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¿Cómo sacar provecho de cinco días en Cartagena, Barranquilla y Santa Marta?

Guía de un costeño para disfrutar cinco días en Cartagena, Barranquilla y Santa Marta.

Foto: Foto: Micha Weber/Shutterstock.

Guía de un costeño para disfrutar cinco días en Cartagena, Barranquilla y Santa Marta.

Este texto sobre Cartagena, Barranquilla y Santa Marta fue publicado originalmente el 21 de diciembre de 2015.

“Quien lo vive es quien lo goza”, es el lema que tienen los barranquilleros de su carnaval. Un enunciado casi filosófico que con facilidad se puede extrapolar a toda la costa caribe. Y es que sabemos muy bien que nuestra región es mucho más que las playas y la arquitectura que aparecen en los folletos publicitarios de las agencias de viajes. Para gozarse la costa hay que pisar descalzo lo que los rolos llaman tierra caliente y aventurarse a vivir como un local.

 

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Hasta hace poco, los costeños de las tres ciudades más pobladas de la región –Barranquilla, Cartagena y Santa Marta– nos mirábamos el ombligo y con complacencia pensábamos que la nuestra era la mejor. Pero en los últimos años, por una suerte del resurgimiento de una identidad cultural, hemos descubierto que todas son únicas, urbes encantadoras, con una oferta cultural, gastronómica y comercial vibrante. También aprendimos a movernos entre ellas y a disfrutar de sus particularidades.

Barranquilla es una ciudad moderna y pujante; Cartagena tiene el centro histórico y los monumentos mejor conservados del continente, además de uno de los mejores puertos del Caribe; y Santa Marta es la ciudad más antigua de Colombia. A su rica historia se le suma el atractivo natural del litoral caribe: las playas, las últimas estribaciones de los Andes, la vegetación exuberante de selvas y manglares y la desembocadura del río Magdalena.

Todas, eso sí, tienen algo en común: el clima. La relación con el calor moldea las costumbres de la costa como ningún otro elemento. Esto implica pasar las horas de calor más intenso en la sombra o en lugares acondicionados. La vida exterior y social ocurre temprano en la mañana, cuando aún hace “fresco” y por la tarde, después de que el sol “baja”.

Para los viajeros que no tienen mucho tiempo, esta es una guía para gozarse durante cinco días estas tres ciudades, de la misma manera en la que los costeños las vivimos.

CARTAGENA: HISTORIA Y SABOR

Es un lugar amigable para respirar el aire fresco del mar, descansar, comer, moverse al ritmo cadencioso del Caribe y deleitarse con arquitectura colonial, republicana y un magnífico skyline contemporáneo.

 

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En una mañana cualquiera, los cartageneros más deportistas aprovechamos el aire fresco de antes de las ocho con un trote por el paseo peatonal de la bahía en Castillogrande y Bocagrande o por el borde de la ciudad amurallada por la avenida Santander y luego la avenida del Malecón, frente al mar. Después, nada como saborear los platos que se ofrecen en el centro histórico. Por haber sido uno de los puertos más importantes de la Corona española en las Indias Occidentales, la gastronomía cartagenera se enriqueció con influencias de la cocina ibérica, indígena y africana.

Para almorzar, La cocina de Socorro, en la calle Larga, es un favorito cartagenero así como degustar un mote de queso en La cocina de Pepina, en el callejón Vargas del barrio Getsemaní. Para los más casuales, La Mulata, en la calle Quero del barrio San Diego; El Bistro, La Perla u Oh la la, acogedores restaurantes en la calle de Ayos, a dos cuadras de la Plaza Santo Domingo, sirven sus platos del día a quienes trabajan en el centro.

Al caer la tarde, los cartageneros del barrio Manga salen a su paseo peatonal sobre la bahía. Allí mismo, por la noche, la ubicación inmejorable que tiene el Club de Pesca, situado en el fuerte El Pastelillo, ofrece una vista fantástica del skyline de Bocagrande y Castillogrande. Las muelas de cangrejo en salsa de ajo son particularmente apetecibles.

La rumba cartagenera sucede en la calle del Arsenal, en el barrio Getsemaní, pero los últimos años han visto el resurgir de la calle de la Media Luna, donde Havana es el favorito de los amantes de la música cubana. Al lado del parque Centenario, en Bazurto Social Club, los cartageneros se mueven con la percusión de la champeta, un ritmo local de orígenes africanos que es el dueño de la radio durante todo el día, pero cuyo baile sensual sorprende a más de uno en las noches.

Para el segundo día, vale la pena explorar Bocagrande. El restaurante Árabe Internacional, en la carrera tercera, es un lugar ya tradicional de este sector, que sirve un arroz de almendras y quibbes que definen la palabra perfección; y La olla cartagenera, en la avenida San Martín, tiene el sabor criollo que prevalece libre de las influencias contemporáneas.

Para terminar el día, nada como disfrutar de una vista inmejorable de la ciudad desde el centro amurallado, contemplando el atardecer desde la terraza del hotel Movich, en la calle Vélez Danies. El bar sirve una variedad de cocteles y jugos que complementan a la perfección las refrescantes brisas de la tarde.

Eso sí, antes hay que tomarse un café en la librería Ábaco, hojeando libros y revistas, en la calle de la Iglesia con Mantilla. Es el plan perfecto para refugiarse del calor de las horas de la tarde. Y si aún hay energías por la noche, se debe hacer una parada estratégica para oír son cubano y salsa donde Fidel, en el Portal de los Dulces, al lado de la Torre del Reloj. Eso de paso a la Plaza de la Trinidad, en Getsemaní. A diferencia de las plazas del centro, con mesas y glamour, esta es un lugar para relajarse en medio del jolgorio de los niños del barrio, que juegan al fútbol o el quemado, como si los comensales de los restaurantes de alrededor no existieran.

