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La historia detrás de los disfraces del Carnaval de Barranquilla

El Carnaval impone la costumbre de usar máscaras para ser el que se quiere y dejar de ser el que siempre se muestra. ¿Qué hay detrás de cada uno de los disfraces?

El Carnaval impone la costumbre de usar máscaras para ser el que se quiere y dejar de ser el que siempre se muestra. ¿Qué hay detrás de cada uno de los disfraces?

Cualquiera que haya vivido en Barranquilla sabe que en Carnaval la ciudad no se transforma, solamente acentúa su forma de ser. Como lo sabe cualquier actor, el disfrazado lo que hace es potenciar algún aspecto de su personalidad. Ya lo dijo Borges: “Yo soy los otros, todo hombre es todos los hombres”. Así, el que se disfraza de mujer, no está desmontando su naturaleza sino subrayando su parte femenina.

Todos aquellos rasgos de la personalidad de Barranquilla como la alegría, el jolgorio, la camaradería que brillan intermitentemente el resto del año, y otros tantos que permanecen reprimidos, se vuelcan a la superficie como una escarcha permanente en la piel del barranquillero y en la del visitante, que se convierte en uno más, porque eso es lo bueno de ser de esta ciudad: que no se necesita nacer en ella para serlo; uno es barranquillero porque le da la gana, porque lo asume con el alma y no con la cédula. Y aquí sale a relucir otra característica de llevar un disfraz en la Arenosa: la máscara se confunde con el rostro, porque el alma y la careta acaban fundiéndose.

A nadie se le ocurre pensar que esa marimonda haciendo morisquetas no es una marimonda por dentro y por fuera. Uno la ve soplando incansablemente su pea-pea, brincando frenéticamente con un porro como si se lo hubiera fumado o revolcándose en el suelo como un gusarapo al ritmo de un fandango. Uno piensa lo contrario: que es una marimonda disfrazada el resto del año de profesor, ingeniero, mecánico…

«No es tanto el disfraz de marimonda sino los brincos que hay que dar»

A comienzos del siglo pasado, un hombre se vio sin dinero y optó por fabricarse un disfraz con lo primero que encontró a la mano. Fue así como enfundó las piernas en el pantalón de su hermano mayor y los brazos en una chaqueta al revés. Con unas medias de jugar futbol que se dejó hasta los codos, se hizo una especie de guantes; buscó por toda la casa algo que le sirviera de careta y no pudo ocultar su alegría al descubrir en la cocina un saco de harina que su madre acababa de desocupar. Le abrió tres orificios que le sirvieron de ojos y respiradero, pero descontento con la simpleza del artificio se hizo construir por su hermana, con una vieja funda de almohada y un pedazo de espuma, el borde de los párpados y de los labios, así como una nariz en forma de falo que le llegaba hasta el pecho.

Pero la suya no era una búsqueda arbitraria y caprichosa, sino una sátira y una muestra jocosa de ingenio y descontento social. Como en Barranquilla se le dice “avión” al ratero, le agregó a su careta unas orejas como las de Dumbo y se anudó una corbata estrambótica (la misma que se ponían todos sus tíos cuando iban a Bogotá) para caricaturizar los ladrones de saco y corbata, y la falsa solemnidad de los políticos locales. Salió a la calle a confundirse con los otros disfraces, saltó por las calles como quien camina con los pies descalzos sobre carbones encendidos, señaló con el dedo, soltando estridentes carcajadas y gozó de la impunidad que le daba el Carnaval para mofarse a sus anchas del establecimiento.

El disfraz tuvo tanta aceptación en la ciudad que empezó a ser imitado y embellecido con nuevos colores hasta convertirse en uno de los íconos más representativos de los carnavales. Hoy, las comparsas de marimondas agitan las rodillas y los codos como gallinas, se sientan en el piso y avanzan con temblorosos movimientos de piernas como halados por una cuerda invisible o se agitan bocarriba con movimientos convulsos como si fueran víctimas de un ataque de hormigas, acompañados por una barahúnda de pitos al ritmo del redoblante, los platillos, el bombo, el trombón, el clarinete, la trompeta y el bombardino, que interpretan en conjunto la popular butaca. Así, ilustran de esa manera el mamagallismo de los costeños, su tendencia a hablar a los gritos en el interior de las busetas, las puertas abiertas de sus casas y el predominio de los colores vivos en sus fachadas, la familiaridad que ofrecen al extranjero y la alegría con que se toman la vida aún en los momentos más difíciles.

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“Monocuco guayabero, saca presa del caldero, bebe leche y embustero”

No es un secreto para nadie que este disfraz ha sido utilizado desde tiempos inmemoriales para alimentar secretas aberraciones y paliar infidelidades. El mismo Zeus se valía de múltiples e ingeniosos disfraces –de cisne, de semental o de lluvia áurea– para copular con las terrestres, a espaldas de Hera. Del mismo modo, cuenta la leyenda, que los hombres de elevada posición social de Barranquilla se idearon un disfraz que les permitiera acercarse a sus amantes en carnavales, manteniéndose al abrigo de las malas lenguas. El disfraz consistía en un amplio ropón de colores, provisto de una caperuza para cubrir la cabeza, de un antifaz de corte veneciano que tapaba el resto de la cara con un pedazo de tela, y una vara flexible para mantener a raya a las personas que quisieran conocer su identidad. No contento con eso, el disfrazado tenía licencia para distorsionar la voz y dejar aún más desconcertado al curioso interlocutor. Fue así como nació el Monocuco, que con el tiempo iría a convertirse en una figura irreverente y lenguaraz que despotricaba de todo el mundo y resguardada su identidad bajo el disfraz.

