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Cuatro rutas para descubrir las artesanías colombianas

La propuesta Colombia Artesanal, que busca divulgar y preservar la maestría de los oficios artesanales, inspiró a Diners a tejer cuatro rutas y conocer, de otra manera, nuestro territorio.

Foto: Cortesía Colombia Artesanal.

La propuesta Colombia Artesanal, que busca divulgar y preservar la maestría de los oficios artesanales, inspiró a Diners a tejer cuatro rutas y conocer, de otra manera, nuestro territorio.

Hay muchas maneras de conocer un territorio de la Colombia artesanal. Una de la más bellas es la tejida por manos anónimas, que va más allá de los hoteles, los planes y la posible fiesta. En ella, el factor humano es el aliciente que define la ruta y, casi siempre, con el regalo de un objeto artesanal que recordará el vínculo entre el lugar, su gente y la experiencia vivida. 

Las siguientes cuatro rutas elegidas, de las doce que propone el proyecto Colombia Artesanal –liderado por Artesanías de Colombia–, son una mezcla entre la belleza natural de la geografía de los territorios. También combinan la identidad de sus pueblos como columna vertebral de cada recorrido. Esto además de los objetos que, tras un saber de siglos, sus habitantes han llegado a elaborar. 

Recuerde algo antes de empacar maletas: las artesanías no son solo un objeto producido en un territorio específico por manos diestras para los turistas.

Son símbolo de saberes, historia, pero primordialmente son los elementos naturales de una región transformados a través del arte de las manos y la imaginación de los pueblos.

Por sobre todas las cosas, son la expresión de los elementos que tenían a la mano esos pobladores para hacer más hermosa su vida. 

Ahora sí, aliste maletas. Nos vamos de viaje.

1. Bolívar 

hamacas artesanales
San Jacinto, Bolívar, tiene el sobrenombre de la «Tierra de la Hamaca Grande». Foto: Cortesía Colombia Artesanal.

Punto de partida: Cartagena

Buena parte de Bolívar es agua, está llena de canales o tejida por sus cuerpos líquidos. El río Magdalena es la expresión central de un territorio donde las canoas y barcazas recorren sus orillas como en otras épocas lo hicieron champanes y buques. 

Cartagena ya no necesita carta de presentación. Sin embargo, un lugar artesanal para visitar por su belleza fotográfica es la plaza de las Bóvedas. También vale la pena aprovisionarse de vituallas, frutas y de la variedad descomunal de dulces que ofrecen en el Portal de los Dulces. Recomendado, por su nombre, comer alegría, una mezcla de millo soplado y melao.

Salir de Cartagena requiere paciencia por la pesadez del tráfico. En el camino podrá estacionarse para comer arepas de huevo, buñuelos de fríjol, enyucados, carimañolas o bollo angelito, que tiene coco, o simplemente un buen bollo limpio. En San Juan Nepomuceno vale la pena probar las galletas María Luisa, cubiertas de merengue y relleno de arequipe. Si le da el tiempo, visite el santuario de fauna y flora Los Colorados, donde los monos aulladores son los reyes de los árboles.

Punto artesanal: San Jacinto 

Este pueblo de raíces africanas e indígenas se ha enriquecido, precisamente, por el maravilloso legado de las dos culturas en un mismo lugar. Ambas dieron origen a un estilo musical poderoso de gaitas y tambores. Y a un legado de juglares y ritmos que van desde la puya hasta la gaita corrida.

La parada obligatoria artesanal está en las hamacas, esas camas colgantes que los indígenas crearon para descansar sobre redes entre los árboles, y cuyo uso se extendió desde las Antillas.

En el pueblo de las gaitas, San Jacinto tiene también el sobrenombre de la “Tierra de la Hamaca Grande”. La explosión de colores y el trabajo de las artesanas de las hamacas es un gozo para los ojos. Su canto al color y su música vital son sus escudos contra la barbarie. 

 Olivia del Socorro Carmona de Castellar, una sanjacintera experta en la elaboración de hamacas y tejeduría en telar vertical, dice que su taller, parte de la Ruta Río Magdalena, se llama Escuela Olivia Carmona Museo Vivo, porque mantiene los conocimientos ancestrales legados de generación en generación. 