BARRANQUILLA: UNA CAPITAL QUE SE MUEVE

Dejando Cartagena y dirigiéndose al nororiente, está Barranquilla. Más conocida por su carnaval de febrero, es la ciudad más grande de las tres, y escenario de una transformación urbana que la pone en ojos de muchos. Viajando por carro desde Cartagena al tercer día de viaje, hay dos paradas estratégicas: Puerto Colombia y el castillo de Salgar.

Puerto Colombia fue el lugar de entrada de la ola migratoria de la costa caribe a principios del siglo XX. Por este puerto, hoy en ruinas y a merced de la marea, entraron al país sirios, libaneses, judíos y alemanes, entre muchos otros, atraídos por una tierra de oportunidades y libertad, lejos de la guerra. Es un monumento imponente y romántico. Por su parte, en el castillo de Salgar, un fortín del siglo XIX construido por españoles sobre un acantilado, se ven a las olas reventar con fiereza. En el edificio, recientemente restaurado, hay un restaurante que sirve un excelente risotto de frutos del mar.

Ya en Barranquilla, hay que aprovechar las brisas de la tarde para ver la época de oro que vivió esta ciudad durante la primera mitad del siglo XX con una caminata por el barrio El Prado. En este sector de la ciudad, la arquitectura es testimonio de la convergencia de varias culturas como la árabe y la holandesa.

Pero al hablar del sitio favorito de los barranquilleros, hay que mencionar el Parque Washington. Además de ser el lugar preferido de socialización, allí se concentra buena parte de los restaurantes y bares de siempre y de moda. El pulpo Paul tiene una carta de ceviches, filetes, arroces y otros platos que son muestra de cómo esta ciudad se piensa a sí misma alrededor de sus sabores, pero también de la imagen.

En la noche, para los más bohemios, no puede faltar una visita a La Cueva, lugar de tertulias de Gabriel García Márquez con su círculo más cercano de colegas, amigos e intelectuales, del llamado Grupo de Barranquilla. El lugar está ubicado en el barrio Boston, en la carrera 53 con 59. La Troja, en la carrera 44 con 72, es la elección de quienes prefieren la salsa. Con 48 años de historia, es tal vez el más popular rumbeadero de la ciudad.

En el cuarto día, un clásico barranquillero: probar la riqueza culinaria que dejaron los turcos con un almuerzo en el restaurante Los Trigales, en la carrera 43 con 82, uno de los más tradicionales de Barranquilla, sin grandes pretensiones, pero con una cocina auténtica, donde el sabor es más importante que el protocolo.

Por la tarde, hay que ver la Barranquilla actual, una ciudad que mira al futuro con optimismo y ambición. Uno de los grandes ejes de renovación urbana es el Parque Cultural del Caribe, donde se encuentra el Museo del Caribe. El edificio, además de ser un centro de reflexión y exposición de la cultura de toda esta región de Colombia, tiene una magnífica vista del edificio de la Aduana y del río Magdalena, cuyo nuevo malecón puede ser la siguiente parada en un buen día para contemplar los avances de esta ciudad progresista.

El Malecón Bicentenario, a las orillas del río, así como la restauración de la Intendencia Fluvial ofrecen una nueva experiencia de la ciudad. Las brisas de este lugar son refrescantes y la vista hacia el skyline de la Barranquilla moderna deja claro por qué la Arenosa es hoy tan atractiva. Es un sitio donde los locales van a refrescarse al lado del río, un plan que hasta hace poco era impensable.

Ningún barranquillero estaría tranquilo si un visitante deja la ciudad sin refrescarse con un frozo malt, una especie de malteada inventada en los años treinta en la Heladería Americana, que tiene varias sedes en la ciudad.

SANTA MARTA: LA REINA DE LAS PLAYAS

De las tres perlas del Caribe colombiano, Santa Marta tiene las playas más bonitas. Aparte del ya conocido El Rodadero, hay otras inigualables, como Bahía Concha, Playa Cristal, Cañaveral y Arrecifes, en el Parque Tayrona. Mientras por tierra el acceso puede ser complicado, hay operadores turísticos que hacen el trayecto por mar. La distancia que aleja a estos lugares de la ciudad ha garantizado que sigan siendo el paraíso que son, perfectos para el descanso.

Para los samarios, sin embargo, El Rodadero y Taganga siguen siendo las dos favoritas. Donde Chucho y Chucho Blue son los sitios para comer en este sector y luego disfrutar del mar. Si la preferencia es Taganga, en dirección opuesta, el plan es mucho más relajado. A pesar de que en los últimos años se ha convertido en un sitio de turistas mochileros, el lugar no pierde su atmósfera auténtica de aldea pesquera.

 

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Nada mejor para terminar unas vacaciones que echarse en la arena, sin preocupaciones, lejos del mundanal ruido y disfrutando de la pesca del día en los chiringuitos circundantes. Si se presenta la oportunidad, un costeño nunca dejaría de comerse una buena carimañola de queso o carne, o una arepa de huevo recién hecha. Los fritos son un bocado esencial de la dieta caribeña en Colombia y lo mejor es no irse de esta tierra sin probarlos. Este último día de vacaciones puede ser la prueba definitiva –como si hiciera falta una– de que en el mar la vida es más sabrosa.

 

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Diciembre
20 / 2020

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