Cinco destinos para la contemplación en Semana Santa

Se acerca Semana Santa y estos lugares, a lo largo y ancho de Colombia, invitan a la reflexión y a la pausa. Anímese a recorrerlos.

Los pobladores antiguos de América asociaban los tiempos de recogimiento con la observación y la interacción con la naturaleza; encontraban quietud, armonía y calma en las conexiones con la flora, la fauna y ciertas características de los paisajes. Estos destinos celebran la comunión de los ancestros con sus ambientes, las maneras personales de enriquecer la espiritualidad y las negociaciones con el pasado colonial y sus herencias.

1. Sierra Nevada de Santa Marta y Parque Nacional Tayrona

La cultura viva, con cuatro etnias indígenas guardianas de los tesoros geopolíticos y ecológicos de la Sierra Nevada de Santa Marta, es tal vez uno de los aspectos más fascinantes de la visita a esta montaña nevada. Los arhuacos, los kogui, los wiwas y los kankuamos han logrado preservar sus lenguas y tradiciones a pesar de estar en medio de terrenos agresivamente deseados por su fertilidad y su posición litoral estratégica. La Sierra tiene montañas, nacimientos de ríos, ruinas arqueológicas y playas desde las que en un día despejado se pueden ver los picos nevados mientras se flota de espaldas en una piscina natural color turquesa, con todo el esplendor del mar Caribe.

Si tiene suerte y encuentra un día completamente despejado, desde algunas playas de la sierra se pueden ver los picos nevados mientras se flota de espaldas en una piscina color turquesa, con todo el esplendor del mar Caribe. Foto: Micha Weber/Shutterstock

Subir a Ciudad Perdida o Teyuna, el conjunto de terrazas y caminos de piedra al filo de la montaña, construido en el año 650 d.C. por los tayronas, ancestros de las etnias actuales, es un verdadero peregrinaje. En el viaje, que puede durar de cuatro a seis días, se recorren todos los pisos térmicos y se observan por igual los efectos de las olas de colonización e interacción con los colonos, y la riqueza de la flora y fauna. El Parque Nacional Natural Tayrona se encuentra en las faldas de la Sierra y comprende playas como Cabo San Juan, Neguanje y Cinto. Es uno de los más visitados; cuenta con una infraestructura turística sólida y excelentes senderos para caminar por ecosistemas como manglares o bosque tropical húmedo o por las ruinas de Pueblito Chairama.

Consejo: Alrededor del parque se han desarrollado muchos ecolodges; para quienes desean explorar en profundidad los diferentes sectores y playas, los ecohabs Tayrona son una excelente opción. Wiwa Tour es una agencia que organiza la subida a Ciudad Perdida con estadías en asentamientos wiwa y las excursiones de un día a las playas con guías indígenas.

2. Guane y el Cañón del Chicamocha

Con un museo de fósiles, caminos reales, un cementerio con una vista dramática del valle del río Suárez, y calles empedradas rodeadas de casas de tierra, tapia pisada, adobe y bahareque, Guane es un encanto.

Guane es un pequeño remanso de paz que parece congelado en el tiempo. Sus caminos reales y sus calles empedradas, rodeadas de casas de tierra, tapa pisada, adobe y bahareque, lo hacen encantador. Foto: Ráfal Cichawa/Shutterstock

Este pueblo santandereano, un pequeño remanso de paz que parece congelado en el tiempo, con sus tiendas de chicha y heladerías, le hace honor al grupo indígena del mismo nombre: los guanes fueron líderes en agricultura, urbanismo y tejidos, y luchadores incansables contra la colonización española. A tan solo siete kilómetros de distancia de Barichara, comparte la majestuosidad de los paisajes y su agradable clima.

En un recorrido a pie por las montañas se pueden explorar cuevas con pictogramas de colores y visitar artesanos que todavía fabrican cuencos y tiestos para hacer arepas con las técnicas de cerámica de la época prehispánica. A un par de horas de Guane, y a una hora de Bucaramanga se encuentra el cañón del Chicamocha. Es una maravilla geográfica de 227 kilómetros de largo, en la que se aprecian en profundidad las diferentes etapas de la Tierra: capas multicolores, formaciones rocosas y cuevas. Además, e uno de los cañones más grandes del mundo, ideal para los que buscan conectarse con la naturaleza desde la actividad.

