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Gloria Polo: la mujer que asegura que vio a Dios

A sus 51 años, Gloria Polo considera su existencia un verdadero milagro. Murió y volvió a la vida. Asegura haber visto el infierno y el paraíso en los días posteriores a su accidente.

A sus 51 años, Gloria Polo considera su existencia un verdadero milagro. Murió y volvió a la vida. Asegura haber visto el infierno y el paraíso en los días posteriores a su accidente.

El 5 de mayo de 1995, a Gloria Polo, su esposo y un sobrino les cayó un rayo cuando caminaban por la Universidad Nacional, en medio de un torrencial aguacero bogotano.

Ese rayo atravesó el brazo izquierdo de Gloria y arrancó las uñas de sus manos. El calor en su cuerpo derritió hasta los anillos de oro. Sus senos fueron cercenados y el corrientazo quemó riñones, pulmones, ovarios y las dos piernas hasta salir por su pie derecho; el cuerpo quedó sin signos vitales. Gloria murió, pero de manera inexplicable ella misma pudo ver cómo unas manos la levantaban por un túnel de luz muy brillante, definido por ella como un “torrente de amor”.

Hoy, a sus 51 años, esta odontóloga colombiana asegura que sintió que su muerte temporal estaba en dirección al cielo, ante las puertas del paisaje más perfecto que jamás había visto; una imagen indescriptible “en donde no existen el tiempo ni el espacio como los conocemos”. Para ella, ese cielo era el corazón de Jesús, el paraíso prometido para las almas después de la muerte física.

Sin embargo, justo en ese momento, ante el portal del paraíso prometido para una eternidad de felicidad, su conciencia le dijo que no podía entrar. Su sobrino Álvaro Eduardo, de 23 años, quien también murió víctima del mismo rayo, sí entró sin que nada lo detuviera.

Convencida, sintió que su error fue haber dejado su vida a merced de la Nueva Era, esa suma de doctrinas de Oriente y Occidente que mezclan en el mismo coctel lo sagrado con lo pagano. Gloria lo había hecho casi todo: adivinación del futuro y rezos para la buena suerte; apoyo económico y moral para practicar abortos; consejos a otras mujeres para que pagaran la infidelidad de sus maridos con la misma moneda; y señalamientos en contra de la Iglesia católica para justificar sus acciones por fuera de ella.

Todo esto sucedió durante los cuatro minutos que estuvo muerta. Su marido, quien había perdido la conciencia por algunos segundos, en medio de su desespero empezó a gritar: “Gloria, no seas cobarde, regresa. Recuerda a tus dos hijos; no te puedes ir; no me puedes abandonar”. Ella, al escuchar el clamor de su esposo, regresó al chamuscado cuerpo. Ahora entiende que el matrimonio es también un compromiso tan sagrado como el sacerdocio.

Al abrir los ojos, un humo negro salió por entre sus labios. Gloria intentó pronunciar unas palabras, pero no pudo. El dolor de las quemaduras era insoportable. Dos horas después, Gloria fue trasladada a una clínica para que atendieran lo que quedaba de su cuerpo, que estaba quemado en un 68 por ciento. Una nueva puerta, pero esta vez con un marco de dolor que, a esta altura, ya era insoportable; ingresó a la sala de cirugías donde trataron de salvarle la vida.

Gloria volvió a morir pero esta vez no llegó al paraíso. Recuerda haber descendido a un lugar oscuro, lleno de pequeñas celdas con rostros desfigurados y rodeados por olores fétidos inaguantables. Más abajo, una enorme boca se abrió para absorberla y darle a conocer el que sería su nuevo hogar en la eternidad.

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Esta mujer que llegó a tener el poder mental para doblar cucharas, intentó utilizar sus técnicas de meditación para controlar el miedo por el que aún llora cada vez que recuerda y narra su experiencia; un sufrimiento tan intenso como el causado por las quemaduras. Sus esfuerzos e intentos por concentrarse no sirvieron de nada.

Cientos de bestias se colgaron de su cuerpo, la quemaron aún más y la empujaron para que siguiera cayendo. Su madre, quien miraba desde el borde de este abismo, intercedió para salvarla.

Ante la aceptación de sus pecados y la condena que estaba por recibir, Gloria pidió misericordia a Dios: “Señor, soy católica, dame una oportunidad”: un ruego en el aire inexistente de un lugar inaccesible.

De repente, una luz blanca volvió a brillar. Según anota, todas las bestias que se encontraban en la oscuridad se postraron ante el Señor y dejaron a Gloria en libertad. “Tendrás una nueva oportunidad. Esto que has visto y vivido debes repetirlo mil veces mil. Pobre de aquel que escuche éste, tu testimonio, pero no quiera cambiar y siga pecando cuando ya sabe la verdad”, le dijo la voz.

Durante tres días Gloria vivió e interiorizó esta revelación mientras su cuerpo permanecía postrado en la Unidad de Cuidados Intensivos del Seguro Social.

Al despertar, sus familiares llegaban de enterrar a Álvaro Eduardo. Ya Gloria estaba consciente. Un milagro la había salvado. Sus órganos vitales estaban trabajando y, a pesar del dolor que sentía, volvió a repetir el mensaje.

Pero los misterios no fueron suficientes con esta mujer que no pudo entrar en el cielo y que se salvó del infierno. Un año después de su accidente, el que considera un “regalo de Dios”, Gloria quedó embarazada. La ciencia no ha salido del asombro al ver cómo una mujer con ovarios destruidos pudo concebir de nuevo.

Ahora, la protagonista de este historia tiene la certeza de que su cuerpo algún día va a morir, pero también de que su alma vivirá para siempre en la eternidad, sin tiempo y sin espacio, en ese refugio ideal en donde sólo cabe el verdadero amor.

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Marzo
17 / 2012

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