Artesanías
Abraham Reyes, creador de esta pieza, lleva 20 años en el oficio de la joyería. Foto: Cortesía Colombia Artesanal.

“Enseño a jóvenes y a personas de tercera edad interesadas en no olvidar esas enseñanzas. En mi taller escuela honramos la trayectoria cultural”, añade la mujer que representa esta región. Su primera hamaca, elaborada a mano, la hizo a los diez años y hoy le agradece el talento heredado a la paciencia y sabiduría de su abuela, Francia Elena Pájaro León.

Si la conoce, no se le ocurra regatear. Su trabajo vale lo que cobra. “A los visitantes los invitamos al taller para que vean el proceso de elaboración, desde el origen de las madejas, de los hilos, el algodón y los tejidos, pasando por el trabajo detallado y diseño hermoso en cada pieza artesanal. Allí ven cómo le ponemos el corazón a cada manufactura; son enseñanzas de nuestros ancestros, el pueblo zenú. Después de eso, incluso muchos dicen que debemos cobrar más”, cuenta la integrante de la Cooperativa de Artesanos de San Jacinto.

Punto de llegada: Mompox

Este pueblo es mágico. No queda cerca de las grandes rutas, y por eso permanece aislado, ahora que la navegación por el río ha quedado olvidada.

Pero más allá de su Albarrada, de sus casonas ancladas en el siglo pasado, de su queso de capas, de sus iglesias numerosas y de ser declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, este pueblo fundado en 1537 es el hogar de artesanos de la filigrana.

Lugar de paso del oro en épocas de la Colonia, sus artesanos se hicieron diestros en el arte de crear piezas detalladas con el maleable y codiciado material. Mompox, primer pueblo declarado soberano en el país, es un tesoro supremo, tanto o más que sus filigranas. Regálese allí un atardecer dorado, como el oro que trabajan sus artesanos.

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2. Santander

Barichara, un pueblo patrimonio en Colombia. Foto: Cortesía Colombia Artesanal.

Punto de partida: Curití

Seguramente en Santander lo saludarán con un “¿cómo le fue?” bien entonado. Con habitantes recios por sus condiciones geográficas de montañas ariscas, tiene pueblos que rezuman identidad y gente orgullosa de su enjundia.

Rica y al mismo tiempo limitada en recursos, los habitantes de esta tierra han usado el ingenio para crear artesanías poderosas. 

En Curití, la baja calidad de las tierras hizo que sus pobladores aseguraran el sustento con opciones distintas a la agricultura.

De allí nació la elaboración de costales de fique, que ganó relevancia para empacar café cuando el país fue el mayor exportador del grano en el mundo. De allí al arte hubo poco trecho: esta fibra rústica pero resistente y maleable fue convertida en un elemento de creación. 

Curití, que en idioma guane significa ‘Pueblo de tejedores’, aprovechó las posibilidades de estas plantas de tallo erguido y hojas carnosas, de las que han salido las cabuyas y cordeles del país.

Sus mujeres artesanas, como Blanca Rincón Pico, han trabajado la fibra desde niñas. Hoy, junto con su esposo, teje piezas creativas y tapetes en un taller de doce personas. En el pueblo, las imágenes del fique, como cabellos secándose al sol, son una estampa inolvidable.

Punto artesanal: Barichara

Hilos del taller de María Patrocinio Pimiento, una de las artesanas del ‘Pueblo de tejedores’. Foto: Cortesía Colombia Artesanal.

La ruta Camino de los guanes cruza territorios de cuevas, pozos al aire libre, canotaje, parapente y naturaleza. En Barichara, pueblo Patrimonio de Colombia, los artesanos se han concentrado como en pocos otros lugares.

Diego Viviescas, un artista de la cestería, las lámparas y los fruteros elaborados en bejuco, continúa el legado de su abuelo, don Nico, quien aprendió el arte de la cestería en su etapa otoñal. A los 72 años elaboró y vendió su primer canasto. Su nieto heredó el don y muestra su talento con la ayuda del bejuco Pedroalejo. 

