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Una historia vive en Curazao

Una antigua colonia 
holandesa es hoy uno de los destinos más apetecidos para tomar el sol en paradisíacas playas en medio de edificios restaurados. Una isla a la que vale la pena ir de vacaciones.

Foto: David Rugeles

Una antigua colonia 
holandesa es hoy uno de los destinos más apetecidos para tomar el sol en paradisíacas playas en medio de edificios restaurados. Una isla a la que vale la pena ir de vacaciones.

Jesús Asmed Osmar, número dos en el ranking colombiano, se prepara para jugar el hoyo 5 del campo de golf del Blue Bay Resort en Curazao. Con su primer golpe la bola debe volar sobre el océano Atlántico en una caída de más de 13 metros para aterrizar cerca del green. Solo en Curazao puede existir un hoyo de 185 yardas par 3 en el que el protagonista principal es el océano. Solo aquí, profesionales y aficionados pueden jugar en un mismo equipo y convertir el golf en una dulce diversión. En Curazao todo es diferente, y hay razones para esa diferencia.

Tal vez se deba a una enorme mezcla de tradiciones: el pasado colonial bajo el Reino de los Países Bajos, la influencia de sus vecinos Colombia y Venezuela, y las costumbres de los descendientes de esclavos que llegaron hace más de cuatro siglos. Una mezcla cultural que está viva y se manifiesta en todo: en la arquitectura, en la comida, en la forma de hacer un torneo de golf y, por supuesto, en las cuatro lenguas –español, inglés, holandés y papiamento– que todos los curazaleños hablan sin el menor esfuerzo.

La cocina de la historia

Un buen lugar para empezar a explorar esta maravillosa mezcla es el restaurante Fort Nassau, un fuerte de piedra construido en 1800 y que desde 1959 se convirtió en un restaurante de comida internacional, que, sin embargo, no es su principal atracción, pues lo mejor es su ubicación en donde los más aventureros pueden subir hasta el techo del fuerte y disfrutar una de las mejores vistas nocturnas de la isla.

Fort Nassau es el ejemplo más antiguo del estilo de restauración que caracteriza a Curazao. Orgullosos de su pasado y de su historia, los edificios y casas coloniales se rehabilitan para mantenerse en uso. En Punda, la zona oriental y más antigua de Willemstad, capital de la isla, se encuentran decenas de hermosos edificios coloniales y antiguas casas del siglo XVIII convertidas hoy en día en tiendas de marcas como Victoria´s Secret, Calvin Klein y Guess. Pero además permanecen pequeños tesoros históricos como un antiguo reloj de 23 campanas que cada hora toca una melodía diferente y del que sale un desfile de figurillas mecánicas de personajes del pasado colonial de la isla.

La mezcla de pasado y presente se puede seguir experimentando al cruzar la bahía por el puente Reina Emma, un puente flotante que se abre lateralmente (como una bisagra, moviéndose sobre unas bases que asemejan balsas de madera) para facilitarles el paso de la bahía a cruceros cargados de turistas o a buques petroleros. El puente fue construido en 1808 y nunca ha dejado de usarse.

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Del otro lado del puente está Otrobanda, la zona occidental de Willemstad. Durante años fue una zona casi en ruinas y tomada por la prostitución (legal como en todo el Reino). Sus casas clásicas de la era colonial y hermosos edificios inspirados por el Art Déco y construidos en los cincuenta y sesenta, estaban al borde de la destrucción. En 1995, Jacob Gelt Dekker decidió restaurar una casa que le pertenecía y luego no pudo detenerse. Hoy en día Otrobanda luce como en su pasado colonial, con pequeñas casas de colores pastel y pequeños cafés y restaurantes al aire libre que le confieren un aire romántico. Allí se respira la historia, desde los aterradores recuentos del museo de la esclavitud (la isla fue centro de distribución de esclavos hacia todas las Américas), hasta las de fe y devoción en la sinagoga Mikvé Israel-Emanuel que, fundada en 1651, es la más antigua del continente, todavía en funcionamiento.

