Ómar Pinzón: el nadador olímpico de Colombia

Ómar Pinzón clasificó a sus primeros Olímpicos cuando tenía 14 años. Desde entonces no ha hecho sino crecer en fuerza y calidad y por eso se vislumbra como una de las promesas colombianas.
 
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Mauricio Gaviria

Será la única carta en natación por Colombia y es tan grande su obesión que se tatuó el logo olímpico en su bíceps derecho y se duerme acunando la idea de un oro en Londres 2012.

Su espalda de nadador parece cómoda en el saco de paño con que atiende la rueda de prensa. Ómar Andrés Pinzón se sonríe ante los micrófonos que lo acechan en el Comité Olímpico Colombiano. Un periodista que ha seguido su carrera de cerca le pregunta: “¿Usted considera que es el mejor nadador de la historia de Colombia?”. Ómar, que nació después del auge de Pablo Restrepo, y quien le agradece todo a Dios y a su familia, le responde pausado: “No está en mí decidir quién es el mejor, yo solo vivo mi vida, hago lo que amo, que es la natación”. El auditorio sabe que no hay un nadador colombiano que le dé la talla a Pinzón, ni siquiera en un entrenamiento. Pero eso para él no resulta suficiente. En su bíceps derecho tiene tatuado el logo de los Juegos Olímpicos: él quiere es ser el mejor del mundo. Se le nota, lo transpira.

Ha pasado la mitad de sus 22 años entrenando con la decisión de un tiburón hambriento. El 2011 fue brillante: medalla de oro en 200 metros espalda en el Campeonato Mundial de Natación de Singapur; medalla de plata en 200 metros espalda en los Juegos Panamericanos de Guadalajara; y dos medallas de oro en 200 metros espalda y una de bronce en 50 metros espalda en la parada mundial de piscina corta de Asia.

Fue un año de oro, plata y bronce, pero también de carne y hueso. En septiembre, por falta de descanso, sufrió una lumbalgia que no lo dejaba ni amarrarse los zapatos. Un médico quiropráctico tuvo que enderezarle la espalda. En octubre, dos semanas antes de los Juegos Panamericanos, sufrió una gripa que le aguó los entrenamientos y cuando aterrizó en Guadalajara estaba tomando antibióticos porque ya de grande lo sorprendieron las paperas. Lo emocional tampoco fue fácil: apenas este año su padre empezó a recobrar el pelo y el bigote tras una batalla de meses contra un cáncer.

Terminando la rueda de prensa, tras devorar un pastel de pollo en tres mordiscos y beberse de un sorbo un espeso jugo de mango, a Ómar Andrés le preguntan quién es el mayor ejemplo de su vida. Entonces se afloja la corbata y tose pasito para camuflar el quiebre de orgullo que le produce hablar de su padre: “Me ha enseñado a nunca rendirme, a soñar en grande y a ser persistente para alcanzar las metas”. Su padre se llama Ómar Pinzón. Cuando pequeño ganó un intercolegiado nacional de atletismo corriendo en mocasines, se pagó sus estudios de economía, se graduó a los 30 años y hoy dirige una empresa de 500 empleados.

Ómar Andrés es el segundo hijo de su matrimonio con Gladys García. “Era muy inquieto, destruía un balín”, recuerda su padre. Pasó más de un recreo castigado en la biblioteca del Colegio Británico. “Tuve que ir a defenderlo cincuenta mil veces”. Para calmarle el derroche de energía, decidió ponerlo a hacer deporte: fútbol, baloncesto, tenis, ping pong, natación, atletismo y karate. Para todo era excelente, pero nadando parecía de otro mundo. La profesora que lo vio dar sus primeras brazadas en el club Cafam nunca había visto un talento como ese, y así se lo dijo a su padre. “Al principio no le paré bolas, pero a los seis meses volvió a insistirme para que lo metiera al equipo, y así comenzó”. Ómar Andrés clasificó a los Juegos Olímpicos de Atenas cuando tenía 14 años.

