Buenos Aires: el lado B de la postal

Más allá del tango, la carne, el Obelisco y otras cosas que llegan a la mente cuando se piensa en esta ciudad, la capital argentina tiene una fascinación por lo secreto. Diners le cuenta algunos de los lugares por descubrir.

La primera vez que vine a Buenos Aires me llevaron a una fiesta clandestina. Nada ilegal, por supuesto, pero la sola mención de algo oculto y exclusivo me pareció divertida. Una casa antigua de paredes rústicas, un DJ y mucha mucha cumbia, incluso música colombiana de la que se suele bailar en diciembre. Era medianoche y la fiesta iba hasta las cinco de la mañana, porque en la capital argentina la noche comienza muy de madrugada.

La casa mínima hace parte del complejo Zanjón de Granados, una casa que esconde una joya histórica. Foto: Anibal Trejol/Shutterstock

¿Y el tango?, ¿dónde esa imagen icónica y nostálgica de Buenos Aires, la de la postal? La segunda vez fui a un bar secreto. Escondido tras un restaurante de sushi. Nicky Harrison parece un lugar de la Nueva York de los años veinte cuando existía la prohibición del contrabando de alcohol. Eso es. Y también –supe después– el lugar de moda al que van las celebridades, el sitio que ha visitado Leo Messi y al que trajeron a Will Smith.

Otra vez una ciudad tan diferente a la de la postal y una confirmación: la capital argentina tiene una fascinación por lo secreto, el placer de la clandestinidad. Como si tuviera una vida subterránea por debajo o detrás de la famosa calle Corrientes o del Obelisco, que siempre están y también obnubilan por su belleza. Como el lado B de la postal.

Así las cosas, uno podría empezar a recorrerla por el barrio Palermo y no necesariamente por el centro. Caminar por calles como Jorge Luis Borges; pasar por la plaza Julio Cortázar, rodeada más de bares que de literatura. Las opciones son infinitas, pero vale la pena conocer Victoria Brown, un lugar que de día es cafetería y de noche, tras empujar una pared secreta revestida de ladrillo, se revela como un enorme bar restaurante con aspecto fabril y tragos generosos.

El espíritu de bares escondidos o a puerta cerrada ya es un clásico y cada uno tiene su toque y claves de ingreso. En Victoria Brown es una simple reserva previa. En otros, como Nicky Harrison, se necesita una membresía o haber cenado previamente en el restaurante visible de sushi y solicitar conocer la bodega. Una vez se ha hecho esto, caminamos por un pasillo estrecho lleno de botellas donde el encargado cuenta la historia de Nicky Harrison, un supuesto personaje de los años veinte que contrabandeaba alcohol. Acto seguido abre un timón que lleva al salón del bar: una forma de detenerse en el tiempo. Jazz, música a un volumen medio que permite hablar, y cocteles. Ah, y algo extraño en estos tiempos, ni una sola foto. Uno de los códigos del lugar es que no se pueden sacar imágenes con el celular. La idea, explica Andrés Rolando, su dueño, es ir en contravía de la necesidad de mostrar y concentrarse en disfrutar.

Bajo la tierra

San Telmo es otro de sus barrios tradicionales. Son bien conocidas sus calles angostas donde los domingos es posible perderse entre hermosos objetos artesanales en su feria; disfrutar bailes de tango en la plaza Dorrego o comer carne en alguna parrilla o bodegón que recuerdan los bares del siglo pasado.

Pero existe un plan que permite conocer su historia bajo tierra. En la calle Defensa, en el corazón de San Telmo, se alza El Zanjón de Granados, una casa de 1830 que esconde una joya histórica y es considerada el descubrimiento arqueológico más interesante en la ciudad en los últimos años.

Bajo la enorme mansión se halló una red de túneles que se remontan a los primeros asentamientos de la ciudad y se pueden caminar hoy. Una visita a los orígenes más profundos de Buenos Aires.

En pleno centro de la ciudad, el Palacio Barolo es un homenaje a la Divina Comedia, de Dante Alighieri

“El hallazgo fue una casualidad. Cuando don Jorge Eckstein compró esta casa en 1985 pensaba restaurarla para convertirla en un restaurante, pero el piso se hundía y entonces llamó a un grupo de arqueólogos de la Universidad de Buenos Aires con el que encontraron esta red subterránea”, cuenta con emoción Mariana, literata y guía del Zanjón.

