Una aberración llamada moda

El concepto de moda ha tenido diversas connotaciones que han sido imagen de sus variadas formas de expresión. Hay quienes ven en su esencia una aberración, vista como la desviación de la norma.
 
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POR: 
Julián Posada

Para algunos, la moda no pasa de ser una aberración, entendida la aberración como una desviación de la norma. Si la consideran así es porque se desarrolla en un campo de la cultura donde la objetividad y la razón tienen poca injerencia. Pero eso es, precisamente, lo que la hace fascinante. Pues en la medida en que como individuos nos habituamos a los cambios que plantea cualquier desviación -en moda podemos denominarlos tendencias-, también nos planteamos la posibilidad de superarlos.

Es, precisamente, la obsolescencia de las tendencias la que le permite a la moda transformarse y reinventarse cada temporada, y la que obliga a los individuos a repensarse para construir y destruir su apariencia durante cada estación, o día, en un juego eterno similar al de las cajas chinas.

Porque además, nos vestimos para seducir al otro. Pero para que este ejercicio resulte novedoso y divertido, los modelos de seducción deben renovarse. Cuando uno lo hace, evita la monotonía que genera la rutina y genera una nueva seducción. Ya lo dijo Coco Chanel: “La moda se pasa de moda. El estilo, jamás”.

Este juego que plantea la idea del eterno cambio puede ser tan perverso como se desee y tan poco ético que podría asustar. Sin embargo, en la “lógica” capitalista consumir equivale a agotar y para que se genere consumo hay que satisfacer necesidades reales o creadas. Dentro de esta misma lógica, lo que buscan los departamentos de investigación y diseño es transformar el fondo y la forma para que a través de la generación de bienestar y de la innovación se añada valor, se mejoren las condiciones del producto y se consuma aún más.

La moda se compra cuando el bienestar social crea las condiciones idóneas para que los individuos iniciemos la satisfacción de necesidades cada vez menos ligadas a las primarias, como lo fue en un principio cubrirse. Una vez que lo hacemos, usamos la moda como la manifestación de un estilo o de una ideología. Sin embargo, no todos lo logramos y pocos reconocemos su poder simbólico.

En treinta y cinco años trabajando en el mundo de la moda en Colombia he visto la transformación no solo de la industria, sino sobre todo de los individuos, y he sido testigo de cómo la moda sirve de instrumento para que las personas manifiesten lo que son y desean. Precisamente por ello resulta inolvidable la frase de la chica que le dijo a un grupo de investigadores que usaba una marca de jeans “para diferenciarme del mundo, pero para ser igual a mis amigas”. Ahí radica la inmensa capacidad de una marca para conectar a los seres humanos con sus iguales: para eso sirve la moda. Gracias a ella cada quien se inscribe e identifica con sus iguales. También, y de manera muy potente, lo hace la música. Pero no hay música sin tribu, ni tribu sin uniforme: la moda hace impensables los góticos, sin sus trajes de cuero negro repletos de taches de metal.

Pero la moda, así como renueva, excluye. En la reciente Cumbre de las Américas hubo un mandatario que por no llevar guayabera se sintió incómodo. Debió cambiar su atuendo para insertarse y comunicarse de manera más cómoda con sus iguales. La moda, por tanto, también construye imágenes distorsionadas del individuo. En un país tan conservador como el nuestro, una aberración como la moda permite ayudar a transformar esquemas, aunque sólo sea desde la forma. Quizás por eso se agradece tanto.

         

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junio
8 / 2012