece extraído de África”, confiesa Galvis. Son las dunas de Taroa, cerca de punta Gallinas, en el extremo más septentrional del país.

En el lugar no hay absolutamente nada más. Por eso es recomendable solo estar un día. En la noche, además, la temperatura baja varios grados, hace frío y los vientos son muy fuertes. Sin embargo, es el mejor punto para ver las estrellas en Colombia. “Cada momento, cada hora aquí, lo vale”.

Llegar hasta allá es una verdadera odisea y Galvis resalta que es importante no improvisar y planear cada detalle. “Hay que llevar mucha agua para mantenerse hidratado, porque no hay agua potable; ir en una buena camioneta 4×4, que funcione en un terreno tan agreste, y contar con un buen guía, porque no hay un camino definido”, dice. Se puede llegar hasta punta Gallinas desde el cabo de la Vela –son aproximadamente nueve horas– o desde Puerto Bolívar y alquilar una lancha que va contra corriente, durante dos horas. Allí se pasa la noche en alguno de los dos hostales que hay y, al día siguiente, se recorren tres horas más de camino para llegar a las dunas.

Un atardecer en Punta Gallina, el punto más septentrional de Colombia.


Otro lugar imperdible es la serranía de la Macuira, una cadena montañosa que tiene tres cerros: Palúa, Huaresh y Jihouone, y que, además, cuenta con un bosque enano nublado, muy parecido al de los bosques andinos, en la mitad del desierto. “Es como un oasis, algo que no sueles ver fácilmente”. Desde Uribia toma nueve horas llegar en época seca, “pero es más difícil que llegar a las dunas de Taroa, porque hay más arena, es casi como si fueras un cangrejo, se avanza un paso para retroceder dos”. En este lugar hay más comunidades indígenas que protegen la zona, “así que el guía te lleva solo por algunos senderos para ver con calma el paisaje a tu alrededor”.

El mejor lugar para ver las estrella en Colombia es en las dunas de Taroa.


En la Alta Guajira realmente se siente la esencia de la cultura wayú, “sus tradiciones y oficios. Los colores, además, son muy interesantes, porque tienen unos patrones que los adoptan de su entorno y los incluyen en sus artesanías. Esta zona, sin duda, es perfecta si quieres ver paisajes increíbles”.

SIERRA NEVADA DEL COCUY

Lagunas color turquesa formadas por el deshielo del nevado. 


Ocho horas perdido, solo, con temperaturas bajo cero, y a 4.300 metros de altura, no lo hicieron dudar ni por un segundo de volver a este lugar, su favorito en Colombia.
Galvis narra en detalle ese día que se perdió, justamente por estar tomando una foto. Media hora después de lograr el clic que buscaba, vio a su grupo ya lejos en la montaña.

Decidió cortar camino y lo que hizo fue alejarse. Caminó sin parar; gritó con toda la fuerza de sus pulmones el nombre de su hermano, pero no veía ni oía a nadie. Y en esa búsqueda desesperada encontró unas cavernas con hielo, que generaban un efecto tornasol por los rayos de sol. “Y allí estaba yo, solo, sentado en esa caverna, con un tarro de agua, impresionado por la belleza de ese lugar”. Al final, los guardabosques del parque lo encontraron, pero el miedo y la angustia de no ser encontrado siempre estuvo latente cada segundo.

Sin embargo, Galvis asegura que cada vez que regresa encuentra algo nuevo. “Es un lugar que lo invita a uno a ir, a conquistar cada espacio. Los colores son únicos, los frailejones y el contraste con la nieve atrás es algo realmente hermoso”. El joven fotógrafo recomienda entrenarse físicamente antes de ir a conquistar este lugar que tiene el glaciar más grande del país y hace parte de la zona protegida del parque nacional natural El Cocuy.

A la Sierra Nevada del Cocuy hay que ir varias veces, porque siempre hay algo nuevo para ver.


“Lo ideal es llegar primero al pueblo El Cocuy y quedarse una noche; al día siguiente se puede hacer una caminata para aclimatarse; una de las más conocidas es la de Lagunillas, en la cual se recorren cuatro lagunas: Parada, Pintada, Atravesada y Cuadrada, y se contempla el ecosistema de páramo. Al día siguiente, se madruga para ir al Púlpito del Diablo, uno de los lugares más emblemáticos del parque, a más de 4.300 metros de altura”.

Otra de las opciones que hay es llegar al pueblo de Güicán para ir al Ritacuba blanco, la cumbre más alta de la sierra, a 5.300 metros, y que Galvis ya tiene anotada para ir a conocer la próxima vez que vaya.

GUAVIARE

“Una piedra gigante, decenas de pinturas rupestres que relatan historias, jaguares, anacondas, hasta seres extraños, delgados y con los ojos ovalados, como si fueran extraterrestres. Una conexión con los ancestros, difícil de explicar”. Estos murales pictóricos, ubicados en cerro Azul, en la serranía de la Lindosa, fueron los que más impactaron a Galvis, que da un largo suspiro al recordar ese instante y agregar que ni el celular ni el dron funcionaron ahí. “Fue raro, soy escéptico para esas cosas, pero creo que ese lugar tiene un tipo de energía especial”.

Las pinturas rupestres del cerro Azul, en la serranía de la Lindosa son impresionantes.


Llegar desde Bogotá hasta la capital de Guaviare, San José del Guaviare, toma siete horas. “La carretera es estupenda, una de las mejores vías que he visto en el país”, cuenta. La capital parece que se hubiera congelado en el tiempo. “Me llamó la atención que gran parte de la población es de diferentes regiones del país. Y todos sus alrededores, debido al conflicto armado que durante tanto tiempo azotó al país, se mantienen muy prístinos, como en una burbuja”.

En la zona también se puede visitar la Ciudad de Piedra, donde se erige un conjunto de piedras caliza, pulidas por el tiempo, el agua y la lluvia, que forman una especie de calles, y la Puerta de Orión, una estructura rocosa que tiene quince metros de base por doce de altura, desde donde se pueden ver las estrellas.

Otro sitio sorprendente es Tranquilandia, “es como caño Cristales, en el Meta, pero no tan grande y sin tanto turista, y con las mismas algas de agua dulce que generan el efecto óptico de los colores”.

Su próxima travesía en esta zona, sin duda, será al parque nacional de Chiribiquete, que aún no ha podido recorrer.

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