Barichara es cuna de artesanos de distintas técnicas, desde la piedra hasta las lámparas, pasando por el barro y el fique. Con su tierra amarilla y rodeada por dos cañones, ha conservado su belleza de casas blancas de tierra apisonada con construcciones nuevas que siguen la estética del lugar, calles empedradas y una iglesia ocre que la remarca como uno de los pueblos más emblemáticos del país.

Con Guane a pocos minutos y el cañón del río Suárez visible desde su mirador, es un destino de fácil acceso si logra sortear las infernales carreteras curvas de la región. Visitar Barichara es hacer una pausa ante la prisa.

Punto de llegada: San Gil

Para los indígenas guane, la tierra era una propiedad común que defendían de los ataques de otras tribus porque se sentían atados a su territorio. Ese carácter es parte fundamental hoy de los santandereanos. Se ve en San Gil, cuna del ecoturismo, que pasó de ser un lugar de paso a albergar al turismo y convertirse en un lugar de aventura y enlace con otros destinos, desde donde se afianza el espíritu santandereano.

En San Gil está condensada la oferta gastronómica típica del departamento, con carnes oreadas, mute, arepas de maíz pelado y cebollitas en vinagre, opciones de turismo con visitas a cuevas y canotaje, la naturaleza del parque El Gallineral, y una decena de posibilidades de viajar a lugares como Oiba, Guapotá, Socorro o Charalá. 

3. Putumayo

La cascada Canalendre, cerca de Mocoa, es un paraíso natural de senderos y formaciones rocosas. Foto: Shutterstock.

Punto de partida: Sibundoy y San Francisco

Visto en un mapamundi, el Alto Putumayo, donde se teje la ruta del Valle del Sibundoy Sagrado, es casi apenas un punto diminuto porque hay kilómetros entre un lugar y otro.

Sin embargo, centenares de montañas majestuosas hacen del entorno de esta ruta un profundo viaje entre el nudo de los Andes y, de sus recorridos, una honda experiencia. Allí, los verdes son más intensos y variados, la luz se siente armónica y el frío cala hasta generar en los visitantes un estado casi místico de contemplación. Se siente tanta hondura en el alma como profundidad en los abismos de la zona.

Los vestuarios vitales de la comunidad hablan de un pueblo que celebra la naturaleza y transmite vitalidad en sus oficios.

Allí residen mayores y abuelas que comparten saberes, una comunidad integrada que ha soportado con dignidad los embates del conflicto y que ha hecho del sincretismo una manera de entender la vida más armónica.

El parque de la Multiculturalidad, en Sibundoy, es muestra de ello. También lo es la talla de madera, que combina el oficio que trajeron los colonizadores con las figuras y la creatividad locales. 

Punto artesanal: Colón

Emerenciana, en el centro de la foto, es una líder innata que ha transmitido conocimiento a las nuevas generaciones. Foto: Cortesía Colombia Artesanal.

Gerardo Chasoy, del taller Putumayo Arte y Diseño, destaca que los jóvenes de la región aprenden las tradiciones artesanales heredadas de generación en generación, y también las preservan.

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“La Ruta Artesanal ayuda a visibilizar el oficio de la talla en madera con apliques de chaquiras (mostacillas sintéticas de colores) y tinturas naturales, que dan un toque especial a los acabados elaborados. Los muchachos, expertos en el manejo de la tecnología y los celulares, han engrandecido el conocimiento”, dice Chasoy. 

A diez minutos de Sibundoy está Colón, donde se puede conocer la etnia inga, cuya lengua tiene origen quechua y raíces incas, y que coexiste con la kamëntsá, de origen lingüístico independiente.

Ambas culturas tienen un lenguaje pleno de significado, elaboran máscaras, viven en medio del verde intenso, entre cursos de agua fríos y termales, siembran chagras, basan su conocimiento médico en la naturaleza y usan el yagé como manera sagrada de conectarse con el mundo espiritual. 

Punto de llegada: Santiago 

La cuna de los Jacanamijoy es un paraje entre quebradas cercano a la hermosa laguna de La Cocha. Antes de salir, permítase conocer a un chamán y recorra la prodigiosa naturaleza en este paisaje de curvas y montañas reverdecidas. Es un plan de transformación espiritual. Las fajas, los tejidos, las creaciones con chaquiras o la talla de madera deberían ser el recuerdo para llevar de vuelta.