Sobre su origen la gente no se pone de acuerdo. El periodista Juan Gossaín dice que fue Cristobalino Zedeño, hombre de mucho humor y nativo de San Bernardo del Viento (Bolívar), quien lo impuso en la Costa a comienzos del siglo XX. Pero en su libro Joselito Carnaval, el investigador Edgar Rey Sinnig lo refuta afirmando que el capuchón apareció muchos años atrás en los pueblos con tradición carnavalera como El Banco, Ciénaga y Riohacha.

“Tengo la fuerza del garabato, ¡que venga La Muerte que yo la mato!”

La Danza del Garabato proviene del campo. De ahí que el disfraz cargue con ese “garabato”: un palo de madera que parece una caricatura de la guadaña y que sirve para el desmonte. Se cuenta que algunos habitantes de la población de Ciénaga, donde fue acogida la danza cuando llegó de España, la llevaron a Barranquilla a mitad del siglo XIX. Con las innovaciones que le hicieron los esclavos, sus disfraces de La Muerte y del hombre que esgrime el báculo justiciero, la Danza del Garabato es la mejor puesta en escena de la vitalidad del Carnaval. La canción que sirve de himno a las fiestas carnestoléndicas, dicho sea de paso, conocida como Te olvidé, está compuesta en un ritmo conocido como chandé, propio de esta comparsa.

En ella, los bailarines –los hombres con pantalones hasta las rodillas, capas, sombreros y garabatos con cintas de colores, y las mujeres con vestidos de manga corta donde se aprecian los colores de la bandera de Barranquilla, y un tocado de flores artificiales– se alinean en filas, según el sexo, con La Muerte rondando por todos lados. Finalmente los bailarines sucumben ante su toque hasta que el héroe de la comparsa le sale al frente. Durante el combate los tambores redoblan al tiempo que la guadaña se entrechoca con el garabato, momento en que la destrucción irremisible de todo lo existente o la promesa de una vida feliz parecieran depender de aquella batalla ritual. Al fin La Muerte cae derrotada, se reanuda la música con una explosión de júbilo y los bailarines vuelven a incorporarse a la danza ante la ovación de los concurrentes.

Teniendo en cuenta que originalmente el disfraz era una mezcla de la ropa que le regalaban los patronos a sus esclavos, es curioso que la danza haya sido apropiada luego por el Country Club; es decir que los señores terminan disfrazados de esclavos, que a su vez estaban disfrazados de patronos.

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Retazos de disfraces individuales

El diablo devoto

Sucedió en el sepelio de Enrique Salcedo, que fue rey Momo, rey de los disfraces del Carnaval y creador de los primeros grupos de disfraces estructurales (los elaborados a base de armazones en alambre y hierro que cubren casi todo el cuerpo y que por lo general hacen alusión a animales gigantes y enormes bestias). Al sepelio de una persona con esta trayectoria no podían faltar los carnavaleros de tradición. Más de 300 personas se presentaron disfrazadas para despedir a su vecino y amigo. Antes de iniciar la marcha hacia el cementerio, el féretro de Enrique Salcedo fue trasladado a la iglesia de Santa Marta ubicada en ese mismo barrio. Entre los feligreses había un individuo disfrazado de diablo que rezaba muy concentrado y en voz alta el Padre Nuestro. Terminó la oración haciendo la señal de la cruz, gesto que repitieron muchas personas alrededor al contemplar la escena.

El Führer guapachoso

La ciudad contaba con la visita del entonces presidente de la República, Ernesto Samper, quien se hallaba en el palco que disponen especialmente en el cumbiódromo de la Vía 40. Los disfraces y grupos folclóricos participantes que encabezan la Batalla de Flores, tan pronto divisaron el palco presidencial, hicieron su parada de rigor para saludar con baile y coreografía al Presidente. Entre los disfraces individuales estaba un hombre de teatro, Carlos Amaya, que personificaba al controvertido Adolfo Hitler. El presidente Samper se interesó por el personaje que hablaba y saludada en un perfecto alemán e imitaba las gesticulaciones del Führer; entonces se puso de pie para observarlo y escucharlo mejor, sin imaginar nunca que la despedida final que le tenía preparada Hitler estaba ligeramente cambiada: no era el famoso saludo nazi con la mano erguida sino –nada más ni nada menos– cierto gesto de media luna que remeda a alguien planchando la ropa, pero que en realidad alude a una cosa muy distinta. En el barullo, la carcajada de Samper fue la más fuerte y prolongada.

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Marzo
14 / 2012


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