Foto: Jess Kraft/Shutterstock

En los últimos años se ha convertido en una meca de deportes extremos como rafting y parapente y un destino obligado para los amantes del senderismo. En la vía a San Gil se encuentra el Parque Nacional Chicamocha, donde se realizan actividades como atravesar el cañón en teleférico, columpio aéreo o torrentismo. O simplemente detenerse para gozar de una arepa, un buen café de la zona y apreciar la magnitud del paisaje desde el monumento del escultor Luis Guillermo Vallejo, que honra a los comuneros y su espíritu de lucha.

El cañón del Chicamocha toma el nombre del río que lo define. Mide 227 kilómetros de largo y tiene 46 millones de años de antigüedad. Foto: mehdi3300/Shutterstock

Consejo: Las mejores opciones de alojamiento de la zona están en Barichara. El hotel Boutique & Spa Terra o el Casa Oniri, en el centro, son dos opciones que reinventan la arquitectura colonial con elegancia y simpleza.

3. San Agustín y el Macizo Colombiano

Lo más sorprendente del Parque Arqueológico San Agustín no es encontrar animales tallados en el lecho de un río, mimetizados en tumbas con guardianes míticos, ocultos en montículos artificiales de la misma altura, sacralizados en piedras de siete metros, o inmortalizados en versiones que van desde el abstracto hasta el realismo. Tampoco lo es la luz, que hace brillar esas esculturas elaboradas entre los siglos I y VIII como si tuvieran un barniz. Lo más emocionante es la genialidad de un balance atemporal entre geometría, diseño y paisajismo. Las tumbas, que parecen ascensores al más allá, nos recuerdan que el arte es también el camino a la eternidad, y por eso, su verdadero impacto está en la forma como interactúan con lo que las rodea.

Foto: Ángela Lang

La región está hecha de colinas que dan cabida a mesetas y multitud de verdes, cascadas como el salto de Bordones o el salto de Mortiño que esculpen filos y valles vertiginosos, fincas cafeteras con cadenas de montañas, volcanes y antiguos nevados de fondo. La imaginación y la admiración por las formas de una cultura de la que no se conoce a ciencia cierta ni el nombre, ha sobrevivido al tiempo, los saqueos, y las inclemencias del turismo desbordado.

Miradores como el Alto de la Chaquira o el Alto de Lavapatas (imagen) sin enclaves arequeológicos y parajes místicos donde se respira quietud sagrada. Foto: Barna Tanko/Shutterstock

Este es “el mayor conjunto de monumentos religiosos y esculturas megalíticas de Suramérica”, según la Unesco, en un punto estratégico donde la cordillera de los Andes se divide en tres y se perfilan los valles de los ríos más grandes del país. Miradores como el alto de la Chaquira en el valle del Magdalena o el alto de Lavapatas son también enclaves arqueológicos y parajes místicos donde todavía se respira quietud sagrada sin importar los grupos de gente alrededor.

El pueblo cuenta con una iglesia muy pintoresca y algunas calles originales, con buenas pizzerías como Ambrosía, que tiene horno de leña; tiendas con joyas de diseño y textiles locales como Artisan, o talleres de artesanías talladas en piedra con la técnica ancestral, como el de Armando Gómez.

Foto: Ángela Lang

Consejo: El hotel Yuma es una buena opción para descansar, pues tiene un servicio excelente, buena vista y mucha quietud. El hotel Los Bordones, al filo de la cascada, resulta ideal para los más intrépidos, si se quiere caminar hasta el fondo del cañón o a los poblados aledaños.

4. Popayán y el Parque Nacional Natural Puracé

Durante casi todo el año, el ritmo pausado y silencioso reina en las calles de Popayán, pero cuando llega la Semana Santa el centro histórico se llena de murmullos y alabanzas. El Viernes Santo, las calles de paredes blancas, balcones coloniales y armónicas tejas de barro se convierten en el escenario de celebraciones que honran el canon católico en numerosas iglesias, como la de la Ermita o la de San Francisco. Las celebraciones se extienden hasta el sábado con desfiles nocturnos que siguen el mismo recorrido desde los tiempos coloniales.