Entrar en esta mansión es como regresar en la historia: afuera, el 2018 con su agite; una vez adentro, atravesar la primera parte de la casa es ir al siglo XX, cuando esta fue habitada por inmigrantes en lo que se conoce como “casa chorizo” o inquilinato y se pueden ver fotos y relatos de quienes vivieron allí. Continuar por sus espacios es ir a 1800 cuando la familia adinerada que la ocupaba la abandonó por una epidemia de fiebre amarilla que se expandió en la ciudad; descender al subsuelo es ir a 1580 y conocer de sus primeros dueños cuando se fundó Buenos Aires y, por último, caminar por los laberintos –que tienen un aire romántico– es transportarse a los momentos más antiguos de la ciudad.

Aunque el hallazgo fue una sorpresa, muchos viejos del barrio aún vivos recuerdan que había calles que se conectaban por los túneles. “Don Anacleto, un vecino de San Telmo, dice que cuando era un niño, él recorría estos túneles hasta lo que hoy es la 9 de Julio”, cuenta la guía.

Nadie sabe con certeza si había entonces una red de laberintos más grande, pero la existencia de estos túneles resucita la idea de una misteriosa Buenos Aires, como el título del libro de Manuel Mújica Laínez que relata la primera fundación de la ciudad en 1536.

La ciudad del placer

San Telmo es un barrio que hace oda a la historia. Hay por lo menos 500 anticuarios en lo que se conoce como el mercado más grande de antigüedades y arte de Latinoamérica. Varios restaurantes mantienen esa línea y parecen anticuarios. Si bien abundan los bodegones, donde se comen platos tradicionales –carnes, milanesa–, existe una nueva movida gastronómica que incluye comida vegetariana o más ligera.

Algunos de esos sitios están ubicados en la calle Caseros, en los límites de San Telmo con el barrio Barracas. Un boulevard gastronómico muy variado que va desde Nápoles, que es una gigantesca bodega repleta de objetos antiguos y vende pizza y tragos; La Popular, un restaurante más típico, pero gourmet donde se toma un buen vermut; hasta Hierbabuena, que ofrece comida orgánica y hamburguesas vegetarianas o pizza, así como jugos de mango y limonada de coco.

Palacio municipal de la ciudad de Buenos Aires, justo al lado de la icónica Plaza de Mayo. Foto: Diego Grandi/Shutterstock

Podría ser una obviedad decir que hay ciudades hedonistas, pero en realidad sí existen unas más que otras. Imposible no pensar en Roma, Ámsterdam o París dentro de esa categoría placentera en contraposición con otras ciudades más serias, solemnes. Buenos Aires es, precisamente, una ciudad de placer. Los porteños, como se les llama a los nacidos en la ciudad, defienden el ocio, el tiempo de creación, de contemplación, de la comida y de la amistad. Tal vez por esa tradición de inmigración italiana llevan en la sangre la dolce vita. Por eso, quizá, hay una efervescencia cultural que parece no detenerse. En Buenos Aires siempre hay algo para hacer.

Digamos que antes de ir a cenar, uno quiere comprar un libro o ver una película. No tiene que alejarse mucho. En la misma calle de los restaurantes está el “todo en uno”: El Más Acá, un nuevo centro cultural con un tímido letrero que, otra vez, como les gusta tanto en la ciudad, esconde un mundo.

En la casa, construida en la primera década del siglo XX, lo primero que se ve es una librería, en la que se destaca la sección infantil; un pasillo lleva al restaurante con terraza y espacio para unas cincuenta personas, con un imperdible salmón; y en el segundo piso está la galería de arte, aulas para talleres sobre literatura, escultura o historia y un minicine, donde se hacen proyecciones exclusivas.

Los porteños reclaman vida cultural pública. Así que también es común encontrar conciertos y obras de teatro gratuitas. En la misma zona, aunque no estrictamente en San Telmo, sino en el barrio La Boca, se alza una enorme estructura y antigua fábrica de energía restaurada, la Usina del Arte; y más cerca del centro de la ciudad, el Centro Cultural Kirchner (CCK).