Allí también probé la comida tradicional de la isla. En el restaurante La Bahía, al lado del puente Emma, pedí un Keshi Jena, o queso relleno (30 florines). Se trata de una comida que se originó en la época colonial: los holandeses, dueños de las plantaciones, solían tirar a la basura las cáscaras de sus quesos, y estas eran recogidas por los esclavos, las rellenaban de pollo o carne, uvas pasas, aceitunas o lo que tuvieran a la mano y las ponían dentro del horno. El calor aflojaba y daba nueva vida al queso que ahora era perfectamente comestible y además delicioso. El resultado es un plato peculiar: un queso Gouda que por dentro tiene el relleno de una empanada chilena. Es un plato interesante, pero si le suena pesado tiene toda la razón. No se lo coma si no tiene tiempo de hacer una siesta.

Para explorar más de la comida local volví a Punda en busca de Plasa Bieu, la plaza vieja, que es el lugar para comer como un verdadero curazaleño. Aquí, desde hace 40 años, se vende comida en un típico ambiente informal: un largo espacio de unos cien metros de largo, con amplias mesas de madera que locales comparten con turistas de todas partes del mundo. A lo largo de la plaza hay ocho “restaurantes” diferentes, con cocinas tradicionales de leña donde se cocina Kadushi (13,50 florines), una sopa de cactus con una textura pegajosa y con fragmentos de pescado, cola de cerdo y mariscos por dentro (solo apta para aventureros), Tutu (4 florines), una masa oscura que los locales comparan a la polenta, aunque se acerca más a un tamal dulce y oscuro a base de fríjoles y lentejas y, por supuesto, las arepas de Panpuna (1,75 florines), una especie de pancake dulce cocinado a base de calabaza.

Si su apetito es menos aventurero le recomiendo visitar el Rif Fort, en Otrobanda. Se trata de otro fuerte restaurado, mucho más grande, que incluye un enorme hotel, docenas de restaurantes y bares con música en vivo. Allí visité el Steak and Grill Sea Food, un lugar perfecto para los amantes de los cortes de carnes americanos (el T-bone es bastante bueno) y por supuesto excelente comida de mar. Muy recomendado el pargo rojo al grill (45 florines).

Vamos a la playa

Es innegable que uno de los atractivos principales de Curazao son sus más de treinta playas, para todos los gustos. Mi recorrido de playas empezó en la zona más comercial, al este de la isla, en Jan Thiel, donde se mezclan turistas de cuatro hoteles con curazaleños que pagan tres dólares por entrar al club; hay tres bares, desde el más playero hasta el más elegante, cuatro restaurantes y un pequeño centro comercial que incluye un magnífico spa con vista al mar.

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Luego visitamos Sea Aquarium Beach. Del acuario, lo más atractivo es el Substation Curaçao donde, si no le importa deshacerse de 650 dólares, puede sumergirse en un submarino privado para dos personas a más de 300 metros bajo el mar. La playa del Sea Aquarium también está rodeada de bares y restaurantes y es famosa por su vida nocturna, especialmente el Bar Mambo y el Wet & Wild, los bares de más movimiento en las noches de los viernes en la isla.

Las playas del este están llenas de restaurantes, bares y turistas. Por eso es bueno viajar hacia el oeste, en donde hay playas menos utilizadas y absolutamente hermosas. Son recomendables dos pequeñas playas completamente gratuitas, desoladas y usadas solo por los locales: Daaibooi Beach y Playa Jeremi. Si prefiere sillas, asoleadoras y la posibilidad de un masaje está bastante bien ir a Cas Abou (debe pagar una pequeña tarifa de ocho dólares por carro, pero vale la pena). Y por último está Kenepa Grandi, una fantástica playa larga y sin duda la mejor de Curazao, en la que el color turquesa se prolonga casi 400 metros dentro del mar antes de convertirse en un azul intenso y oscuro. Gratuita, no pertenece a ningún hotel, es la preferida de los locales y uno de los mejores tesoros de la isla.

La historia del golf también termina en la playa. En el Sunset Bar de la playa privada del Blue Bay Resort, donde se celebró hace unos meses la culminación del Pro-Am Invitational. Aquí, gracias a la pasión por la música de sus dueños, se hacen conciertos en vivo un par de veces al año con artistas internacionales. Solo en Curazao un torneo de golf puede terminar con Matt Wertz, un cantante que mezcla el sonido acústico Nashville con el Groove de la motown. Solo en Curazao 60 golfistas sueltan sus palos para bailar sobre la arena al ritmo del rock and roll. Esa es la vida dushi (dulce) de una isla en la que el pasado y el presente nunca terminan de mezclarse.

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