En Semana Santa, Popayán se llena de murmullos y alabanzas. Los desfiles nocturnos y las celebraciones en iglesias como la de la Ermita o San Francisco son algunas de las tradiciones que se llevan a cabo cada año. Foto: sunsinger/Shutterstock

Estas procesiones despiertan admiración por sus detalles como la música coral y personajes como los cargueros y las sahumadoras. En ellas, imágenes de madera tallada que narran distintos episodios, desde la Pasión hasta la Resurrección de Cristo, recorren las calles en andas a la vista de todos los creyentes. Se recomienda planear el viaje con anticipación, pues la programación es variada y los eventos muy concurridos.

Para una pausa revitalizadora, el Oromo Café Ritual tiene buenas opciones de cafés en diversos modos de preparación, que van desde la clásica jarra etíope que le da nombre al lugar, hasta el sifón o cafetera de vacío, y que se pueden combinar con otras delicias payanesas como los aplanchados (hojaldres dulces) y las carantantas, hojuelas de maíz saladas y crujientes.
A una hora en carro desde Popayán se encuentra el Parque Nacional Natural Puracé, palabra que en quechua significa ‘montaña de fuego’, y es toda una caja de sorpresas.

Foto: mundosemfim/Shutterstock

Al final de una caminata que puede tomar desde ocho horas hasta varios días, se llega a unas montañas negras que sobresalen tras las cordilleras de un verde sombrío con ecosistema de páramo. Son los imponentes volcanes que forman parte de la serranía de los Coconucos. En este parque también es posible avistar cóndores y visitar los nacimientos de los principales ríos de Colombia. En el recorrido de un día se encuentran cascadas y lagunas rodeadas de frailejones como la de San Rafael o las termales de San Juan.

A una hora de Popayán se encuentra el Parque Nacional Natural Puracé. Foto: Ángela Lang

Consejo: El hotel Dann Monasterio es un hospedaje en un lugar de arquitectura clásica colonial, con todos los lujos.
Al llegar al Puracé necesitará un guía de la etnia coconuco, el cabildo encargado de cuidar el parque.

5. Mompox y la ciénaga de Pijiño

Mompox y su estrecha relación con el río Magdalena han formado parte de hitos en la historia del país. Por ahí pasó la llegada de la Inquisición y se empezó a gestar el movimiento independentista. Hoy, esta hermosa ciudad es reconocida como la capital de la orfebrería en filigrana. Su centro histórico, atrapado en el siglo XVIII, es el escenario de las celebraciones más alegres y pintorescas de Colombia.

Mompox tiene un centro histórico colonial que parece atrapado en el siglo XVIII. Foto: Jess Kraft/Shutterstock

Los momposinos se ufanan de que en ella participan todos los sentidos, con aromas como el de la vaina de la palma de vino abierta, sonidos como el de la matraca, la trompeta o las campanas, los trajes y máscaras azules de los nazarenos que cargan las estatuas o “pasos”. Es una celebración larga que se inicia el jueves anterior a Semana Santa (que los momposinos llaman de Dolores) y terminan el Lunes de Pascua con puestas en escena en la calle que duran varias horas.

Foto: Jordan Adkins/Shutterstock

La primera procesión, la del “Paso Robado”, nació de una leyenda colonial sobre un conflicto entre monasterios por un concurso de talla de un Jesucristo, que se resolvió en una marcha conjunta. Algunos pasos, como el del Santo Sepulcro, son tan imponentes que necesitan más de 60 nazarenos. Se dice que en Mompox los apóstoles y los pasos viven en cuartos a la espera de salir en Semana Santa. Para disfrutar del río y sus maravillas se puede hacer un paseo en canoa de motor hasta la ciénaga de Pijiño, excelente lugar para bajar las revoluciones y observar aves, reptiles, la pesca tradicional de la zona y, cómo no, el atardecer sobre el mar.

Consejo: Para una estadía de lujo en una casona con excelente restauración, el Bioma Boutique Hotel, en el centro histórico, es una excelente opción.

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