En ambos, si se tiene la suerte de estar en la ciudad en el momento justo, es posible ver grandes artistas o directores de cine latinoamericanos que dan charlas o recitales gratuitos. El director de cine Michel Gondry; las cantantes Natalia Lafourcade o Adriana Varela; Totó la Momposina; la alemana Ute Lemper; el pianista y leyenda del bebop Barry Harris, solo por mencionar unos de los muchos que pasan por esos dos espacios culturales.

Desde otro ángulo

Otra manera de verle otros ángulos a la postal consiste en irse a las alturas. La arquitectura de Buenos Aires es un placer que revela las múltiples fusiones culturales que ha vivido la ciudad. Desde lo que se conoce como estilo italianizante, pasando por el Art Nouveau que se impuso a comienzos del siglo XX, hasta el Art Déco.

En San Telmo hay por lo menos 500 anticuarios. En la foto, el anticuario Gabriel del Campo. Foto cortesía Gabriel del Campo

La galería Güemes, a pocos metros de la Plaza de Mayo, donde se inició Buenos Aires, es uno de los más bellos ejemplos de esa arquitectura. Diseñada por el arquitecto Francisco Gianotti en 1915 fue, en su momento, el rascacielos más importante de la ciudad con 14 pisos y 87 metros de altura. Desde su mirador, los porteños veían la costa uruguaya a través de un binocular por el que pagaban 25 centavos. Hoy se puede visitar y observar desde ahí al menos treinta edificios destacados.

“Creo que es uno de los mejores lugares para comenzar un recorrido porque permite ver el crecimiento de la ciudad”, dice Cecilia A. Osler, directora de la galería.

Desde el mirador se ve un edificio con cúpula anillada que conecta la historia de la literatura con la galería. Es la antigua sede de la Compañía Aeropostal, el lugar donde trabajaba Antoine de Saint-Exupéry, autor de El principito.

Un simpático mural en el barrio La Boca. Foto: Catalina Oquendo

Saint-Exupéry fue fundador y primer piloto de la Aeropostal Argentina y vivió durante dos años en los apartamentos que tenía la galería Güemes. El espacio, donde se pueden leer las cartas que le enviaba a su madre en las que le describía la ciudad y fotografías de la época, se puede visitar de forma gratuita en las mañanas.

La construcción tipo pasaje de la galería une las calles Florida y San Martín, parte clave de la vida de los habitantes de Buenos Aires, que frecuentaban sus cafés famosos como el bar Boston City (antes solo exclusivo para hombres) o la perfumería Ruiz Roca, entre otros locales.

La voz de Carlos Gardel también hace memorable a la galería. El Zorzal criollo se presentó el 27 de febrero de 1917 en el teatro, ubicado en el subsuelo de la galería, donde también se filmó la adaptación cinematográfica del musical Evita, con Madonna. Ahora, cada noche en el teatro se presenta el show de baile y música Piazzolla Tango.

Durante 1915 y 1923, el mirador de la galería Güemes fue el más alto de Buenos Aires. Pero entonces apareció el Palacio Barolo, con toda su imponencia. Diseñado por el arquitecto Mario Palanti y encargado por el poderoso empresario Luis Barolo, es una oda a la belleza y a la literatura en pleno centro de la ciudad.

La versión de Carlos Gardel de Caminito inmortalizó al lugar y a él como cantante. Foto: Cortesía Travel Buenos Aires

“Bienvenidos al infierno”. Así comienza la guía Rocío González el recorrido nocturno por el edificio Barolo, una noche de otoño mientras pide que miremos al cielo y veamos las esculturas de cóndores, dragones y los nueve arcos del edificio. No es una provocación suya, sino de Palanti y Barolo que lo construyeron en homenaje a Dante Alighieri y la Divina Comedia.

Italianos y masones instalados en Argentina no solo eran estudiosos de este poema, sino que, ante las guerras que vivía Europa a comienzos de siglo, soñaban con la posibilidad de llevar a Buenos Aires los restos de Dante. El traslado nunca ocurrió, pero el edificio se construyó en 1919 lleno de referencias a dicha obra maestra de la literatura italiana.

