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Un viaje al lugar más solitario de la Argentina

Es la puna de la provincia de Catamarca, a casi dos mil kilómetros de Buenos Aires. Un paisaje dominado por volcanes, montañas, lagunas y, claro, el gran desierto. El promedio de habitantes es de menos de uno por kilómetro cuadrado.

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Es la puna de la provincia de Catamarca, a casi dos mil kilómetros de Buenos Aires. Un paisaje dominado por volcanes, montañas, lagunas y, claro, el gran desierto. El promedio de habitantes es de menos de uno por kilómetro cuadrado.

Si alguna vez se sintió importante, si pensó que era alguien clave para el funcionamiento del mundo, si cometió ese pecado de soberbia, debería visitar la puna de Catamarca. Allí sentirá que es, apenas, un punto en el medio de la nada, una nada en la inmensidad de uno de los territorios más inhóspitos del mundo.
Esa zona de la Argentina, ubicada a 1.980 kilómetros al noroeste de Buenos Aires, es una de las más extensas y menos pobladas de América. En total, son 28.079 kilómetros cuadrados, en los que viven 1.280 personas, según el último censo realizado en el país. Un promedio de menos de un habitante por kilómetro cuadrado. Y un viaje lleno de volcanes, montañas, lagunas y, claro, desierto.

El pueblo de Antofagasta de la Sierra es el punto de partida para la travesía, que debe hacerse en camionetas 4×4, con guía de la zona y equipos de comunicación. La primera parada es Antofalla. Al llegar al pueblo de solo 35 casas de adobe, se ve a una mujer hilando, un árbol de 200 años y un paisaje dominado por la sal y el frío. En el medio, aparece una escuela con diez chicos y un maestro orgullosísimo de ellos.

Cada viaje entre un pueblo y otro demanda decenas de kilómetros, en caminos de piedra y ripio. Son largas horas en las que la camioneta no se cruza con ningún ser humano. Sólo piedras, riachos, un cielo al que no puede ponérsele ni un pero y vicuñas. Muchas vicuñas. Luego de un plan de protección realizado en la provincia, estiman que su población actual es de 70.000 ejemplares.

Las camionetas comienzan el viaje al volcán Galán, a más de 4.100 metros de altura. La puna se siente cada vez más en la cabeza y en la presión de la altura en los oídos. Recomiendan comer poco y tomar mucha agua. Algunos de los soldados caen en la batalla ante la altura. Una de las empresas que realiza el viaje se llama “Catamarca Extrema”. Llegando acá se percibe el por qué del nombre. Camino al volcán, está la laguna Grande. En invierno, el espejo de agua se congela; ahora se ven flamencos rosados, quietos y bellísimos.  Llegar a la boca del volcán Galán (a 80 kilómetros de Antofagasta de la Sierra) es el desafío más grande del viaje. La computadora de uno de los vehículos marca 4.874 metros. El viaje es largo y la excursión corta e intensa. Los vientos pueden llegar a 180 kilómetros por hora.

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El volcán, a primera vista, no parece otra cosa que una montaña. Tiene una boca de 34 kilómetros. En sus entrañas, aparece la laguna Diamante. El agua es transparente. Hace algunos años, un laboratorio de investigaciones microbiológicas llegó hasta acá para estudiar su composición. “Estas condiciones, a más de 4.000 metros de altura, son muy parecidas a las que existían en los orígenes de la vida. De ahí su enorme importancia científica”, dijo una de las investigadoras.
Avanzamos por el cráter del volcán hasta llegar al Salar del Hombre Muerto, una inmensa mancha blanca donde además pueden conocerse las antiguas minas de Incahuasi. El agua subterránea es rica en cloruro de sodio, litio, potasio, sulfato y borato, entre otros componentes. Llegamos a El Peñón, un pueblo de casas de adobe y álamos, para pasar la noche. Recorrimos casi 500 kilómetros en el día. Apenas quedan fuerzas para apurar un guiso de llama y agua.

Para llegar al próximo destino hay que atravesar caminos de piedra, dunas, ríos congelados y peñones. A un lado, se ven los volcanes Carluchi, Jote, Cachamani y Carachi Pampa. Lo infinito de este paisaje es todavía más singular cuando se llega al Campo de Piedra Pómez, un mar e inmenso laberinto natural de rocas de 25 kilómetros de extensión. El paisaje parece lunar. Y cambia de colores, de acuerdo con la luz, el color del cielo y las sombras que las piedras porosas dibujan en la tierra; por momentos es blanco, amarillo o verde árido. Es tentador treparse a algunas de esas piedras y perder la mirada en el horizonte.

Las camionetas se dirigen al sur, hacia el encantador pueblo de Laguna Blanca. En el ingreso, conviene detenerse algunos minutos en el Centro de Recepción e Información Turística, que tiene un pequeño mirador. Allí también se venden productos elaborados con la fibra de la vicuña. Todos los años, en noviembre, este lugar de 35 casas celebra el “Chaku”, una práctica tradicional de la sociedad precolombina andina, destinada a obtener la lana mediante el arreo de los animales para su esquila y liberación. Hoy significa una fuente de trabajo en cooperativa para los habitantes del lugar. Si quiere llevarse una de esas artesanías, debe cargar dinero en efectivo porque no aceptan tarjetas. Una bufanda puede costar 600 dólares.

Junto a la hostería del pueblo está el Museo Integral de la Reserva Biósfera de Laguna Blanca, creado para la protección de una superficie de 770 mil hectáreas, con una fauna compuesta por vicuñas, zorrino andino, gato andino, chinchilla, vizcachas y una importante cantidad de especies de aves. En el lugar, se organizan avistajes de flora y fauna, safaris fotográficos, pesca de truchas y trekking.

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En total, más de 1.600 kilómetros en camioneta durante cuatro días. Queda en la memoria el desierto, el frío, las montañas y los cardones como un Cristo sin cruz. Y el cielo estrellado de un lugar lejano y bellísimo.

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