Poco antes de graduarse del colegio, el entrenador Sergio Aristizábal le sugirió hacer un campamento de verano con el equipo de natación del Bolles School, en la Florida. “Aquí no había con quién entrenar ni competir”, dice. Ómar tenía dos opciones: quedarse estancado en Colombia o probar suerte por fuera. “Yo consigo la plata como sea para que usted esté bien allá”, le dijo su papá. Al cabo de un año, en 2006, Ómar ganó dos medallas de oro en el abierto de natación de los Estados Unidos. Con 16 años, era el mejor nadador de su edad. Eso llamó la atención de la Universidad de la Florida, que le ofreció beca de estudios para que se integrara a su equipo de natación. Ómar empezó economía y se integró al que entonces era el cuarto mejor equipo universitario de natación de los Estados Unidos.

Representó a Colombia en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, donde consiguió el puesto 17 en los 200 metros espalda. En la misma prueba obtendría el puesto 10 y luego el 9 en los mundiales de natación de Roma (2009) y Dubái (2010). En 2008 fue nombrado deportista del año por el IDRD de Bogotá, y el 6 de diciembre pasado El Espectador lo honró como el segundo mejor deportista del año. En natación, Pinzón es la única carta de Colombia para los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

En la sala de su casa, el padre aprieta en su mano derecha una de las medallas ganadas por su hijo. “Cuando él ganó estas medallas a mí se me escurrieron las lágrimas de la emoción. Usted no sabe el trabajo detrás de esto: son años de sacrificio, de dolor, de derrotas”. Ómar Andrés está en sudadera y lo escucha asintiendo con el mentón. Las ocho horas del entrenamiento de hoy se le convirtieron en ojeras. “En este país nadie ha movido un dedo por él. Todo ha sido trabajo suyo y de su familia”, dice con coraje.

“Aquí no hay descanso”, dice Jairo Antonio Lizundia, su preparador físico en Bogotá, donde recientemente terminó un campamento de altura. “El cuerpo de Ómar es una máquina a la que le estamos haciendo los últimos ajustes para Londres”. Sergio Aristizábal, su entrenador, agrega: “Tal vez le faltan unos centímetros de altura, pero eso lo suple con lo que tiene en la cabeza”. Con 1,85 metros de estatura, Pinzón no mira para abajo: “Cuando tienes la convicción de que no hay límites, las cosas que puedes alcanzar son inimaginables”, dice.

Después de cinco años de entrenar con la Universidad de la Florida y a punto de terminar su carrera de economía, Pinzón decidió cambiar de entrenador. No le gustó que toda la atención estuviera enfocada en Ryan Loqthe, estrella del equipo y, para muchos, el mejor nadador del mundo. Desde hace un año, Pinzón entrena en Los Ángeles con el Trojan Swim Club, al lado de medallistas como David Walters, Kitajima Kosuké, Markus Rogan y Rebecca Soni. “Se siente más el equipo”, dice. El mes pasado, en el Campeonato Suramericano de natación de Brasil, ganó dos nuevas medallas: oro en 200 metros espalda y plata en 100 metros espalda.

En Londres le apunta al oro en las modalidades de 200 metros mariposa y 200 metros espalda. Aunque es muy bueno en todos los estilos, sus tiempos en esta última prueba lo ponen entre los tres mejores del mundo. Nadadores como Michael Phelps, Ryan Lochte, Ian Thorpe, Tiago Pereira y César Cielo saben muy bien quién es Ómar Pinzón. “No me intimida competir contra ellos, soy un competidor más y cualquier cosa puede pasar”. Pinzón se describe a sí mismo hablando del tiburón: “Es ambicioso pero no es codicioso, sabe lo que tiene que hacer, busca su presa en vez de esperarla, se mantiene arriba en la cadena alimentaria”.

Son las nueve de la noche y Ómar se excusa y deja que su padre termine por él esta entrevista. Igual, son uno solo. Tiene hambre y en la cocina lo espera su mamá. Mañana, otra vez, y como desde hace doce años, madrugará para romper récords.

         

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abril
24 / 2012