El Barolo tiene cien metros de altura como cien son los cantos en la Divina Comedia, 22 pisos como 22 estrofas en algunos cantos y 11 balcones frontales como 11 estrofas. Así también los nueve arcos que la guía invita a mirar son los nueve círculos infernales del libro, cuya historia se cuenta en la planta baja, mientras el Purgatorio va del piso 1 al 14 y el Paraíso, al que solo se llega por escaleras, del 14 al 22.

Pero el edificio es también una oda a la masonería y hay claves en distintos lugares de la construcción, como la A con forma de compás de la palabra Ascensor o los círculos y los triángulos superpuestos. “También está el hecho de que son 22 pisos y 7 ascensores, lo que dividido da 3,14, el número Pi, que se asocia a la perfección”, cuenta la guía.

Dome Rooftop Bar, en el hotel boutique Tango de Mayo, es perfecto para una tarde de verano. Foto: Catalina Oquendo

Una vez en el Paraíso, el Barolo es un mirador de la ciudad: la cúpula del Congreso; la imagen de Eva Perón en el edificio del Ministerio de Desarrollo Social, las luces de los edificios modernos pueden verse desde ahí. Y en el último nivel del Paraíso, el faro.

Cuenta González que este se mantuvo apagado durante setenta años y volvió a encenderse en 2010. Ahora, cada noche, entre las 10 y las 10:20 p. m. se enciende con una imagen que hace un guiño a la ciudad: la silueta de Batman.

El Barolo se puede recorrer de día, pero en la noche sus visitantes asisten a un espectáculo de tango en las alturas. Bárbara Wainnright y Leonardo Barry bailan mientras Javier Crespín interpreta el bandoneón.

“Este bandoneón era de mi abuelo, que lo consiguió en los años cincuenta en Mendoza. Yo empecé a tocarlo cuando él falleció”, cuenta Javier, después de tocar Adiós Nonino, de Astor Piazzola.

Justo al lado hay otra movida. En la esquina se alza Tango Mayo, un hotel boutique recién restaurado, cuya historia gira también en torno al tango: el restaurante El Zorzal, los pisos del hotel dedicados a diferentes intérpretes del género.

Construido en 1913, con estilo Art Nouveau, fue la sede de la empresa de máquinas de coser Singer. Y su terraza se ha sumado a la moda porteña de los restaurantes y bares de azotea. Dome Rooftop Bar es perfecto para pasar una tarde de verano e incluso de otoño, tomar un trago viendo las cúpulas de la ciudad y los atardeceres que son de un rojizo imperdible.

Si camina atento, en algunas calles se pueden encontrar pasos dibujados para jugar a aprender los ocho pasos básicos del tango. Lo mejor, sin embargo, es ir a una milonga y ver las parejas bailando, abrazadas, sintiendo la música.

La Viruta es uno de esos lugares. Con una luz roja, tenue, un escenario para músicos y una enorme pista, es un sitio recomendado para disfrutar no de un espectáculo estructurado, sino de la gente real bailando tango. Sin piruetas ni presentaciones para el turista. Simplemente el amor por el baile.

El tango pues está por ambos lados de la postal. La nostalgia de los inmigrantes que aparecen en sus letras y se siente en sus acordes, fueron en otra época propios de ese Buenos Aires clandestino, que tanto gusta

En el barrio Palermo hay varios cafés para disfrutar de la ciudad. Foto cortesía Full City Coffee House

Otros planes:

Para tomar café: Coffee Town, en el Mercado de San Telmo; Café La Poesía (San Telmo), que hace parte de los bares Notables de la ciudad; Full City Coffee House y Café Cortázar, en Palermo.

Para comer helado: Cadore, en la avenida Corrientes.

Para comprar vino: Lo de Joaquín Alberdi. Vinoteca en Palermo.

Para comer carne: La Carnicería, en Palermo; y para conocer las típicas parrillas de barrio, El Desnivel, en San Telmo.

Para hacer running: La Reserva Ecológica en la Costanera Sur; y la Costanera Norte.

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