4. Amazonas

Amazonas es cuna de hábiles talladores de los árboles. Foto: Shutterstock.

Punto de partida: Leticia

Milena Vento es el rostro visible de la Ruta Amazonas Ancestral. Su taller, localizado en Leticia, se llama Abuelo Arrendajo, en homenaje a su abuelo, un chamán sabio, integrante del clan de los abuelos arrendajos, nombre proveniente de los fantásticos pájaros de vistoso plumaje negro, amarillo y blanco. 

 No es casual que el clan tenga nombre de ave: todo en el Amazonas está conectado con la naturaleza. En este territorio selvático, donde el río es protagonista, hay agua por doquier, afluentes que surgen de cada recodo y poblaciones en palafitos para las eternas crecientes. Allí viven decenas de etnias entre el río y la selva. 

Milena es tejedora y aprendió ese arte cuando pasó de niña a mujer en la ancestral fiesta de la Pelazón de la etnia tikuna. Su esposo James y ella son expertos en la elaboración de máscaras de madera. Su técnica se basa en secretos heredados del uso del palosangre y de tinturas naturales como las de uvito, pigmento negro que evita el mal de ojo.

Viven en la capital selvática, desde donde conectan con Brasil, Perú y la extensa cantidad de comunidades asentadas a orillas del Amazonas. Para Milena, guía étnica del Banco de la República, su materia prima esencial está en la comunidad Nuevo Jardín, donde viven sus padres y Arú, su abuela centenaria, cuyas manos aún fuertes, tejen hamacas. 

Punto artesanal: Nazareth

A lo largo del río es posible encontrar artesanos de árboles de palosangre, insira o macacauba, de maderas blandas como el balso o el huito, maestras tejedoras de canastos en palma de chambira y creadoras de muñecas en telas de yanchama, todos elementos naturales.

Otros artesanos fabrican collares con las semillas de la región. La cestería usa elementos naturales como la chambira, con la cual se hacen chinchorros y cernidores. Bejucos como el guambé o el yaré, son usados por comunidades bora para crear tejidos. 

 Nazareth es un centro de confluencia de vocación agrícola y artesanal, donde se entrecruzan saberes y oficios. También es un punto medio hacia el occidente del río, a 35 minutos de Leticia, y de contacto entre la selva y la artesanía en pleno.

Artesanías hechas con yanchama
Muñecos hechos en yanchama, una tela fibrosa que se extrae de los árboles. Foto: Cortesía Colombia Artesanal.

Punto de llegada: Macedonia y Puerto Nariño

A hora y media de Leticia está Macedonia, poco antes de Puerto Nariño. Como en las otras comunidades, todo allí está dispuesto para ver el río. Acá, al igual que en Puerto Nariño, el turismo es la actividad económica esencial.

Los visitantes pueden hospedarse en hostales cómodos y compartir con los locales la pesca, las caminatas ecológicas, la elaboración de artesanías o el avistamiento de los delfines rosados.

Allí, en ese punto en medio de la aparente nada, inmerso entre la selva, descubrirá tanto la pequeñez como la magnificencia humana entre la naturaleza, capaces de transformar sus elementos para hacer con ellos arte, artesanía.

¿Qué es Colombia Artesanal? 

Esta plataforma de Artesanías de Colombia nació como una propuesta para viajar por el país y conocer el trabajo artesanal de la mano de sus mejores exponentes. Ofrece doce rutas turísticas artesanales por Atlántico, Antioquia, Amazonas, Bogotá, Bolívar, Boyacá, Cundinamarca, Eje Cafetero, La Guajira, Putumayo, Nariño y Santander.

Coordinada por María Paula Díaz, la idea surgió en 2019 para unir dos temas: artesanías y turismo. Un año después se comenzó a laborar en curadurías y en el diseño oficial de la página.

Se seleccionaron departamentos de gran concentración artesanal para “mostrar la maestría del oficio artesanal, la grandeza de los artesanos creadores del patrimonio inmaterial y ponerlos en un nivel alto, con el valor y la importancia merecida”, argumenta Díaz.

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Mayo
20 / 2022

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