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Un viaje espiritual por la India

Cuatro meses inmersa en los centros budistas de la India hizo descubrir a la protagonista de esta crónica el verdadero sentido de la espiritualidad.

Foto: Laurie Castelli/ Unsplash CC By 0.0.

Cuatro meses inmersa en los centros budistas de la India hizo descubrir a la protagonista de esta crónica el verdadero sentido de la espiritualidad.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 515 febrero 2013

Eran las cuatro de la mañana cuando María Antonia Echeverri se sentó en el centro budista a esperar la llegada del dalái lama. Tenía puestos dos jeans y dos sacos. Nunca pensó que en la India hiciera tanto frío en marzo.

Fue poco lo que planeó de su viaje antes de irse el año pasado. Su idea era seguir estudiando sobre la práctica de meditación y reiki que había comenzado en Bogotá hacía algunos años. No tenía ninguna intención de irse a los centros espirituales que están de moda ni a comprometerse con un solo gurú. “Yo quería algo individual, estar más sola. Mi propósito era hacer una inmersión espiritual y después picar India”. Con esto en mente, María Antonia viajó durante cuatro meses descubriendo la vida adentro de los ashrams.


Su primera parada fue en McLeod Ganj, un suburbio de Dharamshala en el valle de Kangra, en el norte del país. En 1959, McLeod Ganj se estableció como el hogar del dalái lama y la base del gobierno tibetano en el exilio. Después de ser requisada de pies a cabeza por agentes de policía, la única cosa que pudo entrar al templo fue un iPod donde oiría las palabras del dalái lama traducidas al inglés.

En la ceremonia se les repartió a los más de cien espectadores –budistas y no budistas– un té de mantequilla tradicional del Tíbet, preparado a base de hojas de té negro, mantequilla de yak y sal. El propósito de este ritual es otorgarles a los monjes un nuevo título. Todos los asistentes siguen simbólicamente los mismos pasos. Reciben una hoja seca que se ponen entre las manos y se amarran una pulsera roja en la muñeca mientras repiten los rezos tibetanos.

“El dalái lama es crudo y directo, pero tiene muy buen humor”, relata María Antonia. Durante su discurso habla sobre laChina, el exilio de los tibetanos y reitera que las religiones deben trabajar en conjunto. “La energía es muy fuerte y mucha gente empieza a llorar”, señala. A las cuatro de la tarde culmina la ceremonia y, con ello, la bienvenida a María Antonia quien pasaría los próximos cuatro meses en la India.

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Durante su estadía recorrió ciudades como Rishikesh, conocida como “la puerta del Himalaya”;Khajuraho, con sus famosos templos con esculturas eróticas, y la ciudad sagrada de Varanasi.

En el Tushita Meditation Center de Dharamsala, un templo colorido con piso decorado con símbolos budistas, las cosas se movían lentamente. Los monjes andaban con sus batas que se arrastraban por el piso y todos –mujeres y hombres– se rapaban como señal de igualdad. María Antonia tomó un voto de silencio por diez días en el templo. A la entrada tuvo que dejar sus libros y su diario, pues una de las reglas del lugar es que se debe estar sin ningún tipo de distracción.

“Cuando estás en silencio y no hay lenguaje todo cambia”, dice María Antonia. “Te vuelves muy consciente de todo a tu alrededor. También es duro porque te das cuenta de la falta de conciencia que tienes la mayoría del tiempo. Pero estar en silencio, contigo mismo, en tu cabeza, en realidad es lo más increíble que puedes hacer”.

El único momento en el que se permitía hablar era durante las clases de budismo que tenía con gente de diferentes orígenes e ideologías. Había israelíes, españoles, algunos eran católicos, otros ateos y algunos otros judíos. Todos estaban interesados en el budismo como filosofía. “La gente era muy estudiada –relata–, no aceptaban todo lo que se les decía. Había un cuestionamiento constante de las bases del budismo”. Se discutía a diario el concepto del karma, la reencarnación, la muerte, la idea de falta de permanencia y el apego.


A las cuatro de la mañana sonaba el gong, que era indicio de la primera meditación del día. Seguía un desayuno que incluía banano, chai en leche, avena, miel, balep korkun –pan tibetano delgado, elaborado en una sartén– y mantequilla de maní. El día transcurría con clase de budismo, meditaciones y una sesión de yoga tibetano en la que se hacían poses de animales. Como parte delkarma yoga (el yoga de la acción), María Antonia lavaba los platos.

Los últimos cuatro días los pasó en completo silencio haciendo meditaciones guiadas. “Estás 24 horas al día con tus pensamientos y ese silencio te obliga a ver tus demonios y a soltar el ego. Es aceptar que, al ser humano, eres bueno y malo al mismo tiempo. No es fácil”, fue su conclusión de su viaje al interior de sí misma.

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Algunas de las personas que empezaron el curso con ella se sentían atrapadas y esa confrontación psicológica era demasiado difícil de soportar. “Te encuentras con unas cosas tuyas que a veces son difíciles de mirar; es quitarse una máscara y ver esa persona que evades en el día a día”. Por eso, muchos no se quedaron hasta el final. Ella resistió.

Al estar con sus pensamientos todo el día, María Antonia se refugiaba en la conexión que había creado con sus compañeros aun estando en silencio. “No era una amistad, pero yo sentía una complicidad con la gente a mi alrededor”, explica.


Al igual que la vida dentro del centro espitirual, su cabeza empezó a andar a otro ritmo.

“Lo más loco es que esa tranquilidad de la que hablan todas esas personas, esa paz interior sí existe”, termina. “El problema es que en nuestro día a día, los paradigmas que vivimos no nos dejan llegar a ese estado. No he llegado adonde tengo que llegar, pero esa ida a la India fue lo que me abrió la puerta para empezar ese camino”. Y eso era lo que tenía que descubrir.

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